Obras Cristóbal Suárez de Figueroa

Las obras del doctor Cristóbal Suárez de Figueroa (1571-1639?) acusan el temperamento resen­tido de su autor, que vivió estrechamente del cultivo de las letras, fue perseguido por el Santo Oficio y sintió la envidia de los autores que alcanzaban fama.

Suárez de Figueroa inició su producción literaria con una obra de carácter pastoril, La constante Amarilis (1609), que obtuvo algún éxito y fue traducida al francés. Publicó después un poema narrativo sobre la batalla de Roncesvalles, La España defendida (1612) y tradujo en 1615 la Plaza universal de todas las profesiones (v.) de Tommaso Garzoni con el título Plaza universal de todas las ciencias y artes, con adiciones de toda clase.

Pero la obra que más fama le ha dado y que sin duda es la mejor es. El Pasajero. Advertencias utilísimas a la vida humana, publicada en Madrid en 1617, divi­dida en diez «alivios» o diálogos, en los que cuatro viajeros, un militar, un orfebre, un maestro en artes y teología y un doctor en jurisprudencia, discuten acerca de temas de estética, política, historia, literatura, etc. Suárez de Figueroa tenía el proyecto de publicar una Arte Poética; muchas de las ideas que seguramente habrían de figurar en esta obra las vertió en El Pasajero.

Y aunque estas ideas provengan de la tradi­ción de la preceptiva aristotélica, y en espe­cial de la Filosofía Antigua Poética de Ló­pez Pinciano, Suárez de Figueroa pone por encima de todo el valor de la práctica fren­te al de la teoría, como fruto de su pre­ocupación por los problemas reales de su momento histórico. Los críticos han que­rido encontrar en él una de las primeras visiones críticas de España.

Suárez de Fi­gueroa protesta mordazmente contra la vida y las costumbres de la España del momen­to, contra las comedias de capa y espada, contra la rutina del culto, contra la igno­rancia de los traductores, la adulación de los poetas, la vacuidad de la oratoria sa­grada, etc. Más concretamente se refiere a problemas de carácter literario; así nuestro autor sustenta una teoría sobre los orígenes de la lírica semejante a la de los románti­cos.

Frente a las teorías que defendían el estilo complejo y oscuro, nuestro autor pro­pugna la claridad y la naturalidad: «…no deben ser los versos revueltos ni forzados; mas llanos, abiertos y corrientes, que no hagan dificultad a la inteligencia, si no es por historia o fábula». A esta claridad se debe juntar la alteza del estilo, para con­seguir de esta forma la grandeza necesaria. Todas estas afirmaciones van dirigidas con­tra Góngora y su escuela a los que llama «torre de Babel». Siguiendo a Herrera acon­seja prudencia en el empleo e introducción de neologismos. .

Trata también de los géne­ros literarios y es importante su defini­ción del cuento o novela corta: «Por novela al uso entiendo ciertas patrañas o consejas propias del brasero en tiempo de frío, que, en suma, vienen a ser unas bien compuestas fábulas, unas artificiosas men­tiras… Las novelas, tomadas con el rigor que se debe, es una composición ingeniosí­sima, cuyo ejemplo obliga a imitación o escarmiento. No ha de ser simple ni des­nuda, sino mañosa y vestida de sentencias, documentos y todo lo demás que pueda ministrar la prudente filosofía». No deja tampoco sin atacar al Arte Nuevo de hacer comedias de Lope por no ceñirse a los pre­ceptos clásicos. Nada escapa a la ironía y a la crítica de Suárez de Figueroa, pero por esto mismo su obra tiene un valor deci­sivo, pues nos informa por igual tanto de las costumbres de la España del siglo XVII como de la ideología y doctrinas que impe­raban en aquel siglo.