Obras Espirituales, Juan de Yepes y Alvarez

Poesías místicas con sus correla­tivas prosas doctrinales de Juan de Yepes y Álvarez (1542-1591), conocido por San Juan de la Cruz, religioso carmelita dis­cípulo, confidente y continuador de la obra y apostolado de Santa Teresa de Jesús.

Publicadas póstumas en 1618, dieron una fama imperecedera a su autor. San Juan de la Cruz se nos revela no sólo como el más grande poeta español de la contemplación mística, en su valor de conocimiento expe­rimental de amor y de unión, sino también como el profundo teólogo que, replegán­dose en los arrobamientos de su alma, sabe captarse intelectualmente y justificarse so­bre el fundamento de la doctrina paulina de la caridad: la virtud sobrenatural que nos transforma progresivamente en Dios, y que nos lo hace conocer en sí mismo dándonos de él un conocimiento de amor, plenamente posesivo y fruitivo, en la medida que nos es permitida aquí abajo, en el tiempo.

De su experiencia mística, que se cumple vital­mente en las soledades secretas de un espí­ritu profundamente penetrado con la nos­talgia de la naturaleza divina, San Juan de la Cruz traza el camino en la «Subida al Monte Carmelo»: ocho canciones declara­das minuciosamente en tres libros de prosa. Este camino es el de un alma que se des­poja de todo y se arranca de todo, resuelta a perderse para volverse a encontrar com­pletamente en las manos de Aquél a quien ama por sí mismo, y por encima de todas las cosas.

Al final de su ascensión, en la cum­bre del monte, el alma, dejando obrar den­tro de sí a Dios, que la eleva, quedará uni­da a Él y absorbida en Él. Será Dios por participación. Será amor. Pero en este or­den de realización espiritual, la ley de per­fección consiste en renunciar a todo (a «toda ciencia»): no poseer ya nada para adqui­rirlo todo. San Juan de la Cruz canta en­tonces la «Noche oscura del alma»; o sea, como él declara en prosa, la liberación de todo conocimiento distinto y la anulación de todo acto de inteligencia; porque Dios comunica entonces un conocimiento sobre­natural amoroso; un conocimiento de con­templación, confusa y oscura, que procede de Dios en el interior del alma, pero que es un rayo de tinieblas para el entendi­miento.

Dios es, de este modo, el agente principal de la obra de la contemplación; una actividad vital e inmanente, que se cumple bajo el impulso del Espíritu Santo: visita de amor que el Hijo de Dios hace al alma renovando en ella las virtudes y los dones ya recibidos de Él, para hacerlos ex­pandir «en admirable fragancia de sua­vidad y de perfumes».

Surge de este modo el «Cántico espiritual entre el alma y Cris­to su esposo», que se inspira en el Can­tar de los Cantares (v.) en sus formas y manera de representación, pero celebrando el sumo grado del amor y de la unión mís­tica: ansia del alma que busca a su Amado; dolor por su ausencia, que lo conduce a un conocimiento más intenso y más puro; unión inmaterial del amor, por la cual uno se pierde en la realidad del otro, en cuanto en el Otro se convierte en más que sí mis­ma: «El Amado con la amada, la amada transformada en el Amado».

El matrimonio espiritual es, precisamente, esta completa transformación de Amor: «Amado con ama­da, amada en el Amado transformada»; y en virtud de esta transformación se desva­nece en el alma todo lo que se exhala del amor. Ella es entonces, en cierta manera, el Todo, porque la vida infinita de Dios irrumpe en ella y se traduce en operaciones vitales; y como dice San Pablo «no soy quien vive, sino Cristo que vive en mí».

Según el ser de amor, por el cual un espí­ritu vive de la vida del otro, el alma no es más que una pura llama: «Llama de amor viva»; una llama de amor, de la que San Juan de la Cruz, en cuatro canciones aclaradas con largas notas, sigue los ímpe­tus y los anhelos porque en ella se comu­nican el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: el misterio más sagrado de la revelación cristiana. Ciertamente, sin una profunda simpatía espiritual y una preparación de pensamiento, no se entiende el efusivo liris­mo de nuestro poeta, porque las imágenes de que se sirve no son nunca fin para sí mismas: mediadoras continuas de una vida íntima de afectos, de sufrimientos, de ansias inefables y de ambiciones celestes, que le conducen a un conocimiento experimental de las Personas divinas.

Pero educado en la exquisita y musical sensibilidad de los poe­tas españoles clasicizantes, San Juan de la Cruz consigue dar expresión transparente y concreta a la vida de su alma, porque son irradiados por la presencia invisible del Amado, los cuadros idílicos de la natura­leza y los aspectos contingentes del mun­do exterior.

M. Casella

Poesía angélica, celestial y divina. (Menéndez Pelayo)

Obras Histórico-Médicas, Gregorio Marañón

Difícil es establecer paralelos y meri­dianos en la obra «cosmológica» y humanis­ta del doctor Gregorio Marañón (n. 1887, m. 1960).

Obra trabada en torno del sentido de lo real, como se echa de ver incluso en uno de los raros versos del gran intelec­tual («Y llamar al pan, el pan; y llamar al vino, el vino»), Marañón coloca el na­turalismo en la raíz de su vocación de científico y de médico, y por él se aparta de la literatura de ficción, y llega por él a un sano sentimiento religioso. Lo que primordialmente interesa a Marañón es el hecho de la vida: como germen (la sexua­lidad), como función (la endocrinología), como manifestación (la historia).

Estos son los temas máximos del estudio y la docen­cia del doctor. Temas que, entrelazados, dan lugar a la multitud de ensayos, artícu­los, conferencias, monografías y prólogos, donde se evidencia de continuo el «apriorismo» biológico de lo personal y lo histó­rico. A la historia anecdótica y a la crítica añade Marañón el estudio genético que busca ya en la herencia biológica el deter­minado ámbito de la actividad humana pos­terior, así como de las patologías previsi­bles, pues la enfermedad no es sino la última fase de un proceso constitutivo favorecido principalmente por las secre­ciones internas.

En ellas se encuentra el principio modelador del hombre somático y aun .psíquico. Doctrina en virtud de la cual se reincide en la importancia del estu­dio biológico de la historia llevado a cabo por Marañón en libros tales como Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo (1930), primer trabajo de una lar­ga serie historicobiológica, en el cual, tras conciliar su investigación con la de los profesionales de la historia («Intromisión y colaboración»), se adentra en los domi­nios de la disciplina que Gracián llamó «gustosa», y se detiene en la figura del rey Enrique IV, a quien la tradición ha impuesto el sambenito de impotente.

Con­tra esta afirmación lucha Marañón apor­tando toda suerte de documentos (sobre todo el testimonio de los extranjeros que viajaban entonces por España: Munzen) y sus propias reconstrucciones médicas, que le llevan a diagnosticar en Enrique IV una impotencia parcial que seguramente no le impediría ser padre de la «Beltraneja». En torno a esta tesis se organizan multitud de consideraciones acerca de la conducta sexual de los principales perso­najes de la época (don Beltrán, la reina doña Juana, los privados Luna y Pacheco) y de los usos, abusos y defectos de la viri­lidad en la castellana corte de los Trastamara (influencia de la homosexualidad de la morería decadente).

Pero, indudablemen­te, lo más importante de este ensayo claro, rápido y documentado es su punto de partida: la posibilidad de utilizar para el pretérito los conocimientos de la moderna ciencia biológica («Razón y riesgos de la clínica arqueológica») y de ejemplificar con figuras históricas y aun legendarias el esquematismo de una disciplina tan vital como la endocrinología. Es admirable que Marañón una al rigor científico una cari­ñosa comprensión de las debilidades huma­nas, lo cual se hace particularmente noto­rio en su empeño de demostrar a toda costa la moralidad de algunas damas muy zarandeadas por la tradición, como es el caso con doña Juana, esposa de Enrique IV, y también, en otro libro, el de la reina Isabel de Borbón o el de la superiora de San Plácido.

En Don Juan (1940) estudia Marañón, en tres ensayos, los factores psi­cológicos de la formación de la leyenda del Tenorio. En la corte de Felipe IV se unen los dos temas (el Convidado de piedra y el Burlador) para dar lugar a la figura lite­raria de Don Juan (v.), considerada luego genuinamente española. Define a Don Juan como «el varón constantemente enamorado e incapacitado para amar», y ve en él una virilidad indecisa que incluso puede abocar en el «vicio nefando». En el aspecto doc­trinal, Don Juan es un capítulo más de las teorías sexuales de Marañón, conocidas ya por sus lectores en 1940, y frecuente­mente mal interpretadas.

Junto a la diser­tación teórica acerca de qué es lo correcto en el sexo y cuáles son los prototipos de la virilidad, se enumeran en el libro una serie de sucesos y personajes teñidos por el ambiente inquisitorial y por ello más pecaminosamente erótico de la corte aún imperial de Felipe IV. El tipo de Don Juan no es español (ni tampoco específicamente andaluz). El Burlador es una importación cosmopolita, aclimatada en la corte espa­ñola en un momento en que en España se podía ser el Don Juan más brillante de la historia, porque no había moral, religión e imperio más fuertes que violar. Así, al unísono con los escándalos del iluminismo (de filiación luterana) cristaliza la leyenda del Burlador en España gracias a la intui­ción de Tirso de Molina.

Si nos pregunta­mos por la existencia de un modelo histó­rico donjuanesco debemos dirigir la mirada hacia el conde de Villamediana, su­puesto amante de la reina y uno de los actores en los escándalos de San Plácido. El conde posee todas las notas externas e íntimas del burlador, varón imperfecto («hombre sin nombre», como definiera im­plícitamente Tirso) que no personaliza a la mujer y que acaba sepultando su vaci­lante vigor emocional en el homosexualis­mo. Tangencialmente defiende Marañón la virtud de la reina doña Isabel de Borbón, modelo de esposas pese a la divisa osten­tada por el de Villamediana («Son mis amores reales»).

Se percibe en Marañón una crítica ecuanimidad, paliada tan sólo cuan­do de defender a España se trata, y cuando se persigue la sorpresa de la «paradoja histórica». Tendencia que encontramos en su libro sobre Amiel (Un estudio sobre la timidez) (1932), escrito certero y profundo sobre el curioso y oscuro profesor ginebrino, cuya vida «podría definirse como un viaje doloroso, inacabable y sin objeto en torno de su sexo», así como en sus restantes traba­jos históricos: Antonio Pérez, etc. (v. Estu­dios históricos).

Otro hemisferio de los libros de Marañón es el constituido por sus diser­taciones acerca del ser y la esencia del ma­gisterio universitario, sobre la vocación y la deontología médicas (Vocación y ética, Crí­tica de la medicina dogmática, Enciclope­dismo y Humanismo, etc.), sobre el sentido de lo hispánico (Raíz y decoro de España, Elogio y nostalgia de Toledo, Cuatro comen­tarios a la Revolución Española, Españoles fuera de España). Y, finalmente, los traba­jos decididamente médicos de Marañón in­formados por la amenidad literaria: Tres ensayos sobre la vida sexual (1926), Once lecciones sobre el reumatismo (1933), Gine­cología endocrina, Gordos y flacos, Endocri­nología, enfermedades de las glándulas de secreción interna (1930), Amor, convenien­cia y eugenesia, y tantos otros libros discuti­dos siempre por cuanto exceden del incoloro’ ámbito de lo profesional para herir en el calor cotidiano de la moral práctica y de la «Weltanschauung» instrumental y emotiva.

En modo alguno pueden dejar de apasionar temas tan próximos como son: la influencia del organismo en la personalidad y^ en la moral, la iniciación sexual de los jóvenes, la regularización de los nacimientos, doctri­nas que a menudo han sido enarboladas para justificar lo injustificable, de espaldas a la luminosa concepción del verdadero intelectual, que sale al paso de sus falsos discípulos («El deber del médico y su inter­pretación maliciosa» en Vocación y ética, Madrid, 1936).

R. Jordana

Marañón es una personalidad a la vez intensa y fecunda, que se halla, maduro y maestro, en pleno período de creación y que, poseyendo una obra importante, nos sorprende cada día con una visión nueva, sugestiva y original, como su Tiberio o su Vives. (A. Valbuena Prat)

En algunos aspectos, Marañón está enla­zado con la corriente de Ganivet y de los hombres del 98, como lo prueba su interés por los problemas político sociales y la direc­ción de su actitud frente a ellos…, y entron­ca con la línea directriz de la Institución Libre de Enseñanza y con las orientaciones del pedagogo Manuel Bartolomé Cossío, guía espiritual de uno de los grupos más nutri­dos de epígonos de Giner de los Ríos. (A. Millares)

Obras Líricas y Cómicas, Divinas y Humana, Antonio Hurtado de Mendoza

Obra varia del escritor es­pañol Antonio Hurtado de Mendoza (1587- 1644), que incluye poesía y teatro, publi­cada en 1690 y reimpresa a lo largo del siglo XVIII. Como obras teatrales se in­cluyen: Querer por sólo querer, No hay amor donde hay agravio, El marido hace mujer y el trato muda costumbre.

Hurtado de Mendoza es el poeta típicamente cor­tesano que canta las circunstancias y epi­sodios de la vida de palacio de su tiempo y nos describe las fiestas reales del Buen Retiro. Poesía, por tanto, oficial, escrita a menudo en octosílabos, entre la que des­taca la Vida de Nuestra Señora María San­tísima. Frecuentemente acusa una gran in­fluencia gongorina, como se puede ver en el fragmento que sigue: «Cuando bañado de luces/con rayos peinando el viento,/por cres­pas ondas surcando/golfos de oro en sus cabellos», o cuando se refiere al tópico del tiempo que huye: «En las plumas de los días/vuelan los meses ligeros/y lo que no cupo en siglos/pendiente está de momen­tos».

Obras Didácticas , Alcuino de York

[Opera didascalica]. Título general dado en la edi­ción de la Patrología griega y latina (v.) de Migne, a la serie de tratados del monje anglosajón Alcuino de York (735-804) que llevan los títulos siguientes: De grammatica, De orthographia, De rethorica, De dialéc­tica, De música.

De ellas resulta claramente cómo Alcuino, creador y animador de la «Schola Palatina» en Aquisgrán, bajo Carlomagno, es un típico representante del sa­ber enciclopédico medieval, originado por la elaboración de los productos culturales de los siglos precedentes; en vano, por lo tanto, buscaremos allí la originalidad de pensamiento o novedad de planteamiento y de método.

En el tratado De grammatica, al que se añade como apéndice un Comen­tario a Prisciano, el autor, después de una introducción acerca del valor formativo de los estudios literarios, reproduce, en forma de diálogo entre un maestro y algunos dis­cípulos, los esquemas de los gramáticos latinos en el estudio de los diversos ele­mentos morfológicos: la sílaba, el género de los sustantivos, el número, los casos, el verbo, los tiempos y los modos verbales.

En este examen morfológico falta toda in­vestigación de carácter sintáctico, y hasta el examen morfológico está muy lejos de ser completo. En el tratado De orthographia plasmado sobre su homónimo de Beda, del cual mantiene hasta el orden alfabético, el autor se propone, como los gramáticos pre­decesores suyos, poner trabas a la decaden­cia de la ortografía latina, corrompida ya por elementos heterogéneos procedentes de lenguas bárbaras; combate por esto la ten­dencia a usar consonantes dobles en lugar de sencillas y viceversa; sonoras en lugar de mudas; expone las reglas de la asimila­ción, reacciona contra el uso vulgar de ce­rrar los diptongos o dejar caer la «s» final.

Esta obra, como las otras suyas de conte­nido análogo, interesa en cuanto permite adivinar, por medio de la indignación del gramático herido en su sensibilidad, las condiciones lingüísticas de aquellos siglos de transición del latín al romance. El tra­tado De rethorica, que tiene la forma de diálogo entre Alcuino y Carlomagno, se divide por su contenido en dos partes; en la primera el autor examina la estructura jurídica de un proceso en sus diversos ele­mentos: la acusación, la defensa legal, los testimonios, etc.

En la segunda se interesa por cuestiones propiamente literarias, y en particular por las diversas partes de que está constituida una oración, utilizando naturalmente, la división ciceroniana en cinco partes. En el tratado De dialéctica Alcuino examina algunas cuestiones relati­vas a la tópica, el uso de las comparacio­nes, la utilidad de los argumentos en con­trario, el valor de las definiciones, y a veces con un característico procedimiento medie­val acompaña las enseñanzas de los retores clásicos con una amplia ejemplificación bí­blica y cristiana en general.

En el tratado De música Alcuino trata la materia como apasionado conocedor y confiere por ello un sello personal a la exposición de las doctri­nas de su tiempo en el campo musical, pro­poniendo además algunas innovaciones ori­ginales, entre las cuales la de adoptar en Occidente los ocho tonos musicales. En su conjunto, estos tratados deben su impor­tancia al hecho de representar el carácter divulgador, de fondo religioso, del saber medieval, del todo carente de una profundización técnica y científica de los pro­blemas.

M. Corti

Obras en Verso, Francisco de Borja y Aragón

Poemas del escritor español Francisco de Borja y Aragón, prín­cipe de Esquilache (1581-1658), publicados en Madrid en 1648. En estas poesías mere­cen señalarse un soneto a Itálica, algunas glosas de las trillas populares, un romance al valle del Pisuerga y un soneto a la cre­cida del río Tajo: «¿Dónde por selvas, de tu curso ajenas,/soberbio Tajo, con furor caminas,/cargando tus espaldas cristalinas/ de troncos y de estériles arenas?…;»

Poeta correcto en la rima, profundo y claro en los pensamientos, suelto en la versificación, don Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache, es uno de los pocos poetas de su tiempo que acertaron a sustraerse a las influencias culteranas y casi a las concep­tistas, aunque algunas veces — de tanto huir de lo que bullía en su ambiente — incurre en el prosaísmo.

C. Conde