Obras, Alessandro Volta

Las obras de Alessandro Volta (1745-1827) fueron recopiladas, vi­viendo su autor, en cinco tomos, en Floren­cia, el año 1816.

En 1918-1927 fueron reim­presas con los trabajos inéditos en una edi­ción nacional hecha bajo los auspicios de la Accademia dei Lincei, en siete volúme­nes en 4.°, publicados todos en Milán por la comisión nombrada al efecto, pero prepa­rados y ordenados, los primeros por Adol­fo Sozzani y Luigi Volta; los demás, por Francesco Massardi.

El volumen I (1918, pp. XXVIII-592, 8 planchas, 51 grabadlos), contiene la primera parte de las investiga­ciones acerca del experimento de Galvani y de la electricidad de contacto, esto es, desde la carta a Baronio del 3 de abril de 1792 a la dirigida a sir Joseph Banks sobre la invención de la pila. El vol. II (1923, pp. XXII-372, con 6 planchas, una de ellas en tricromía, 15 ilustraciones) contiene mu­chos de los demás trabajos acerca de la electromoción: desde la carta a Brugnatelli sobre algunos fenómenos químicos conse­guidos con la pila (otoño de 1800) hasta los fragmentos diversos.

El volumen III (1926, pp. XVI-380, 5 planchas, 16 ilustra­ciones) contiene las primeras investigacio­nes sobre electrostática, esto es, las cartas a G. B. Beccaria del 2 de abril de 1765 y del 22 de junio de 1767; la disertación sobre la electricidad reivindicada (1796), la disertación acerca de la máquina eléctrica (1771); la carta fechada en Como, S de di­ciembre de 177… (y que es de 1771 ó 1772); la carta a Marsilio Landriani, del 3 ‘de ju­nio de 1775; los escritos sobre el electróforo (1775-1778), además de la memoria de fecha incierta Descripción y uso del electróforo; la carta a Barletti, del 18 de abril de 1777; la carta a De Saussure sobre la capacidad de los conductores eléctricos (20 de agosto de 1778); los escritos acerca de la electro­metría y las atmósferas eléctricas (1770- 1780, alrededor de 1782); las memorias so­bre el condensador (1780-1783).

El vol. IV (1927, pp. VI-492, 5 planchas, 14 figuras) contiene trabajos, casi todos inéditos, sobre la electrostática y en particular sobre la electrometría; complementos sobre la elec­tromoción (efectos electromotores y quími­cos de la pila, propiedades de la corriente eléctrica, pila seca); cursos completamente inéditos de lecciones sobre la electricidad. El vol. V (1928, pp. XVI-512, 8 planchas, 6 grabados) contiene estudios de meteoro­logía, especialmente eléctrica. El volu­men VI (1928, pp. XX-440, 11 planchas, 3 figuras) contiene los trabajos de química y en particular los trabajos acerca de los gases inflamables (1776-1783); acerca de la pistola; del eudiómetro; un curso de lec­ciones sobre las diferentes especies de gases y el grupo de notas sobre los gases, escrito para la traducción italiana del Diccionario de química de Macquer.

El vol. VII (1929, pp. XX-550, 20 planchas, 15 grabados) con­tiene las investigaciones de termología y noticias sobre la nueva sede del «Cartella­rio» voltiano en el Instituto lombardo. Las investigaciones sobre los experimentos de Galvani y la pila son tan originales que aún hoy suscitan intenso asombro. Tal vez al­guien que no tenga vivo sentido histórico podría pensar que Volta insiste demasiado en ciertos razonamientos, multiplicando sin necesidad los experimentos; cuando, por el contrario, su búsqueda de la prueba decisiva, su lucidez mental y su rigor, hacen de Alessandro Volta un héroe de la Ilustración (v.), casi el más notable y sereno.

Volta no se deja dominar por ideas preconcebidas, no fuerza los hechos, sino que los ilumina desde todos los puntos de vista, y los inter­preta con amor intelectual por la verdad. Los hechos le conducen al descubrimiento de la pila. Primero se adhiere a la explica­ción que Galvani ha dado de su experi­mento. Volta dice y repite que el «estu­pendo experimento» es la demostración de­cisiva de la electricidad animal; pero que­riendo, como físico, precisarlo cuantitativa­mente, observa que la rana se contrae con mayor vivacidad si el arco empleado es bimetálico y los dos metales que lo. compo­nen son muy diferentes.

Esta circunstancia no se explica si, como supone Galvani, el arco es sólo un descargador de la electrici­dad que se ha acumulado en la rana por efecto de la fuerza vital, tanto más cuanto que no se necesita mucho esfuerzo para comprender que si los metales que consti­tuyen el arco, o, mejor dicho, los extremos son idénticos, el experimento no sale bien. Volta acaba por persuadirse de que la rana no es más que un electroscopio y no un condensador cargado de electricidad animal, y enuncia el principio del contacto, según el cual el contacto entre cuerpos diferentes, y especialmente entre metales diferentes, determina una diferencia de potencial.

Es más, Volta consigue, por medio de su elec­troscopio-condensador, dejar fuera de du­das el principio, obteniendo la desviación del electroscopio con el solo par bimetálico. Aquellos tres experimentos son una de las más notables obras con que cuenta la his­toria de la física, y harían de Volta un genio, aun sin el invento de la pila, porque Volta demostró a un mismo tiempo el principio del contacto, la función del conductor húmedo y la ley de los metales interme­diarios o ley de Volta. Con estas leyes, él, en realidad, conciliaba el principio del con­tacto con el todavía no demostrado de la conservación de la energía, evitando el mo­vimiento continuo.

No debe sorprender que él no viera esta consecuencia (era dema­siado pronto aún); lo importante es,, que haya construido sobre fundamentos graní­ticos. Volta tiene además el gran mérito de haber comprendido -la novedad y la im­portancia de la pila y haber estudiado ma­gistralmente algunas de sus propiedades. En la carta enviada desde Como a Martín Van Marum el 22 de junio de 1802 y publi­cada en el cuarto volumen de la edición nacional, anticipa lo que después será la ley de Ohm.

Dice, en efecto (p. 226), que la rapidez de la corriente eléctrica y, por consiguiente, la fuerza de la sacudida que se experimenta, está en razón compuesta de la «tensión eléctrica», esto es del potencial y de la libertad o facilidad del paso en todas partes de la cadena o círculo o, en otros términos, de la conductibilidad del circuito. Para obtener la ley de Ohm hay que sustituir la rapidez por la intensidad de la corriente eléctrica. Naturalmente, el mérito de Ohm permanece fuera de dudas, porque el físico alemán no conocía la carta de Volta, y porque él precisó y desarrolló la ley que lleva su nombre; pero también es innegable que Volta comprendió lo que nadie por entonces había sabido ver.

En este volumen es notable la carta a Samboni, porque Volta sostiene que la pila seca tiene el conductor húmedo, el papel; y sólo por la humedad del papel funciona. A propósito de las investigaciones sobre la pila, se ha señalado la circunstancia de que constituyen la última fase de las investigaciones voltianas sobre electrología. El condensador, el electróforo y el electroscopio condensador son los precedentes de las investigaciones que terminan con la invención de la pila. También fuera de la electrología Volta llevó a cabo investigaciones importantes que bas­tarían por sí solas para cimentar su fama.

Son muy notables sus investigaciones sobre los aires (gases) inflamables, publicadas en el VI volumen. Se suele conceder particu­lar relieve a las siete cartas a Campi sobre el metano (aire inflamable nativo de los pantanos) y acerca del hidrógeno (aire in­flamable metálico). Contrariamente a las ideas dominantes, según las cuales los ga­ses inflamables eran de origen exclusiva­mente mineral, Volta comprendió y sostuvo que el metano es un producto de descomposición de las sustancias orgánicas del fondo de los pantanos.

Citaremos también las tres cartas a Castelli acerca de la pis­tola, y las dos a Priestley sobre el eudiómetro, y sus comparaciones hechas entre el aire inflamable y el óxido de nitrógeno (aire nitroso). Entre los escritos del VII vo­lumen se cita la memoria del 1793: Della uniforme dilatazione dell’aria per ogni grado di calore, cominciando sotto la temperatura del ghiaccio fin sopre quella dell’ebollizione dell’acqua, etc. El Congreso Internacional de los Físicos, en la sesión solemne del 17 de septiembre de 1927, celebrado en Pavía, se adhirió a la tesis de Amerio sobre la prioridad de Volta respecto a Gay-Lussac, afirmando que en cuanto a la dilatación de los gases se debían enunciar las siguientes leyes: Ley de Volta: «El coeficiente de dilatación del aire es constante»; Ley de Gay-Lussac: «Todos los gases tienen el mismo coeficiente de dilatación».

De ma­nera que, como se ve, se rinde plena justi­cia a Volta sin quitarle nada a Gay-Lus­sac, porque se reconoce que éste generalizó la ley hallada por Volta, limitándose al aire. El reconocimiento de la prioridad de Volta es tanto más justo cuanto que todo nos hace creer que Gay-Lussac había leído la me­moria de Volta. Si quisiéramos ser precisos sería menester, como desea Francesco Gras- si en las notas presentadas al Instituto lombardo en la sesión del 7 de julio de 1927, fechar en el año 1793 la ley de Volta y en el 1802 la de Gay-Lussac.

S. Timpanaro

Obras, Vincenzo Viviani

La actividad científica de Vincenzo Viviani (1622-1703) es sólo par­cialmente conocida por sus escritos publi­cados, pequeña porción de lo que dejó es­crito.

Su fama se acrecentará, sin duda, con la publicación íntegra de los manuscri­tos que han llegado hasta nosotros. El exa­men cuidadoso de ellos requerirá no poco trabajo porque están distribuidos en más de 150 códices, la mayor parte de los cuales pertenecen al fondo de Galileo de la Biblio­teca Nazionale Centrale de Florencia.

Com­prenden los temas más variados: trabajos literarios; matemática pura, en la cual, además de todo lo que sirvió a Viviani de preparación para sus obras impresas, se tratan problemas y cuestiones de perspec­tiva, de geometría plana, de las curvas pla­nas y de los sólidos curvilíneos, teoremas sobre los polígonos, prismas, pirámides, etc., que constituyen un gran número de autógrafos y copias; mecánica pura y aplicada; mecánica de los sólidos; arquitectura y construcción civil; mecánica de los fluidos e ingeniería hidráulica; física experimental, catalejos, astronomía, acústica, meteorolo­gía, relojes, etc.; en particular, la parte por él tomada en los experimentos de la «Accademia del Cimento».

Entre los manuscritos referentes a las matemáticas puras son dig­nos de notar, además de la traducción de las obras de Arquímedes, tres códices del fondo palatino: Libri dúo de tetragonismicis; Libri dúo de centrobarycis y De terebratione solidorum líber unicus. Estos códices llevan el «Imprimatur» original, de manera que por esto y por otras fuentes debemos argüir que la intención del autor era verlos publicados como hoy han llegado a nuestras manos.

El De tetragonismicis trata princi­palmente de los «momentos». Se inicia con XXIX «Definitiones» sobre los centros de gravedad, sobre las distancias centrobáricas y sobre el equilibrio. En la hoja 15, después del teorema I, en un «Monitum» se lee: «Ex hoc único et quidem insigni symptomate, Cavaleriana methodo demonstrata, etc.», y también en el «Monitum» de la hoja 44, que pertenece al libro segundo: «Nos denique tantorum virorum vestigia (Arquíme­des, Valerio, Torricelli, etc.) secuti binas edimus parabolae quadraturas anno 1658, Liber I de Maximis et Minimis, sex Lemmatum praesidio alterum nempe more veterum per duplicem positionem, reliquam vero affirmative per novam indivisibilium methodum Cavalerianam»; por estos indicios podemos pensar que Viviani no era, al fin y al cabo, tan reacio a los nuevos métodos de análisis.

El primer libro del De centro­barycis consta de 32 proposiciones (teore­mas, problemas, escolios, etc.); hasta la hoja 31 expone principalmente los centros de gravedad de los sectores circulares, de la elipse, de la hipérbola y de los arcos de los círculos, con frecuentes referencias a Arquímedes (Conicorum, De aequiponderantibus, Assumptorum), a De la Faille y a Cavalieri; del folio 32 al 50 desarrolla, sobre todo, la teoría de las lúnulas, de los arbelos en relación con su cuadratura, refi­riéndose a lo que está en conformidad con ello en los libros Assumptorum y Medida del círculo (v.), de Arquímedes y en Hipó­crates, Procio, Pappo y Vieta.

También aquí, después de la proposición III, en el folio 12, Viviani observa «Idem brevius affermative per auream Methodum Cavalieranam». El segundo libro del Centrobarycis desarrolla la teoría de los centros de gravedad de las superficies con genialísimas generalizacio­nes, como aquella de la hoja 8, sobre el equilibrio respecto al centro de la Tierra de cualquier superficie geográfica proyectada sobre un plano de la parte opuesta a la superficie misma terrestre, notando «Quae omnia tune clarius explicabuntur quum alias si Deo placuerit, Elementa ad haec aliaque innúmera demostranda, fuerimus in vulgus prolati».

El De centrobarycis fue es­tudiado en 1821 por Pietro Ferroni, el cual hizo su elogio, señalándolo como modelo digno de imitarse. El tratado De terebratione solidorum, acerca de la perforación de los cuerpos redondos y después de la intersec­ción de los cilindros con cuerpos redondos, está en estrecha relación con la Formación de los cielos (v.). En estos tres escritos los métodos de Viviani, por su elegancia y refinamiento, superan a sus otros dos tra­bajos publicados, sobre las adivinaciones de Apolonio y de Aristeo, y debemos lamentar que el autor, ante todo por las exigencias profesionales debidas a su cargo de mate­mático e ingeniero del gran duque, no pudiese llevar a término la publicación de estos y los demás manuscritos.

Debemos esperar todavía una edición íntegra, que permitirá un juicio más seguro acerca del valor de este célebre geómetra de la escuela de Galileo, del que, en el Museo de la His­toria de las Ciencias de Florencia, existe un astrolabio construido por él en su juven­tud (1645).

P. Pagnini

Obras, Gregorio Silvestre Rodríguez de Mesa

La obra literaria del poeta y músico español Gregorio Silvestre Rodríguez de Mesa (1520-1569) fue publi­cada con el título de Obras en 1582 en Granada por la viuda e hijos del poeta.

En la edición su obra aparece dividida en cuatro libros: el primero contiene diez la­mentaciones, cinco sátiras y algunas glosas y canciones; el segundo, los poemas Fábula de Dafne y Apolo, Píramo y Tisbe, La visita de Amor y La residencia de Amor; el ter­cero, glosas, canciones morales y devotas, dos romances y una glosa a las famosas Coplas de Jorge Manrique; el cuarto, la Fá­bula de Narciso y algunos poemas.

La obra de Gregorio Silvestre ha sido reeditada en los vols. XXXII y XXXV de la «Biblioteca de Autores Españoles». Particular interés tienen los tres poemas mitológicos. Silvestre escribe su Fábula de Píramo y Tisbe y su Fábula de Dafne y Apolo en metro tra­dicional castellano — no en vano participó y anduvo mezclado en las polémicas sobre el uso del metro tradicional y del metro nuevo.

Aunque «no falta la dedicación a la dama de sus pensamientos» — como advierte José M.a de Cossío —, el tono de la fábula es completamente moralizador, sin intención estética ni literaria. Incluso su tendencia a la alegoría lo vincula aún más a la es­cuela tradicionalista castellana. A pesar de todo esto, se le escapan reminiscencias de lecturas de los poetas italianos y de Garcilaso. Marín Ocete, que ha estudiado la obra de Silvestre, encuentra coincidencias entre la Fábula de Píramo y Tisbe y la de Cristóbal de Castillejo.

Ambas fábulas acu­san además un acentuado carácter realista, propio también de la poesía tradicional. Pero Silvestre se habría de convertir a los nuevos metros en su Fábula de Narciso — fábula que tiene relación con un poema de Hernando de Acuña (v. Varias poesías) y que ha originado las discusiones acerca de cuál de los dos tiene prioridad —, que glo­sa el conocido mito de Eco y Narciso. Pero perduran dentro de los nuevos moldes las características de realismo, los rasgos ar­caizantes que provienen de los libros de caballerías, junto con las influencias de la poesía italianizante («…o rosa fresca, blan­ca y colorada/encima de la nieve desho­jada»).

Obras Cristóbal Suárez de Figueroa

Las obras del doctor Cristóbal Suárez de Figueroa (1571-1639?) acusan el temperamento resen­tido de su autor, que vivió estrechamente del cultivo de las letras, fue perseguido por el Santo Oficio y sintió la envidia de los autores que alcanzaban fama.

Suárez de Figueroa inició su producción literaria con una obra de carácter pastoril, La constante Amarilis (1609), que obtuvo algún éxito y fue traducida al francés. Publicó después un poema narrativo sobre la batalla de Roncesvalles, La España defendida (1612) y tradujo en 1615 la Plaza universal de todas las profesiones (v.) de Tommaso Garzoni con el título Plaza universal de todas las ciencias y artes, con adiciones de toda clase.

Pero la obra que más fama le ha dado y que sin duda es la mejor es. El Pasajero. Advertencias utilísimas a la vida humana, publicada en Madrid en 1617, divi­dida en diez «alivios» o diálogos, en los que cuatro viajeros, un militar, un orfebre, un maestro en artes y teología y un doctor en jurisprudencia, discuten acerca de temas de estética, política, historia, literatura, etc. Suárez de Figueroa tenía el proyecto de publicar una Arte Poética; muchas de las ideas que seguramente habrían de figurar en esta obra las vertió en El Pasajero.

Y aunque estas ideas provengan de la tradi­ción de la preceptiva aristotélica, y en espe­cial de la Filosofía Antigua Poética de Ló­pez Pinciano, Suárez de Figueroa pone por encima de todo el valor de la práctica fren­te al de la teoría, como fruto de su pre­ocupación por los problemas reales de su momento histórico. Los críticos han que­rido encontrar en él una de las primeras visiones críticas de España.

Suárez de Fi­gueroa protesta mordazmente contra la vida y las costumbres de la España del momen­to, contra las comedias de capa y espada, contra la rutina del culto, contra la igno­rancia de los traductores, la adulación de los poetas, la vacuidad de la oratoria sa­grada, etc. Más concretamente se refiere a problemas de carácter literario; así nuestro autor sustenta una teoría sobre los orígenes de la lírica semejante a la de los románti­cos.

Frente a las teorías que defendían el estilo complejo y oscuro, nuestro autor pro­pugna la claridad y la naturalidad: «…no deben ser los versos revueltos ni forzados; mas llanos, abiertos y corrientes, que no hagan dificultad a la inteligencia, si no es por historia o fábula». A esta claridad se debe juntar la alteza del estilo, para con­seguir de esta forma la grandeza necesaria. Todas estas afirmaciones van dirigidas con­tra Góngora y su escuela a los que llama «torre de Babel». Siguiendo a Herrera acon­seja prudencia en el empleo e introducción de neologismos. .

Trata también de los géne­ros literarios y es importante su defini­ción del cuento o novela corta: «Por novela al uso entiendo ciertas patrañas o consejas propias del brasero en tiempo de frío, que, en suma, vienen a ser unas bien compuestas fábulas, unas artificiosas men­tiras… Las novelas, tomadas con el rigor que se debe, es una composición ingeniosí­sima, cuyo ejemplo obliga a imitación o escarmiento. No ha de ser simple ni des­nuda, sino mañosa y vestida de sentencias, documentos y todo lo demás que pueda ministrar la prudente filosofía». No deja tampoco sin atacar al Arte Nuevo de hacer comedias de Lope por no ceñirse a los pre­ceptos clásicos. Nada escapa a la ironía y a la crítica de Suárez de Figueroa, pero por esto mismo su obra tiene un valor deci­sivo, pues nos informa por igual tanto de las costumbres de la España del siglo XVII como de la ideología y doctrinas que impe­raban en aquel siglo.

Obras, George Friedrich Bernhard Riemann

[Gesammelte mathematische Werke. Wissenschaftlicher Nachlass]. Las memorias científicas del gran matemático alemán George Friedrich Bernhard Riemann (1826-1866) frieron recopila­das y publicadas después de su muerte en Leipzig en 1876.

Riemann aparece en el mundo en la época en que, bajo el irresis­tible impulso de Gauss, el «princeps mathematicorum», alemania, gracias a Jacobi, Lejeune – Dirichlet, Eisenstein, etc., estaba en trance de conquistar la preeminencia en el análisis que había de conservar durante todo el siglo XIX. Riemann, que en Gotinga y en Berlín tuvo a aquéllos como maes­tros, no tardó en mostrarse como digno dis­cípulo suyo, para colocarse más tarde a su nivel. Que sucedió así queda demostrado por el conjunto de sus obras, que en poco más de quinientas páginas le colocan al lado de Euler y de Cauchy, autores de volúme­nes imponentes.

Esta limitada extensión de las obras de un genio indiscutible, se explica por el hecho de que Riemann no entregaba a la imprenta ningún escrito que no fuese considerado por él como perfecto, no sólo en su contenido, sino también en la forma (estilo y cálculos). Su actividad científica se inicia con la disertación doctoral pre­sentada en 1851 en la Facultad filosófica de Gotinga sobre los «Fundamentos de una teoría general de las funciones de una va­riable compleja» (Werke, n. I); título ple­namente justificado por cuanto se esta­blecen en ella las bases definitivas de una gran teoría que desde hace un siglo es ob­jeto de estudios importantísimos por una pléyade de matemáticos.

Puede observarse razonablemente que las definiciones y teo­remas que allí se leen se han hecho tan familiares a los matemáticos de todos los niveles, que al leer la disertación no se puede evitar una sensación de asombro, al enterarse de que tanto unas como otros per­manecieron desconocidos hasta hace un si­glo, de modo que para juzgar de la gran­deza del autor hay que recordar la genial observación de E. Renán, según el cual la máxima aspiración de un pensador ha de ser que sus ideas se difundan de tal modo, en extensión y profundidad, por todo el mundo, que pierdan toda huella de su ori­gen. Partiendo de la representación de los números complejos y de su función sobre los puntos de un plano, Riemann estableció las condiciones de homogeneidad de una función de variable compleja, para pasar luego a extender la noción de integral de­finida.

Estas consideraciones conducen ya a originales e importantes conclusiones; pero ya entonces se presentaban otras a la mirada sagaz del joven matemático, como resulta de algunas frases con las que termina su obra. Con ésta se relaciona, en cuanto al contenido, una extensa memoria (n. VI) que tal vez pueda considerarse como la más importante de todas cuantas escribió él: con ella se propone demostrar cómo los principios establecidos por él permiten dar origen a una teoría completa de una nueva clase de funciones, más generales que las elípticas de las que son la natural exten­sión, es decir, aquellas que Abel fue el pri­mero en considerar y de las que descubrió una propiedad fundamental.

Mas para con­seguir el intento no son ya suficientes los principios establecidos por Riemann; en ellos habla casi exclusivamente de funciones de un solo valor, mientras que más tarde in­tentó ocuparse también de las otras. Con tal fin, después de recordar algunas de las nociones precedentes, da a conocer los fun­damentos de una nueva disciplina que más tarde recibió un maravilloso desarrollo, el «analysis situs». Gracias a todo lo expuesto allí (léanse los complementos en la nota póstuma n. XXVIII), se alcanzaron las famosas, «superficies de Riemann», que son planos en varios estratos (fuera más expre­sivo decir «redes» planas, en varios estratos superpuestos y con mallas infinitesimales), que para las funciones de varios valores desempeñan el mismo papel que el plano de Gauss para las de uno solo.

Para cono­cer los orígenes de otros importantes con­ceptos (género, clase), que intervienen hoy en todo el análisis moderno, hay que recu­rrir también a la misma obra; ésta sirve además de base a la teoría de las funcio­nes algebraicas y, en consecuencia, a la moderna teoría de las curvas y de las trans­formaciones algebraicas; tampoco hay que olvidar cuanto se refiere a lo que Riemann, en honor de un venerado maestro suyo, llamó «principio de Dirichlet». Esta amplia sección introductora permitió a Riemann resolver el problema general de «construir una función de una variable compleja, de la que se conozcan suficientes condiciones de límite y las discontinuidades».

En el resto de la memoria se explica cómo de ese modo se consiguen los elementos para cons­truir las buscadas expresiones de las fun­ciones abelianas; pero es imposible resumirla inteligiblemente sin invocar la ayuda de los símbolos; advirtamos sólo que el caso del género p = 3 fue particularmente exami­nado por el autor en un breve escrito póstumo (n. XXX). Sirve de esencial com­plemento a la gran obra, una memoria (n. XI) concerniente a un teorema sobre la anulación de las funciones 0 de varias variables, que sólo aquí quedó demostrado rigurosamente. Estos escritos de Riemann relativos a las funciones abelianas consti­tuyen, en su conjunto, «lo más importante» de las contribuciones aportadas por él a las ciencias exactas; pero no lo «único», como nos disponemos a demostrar empezando con el examen de las relativas al análisis en sus varios aspectos.

Cronológicamente viene en primer lugar la disertación (n. XII) pre­sentada en 1854 para conseguir la habilita­ción a la enseñanza de las matemáticas, pero que hasta mucho más tarde no llegó al dominio público. El tema es la teoría de las series trigonométricas (llamadas tam­bién «de Fourier»). Después de una breve introducción histórica, se trata la tan deba­tida cuestión de la representabilidad de una función, mediante una serie de la especie indicada; en el tratado se reconocieron indi­cios claros de la existencia de funciones continuas carentes de derivada en toda su extensión; ¿es necesario destacar que se trata de la genial anticipación de un revo­lucionario resultado que se alcanzó más tarde? A 1857 pertenece una memoria (n. VI) relativa a la amplia y notable categoría de funciones que Gauss llamó «hipergeométricas», Para estudiarlas se ha­bía recurrido hasta entonces a la ecuación diferencial lineal satisfecha por dichas fun­ciones, o bien a su representación con una integral definida.

Riemann, igual que sus predecesores, apeló al primer artificio, para no servirse de la noción de integral en el campo complejo, que entonces no era fami­liar a todos. Y basándose en los principios expuestos en algunas de sus obras prece­dentes, pudo efectuar un estudio exhaustivo de las funciones en cuestión, con argumen­taciones aplicables a todas las funciones in­tegrales de ecuaciones diferenciales lineales con coeficientes constantes. Dos años más tarde hizo una memorable aplicación del análisis a un problema de la «Teoría de los Números» (n. VII), es decir, al de la dis­tribución de los números primos en la serie natural de los números enteros.

Con dicho fin recurrió a una función numérica que indicaba con el signo griego £ (la expondre­mos debido al uso que se hace de ella por parte de cuantos intentan descubrir el mis­terio en que sigue envuelta la distribución de los números primos). Esta memoria con­tiene la idea completamente original y fe­cunda de extender a todo el plano la expre­sión de una función que en su origen sólo había sido definida para ciertos valores de la variable. Del nuevo ente analítico resultante, Riemann en parte demostró y en parte enunció algunas importantes propiedades que le condujeron a una expresión asintótica del número de los números primos que caen dentro de un límite determinado.

En una carta a Weierstrass (n. XV) demostró el siguiente teorema general: «No existe ninguna función uniforme de n variables dotada de un período mayor de 2 n». A la época juvenil de Riemann (1847) pertenece un ensayo (n. XIX) de generalización de los conceptos de diferenciación y de in­tegración que, por lo que sabemos, no tuvo continuación, ni por obra de su autor, ni por sus innumerables discípulos y admira­dores. Un breve trabajo (n. XXI) sobre las ecuaciones diferenciales lineales coloca a Riemann entre los primeros cultivadores de una rama de análisis que, en tiempos más próximos a nosotros, tuvo amplio des­arrollo; lo mismo puede decirse respecto a un fragmento (n. XXVII) relativo a las funciones modulares elípticas. Advirtamos por último que un fragmento referente al desarrollo en fracción continua del cociente de dos series hipergeométricas, pudo ocupar un lugar en la colección de las Obras de nuestro autor, gracias (n. XXIII) a. la excelente redacción debida a H. A. Schwarz.

En esta reseña de la producción de Riemami encontramos ahora las obras de tema geométrico. Sus meditaciones sobre tales temas remontan a tiempos anteriores a su doctorado, y tienen por asunto los principios de la geometría. Éste es precisa­mente el tema de una de las tres tesis que presentó para su doctorado, y en aquella ocasión lo desarrolló por voluntad de Gauss, que formaba parte del tribunal. Pero sólo se tuvo noticia de esta contribución cuando, después de su muerte, se publicó el texto (n. XXIII) en las «Memorias de la Aca­demia de Gotinga» (v. Hipótesis sobre las que se basa la geometría). La extremada concisión del texto hizo verdaderamente di­fícil su comprensión, hasta el día en que Helmholtz dio a conocer públicamente ideas análogas.

La originalidad e importancia de las ideas de Riemann queda demostrada por el hecho de que partió del concepto general de espacio lineal con cuantas di­mensiones se quieran (adviértase que hace un siglo se trataba de una idea que era familiar a muy pocos) y se plantea el pro­blema de cómo se le puede caracterizar matemáticamente; inspirándose en el con­cepto que Gauss estableció en la base de su teoría de las superficies, Riemann carac­teriza un espacio mediante la expresión de su elemento lineal. La influencia que esto ejerció fue «de tal volumen, que ni lengua ni pluma pueden describirla»; para dar una idea, nos limitamos a llamar la atención del lector sobre los numerosos capítulos con que, a consecuencia de ello, se ha podido enriquecer la geometría.

Otra teoría geo­métrica a la que Riemann dio una contri­bución de primer orden es la de la superficie de área mínima. En los años 1860-61 consiguió representar analíticamente una superficie de dicha especie; las fórmulas descubiertas por él sirven muy bien para resolver el problema de representar analí­ticamente las que tiene un determinado contorno, cualquiera que sea su constitu­ción.

Comunicó estas fórmulas a un discí­pulo suyo, para que las proveyese de demos­traciones rigurosas; así se originó una im­portante memoria (n. XVII), no publi­cada hasta después de la muerte del autor; desde entonces las nuevas fórmulas ocupa­ron un lugar permanente en la exposición de la materia; cómo han de aplicarse en casos especiales, se sabe gracias a una bre­ve nota póstuma (n. XXVI). La actividad dé Riemann ‘se desarrolló en la época en que los grandes progresos que iba efec­tuando el análisis indujeron a emplearlo en la investigación de los fenómenos físicos.

Nuestro matemático siguió el ejemplo de sus gloriosos maestros, desde que se dispo­nía a conquistar el título doctoral (adviér­tase que anteriormente había frecuentado el Laboratorio de física de la Universidad de Gotinga). Los temas de sus trabajos le fueron sugeridos por las lecturas que incan­sablemente iba haciendo; demuestra su importancia el hecho de que — como indicó F. Klein — su influencia no se ha agotado todavía.

He aquí los títulos de esos traba­jos: «Sobre las leyes de la tensión eléctrica en los cuerpos ponderables, cuando éstos no están considerados como obstáculos de tensión eléctrica de fuerza finita» (n. II); «Sobre la teoría de los anillos coloreados de Nobili» (n. III); «Sobre el transporte de las ondas de área llana de amplitud de oscilación finita» (n. VIII). También per­tenece a la física matemática una carta escrita en italiano a E. Betti (n. XVI) (Riemann pasó varias temporadas en Italia, descansando, en busca de alivio a una en­fermedad incurable que, precisamente en Italia, le condujo a la muerte); se encuen­tra ahí resuelto el problema de encontrar la atracción de un cilindro recto elíptico; un tema análogo es el tratado en un frag­mento póstumo relativo a un anillo elíptico (n. XXIV).

Entre sus obras inéditas se encuentra también una «Nueva teoría de la resistencia en los aparatos de conexión eléctricos» (n. XX) que el autor no quiso publicar nunca debido a algunas objeciones que se le hicieron cuando lo comunicó a la Academia de Gotinga. El conocido volumen de Helmholtz Investigaciones sobre las sen­saciones sonoras (v.) sugirió a Riemann algu­nas observaciones sobre «La mecánica del oído» (n. XVIII); pero, desgraciadamen­te, la muerte le impidió llegar a una con­clusión.

Otro trabajo le fue inspirado por el siguiente tema de concurso, propuesto en 1858 por la Academia de París: «Trouver quel doit être l’état calorifique d’un corps solide homogène indéfini, pour qu’un sys­tème de courbes isothermes, à un instant donné, restent isothermes après un temps quelconque, de telle sorte que la tempera- ture d’un point puisse s’exprimer en fonc­tion du temps et de deux variables indé­pendantes». Riemann contestó en 1861 con una memoria escrita en latín; pero no pudo ser premiada porque los enunciados de las proposiciones componentes no iban acom­pañados de ninguna demostración.

El ma­nuscrito fue retirado en 1868 y publicado (n. XXII) con doctos comentarios por parte del editor; resulta de él que el tra­bajo de Riemann enlaza con sus investigaciones sobre los principios de la geometría. La producción matemática de Riemann es de tal importancia (dijérase que más en masa que en volumen), que podría hacer creer que ella sola absorbió toda una vida que sólo duró cuarenta años. Pero su espí­ritu, similar al de Leibniz (cuyas palabras empleamos) no conseguía saciarse con un solo alimento.

Además de la física, cuyos progresos siguió, y no sólo pasivamente, se interesó activamente por la filosofía, disci­plina que entonces atraía en Gotinga a emi­nentes cultivadores. Bastarían para probarlo sus obras sobre los principios de la geome­tría y el ya recordado fragmento sobre la mecánica del oído. Pero como confirmación indiscutible quedan algunas páginas de sus manuscritos, también publicadas en sus Obras. Tratándose de materiales dispares, escritos en tiempos alejados unos de otros, es vano pretender decidir, como pensaba Riemann, unirlos en un todo orgánico; se sabe sólo, por declaración suya, que en ello hubieran desempeñado un importante papel algunas ideas directrices de sus trabajos matemáticos.

Destinadas las presentes líneas a lectores de todas las especialidades, cree­mos oportuno referir los asuntos de los te­mas tratados para llamar la atención de los cultivadores de la filosofía sobre esta parte, quizás hasta ahora desconocida por ellos, de la obra de este gran pensador: «Sobre la psicología y la metafísica»; «De una relación general entre los sistemas de los conceptos tesis y antítesis»; «Ensayo de una teoría de los fundamentos de la geo­metría y de la física, como base de la ex­plicación de la Naturaleza»; «Mecánica mo­lecular», «Gravitación y luz»; «Movimientos producidos sólo por fenómenos de grave­dad, o sólo por fenómenos luminosos, o por ambos fenómenos»; «Expresión común de las leyes de los movimientos naturales y de la acción de la fuerza de gravedad sobre el movimiento de los cuerpos ponderables»; «Nuevos principios de filosofía natural» (des-? cubiertos el 1.° de marzo de 1853).

No sa­bríamos compendiar mejor la impresión que se recibe contemplando en su conjunto los descubrimientos debidos al sabio a quien está dedicado el presente artículo, que refi­riendo el juicio sintético de otro gran ana­lista de nuestra época, C. Hermite: «La obra de Bernhard Riemann es la más hermosa y grande del análisis de nuestra época; está consagrada por una admiración unánime; dejará en la ciencia una huella indeleble. Los geómetras contemporáneos se inspiran para sus trabajos en sus ideas, y revelan cada día con sus descubrimientos, la importancia y fecundidad de los mismos. El ilus­tre geómetra abrió en el análisis una era completamente nueva que lleva la huella de su genio.» Trad. francesa de las mejores memorias a cargo de L. Lengell (París, 1898).

G. Loria