[Opuscula]. La lucha contra la corrupción y el elevado sentido de la dignidad sacerdotal, que tanto destacan en el Libro de Gomorra (v.)» se aprecian en los varios opúsculos latinos y en las cartas de San Pedro Damián (1007-1072).
Documento de una vida entendida como apostolado con el fin de restablecer el reinado de Cristo sobre la tierra, los diversos opúsculos, en número de 60, expresan una psicología preferida por el autor y por los más reflexivos espíritus de su época; la huida del mundo, el desprecio de las riquezas, el deseo de paz y de meditación en la soledad de los claustros y, al mismo tiempo, la lucha contra los vicios del clero («Del celibato eclesiástico» [«De coelibatu sacerdotum»]), y la eficacia de la ordenación sacerdotal y de los sacramentos («De los sacramentos administrados por ímprobos» [«De sacramentis per improbos administratis» ]).
Es célebre su animosa lucha contra la simonía y el concubina je de los eclesiásticos, que culmina en las invectivas del Gomorriano, del cual son preparación y repetición muchos opúsculos. Publicados aisladamente, comenzando por una edición veneciana de 1512, realizada por Pietro Guarenghi, estes opúsculos son por lo general de difícil consulta.
Una colección bastante manejable hoy de sus escritos es la que se hizo en Roma en 1606-1615, bajo el cuidado de Constantino Caetani, muchas veces reimpresa, también fuera de Italia, pero no segura para la atribución de algunos sermones, que mejor deberían atribuirse a Nicolás de Claraval o a otros religiosos. Una buena edición hecha con propósitos críticos es la de cuatro opúsculos cuyo texto preparó Paolo Berri y fueron traducidos por Bruno Nardi (cuya versión seguimos para los títulos) en la edición de Florencia, 1934.
Esta recopilación comprende algunos de los escritos más significativos de toda la producción del santo. Ante todo, el opúsculo «Acerca de la divina providencia en devolver la virginidad perdida y hacer de manera que no haya ocurrido lo que ha ocurrido» [«De divina omnipotentia in reparatione corruptae et factis infectis reddentis» que, por su brevedad es una declaración del autor («non enim librum sed epistulam edere proposuimus»), fue primeramente coleccionado con las cartas en la primera edición de los escritos de San Pedro Damián.
Este opúsculo, que no debe fecharse antes de 1067, como sostiene Brezzi, fue escrito después de la renuncia al obispado de Ostia, y va dirigido a Desiderio, abad de Montecassino, y a los demás monjes de la abadía; continuando una discusión desarrollada en el monasterio acerca de una opinión de San Jerónimo, San Pedro Damián se opone a un parecer del doctor de la Iglesia, sosteniendo que no es justo decir que Dios no pueda volver a conceder la virginidad física y moral a una mujer que la ha perdido.
Así como después de la redención de Cristo, Dios no suprime la muerte por inescrutables motivos suyos (dado también el hecho de que Él mismo regula las leyes de la naturaleza), tampoco hay que limitar su actividad según lo que parece más de acuerdo con las argumentaciones humanas. Dejando aparte estas afirmaciones, que se apoyan ampliamente en pruebas indiscutibles como son los milagros, este opúsculo interesa en cuanto abarca un vasto campo de investigación: el de la omnipotencia divina entendida en sí y por sí.
En él, el santo combate contra algunos pensadores — los «dialécticos», contra los cuales usa las mismas armas de razonar y discutir por silogismos — que trataban de reducir la voluntad de Dios dentro de los límites de las posibilidades humanas; es menester más fe religiosa para entender las leyes de lo creado, y por eso a los religiosos a quienes se dirige recomienda, en ardiente invocación, que conserven puro el corazón en obras de piedad y de bien.
En el opúsculo «Cómo la santa simplicidad es preferible a la ciencia que hincha» [«De sancta simplicitate scientiae infianti anteponenda»], el santo se dirige al monje Ariprando, que a causa de su vida claustral, según afirmaba, no había podido dedicarse a los estudios; y sostiene con calor que Dios sin duda ha querido salvarlo de la falsa cultura de su tiempo, puesto que siempre con «idiotas» — ignorantes que abrazaban el Evangelio con pureza de corazón no cuidando de los dictados de los filósofos — la verdadera religión se había difundido en el mundo.
Así, en «Sobre la perfección de los monjes, a Oberto, abate de la Pomposa, y a su comunidad» [«De perfectione monachorum ad Obertum abbatem Pomposianum eiusque conventum»], el que firmaba «pecador» insiste acerca de un hecho que no siempre comprendían los mejores de su tiempo: que no basta estar inmunes de vicios y seguir las reglas para ser buenos religiosos, sino que también es preciso un continuo esfuerzo de mejoramiento interior entre la compunción, la oración y la caridad.
También en «La verdadera felicidad y sabiduría» [«De vera felicitate et sapientia»], dirigido al «prudentísimo» Bonifacio, se muestra la superioridad de la entrega a Dios sobre la ciencia humana, sólo válida si nos prepara para la vida eterna. Estos opúsculos ponen en evidencia el carácter ascético de San Pedro Damián y su actividad de reformador, y al mismo tiempo su cultura de polemista.
C. Cordié

