Opúsculos Morales, Giacomo Leopardi

[Operette morali]. Diálogos y prosas de Giacomo Leopardi (1798-1837). Los tres pri­meros se publicaron en la «Antología» en enero de 1826; hacia fines de junio de 1827 se publicó en Milán un volumen que com­prendía los veinte primeros.

La segunda edición se publicó en 1834, en Florencia; contenía los veinte opúsculos de la edición milanesa más dos nuevas; la tercera edi­ción (1835) no obtuvo el «publicetur»; con todo, circularon algunos ejemplares; fueron reimpresos, según el propósito del autor, por Ranieri, en la edición de las Obras de Leopardi de 1845.

Obra de poesía surgida del desprecio de la civilización presente y de la filosofía optimista, no menos que del culto de una antigüedad cada vez más mítica, los Opúsculos morales, en trabaja­dos diálogos, ofrecen a veces las papeletas de hechos mitológicos o de noticias insó­litas que habían agradado a Leopardi y con las cuales había ordenado sus prime­ros estudios, como el Ensayo sobre los erro­res populares de los antiguos (v.).

Leo­pardi escribió a su padre que había querido hacer «poesía en prosa»; pero otra vez ha­bía pedido que sus Opúsculos fuesen publi­cados «en su unidad y su conjunto sistemá­tico» y había declarado que eran «cosa filo­sófica, aunque escrita con aparente ligereza». Con todo, nosotros hallamos en ellos el análisis de estados de ánimo, una redac­ción lírica, una narración fabulosa en el ambiente de antiguos mitos.

Los temas del origen del mundo y del amor, y hasta de la muerte del universo; los temas del tiempo y del espacio, del placer y del dolor, y del tedio, están como traducidos en paisa­jes cósmicos, desde el de la Historia del género humano hasta el Diálogo de Hércu­les y de Atlante, el Cántico del gallo sil­vestre, al Coro de los muertos, en el año grande y matemático.

La filosofía en los casos más felices está en él absorbida y disuelta y se ha convertido en poesía. Se entiende que hay también una fuente de sombras que aquí y allí oscurece los Opúscu­los y lo que en ellos es caduco, aquel sen­tido arcaico que se advierte aun en su len­guaje, un poco arcaico hasta para el tiempo de Leopardi, todo ello es debido a la lucha polémica de la filosofía, que se empeña en mostrar la infelicidad y la vanidad de la vida.

Y ya el primer contacto con ese filó­sofo no es ciertamente cordial ni amistoso. Será, pues, necesario mirar cara a cara a aquel hombre que dice tan desoladoras pa­radojas y tan agrias a veces; y descubrir hasta en el tono de su voz la cordialidad que las palabras parecen negar; será menes­ter descubrir esa alma tierna que con las teorías desconsoladas se «engaña» y se ol­vida a sí mismo.

Porque Leopardi filósofo ha asumido la más ingrata de las misiones entre los hombres. Después de haber afir­mado las ilusiones que providencialmente esquivan la amarga verdad, se encargó de demostrar a los hombres, con los silogismos de una razón a la que él ha declarado in­eficaz e inepta para la vida, la infelicidad del vivir, se encarga de arrancar él mismo de los ojos humanos el velo que embellece las cosas.

Y así sucede que cuando no cede a la poesía, su expresión se torna rígida, pierde toda blandura, y no tiene siquiera la agudeza espléndida que se observa en ciertas áridas páginas de filósofos. Pero nos­otros entre los Opúsculos buscaremos aque­llos en que sobresalen la invención lírica y la ternura humana; los poderosos y glo­riosos motivos de mito; la sustancia poética, que, ciertamente, es más rica aunque no más pura, que la de los Cantos.

De la His­toria del género humano, con que se abre el volumen, como de otras obritas, se podría decir que fue pensada en poesía y tradu­cida en prosa; es un paisaje del mundo ha­bitado por los primeros hombres «creados por todas partes a un mismo tiempo, y todos niños»; con el deseo de infancia tanto del hombre como del tiempo, con su conso­lador fantasma del Amor y, en fin, con el verdadero amor que de cuando en cuando desciende sobre la Tierra.

Y he aquí la gigantesca fantasía de Hércules y Atlante, que juegan a la pelota con el mundo, en un paisaje astral, obtenido con los procedimien­tos verbales más sencillos y, como el pai­saje cósmico, de manera tan sobria y casi callada se despliega ante la vista, también las palabras de Atlante y Hércules, y prin­cipalmente de este último, petulante, alegre y algo sardónico, resuenan en un medio atónito, como es la más vasta cúpula ce­leste que el hombre puede imaginar sobre los horizontes.

Demasiado erudita es la risa que surge del Diálogo de la Moda y de la Muerte, esas dos hermanas nacidas am­bas de la Caducidad. Su «naturaleza y usan­za común consiste en renovar continuamente el mundo», la Muerte arrojándose sobre las personas y a la sangre, la Moda contentándose cuando más en las barbas, en los cabellos, en los vestidos, en los mue­bles, en los palacios y en cosas por el es­tilo.

La Moda colabora en convertir en siglo de la Muerte el presente, a acrecer el «Estado» de la Muerte en la Tierra. De­trás de- estas dos figuras que hablan co­rriendo, se crea un paisaje de colores lúgu­bres y fantásticos. La propuesta de premios hecha por la Academia de los Xilógrafos desarrolla y dilata en opúsculo una ocu­rrencia ingeniosa: aunque se le busque a precio de oro, no se encuentra en el mundo un amigo verdadero, un hombre capaz de empresas virtuosas y magnánimas, una mu­jer fiel y la felicidad conyugal; es menester, pues, en un siglo de máquinas, inventarlos fabricando tres autómatas.

Y, ahora, des­pués del diálogo menor de Salustio y de un lector, Leopardi vuelve nuevamente al pai­saje cósmico con el Diálogo de un Duende- cilio y de un Gnomo, en un tiempo mudo y lejano de donde ha desaparecido todo rastro de hombre. Esta visión es deslum­brante y solar; la fantasía jocosa subyuga al razonamiento y lo compone en un fu­gado feliz, más allá de las argumentaciones; la ironía se representa líricamente, cuando imagina en un mundo difunto la justa de grandeza que hacen un duendecillo y un gnomo, cada uno de los cuales afirma que el mundo está hecho para su especie, mientras que el hombre desatinaba al decir que estaba hecho para él.

Después, he aquí a Malambruno y Farfarello, pretextos para remachar que no vivir es mejor que vivir, pero ello en páginas etéreas y aladas. La fantasía se embota en el Diálogo de la na­turaleza y de un alma, razonado todo sobre la infelicidad, mayor en los grandes hom­bres, que en los -demás; se aclara en el Diálogo de la tierra y de la luna, donde se afirma la infelicidad de todos los planetas. Y, con todo, la belleza, y las maravillas, y las fábulas del universo la levantan como en una bella danza.

El diálogo de un físico y de un metafísico, sereno pero no vigoroso en el razonamiento, se aviva al recuerdo de antiguas fábulas. AI físico que descubrió el arte de vivir largos años, el metafísico objeta que si la vida no es feliz nos conviene más que sea breve que larga; y le declara que la naturaleza de los hombres hace que vida e infelicidad no puedan dejar de acom­pañarse. Menos feliz es el Diálogo de la Naturaleza y un irlandés, en su sustancia razonadora sobre el padecimiento de la vida; pero no está privado de imágenes y descripciones hermosísimas.

El Diálogo de Torcuato Tasso y de su genio familiar, uno de los opúsculos más notables, significa­tivos y ricos de Leopardi, como síntesis de todas sus teorías, es una fantasía angustiosamente bella. Aun en su trama de razona­mientos que no convencen subsiste la vi­veza de los afectos que lo armoniza en todos sus aspectos.

En este diálogo se abordan cuestiones metafísicas cuya solución, si se aceptase, quitaría todo valor a todas las construcciones leopardianas en que se dis­tingue la verdad amarga de las ilusiones y el dulce imaginar. Aquí está la teoría de la vida como un estado de violencia; aquí la teoría del teórico, aquí la de la habitua­ción; todas más o menos falaces y todas ricas en humana ternura; aquí tenemos, además, la consoladora página acerca de la soledad.

El diálogo está dominado por un sentimiento sincero, inspirado por un poeta patético e infeliz a quien Leopardi amaba, y en una cordialidad imaginativa que de improviso se apodera de nuestro ánimo. Después, el Diálogo de Timandro y de Eleandro es una elocuente defensa de los Opúsculos, en que se toca un tema poéti­camente profundo: la infelicidad no ya de los vivos, sino de los muertos.

Brillante como un mármol negro el Parini o de la Gloria; de una inteligencia y agudeza vagas, monótonas. Es un razonamiento sobre la vaguedad de la gloria, sin que sea alcan­zado el significado filosófico de esta pala­bra: acuerdo en quien busca la «gloria», entre la propia obra y la moralidad del mundo, agradecimiento a la universal pro­videncia de habernos confiado una alta misión.

Pero está a la vista el Diálogo de Federico Ruysch y de sus momias: y se oye el coro de los muertos. Las momias, las cuales, cumplido el año matemático, re­sucitan por un cuarto de hora y hablan de la vida, son un placentero absurdo.

Aunque de tan macabra materia, este diálogo se halla entre los más imaginativos de Leo­pardi, y no produce cansancio, como otros suyos de materia mucho menos fúnebre. Este diálogo se propone un tema’ desespe­rado e insoluble: si la muerte es dolorosa. Leopardi lo concluye poéticamente compa­rándolo con el dormirse.

La resplandeciente prosa de Filippo Ottonieri no basta para crear una gran figura. Dicen que Leopardi se ha dibujado en él; acaso, pero es un Leo­pardi que no ha escrito los Cantos ni los Opúsculos. Con el Diálogo de Cristóbal Co­lón y de Pedro Gutiérrez la fantasía poética vuelve a emprender el vuelo: la imagina­ción se sirve de formas razonadoras, pero éstas no la ahogan; y su prosa es afectuosa y humanísima.

La escena nocturna de Colón y de Gutiérrez, que, en alta mar, sobre una frágil carabela, hablan del motivo que im­pulsa al navegante a buscar nuevas tierras, para vencer el hastío y amar la vida, ha­llándose a cada punto en peligro de muerte, puede imaginarse todo por las sencillas palabras del comienzo: «Hermosa noche, amigo».

El Elogio de los pájaros, opúsculo famoso por su prosa, tiene una virtud propia popular, aun en su trabajadísima forma. En uno de los pasajes se lee una breve teo­ría de la risa, como una «locura no dura­ble o de desvarío y delirio», puesto que los hombres, «no estando satisfechos, ni siendo deleitados por cosa alguna, no pueden ha­llar causa que sea razonable y justa».

Poe­sía en prosa es el Canto del gallo silvestre, en todos sus momentos en que acoge, aun­que sea en forma negativa, espectáculos y afectos de la naturaleza. El Diálogo de Plotino y de Porfirio vuelve a tomar los temas de la infelicidad, del aburrimiento y de la legitimidad del suicidio.

En fin, el Copérnico, con aquellos diálogos entre el Sol y el oro, entre Copémico y el Sol, es una alegre ironía contra los filósofos que decla­ran al hombre rey del universo. Leopardi está en un momento de gran inspiración, y ha transportado poéticamente a una esfera de fábula mítica su sonriente humor acerca de la vanidad humana.

Filosóficamente los Opúsculos podrían condensarse en un solo diálogo, en pocas páginas; pero líricamente son temas y variaciones de innumerable fertilidad, y aquí está su eterna razón de ser. [Trad. parcial por Ciro Bayo, en Prosa y pensamientos (Madrid, 1904); trad. de Luis Cánovas bajo el título de Diálogos filosóficos (Madrid; 1919), y de Álvaro Mar­tín con el título Diálogos (Madrid, 1941)].

F. Flora

La imaginación está excluida de esta prosa, como fuerza del espíritu, generadora de ilusión y contraria a la verdad. Pero está en ella en forma de mito o de fábula, como velo debajo del cual se transparenta el pensamiento o con una luz fantástica de la que brota el razonamiento. (De Sanctis)

Los Opúsculos morales son prosas de aque­llas que, como hubiera dicho el Dante, van royendo, capa por capa, el corazón y el cerebro de donde salen. (Carducci)

El más grande prosista del siglo. (Nietzsche)

Algunas veces, al leer los diálogos de los Opúsculos morales, se presentan con insistencia al recuerdo ciertos otros «Dialoguitos», pergeñados por la pluma reaccionaria del conde Monaldo, y se siente esta seme­janza no sólo en la común predilección lite­raria por aquel género académico, por aque­llas tan abusadas imitaciones de Luciano, por aquellos «avisos de Parnaso», sino tam­bién en su espíritu estrecho, retrógrado, reaccionario, por antipatía hacia lo nuevo y viviente. (B. Croce)

Opúsculos, San Pedro Damián

[Opuscula]. La lucha contra la corrupción y el elevado sentido de la dignidad sacerdotal, que tanto destacan en el Libro de Gomorra (v.)» se aprecian en los varios opúsculos latinos y en las cartas de San Pedro Damián (1007-1072).

Documento de una vida enten­dida como apostolado con el fin de resta­blecer el reinado de Cristo sobre la tierra, los diversos opúsculos, en número de 60, expresan una psicología preferida por el autor y por los más reflexivos espíritus de su época; la huida del mundo, el desprecio de las riquezas, el deseo de paz y de medi­tación en la soledad de los claustros y, al mismo tiempo, la lucha contra los vicios del clero («Del celibato eclesiástico» [«De coelibatu sacerdotum»]), y la eficacia de la ordenación sacerdotal y de los sacramen­tos («De los sacramentos administrados por ímprobos» [«De sacramentis per improbos administratis» ]).

Es célebre su animosa lucha contra la simonía y el concubina je de los eclesiásticos, que culmina en las invec­tivas del Gomorriano, del cual son prepara­ción y repetición muchos opúsculos. Publicados aisladamente, comenzando por una edición veneciana de 1512, realizada por Pietro Guarenghi, estes opúsculos son por lo general de difícil consulta.

Una colec­ción bastante manejable hoy de sus escritos es la que se hizo en Roma en 1606-1615, bajo el cuidado de Constantino Caetani, mu­chas veces reimpresa, también fuera de Italia, pero no segura para la atribución de algunos sermones, que mejor deberían atri­buirse a Nicolás de Claraval o a otros reli­giosos. Una buena edición hecha con pro­pósitos críticos es la de cuatro opúsculos cuyo texto preparó Paolo Berri y fueron traducidos por Bruno Nardi (cuya versión seguimos para los títulos) en la edición de Florencia, 1934.

Esta recopilación compren­de algunos de los escritos más significativos de toda la producción del santo. Ante todo, el opúsculo «Acerca de la divina providen­cia en devolver la virginidad perdida y ha­cer de manera que no haya ocurrido lo que ha ocurrido» [«De divina omnipotentia in reparatione corruptae et factis infectis reddentis» que, por su brevedad es una de­claración del autor («non enim librum sed epistulam edere proposuimus»), fue prime­ramente coleccionado con las cartas en la primera edición de los escritos de San Pe­dro Damián.

Este opúsculo, que no debe fecharse antes de 1067, como sostiene Brezzi, fue escrito después de la renuncia al obis­pado de Ostia, y va dirigido a Desiderio, abad de Montecassino, y a los demás monjes de la abadía; continuando una discusión desarrollada en el monasterio acerca de una opinión de San Jerónimo, San Pedro Da­mián se opone a un parecer del doctor de la Iglesia, sosteniendo que no es justo decir que Dios no pueda volver a conceder la virginidad física y moral a una mujer que la ha perdido.

Así como después de la re­dención de Cristo, Dios no suprime la muer­te por inescrutables motivos suyos (dado también el hecho de que Él mismo regula las leyes de la naturaleza), tampoco hay que limitar su actividad según lo que pa­rece más de acuerdo con las argumenta­ciones humanas. Dejando aparte estas afir­maciones, que se apoyan ampliamente en pruebas indiscutibles como son los milagros, este opúsculo interesa en cuanto abarca un vasto campo de investigación: el de la omnipotencia divina entendida en sí y por sí.

En él, el santo combate contra algunos pensadores — los «dialécticos», contra los cuales usa las mismas armas de razonar y discutir por silogismos — que trataban de reducir la voluntad de Dios dentro de los límites de las posibilidades humanas; es menester más fe religiosa para entender las leyes de lo creado, y por eso a los religio­sos a quienes se dirige recomienda, en ar­diente invocación, que conserven puro el corazón en obras de piedad y de bien.

En el opúsculo «Cómo la santa simplicidad es preferible a la ciencia que hincha» [«De sancta simplicitate scientiae infianti anteponenda»], el santo se dirige al monje Ariprando, que a causa de su vida claustral, según afirmaba, no había podido dedicarse a los estudios; y sostiene con calor que Dios sin duda ha querido salvarlo de la falsa cultura de su tiempo, puesto que siempre con «idiotas» — ignorantes que abrazaban el Evangelio con pureza de corazón no cui­dando de los dictados de los filósofos — la verdadera religión se había difundido en el mundo.

Así, en «Sobre la perfección de los monjes, a Oberto, abate de la Pomposa, y a su comunidad» [«De perfectione monachorum ad Obertum abbatem Pomposianum eiusque conventum»], el que firmaba «pecador» insiste acerca de un hecho que no siempre comprendían los mejores de su tiempo: que no basta estar inmunes de vi­cios y seguir las reglas para ser buenos religiosos, sino que también es preciso un continuo esfuerzo de mejoramiento interior entre la compunción, la oración y la caridad.

También en «La verdadera felicidad y sa­biduría» [«De vera felicitate et sapientia»], dirigido al «prudentísimo» Bonifacio, se muestra la superioridad de la entrega a Dios sobre la ciencia humana, sólo válida si nos prepara para la vida eterna. Estos opúsculos ponen en evidencia el carácter ascético de San Pedro Damián y su actividad de refor­mador, y al mismo tiempo su cultura de polemista.

C. Cordié

Opúsculos Históricos, Pier Candido Decembrio

[Opuscula histórica]. En esta recopilación de pequeñas obras de Pier Candido Decembrio (1392-1477) están contenidas la Vita Philippi Mariae III ligurum ducis, la Anno­tatici rerum gestarum in vita Francisci Sfortiae IV mediolanesium ducis, el Panegiricus in funere Nicolai Picenini y el De laudibus Mediolanesium urbis panegiricus.

La vida de Felipe María fue compuesta en los úl­timos tiempos de la vida del duque y completada después de su muerte (1447). Los trastornos políticos que entonces ocu­rrieron, los renacidos espíritus municipales de la áurea República Ambrosiana, y la consecuente aversión al tirano de su tiempo, actuaron sobre el mudable espíritu de Decembrio, que escribía para complacer a sus amos, fuesen quienes fuesen, y ganarse la vida, de lo que se resintieron la unidad y la sinceridad del trabajo.

También las demás obras históricas incluidas en esta recopilación quedaron influidas por la docilidad del carácter del autor; en el Elogio de Niccolò Piccinino escrito en 1444, atri­buye a este capitán todo el mérito de la batalla naval ganada por los visconteos contra los venecianos, cerca de Cremona, en 1431; en cambio, diez años más tarde, en la Vida de Francesco Sforza, la palma de esa misma batalla le será concedida a Francesco solo, y callará el nombre de quien había sido el temido émulo del nuevo duque de Milán.

Sin embargo, esas biogra­fías tuvieron bastante éxito e inspiraron a Platina y a Campano (v. Vida de Braccio). Las Alabanzas de Milán no sólo estaban ins­piradas en Las verdaderas alabanzas de la ínclita y gloriosa ciudad de Florencia [Le vere lode de la inclita et gloriosa città di Firenze], compuestas algunos años antes por su venerado amigo Leonardo Bruni, sino muchísimo más por Bonvesin de la Riva, quien en 1297, en sus Maravillas de Milán (v.), había escrito un precioso elogio de esa noble ciudad, texto que fue descu­bierto a fines del pasado siglo por Fran­cesco Novati.

La edición más correcta y más reciente de los Opúsculos históricos de Pier Candido Decembrio se encuentra en la nueva compilación muratoriana (Bolonia, 1925-1937).

G. Franceschini

Opúsculos Contra Arrio, Lucífero

 [Opuscula]. Con este nombre son cono­cidas las obras polémicas de Lucífero, obis­po de Cagliari, muerto por los años 370- 371, Lucífero superó en violencia a los de­más escritores cristianos en la lucha contra el arrianismo y contra el emperador Cons­tancio, protector suyo, que lo desterró a Oriente en 355 por haberse negado a sus­cribir la condena de San Atanasio. Durante el destierro compuso estos opúsculos que son pura y sencillamente invectivas sin dis­cusión teológica, pero con numerosísimas citas bíblicas.

Son: De non conveniendo cum Haereticis [Es menester no tratar con los herejes], en el cual Lucífero excluye que cristianos ortodoxos puedan tener relaciones con los arríanos, hijos del diablo y del anti­cristo; De Regibus apostaticis [De los reyes apóstatas], en que afirma que Dios ha tole­rado más de una vez reyes impíos del «Anti­guo Testamento», pero a la presente for­tuna de Constancio seguirá la condenación final: Quia absenten nemo debet iudicari nec damnare (o Pro S. Athanasio) [Que nin­guno debe juzgar ni condenar al ausente], en que impugna la condena de S. Atanasio arbitrariamente impuesta por Constancio en los sínodos de Arles (353) y de Milán (355); De non parcendo in Deum deliquentibus [No se puede perdonar a los delincuentes contra Dios], en que Lucífero apoya su tesis con los ejemplos de los profetas hebreos ante su rey; Moriendum esse pro Dei filio [Es menester afrontar la muerte por el hijo de Dios]. En este último, Lucífero se declara dispuesto a sufrir el martirio por la defensa de la ortodoxia.

E. Alpino

Opúsculos de Física y Química, Torben Olaf Bergmann

[Opuscula physica et chemica]. Es la reco­pilación de las memorias científicas que el químico sueco Torben Olaf Bergmann (1735- 1784) iba publicando en las actas de la Aca­demia de Estocolmo y de Upsala.

Se publicaron en seis volúmenes, de los cuales el I fue publicado en Estocolmo en 1779; el II y el III en Upsala, en 1780 y 1783; los de­más en Leipzig en 1787-1790. Partidario de la teoría del «flogisto» (v: Física subterrá­nea) Bergmann se distingue por la novedad de métodos que instaura en el análisis quí­mico, y por los experimentos en que funda la determinación y clasificación de los mi­nerales, sentando las bases de la mineralo­gía química y de la química geológica.

En estas memorias suyas profundiza además el concepto de «afinidad» descubriendo tam­bién la «equivalencia» química de los meta­les, es decir, el hecho de la sustitución de un metal por otro en ciertas reacciones. Pero él dio de esto una explicación inade­cuada basada en una supuesta transmisión del flogisto, dejando a J. B. Richter (1762- 1807) y a G. E. Fischer el mérito de acla­rar este concepto de «equivalencia».

A Berg­mann se debe también un primer método eficaz para el «ensayo» de los minerales, y su tratamiento mediante los ácidos clorhí­drico y nítrico, como también su disgre­gación en carbonato potásico. Fue uno de los primeros en separar las sustancias orgá­nicas de las inorgánicas, y en prever la pre­sencia de metales, como el molibdeno y el wolframio, en sus compuestos oxigenados. En cuanto a esos metales, fueron después (1783) individuados respectivamente por obra de Hjelm y de Elhujar.

En lo refe­rente a la doctrina de la afinidad química, cuya historia va tan ligada con la obra que aquí estamos considerando, es justo recordar que de Boyle en adelante se pensó que de­pendía de una fuerza sustancialmente igual a la de la gravedad; pero que la afinidad debía de obrar exclusivamente a distancias cortísimas.

También Bergmann aceptó esta manera de ver, pero atribuyendo gran im­portancia a la «temperatura» de los cuerpos, y afirmando que la afinidad entre dos sus­tancias tiene una fuerza constante, indepen­diente de las cantidades de los cuerpos. Además, reconocida la imposibilidad de con­seguir determinaciones absolutas de la afi­nidad (v. Estática química), se esforzó por conseguir de ella medidas relativas, reco­giéndolas después en tablas de «afinidad» valiosas en ciertos aspectos, pero no caren­tes de errores, como las relativas a la afini­dad de los ácidos con respecto a las bases, y viceversa, a que fue conducido en parte por sus hipótesis teóricas y en parte por haber determinado mal la composición de las sales neutras.

Muchos de los errores de Bergmann fueron corregidos por Berthollet, a cuya obra (v. Estática química) se debe que toda la teoría en cuestión recibiese nuevo y decisivo impulso. Como físico, no sólo compuso Bergmann una obra de con­junto destinada a los estudiantes, sino que realizó originales experimentos de electri­cidad, especialmente sobre la turmalina.

Después de las clásicas investigaciones de Epino acerca de la electrización que pre­senta este minera] cuando se le calienta (piroelectricidad), Bergmann, en su ensayo De vi electrica turmalini, demostró que las cargas eléctricas suscitadas en la turmalina por calentamiento o enfriamiento son igua­les y de sentido contrario. Experimentos análogos fueron realizados por su contem­poráneo Cantón.

Bergmann se ocupó tam­bién con éxito de ciencias naturales, man­tuvo correspondencia con el gran Linneo, del cual había sido discípulo, y expuso un método para destruir las orugas devoradoras de las hojas de los árboles, método que fue premiado por la Academia de Esto­colmo.

U. Franceschini