Obras, Ignacio Ramírez

Colección de las es­critas por el literato mexicano, de raza in­dia, Ignacio Ramírez, conocido con el pseu­dónimo «El Nigromante». Se publicaron en dos tomos en 1889; el primero contiene:

I. «Poesías».

II «Discursos».

III. «Artícu­los históricos y literarios».

El segundo:

I. «Economía política».

II. «Cuestiones polí­ticas y sociales».

III. Diálogos de «El Men­sajero».

La biografía de Ramírez, escrita por Altamirano, va al frente del tomo I, en el cual ocupan las poesías las páginas 3-128. Son un medio centenar de composiciones, a veces de inspiración filosófica o animadas por la pasión política. Ya en edad senil, concibió «El Nigromante» una sincera pa­sión por Rosario, la musa que inspiró los versos de Flores y ocasionó el suicidio de Acuña.

A. Millares Carlo

Obras, Pierre y Marie Curie

Los nu­merosos escritos dedicados a la radioacti­vidad por Pierre Curie (1859-1906) y su esposa, nacida Marie Sklodowska (1867- 1934), figuran entre las obras más impor­tantes de la física durante los últimos se­senta años.

Son el resultado de una estre­cha colaboración que se remonta a 1895, fecha de su matrimonio. Ya en 1890, Pierre Curie se había dado a conocer por sus ex­periencias sobre la electricidad polar de los cristales bajo los efectos de la presión, por sus estudios sobre la piezoelectricidad y, en particular, sobre las deformaciones eléc­tricas del cuarzo, utilizadas actualmente en las aplicaciones de las ondas ultrasonoras y en la radiodifusión.

El descubrimiento de la radioactividad fue objeto de una trein­tena de memorias, publicadas entre 1898 y 1906; seis de estas memorias mencionan de hecho la explícita colaboración de Ma­rie; otras citan a sus colegas G. Bémont, G. Sagnac, A. Debieme, H. Becquerel, I. Danne, Dewar, A. Laborde, Ch. Bouchard y V. Balthazard.

Las notas sobre ra­dioactividad escritas en colaboración con su mujer, son las siguientes; Sobre una sus­tancia nueva contenida en la pechblenda [polohio] (Comptes rendus, tomo CXXVII, p. 175; 18 de julio de 1895); esta nota ha­bía sido precedida por una anterior (Comp­tes rendus, tomo CXXVI, p. 1.101), comu­nicada únicamente por Mme. Curie; esta última exponía la hipótesis de que la gran actividad — superior a la del uranio y del torio — que presentaban ciertos minerales que contenían estos metales (pechblenda, uranita, calcolita), podía deberse a una sustancia contenida en muy pequeña can­tidad en estos mismos minerales.

Esta pri­mera memoria da a conocer las tentativas iniciales realizadas para aislar esta sustan­cia nueva a través de reacciones químicas controladas por medio del electrómetro y el cuarzo piezoeléctrico. Midiendo la actividad de los diversos sulfuros obtenidos de la pechblenda, los Curie llegaron a la conclu­sión de la existencia de un nuevo metal, que ellos llamaron «polonium», en recuerdo de la patria de Marie.

La memoria Sobre una nueva sustancia fuertemente radioac­tiva contenida en la pechblenda [radio] (C. R., tomo CXXVII, p. 1.215; 26 de diciem­bre de 1898), en colaboración con G. Bé­mont, expone el procedimiento que condujo al descubrimiento del radio, mucho más activo que el polonio. Ninguno de los dos metales había sido todavía aislado en su estado de pureza, pero ya habían sido es­tudiadas sus propiedades, partiendo de sus sales. La memoria Sobre la radioactividad provocada por los rayos de Becquerel (C. R., tomo CXXIX, p. 174; 6 de noviem­bre de 1899) confirma que la radioactividad inducida no se debe a vestigios de la ma­teria radioactiva transportados en forma de polvo o de vapores, sino a una especie de radiaciones secundarias debidas a los rayos de Becquerel; a diferencia de los rayos secundarios de Róntgen, que nacen bruscamente en el instante mismo en que el cuerpo que los emite es golpeado por los rayos de Róntgen y cesa cuando cesan éstos, la radioactividad inducida se mantiene y no desaparece sino gradual y regularmente.

En los Efectos químicos producidos por los rayos de Becquerel (C. R., tomo CXXIX, p. 823; 20 de noviembre de 1899) se señala la transformación del oxígeno en ozono bajo la acción de productos radíferos muy activos y luminosos; la modificación de coloración del platino-cianuro de bario, etc. La memoria La carga eléctrica de los rayos desprendidos del radio (C. R., tomo CXXX, p. 647; 5 de marzo de 1900) completa una nota precedente que distinguía dos clases de rayos emitidos por el radio, unos que se desviaban y otros que no, por la acción de un campo magnético, y afirma que los pri­meros están cargados de electricidad nega­tiva.

Finalmente, Las nuevas sustancias ra­dioactivas y los rayos que ellas emiten (Rapports présentés au Congrès internatio­nal de Physique, 1900, tomo III, p. 79), constituye la obra más importante y la más completa de cuantas ellos escribieron sobre este tema; los autores resumen en ella sus trabajos precedentes, proporcionan todos los detalles de sus experiencias y dan los datos numéricos de sus investigaciones.

Se compone de los siguientes apartados : rayos del uranio, métodos de medida, ra­dioactividad de los compuestos del uranio, rayos del torio, minerales radioactivos, mé­todo de investigación, gas temporalmente radioactivo, polonio, radio, actinio (descu­bierto por Debierne), espectro del radio, masa atómica del radio, rayos emitidos por las nuevas sustancias radioactivas, efectos de fluorescencia, efectos luminosos, efectos químicos, coloración del vidrio, acción de la temperatura, acción del campo magné­tico sobre los rayos de Becquerel, rayos derivados y no derivados, poder de penetra­ción de los rayos que no se desvían, carga eléctrica de los rayos del radio, radioacti­vidad inducida, diseminación de polvo ra­dioactivo y naturaleza de los rayos de Bec­querel.

Una memoria posterior, Sobre los cuerpos radioactivos (C. R., tomo CXXXIV, página 85; 13 de enero de 1902), precisa las hipótesis sobre los orígenes de la ener­gía de la radioactividad. Las numerosas me­morias que siguieron a éstas no hacen men­ción expresa de la colaboración de ambos esposos, que se mantuvo, no obstante, hasta el trágico accidente que puso fin, el 19 de abril de 1906, a lo corta pero gloriosa vida de Pierre Curie (no contaba entonces toda­vía cuarenta años). Todos estos escritos fueron reunidos, junto con sus restantes obras, en las Obras de Pierre Curie publica­das al cuidado de la Sociedad francesa de Física (París, 1908), con un prefacio de su esposa.

Continuando las experiencias inicia­das por su marido, Mme. Curie le sucedió en la Sorbona y llegó a aislar el radio metálico en 1910. Entre las obras de Mme. Curie es preciso recordar su Tratado sobre la radio­actividad (v.) y también Los radioelementos y su clasificación, publicados en Los pro­gresos de la física molecular, Conferencias pronunciadas en 1913-1914 (París, 1914). Los otros escritos de Pierre Curie, pertenecien­tes a diversas épocas (de 1880 a 1906), re­unidos, como se ha dicho, en la Obras, habían sido publicados en diferentes revis­tas; los principales (unos sesenta) apare­cieron en los «Annales de Chimie et de Physique», los «Archives des Sciences Physiques et Naturelles», el «Bull, de la Soc. Minéralog. de France», el «Bull. des séances de la Soc. Frang. de Physique», los «Comptes rendus des séances de l’Ac. des Scien­ces», el «Journal de Chimie Physique», el «Journ. de Physique», la «Lumière électri­que» y también en los «Rapports présentés au Congr. Internal.- de Physique».

Se re­fieren a diferentes temas: el primero en el tiempo trata de la determinación de las longitudes de onda de los rayes caloríficos de baja temperatura; otros se refieren a la cristalografía, piezoelectricidad, piroelectricidad, simetría, formación de los crista­les y las constantes capilares, los movimien­tos amortiguados y las ecuaciones reducidas, la conductibilidad de los dieléctricos sólidos, las propiedades magnéticas de los cuerpos, etcétera.

Pierre Curie no fue solamente un experimentador hábil, sino también un in­ventor de aparatos nuevos, entre ellos unas balanzas de precisión que ofrecen notables características de funcionamiento, un dina­mómetro de transmisión óptica, un manó­metro piezoeléctrico, nuevos electrómetros de cuadrantes aperiódicos, un vatímetro es­tático (en colaboración con R. Blondot), un electroscopio para los cuerpos radioactivos y un aparato para la determinación de cons­tantes magnéticas. Sus primeras investiga­ciones sobre cristalografía habían sido rea­lizadas, en parte, en colaboración con su hermano Jacques.

Todos los escritos de Curie dan muestras del gran cuidado puesto en el texto, de una forma perfecta y de una gran claridad y concisión en la precisa ex­posición de la materia; la concisión se pone de manifiesto sobre todo en las memorias teóricas sobre las cuestiones de orden y simetría: realiza un estudio completo y muy claro, introduciendo la noción nueva de plano de simetría rotatoria o de trasla­ción, generalizando las leyes de simetría por su aplicación a los estados del espacio creados por los agentes físicos; establece particularmente cuál es la simetría característica que es preciso atribuir a un estado de campo eléctrico y a un estado de campo magnético.

En el curso de una larga serie de investigaciones sobre las propiedades magnéticas de los cuerpos, desde la tempe­ratura ordinaria a los 1.400°, establece para los cuerpos débilmente magnéticos la ley que lleva su nombre (el coeficiente de mag­netismo es inversamente proporcional a la temperatura absoluta). El descubrimiento de la piezoelectricidad, fenómeno en virtud del cual se produce un desarrollo de elec­tricidad envíos cristales desprovistos de un centro de simetría bajo la acción de una deformación mecánica, arrastró a los her­manos Curie a una serie de trabajos extremadamente delicados sobre la electrostática; trabajos que desembocaron en el perfeccionamiento de la técnica de las medi­ciones eléctricas, por medio del electrómetro que lleva su nombre.

El cuarzo piezoeléctrico, que permite reproducir una cantidad de electricidad conocida en valor absoluto, puede servir como base para la medida de cantidades de electricidad y como instrumento de medida absoluta de las cargas eléctricas y las corrientes débiles. Prestó grandes servicios a los Curie en sus inves­tigaciones sobre la radioactividad.

Obras, Louis Pasteur

[Œuvres de Pasteur]. Las memorias científicas de Louis Pasteur (1822-1895) están diseminadas en los «Comp­tes rendus de l’Académie des Sciences», de la «Académie de Médicine» y en revistas científicas.

Solamente los estudios sobre el vino, la cerveza y sobre las enfermedades del gusano de seda fueron publicados en volúmenes separados. El conjunto de sus memorias fue recopilado y publicado en siete volúmenes en 1922, en París, por R. Pasteur Vallery-Radot con el título Œuvres de Pasteur. Ordenadas cronológicamente, permiten reconstruir la evolución del pen­samiento del gran investigador.

El primer volumen recoge sus primeros estudios sobre las disimetrías moleculares; el segundo con­tiene los referentes a fermentaciones y ge­neraciones espontáneas (v. Memoria sobre los corpúsculos organizados que existen en la atmósfera) ; el tercero, los estudios sobre el vinagre y el vino (v. Estudios); el cuarto, los estudios sobre las enfermedades del gusano de seda; el quinto, los estudios sobre la cerveza (v. Estudios); el sexto trata de las enfermedades infecciosas, los virus-vacunas y la profilaxis de la rabia (v. Método para prevenir la rabia des­pués de la mordedura); el séptimo, final­mente, todos los demás trabajos sobre te­mas diversos.

O. Verona

Obras, Anastasio Pantaleón de Ribera

Según Balbín de Lucas en su edición de las Obras (Madrid, 1944, Bib. de Antiguos Libros Hispánicos) de Anastasio Pantaleón de Ribera (1600-1629), en los años que van desde 1631 a 1670, las mismas alcanzaron cuatro edicio­nes en Madrid y una en Zaragoza, muestra inequívoca del aprecio y estima en que sus contemporáneos tuvieron los escritos del poeta madrileño.

Con todo, y pese a esta boga y popularidad, ni los versos ni las pro­sas de Anastasio Pantaleón han sido reim­presas desde el siglo XVII, y los cortos pasa­jes de su obra que han vuelto a las prensas desde entonces no dan sino muy pobre idea de su satírico, ágil y malogrado ingenio. «La fama que granjeó en la corte y el interés real que aún hoy conservan los versos y los sazonados y burlescos vejámenes de Panta­león de Ribera me han llevado a preparar estos volúmenes que recogen el texto prín­cipe de 1631 y las variantes de las cuatro reimpresiones que le siguieron.

Con ello podrá leerse, en edición moderna, la selec­ción póstuma hecha y publicada por don José Pellicer de Tovar, no tan respetuosa y fiel como fuera deseable, pero bastante para acreditar el talento poético de un escritor festivo que en el primer tercio del siglo XVII fue secuaz una veces de Góngora y otras seguidor de Quevedo, logrando su empe­ño con garbosa soltura y regocijado aplau­so». En la edición que citamos se repro­duce también la Fábula de Ecco, de Tamayo de Salazar, que se editó siempre con las obras de Anastasio Pantaleón.

El volu­men primero (pues en dos ha sido distri­buido el contenido de uno) comienza con la Fábula de Proserpina dedicada a fray Hortensio Félix Paravicino y con la Fábula de Europa dedicada a don Luis de-Góngora. Romances, sonetos, epitalamios, tercetos, octavas, liras, vejámenes, canciones, dis­cursos, prólogos, censuras, décimas, loas, endechas, redondillas, madrigales, y unos textos íntegramente nuevos constituyen el contenido de los dos tomos en que se en­cierran las obras de este poeta.

C. Conde

Obras, Theodore Parker

[Works]. Las obras del teólogo norteamericano Theodore Parker (1810-1860) se publicaron en Boston en doce volúmenes en 1842-1859; apareció una se­gunda edición, cuidada por Miss Fr. Power Cobbe, en catorce volúmenes, también en Boston, en 1863-1871; la última edición, que es también la mejor, es la de la Unitarian Association, en quince volúmenes (Boston, 1908).

La obra de Parker se encuadra en la revisión del calvinismo ortodoxo que en 1815 produjo en América el cisma entre las Iglesias Trinitarias y las Unitarias. Unitario convencido, Parker se hizo campeón del li­beralismo más radical, contribuyendo a de­finir la nueva espiritualidad americana de acuerdo con Channing y con Emerson, cuya influencia sufrió.

Uno de sus primeros ser­mones, el que trata sobre lo transitorio y lo permanente en el Cristianismo [The tran­sient and the permanent in Christianity, 1841], es una clara afirmación de la inma­nencia de Dios en el hombre. En ios nume­rosos sermones que siguieron: Discurso so­bre cuestiones relativas a la religión [A Discourse of Matters pertaining to Religion, 1842); Diez discursos religiosos [Ten, Ser­mons of Religion, 1853]; Sermones sobre el teísmo, sobre el ateísmo y sobre la teología popular [Sermons of Theism, Atheism and the Popular Theology, 1853]; Lecciones del mundo de la materia y del mundo del hom­bre. Experiencias como ministro [Lessons from the World of Matter and the World of Man. Experience as Minister, 1859], etc., se aparta cada vez más de todo dualismo, bus­cando el testimonio de Dios en la propia conciencia del hombre.

Pero Parker se nos revela más como predicador que como pen­sador, antes reformador que filósofo, y Emer­son lo llamó con justicia «nuestro Savonarola». En la base de la doctrina de Parker están las «intuiciones instintivas» de Dios, de la ley moral y de la inmortalidad. R. W. Emerson había señalado en la naturaleza, en la comunión del hombre con la natu­raleza, la única vía que puede acercar al hombre a Dios.

Parker se adhiere a los prin­cipios del trascendentalismo emersoniano, pero se preocupa de la fase siguiente, de los resultados prácticos a que debe condu­cir necesariamente la conquista de la verdad espiritual. En otros términos, la doc­trina del trascendentalismo emersoniano pasa con él de la fase sentimental y román­tica a la social y política, y se articula con los principios antiesclavistas. No podía lle­var a otras conclusiones una filosofía que propugnaba la esencia divina en toda alma humana.

El trascendentalismo asume en Parker el carácter de un absoluto radica­lismo teológico, que atañe tanto a la vida espiritual como a la actividad práctica de los individuos y de la sociedad. La obra de Parker no tuvo ningún valor literario per­manente; un cierto propósito literario pue­de encontrarse tal vez en la serie de Ser­mones para nuestros tiempos [Sermons for the Times].

C. Ferro