Old Spain, Azorín

Comedia en tres actos y un prólogo del escritor español Azorín (pseudónimo de José Martínez Ruiz (1873- 1967).

En ésta su primera obra teatral, de 1926, aparecen todos los elementos caros al arte de Azorín, pintor amoroso de pequeños cuadros literarios de sabor idílico. En ella el autor ha querido presentar el contraste entre dos culturas: por una parte, la vieja España, con sus tradiciones y su vida pura y contemplativa; por otra, los Estados Uni­dos, con su civilización dinámica y su fiebre de acción.

De una manera especial el segundo acto es una apología de la tra­dición, y el autor afirma que una sola capilla de la catedral de León es mucho más inte­resante, para él, que todas las fábricas Ford. Lo que caracteriza Old Spain, no sólo como obra de arte, sino también como obra dramática, es precisamente su esencia lite­raria.

El primer acto, en forma de farsa, es una presentación; en el segundo, la co­media desaparece en un diálogo delicioso, centelleante de agudezas y denso de pen­samiento, pero exento de acción. Ésta in­tenta aparecer tímidamente en una hermo­sísima escena, al fin de este mismo segundo acto, para ceder de nuevo su lugar a la farsa — farsa de sabor donquijotesco — en el tercero y último acto.

La realización re­vela la preocupación del autor, ya expuesta en artículos, de aplicar su especial fórmula a -j- b -f- a. El autor ama la farsa en la es­cena, pero no la farsa insulsa y vulgar que divierte sin dejar en el ánimo de los espec­tadores huella alguna de emoción espiritual, sino la farsa a lo Molière, consecuencia y resultado de todo un mundo ideoló­gico y sentimental previo, aquélla que mo­viendo a risa deja, sin embargo, en el es­pectador una inquietud espiritual más o menos profunda y perdurable.

El ideal en el teatro, según Azorín, es la unión de la farsa con el sentimentalismo o con la co­media de género; pero lo difícil es hallar la dosificación perfecta, artística, de estos dos elementos. Los autores clásicos espa­ñoles, todos ellos fautores de la farsa, han resuelto el problema confiando al «gracioso» el encargo de acompañar a los restantes personajes, esparciendo aquí y allá el condimento burlesco.

Azorín nos explica su receta: llamando a la farsa y b el senti­mentalismo, una obra en tres actos puede estar dosificada de la siguiente manera: a -f b -\-a, esto es, un acto de farsa, un acto sentimental y otro acto de farsa; o tam­bién: b -(- a + b, esto es, un acto sentimen­tal, uno de farsa y otro sentimental. La pri­mera de estas fórmulas es, según el autor, la más perfecta y la que ha escogido para esta obra.

Con Old Spain, Azorín se pro­pone demostrar que la Vieja España debe incorporarse, sin menoscabo de su tradi­ción y de su gloria, al ritmo espiritual del mundo moderno, abandonando su siesta a la sombra de un venerable pasado. Presenta a don Joaquín, un rico joven americano, hijo de padre español, que, educado en los Estados Unidos, gusta de la actividad, del movimiento, de la comodidad material y de todos los atributos del pueblo joven, en una antigua y noble ciudad castellana, a la que ha ido deseoso de conocer y de estu­diar la vieja España.

Allí surge el contraste entre las virtudes nuevas del joven todavía lleno de la vida inquieta y vertiginosa de la gran ciudad que ha dejado hace poco, y la pacífica tranquilidad cultivada y amada por el marqués de Cilleros, viejo patricio ligado a su tierra como el caracol a su concha. Al principio, don Joaquín causa sorpresa por sus americanadas, pero des­pués, casi insensiblemente, el espíritu de la tradición, el espíritu de la tierra de sus abuelos, de su Old Spain, le prende y le aplaca; se acerca a los vecinos con curio­sidad y simpatía, se habitúa a saborear in­tensamente el paso de las horas sin imprimir a la vida un ritmo acelerado, y acaba no sintiendo nostalgia de la babel americana donde había vivido.

Los dos principios de la vida — activo y contemplativo — que constituyen el origen de la comedia y su motivo dialéctico, se concilian más tarde en Pepita, criatura simple y buena, hija del viejo aristócrata, la cual, uniendo el culto al pasado a la comprensión del presente, permite que el amor edifique un magnífico castillo de promesas. Su matrimonio con el joven moderno permite concebir lisonjeras esperanzas acerca de las cualidades de que estarán dotados los hijos.

Los caracteres están subordinados a los símbolos. Todos los personajes obedecen a un significado más que a particulares cualidades humanas. Don Joaquín representa a la nueva activi­dad; el marqués de Cilleros, la quietud contemplativa, y Pepita, la posible España del futuro.

El carácter de la comedia es tan tradicional que algún crítico la ha com­parado con Tirso de Molina. En realidad se trata de una obra más para ser leída que para ser representada, como ocurre con todo el teatro de Azorín.

C. Boselli