Nació en Ehrenbreitstein, en el Rin, el 9 de octubre de 1778, y murió en Aschaffenburg el 28 de julio de 1842. Era hijo del comerciante de Francfort Antonio Pedro Brentano, originario de Tremezzo (Como), y de Maximiliana la Roche, amada en su juventud por Goethe; fue, por lo tanto, hermano de Bettina.
Tuvo una formación irregular, singularmente por el carácter mudable de su- alma sensible y a causa de una extremada fantasía, peculiaridades que hicieron inestable toda su vida. Refractario a la actividad mercantil, trató de estudiar ciencias jurídicas en Halle, donde entabló una fraternal amistad con Achim von Arnim; luego pasó a Jena, centro entonces (1798) del primer grupo romántico.
Participó con entusiasmo en las polémicas antirracionalistas, y asombró a sus mismos compañeros con una «novela silvestre», Godwi (1799 – 1801, v.), inspirada en Wilhelm Meister y en la que la inacabada historia del héroe da pretexto a deliciosas fantasías y a muchas composiciones líricas, gran número de las cuales figuran entre las joyas de la poesía alemana (así, por ejemplo, la balada de Loreley).
La obra fue como una prefiguración de la historia íntima de Brentano, que en una comedia no menos singular, Ponce de León (v.), enviada sin éxito a un- concurso establecido por Goethe y Schiller, se señalaba a sí mismo el matrimonio como camino de salvación.
Al casarse (1803) con una escritora mayor que él, Sophie Mereau, el autor esperaba románticamente hallar la feliz unión de vida y poesía. Tras «un poco de paraíso y mucho infierno», en tres años nacieron y murieron otros tantos hijos, el último de los cuales falleció junto con la madre. A partir de entonces Brentano anduvo errante en busca de apoyo.
Y así, acogióse a la amistad de Amim, con quien publicó en Heidelberg la famosa colección de cantos populares El cuerno maravilloso del niño (v.), que proporcionó fresca linfa a la joven poesía alemana, y cooperó en la idealización de la Edad Media con diversos textos aparecidos en la revista Zeitung für Einsiedler.
Brentano pensó también en reunir una colección de cuentos; pero juntó muy pocos, y prefirió refundir artísticamente algunos del Pentamerón (v.) de G. B. Basile (los mejores) y desarrollar en Cuentos del Rin (v.) temas populares en una especie de epopeya llena de significados míticos. Un grandioso conjunto épico de poemas asonanta- dos (sólo veinte compuso, empero) habían de constituir los Romances del Rosario (v.), que vinculaban esta devoción a la redención de una familia oprimida por una culpa milenaria, en la Bolonia medieval.
Los infortunios de un nuevo y desgraciado matrimonio indujéronle a buscar refugio entre los parientes y amigos: en Landshut, junto a su cuñado Savigny; en Berlín, como compañero de Amim y Kleist en la preparación literaria de la agitación política; en Bohemia, donde compuso un complicado poema dramático, La fundación de Praga (v.), y en Viena, ciudad en la cual participó como poeta en la última fase de la lucha contra Napoleón.
De nuevo en Berlín, mientras componía algunos de sus más bellos cuentos (v., por ej., Historia del bravo Gaspar y de la bella Anita) y relatos legendarios (v. Crónica de un estudiante vagabundo), contemplaba, doliente, el naufragio de su existencia. Había sido siempre un improvisador; su poesía, muy original en algunos pasajes y luego difusa e informe, presentaba en gran parte un carácter fragmentario, y era juzgada ahora por Brentano una vanidad inútil.
Una amiga, cuya mano había pedido, indicóle el refugio salvador del catolicismo. El poeta volvió a sus prácticas religiosas (1817), pasó seis años junto al lecho de una monja estigmatizada y recogió sus visiones, en las que inspiró luego dos libros sobre la pasión de Cristo (v. La dolorosa pasión de Nuestro Señor Jesucristo en las meditaciones de la beata Catalina Emmerich) y la vida de la Virgen María.
Puesto nuevamente en camino, vivió en Coblenza, Francfort, Ratisbona y Munich como un peregrino penitente, compuso todavía un cancionero religioso y transformó algunos cuentos de su juventud en pesadas alegorías llenas de los propios remordimientos.
L. Vincenti
