Oberto, Conte di San Bonifacio, Giuseppe Verdi

La primera ópera de Giuseppe Verdi (1813- 1901), estrenada en la Scala en 1839, con libreto de Antonio Piazza y Temistocle Solera (1815-1878).

Clasificada como «dra­ma», consta de obertura y diecisiete núme­ros, y está dividida en dos actos. La acción se desarrolla en Bassano, en 1228. El conde Ricardo ha traicionado a Oberto de San Bonifacio, ha seducido a su hija Leonora y va a casarse con Cuniza, hermana de Ezzelino da Romano.

Oberto incita a su hija a denunciar al traidor a la ignorante Cuniza. Él mismo le desafía, y Cuniza renuncia a Ricardo, para que se case con Leonora. Decidida la boda, Oberto obliga a Ricardo a batirse, y es muerto por él. Leonora en­trará en un convento.

La escritura de la música es correcta, el estilo no es original, la inventiva escasa. Entre los diversos frag­mentos destacan: cavatina, «cabaletta», es­cena y aria, escena y dueto, romanza, escena y adagio, y escena y rondó final.

En algunos momentos, los recitativos son sin acompañamiento. En los duetos, aunque animados de opuestos sentimientos, el tema es igual para los dos personajes. Los coros son sencillos, y sus frases a menudo quedan interrumpidas por pausas, como las de mu­chas melodías para solistas. La acentuación es oratoria, martilleada.

.Son raras las «fiori­turas». Las anotaciones más frecuentes son: «con forza, con tutta forza, con passione, con terrore, con enfasi». La caracteriza­ción de los personajes es débil, escasa la vida psicológica, ocasional la expresión.

Leonora es el personaje menos incoloro; expresa a veces un tormento pasional, la indignación, la desilusión. Ricardo, que de­bería resultar odioso, tiene, por el contra­rio, acentos francos, cordiales, gallardos, simpáticos. Al poner en práctica las mane­ras de Bellini y de Donizetti, el joven Verdi imprimió a todos los elementos musicales, e incluso a la expresión, una violencia, una rudeza y rapidez muy personales. Anun­ciaba así algunos de los futuros caracteres de su arte.

F. Della Corte

Oberón, Christoph Martin Wieland

[Oberon]. Poema del alemán Christoph Martin Wieland (1733-1813), pu­blicado en 1780. El poema, que en su ca­rácter general, sigue las huellas de Ariosto, deriva de fuentes diversas. Predominan en él dos temas: el aventurero heroico y el sentimental.

El primero, que corresponde al viaje de Huon, príncipe de la corte del emperador Carlomagno, está tomado de un resumen que Louis Tressan de la Bergne (que se publicó en la «Bibliothèque Univer­selle des romans» en 1778) hizo de una novela en prosa sobre las gestas de Huon de Burdeos, publicada en 1513, refundición a su vez de un poema del siglo XII.

El se­gundo tema está representado por el amor de Huon y Rezia y el de Oberón (v.), rey de los elfos, y Titania (v.), su esposa, reina de las hadas. Aquí es evidente la inspiración shakespeariana (v. Sueño de una noche de verano); Wieland, desde 1762 a 1768, había traducido 22 obras de Shakespeare.

El poe­ma narra las gestas del paladín Huon, al que el emperador Carlomagno condena a una extraña empresa: que le traiga un me­chón de la barba y cuatro muelas del califa de Bagdad después de haber abrazado a la joven que aquél tenga a su diestra y deca­pitado al emir que tenga a su izquierda.

El esforzado Huon parte, se pierde por entre inaccesibles montañas y encuentra en una gruta a Cerasmino, el antiguo criado de su difunto padre, contándole los precedentes y el motivo de su viaje: involuntariamente mató, cayendo en una celada que le había tramado Amory, el cual quería apoderarse de su feudo, al hijo del emperador, quien, en lugar de condenarlo a muerte, le impuso la terrible empresa.

La primera aventura prodigiosa de Huon y Cerasmino, que se junta con él, ocurre en un mundo de fan­tasmas y de extraños animales con ojos humanos. Y aquí se presenta Oberón en una carroza tirada por leopardos, «joven bello como el dios del amor salido del seno de Venus».

Cerasmino, hombre medieval, huye asustado, arrastrando consigo a Huon, pero el pequeño dios, dueño de los elemen­tos, los persigue y desencadena una gran tempestad. Los dos se refugian en un ex­traño convento, donde, cesando de pronto el temporal, ^vuelve a aparecérseles Oberón, quién sopla un cuerno de marfil, a cuyo son todos los que aman con amor sensual son arrebatados por un frenesí de danza; Huon, el puro, fiel a una joven a quien vio en sueñes y ha buscado en vano por el mundo, permanece impasible.

Entonces se interrumpe la disputa, y Oberón se vuel­ve hacia él y le entrega el cuerno de marfil y el cáliz de oro, provisto de los cuales podrá arriesgarse a la audacísima empresa. Mientras tanto, en la corte de Bagdad está Rezia, la hija del califa, también ella fiel a un «caballero de la melena de oro» sólo soñado y jamás hallado, pero obligada por su padre a casarse con otro príncipe.

Huon llega a Bagdad precisamente el día de las bodas y libera a Rezia con la ayuda de Oberón, y cumple al mismo tiempo la terri­ble empresa impuesta por el emperador. Huon y Rezia se reconocen como los seres que habían soñado, y huyen, embarcándose felices hacia Francia. Oberón queda satis­fecho, pero pone una condición a la felici­dad de ambos: deberán conservarse puros hasta el día de sus bodas, que serán bende­cidas por el Papa; y esto, porque el destino de Huon y Rezia, la cual, después de bau­tizada, toma el nombre de Amanda, está ligado al de Oberón y Titania, los cuales sólo podrán volver a unirse cuando una pareja humana haya demostrado que existe un amor puro y fiel.

La separación se había producido por culpa de Titania, la cual ha­bía socorrido a una mujer embustera y adúl­tera, con gran indignación del rey de los elfos, dios del amor puro, que la había ex­pulsado de su presencia. Pero en una noche de luna Huon y Amanda sucumben a la tentación, y he aquí que se desencadena la ira de Oberón con rayos y truenos, y desaparecen los dones mágicos.

La nave naufraga y los dos amantes son arrojados a una isla desierta, donde pasan años llenos de trabajos. Titania, compasiva, ayuda a Amanda en el momento en que ésta da a luz a su hijo. Los amantes, arrepentidos, hacen voto de vivir como hermanos; esta prueba no basta; es menester que demues­tren ser fieles. Amanda es raptada por unos piratas y va a parar al harén del señor de Túnez, donde, después de dolorosas aven­turas, llega también Huon.

El príncipe se enamora de Amanda, la princesa de Huon; siguen escenas de vanos intentos de seduc­ciones, pero los amantes permanecen fieles uno a otro, y para no faltar a su amor, se dejan poner en una misma hoguera. Oberón los salva y Titania les devuelve el niño, al que ha cuidado. Las bodas de Huon y Amanda son bendecidas, y los dos vuelven a París, donde Huon llega a tiempo de ven­cer en un torneo, premio del cual era su feudo.

El Oberón de Wieland es una de las obras alemanas en que mejor se revela su maestría artística. La influencia francesa le confiere una ligereza que le permite pasar de una a otra aventura a través de anima­das descripciones, en un puro mundo de fantasía. Goethe, por la Navidad de 1781, envió una corona de laurel a su amigo Wie­land, en alabanza de Oberón; y ya en 1780, cuando el poema se publicó por primera vez, Lavater escribía: «Oberón, mientras un poeta sea poeta, el oro oro y el cristal cristal, será amado y admirado como una obra maestra del arte poética». G. F. Ajroldi

Oberón, Carl Maria von Weber

Del poema de Wieland, James Robinson Planché extrajo el libreto, en lengua in­glesa, para el Oberón de Carl María von Weber (1786-1826), obra romántica en tres actos estrenada en Londres el 12 de abril de 1826.

Es la última ópera del compositor alemán. Aunque no alcanza la coherencia y la fuerza dramática de Der Freischütz (v.), tal vez por la mediocridad del tex­to, contiene, sin embargo, páginas de no­table riqueza melódica y rítmica, sobre todo originales por la maestría de la instrumen­tación; en los fragmentos sinfónicos, la or­questa consigue efectos de timbre y de color completamente nuevos y sorprendentes, que contribuyen a determinar el clima fantás­tico y mágico en que se desarrolla la ac­ción.

La trama queda reducida a una serie de cuadros que se suceden sin íntima conexión. El rey de las hadas, Oberón, riñe con su consorte Titania, y no podrá recon­ciliarse con ella hasta que encuentre una pareja humana cuyo amor permanezca cons­tante aun en medio de las mayores adversi­dades. La pareja elegida para la prueba está formada por Hugo de Burdeos, caballero de Carlomagno, y por Rezia, hija del califa de Bagdad, junto a los cuales están Ceras- mino, escudero de Hugo, y Fátima, criada de Rezia.

Oberón los vigila y les ayuda con diversos encantamientos. Hugo llega a la corte del califa en el mismo momento en que Rezia está a punto de ser entregada por esposa al príncipe Babekan; Hugo mata al pretendiente de la joven y parte en una nave con Rezia, Fátima y Cerasmino.

Obe­rón encarga entonces a su fiel espíritu Puck que desencadene una tempestad, y la nave naufraga. Los dos amantes llegan a nado a una isla desierta, donde son asaltados por unos piratas, que raptan a Rezia y aban­donan al caballero, a quien han herido, sobre la playa. Entretanto, Cerasmino y Fátima, después del naufragio, llegan a Túnez y pasan a ser esclavos del emir; mientras están trabajando en el jardín llega volando Hugo, transportado por Puck.

Al mismo tiempo, la nave pirata lleva también a Túnez a Rezia, que es hecha esclava por el emir. Mientras tanto, en el palacio, Ro- xana, mujer del emir, intenta en vano seducir a Hugo, quien, sorprendido por el emir, es condenado a muerte junto con Rezia. Por fortuna, Cerasmino recupera un cuerno encantado que le había regalado Oberón, lo toca, y por arte de magia todos se ven obligados a danzar, de tal modo que no pueden ejecutar la sentencia de muerte.

Los cuatro protagonistas huyen, y por fin llegan a la corte de Carlomagno, donde son acogidos en triunfo. La música ilustra los puntos salientes de esta complicada acción, mientras las partes narrativas o explicati­vas son expuestas en diálogo hablado. Como en el Der Freischütz, también en el Oberón es visible la influencia que Weber ejercerá más tarde sobre Wagner, especialmente en lo que se refiere a la expresión dramática del canto. Basta para demostrarlo la gran aria de Rezia en el acto segundo, la cual, junto con la célebre obertura, de la cual re­pite el motivo. Es una de las páginas más bellas de la ópera.

El Oberón de Weber pertenece a aquel clima del primer romanticismo sobre el cual ejerció gran influencia el mundo fan­tástico de las alegorías del Renacimiento y de las novelas caballerescas, sobre todo por medio del Sueño de una noche de verano, de Shakespeare, con el cual se relaciona, si no en su argumento, en la ambientación y en la elección de los personajes (Oberón, Titania, Puck, etc.), que recuerdan sobremanera el mundo shakespeariano.

M. Doná

La música de Weber encanta con su sen­cillez melódica y hechiza con el juego del color instrumental. Se pueden ya distinguir en él los gérmenes de los nuevos principios que Wagner introdujo en el drama musical. (Krehbiel)

Oaristos, Eugenio de Castro

Obra del poeta portugués Eugenio de Castro (1869-1944), publicada en Coimbra en 1890. «Oaristos» es una pala­bra griega que indica «coloquios íntimos, confidenciales», y de hecho se trata aquí de quince coloquios, o mejor dicho, confe­siones de amor (pues la Hermosa sólo abre la boca una vez, para decir que el humo de la pipa la marea), expresadas en versos alejandrinos.

El volumen, aparecido casi in­mediatamente después de la vuelta del poeta de una estancia bastante prolongada en París, durante la cual estuvo en con­tacto con los parnasianos y simbolistas (particularmente con Moréas, Viélé-Griffin y Verlaine), trataba de renovar la poesía portuguesa de la época, que languidecía sobre los temas ya caducados del Romanti­cismo, expresándose en formas pobres y vulgares.

A esta poesía, «que vivía en po­breza franciscana» (son palabras del autor), Castro trataba de oponer una poesía aristo­crática y rara, preciosamente arcaica, exu­berante de ornamentos, impecable en la métrica, renovada en parte con cesuras nunca usadas con anterioridad en el alejandrino ni en el endecasílabo. Cierta­mente Castro hacía demasiadas concesiones a lo alambicado, a lo sobrecargado, al pre­ciosismo; sin embargo su lenguaje, de espí­ritu esencialmente musical, hizo una gran impresión, y casi todos los poetas portu­gueses coetáneos suyos, jóvenes y viejos, emprendieron el camino abierto por él.

Para que el lector tenga una ligera idea de lo rebuscado en el arte de Castro, basta leer los primeros versos con los que se inicia el volumen: «En la diáfana paz de un ocaso de octubre, el sol triunfal, vesper­tino, mineralmente rojo, esparciendo el in­cienso de los espacios, se dirige a pasos lentos hacia la muerte, como esos conciertos musicales que suenan en los cortejos fúne­bres. Tras los agudos montes surge melan­cólica la luna de hermosas manos, y teje en el azur, en un telar de estrellas, un blanco lino, cándido y luminoso, para hacer señas al sol, su rojo amante». «En una hora crepuscular tan dulce, vi por primera vez, altiva e imperial, entre un rumor de sedas, a la Elegida de mi alma, la gran flor inmaculada, sutil, incomparable, el lirio tenebroso, criatura esfíngea, triste, como Artemisia, vengativa y feroz como Jesi; flor cuyo cuerpo es el oasis de abril, el cara- vanserrallo que en las noches febriles van buscando en vano las largas caravanas de mis deseos nómadas…»

Es superfluo añadir que dicha elegida misteriosa está rodeada del lujo más raro: mantos de seda negra recamados de dragones llameantes, almo­hadones de plumas y alfombras de Oriente, joyas preciosas, flores raras, aromas exóti­cos; clava en los terciopelos más espesos sus uñas puntiagudas, y muerde con los dientes la seda más delicada. Eternamente aburrida, no sabe ni leer, ni cantar, ni tañer, y escucha distraída las declaraciones de su poeta, que, a decir verdad, no sabe encontrar nunca un verdadero acento de pasión, sino que acumula imágenes y me­táforas creadas por el cerebralismo más frío.

Decorador soberbio, verdadero imagi­nativo, como el D’Annunzio de Isotteo y La quimera (v.), pero insensible y frío; tal es De Castro. No ha de asombrar que D’Annunzio pronunciase aquel juicio que tan a menudo y fuera de lugar recuerdan los portugueses: «En Europa sólo hay dos poetas: yo y Eugenio de Castro», porque entonces D’Annunzio parecía preocuparse exclusivamente de la forma, afirmando que «el verso lo es todo», según el programa del Parnasianismo (v.) al que en un momento dado pareció quererse acercar. Pero muy pronto supo liberarse de todo aquel peso inútil y movió las alas hacia nuevos hori­zontes de la lírica, el drama y la novela, mientras el poeta portugués no supo librar­se casi nunca de toda aquella «fumistería» y «chinería» de orfebre y de ebanista, cuyas huellas encontramos en su producción pos­terior, en Salomé (v.), en el Rey Galaor y sobre todo en Belkiss, reina de Saba.

G. Battelli

Su gloria, la que ha de satisfacer a su alma de excepción, no es ciertamente la ciega y panúrgica fama popular, tan lison­jera para la mediocridad; es la gloria de ser comprendido por quienes pueden com­prenderlo. (Darío)

Los Oberlé, René Bazin

[Les Oberlé]. Novela del escritor francés René Bazin (1853-1932), publicada en 1901. En la antigua familia alsaciana de los Oberlé, el padre, rico in­dustrial, para hacer prosperar sus nego­cios y satisfacer sus ambiciones, se apro­xima con rápido espíritu de adaptación al nuevo dominador alemán y lo mismo hace su hija, soberbia y voluntariosa; su ma­dre y el anciano abuelo se mantienen fie­les al orgulloso espíritu de la resistencia aldeana; el hijo, Jean, al volver a casa terminados los estudios, se encuentra en el centro de aquella diferencia insoluble.

Aun­que educado en alemania, siente lenta­mente renacer en él la fidelidad profunda a su tierra y a sus tradiciones religiosas y patrióticas; el amor hacia Odile, una jovencita hija de ardientes patriotas, refuerza en él dichos sentimientos. Cuando su her­mana se promete con un oficial alemán, Jean, obligado a abandonar su sueño de amor, deja el país y en audaz y peligrosa fuga llega a Francia. En ésta como en sus demás novelas, el autor se instituye en defensor del binomio, caro a los tradicionalistas, de patria y religión, uniéndose a la corriente de escritores católicos cuyos prin­cipales exponentes fueron Bourget y Barres.

Los personajes de Los Oberlé no tienen un relieve demasiado vigoroso, aunque el aná­lisis de las almas resulte algunas veces fino y penetrante; la parte mejor de la novela está formada por las descripciones del país, en las que adquieren plena eviden­cia el alma de Alsacia, recogida y melancólica, con sus bosques y su gente traba­jadora y leal.

M. Zini