Opúsculos, Michel de Bay

Bajo el nombre de Opúsculos son conocidas las obras del teólogo belga Michel de Bay (en latín Baius, 1513-1589), primero publicados sueltos en­tre 1563 y 1566, reunidos luego por el mis­mo autor [M. Baii opuscula nunc primum edita, Lovaina, 1566] y en edición póstuma [M. Baii… Opera, Colonia, 1696] junto con las apologías y otros escritos. Con el propó­sito de restablecer el sentido de la doctrina de San Agustín, falseada por Lutero y Calvino, Bayo hizo un profundo estudio de las obras del Santo, cuya obra entera leyó nue­ve veces.

Pelagio había afirmado la bondad esencial de la naturaleza humana y, por lo tanto, la libertad que había de ser anulada cuando fuese necesaria la gracia (v. A Demetriades); San Agustín había demostrado contra él la culpa original y la corrupción del hombre que está sujeto desde el nacimiento hasta la muerte a toda la secuela de los males que desde la caída de Adán son herencia del género humano.

Dios no puede haber creado al hombre como ahora se encuentra, es decir, inclinado a la concupiscencia y sin imperio sobre sus propios sentidos: privada de este imperio el alma es esclava del cuerpo. Por lo tanto, infería Bayo, el estado de una ciencia no era sola­mente el estado en que Dios había creado al hombre, sino que Dios no hubiera po­dido crear al hombre sin las perfecciones del estado edénico.

Estas perfecciones no pueden llamarse gracias sino que son parte integrante de la naturaleza humana [De prima hominis justitia]. Con la culpa origi­nal el hombre fue despojado de la integridad de su naturaleza. Ahora es esclavo de la concupiscencia y solamente tiene fuer­za para pecar. Con todo, el hombre puede escoger y determinar con su propio juicio sus acciones, y por esto el libre albedrío no se ha perdido [De libero hominis arbitrio].

El hombre tiende con toda su voluntad ha­cia la criatura, y todas las obras hechas sin la gracia son pecaminosas. Nadie nace sin culpa original y las penas sufridas por la Virgen y los Santos son castigos del pecado original, o actual. Se puede merecer la vida eterna antes de la justificación, pero no debe decirse que el hombre satisface con las obras de penitencia, por más que la satisfacción de Cristo le pueda ser aplicada en com­pensación de tales obras [De justitia et justificatione].

Esta doctrina encontró irredu­cibles opositores, especialmente entre los franciscanos discípulos de Escoto. Extraje­ron dieciocho proposiciones de las obras de Bayo y de sus discípulos, que fueron conde­nadas por la Sorbona en 1560. Pero como Bayo sostuvo sus principios y encontró pro­sélitos, Pío V, en 1567, extendió la condena a setenta y seis proposiciones con la bula Ex ómnibus affectionibus.

La bula de Pío no llevaba una puntuación exacta, y los partidarios de Bayo la interpretaron en su favor, dando así origen a la disputa del «comma planum» que fue después resuelta, en 1579, por una segunda bula de Grego­rio XII [Provisionis nostrae]. Bayo se some­tió, pero el movimiento al que su doctrina dio origen: el bayanismo, no se extinguió del todo, y a poco tiempo renació en la forma del Jansenismo (v.).

C. Capasso

De la Óptima Política, Alonso de Madrigal

[De óptima política]. Entre las cien obras del Tostado, don Alonso de Madrigal (1400-1455), obispo de Ávila, figura una «repetitio» o relección académica sobre el mejor régimen político. La obra se orienta contra Sócrates y Platón y se elabora en torno a la idea de la natu­raleza.

Se fija en el tema de la generación de los hombres politizantes, es decir, en la creación del hombre como figura propia de la Política. Atiende a los factores telúricos y climáticos y al problema de la unificación social y política, con lo que se pronuncia contra Platón y contra el comunismo sexual.

Con gran vigor dialéctico, el Tostado estima que la unidad de la sociedad es obra de agregación, y que por consiguiente no es deseable ni posible excederse en el cumpli­miento de las tendencias unitarias.

El Optimista, François Collin D’ Harleville

[L’ optimiste]. Comedia en cinco actos de Jean François Collin D’ Harleville (1755-1806), representada por vez primera en 1788.

El optimista es el señor de Plinville que ha concedido la mano de su hija Angélica al señor de Morinval, mien­tras que ella está enamorada de Belfort, el secretario de su padre. Entretanto, una carta notifica al señor de Plinville que ha perdido cien mil escudos que había» confiado a un amigo, y que éste perdió en la mesa de juego.

Morinval, que ha descu­bierto el secreto de los dos jóvenes enamo­rados, no sólo lleva su generosidad hasta el extremo de pedir la mano de Angélica para su rival, sino que incluso le ofrece a éste una parte de su fortuna. Sin embargo, la esposa de Plinville rechaza la oferta e in­cita a su marido a que venda sus tierras; para adquirirlas se presenta el padre de Belfort, que precisamente quiere comprar con los cien mil escudos que ganó en el jue­go al amigo de Plinville.

Al final todo se resuelve, pues el viejo Belfort solicita la mano de Angélica para su hijo y regala a los novios las tierras que había comprado. La comedia, extremadamente sencilla y li­neal, es, junto con El viejo solterón (v.), una de las mejores de Harleville, y pretende reflejar esos momentos de la vida del hom­bre en los que, guiado por un ilusorio opti­mismo, tiene plena confianza y seguridad en sí y en los demás, y por ello supera los lími­tes de la comedia de carácter para dirigirse, siguiendo las huellas de Goldoni, hacia los episodios del drama cotidiano.

G. Alloisio

Óptica y Catóptrica, Euclides

Se designan con este título dos obras de Euclides (siglos IV-III a. de C.), dadas a conocer por Ignazio Danti (1536- 1586) en 1573 con el título La prospettiva.

Aunque sepamos poco de la vida de Eu­clides, cuyo lugar de nacimiento se dispu­tan Sicilia y Alejandría, y aunque el se­gundo de esos escritos, la Catóptrica, sea una reelaboración tardía del original euclídeo, perdido, nos hallamos ante el más an­tiguo libro de óptica que hoy se conoce.

La primera parte de la obra, la óptica, con­tiene un prefacio que se atribuye a Teón de Alejandría, doce (catorce en el texto griego señalado por Heilberg) postulados y sesenta, y un teoremas. A su vez, la Catóptrica contiene tres postulados, cuatro observa­ciones experimentales y treinta y un teo­remas.

La obra entera ocupa unas cuarenta páginas, de tamaño 8.°, y está ilustrada con muchos esquemas. El prefacio de Teón es, al menos, siete siglos posterior a la obra; pese a ello, contiene importantísimos ele­mentos para la historia de la óptica, y, ade­más, explica las razones físicas de los postulados de la óptica euclídea.

El hecho mismo de que la obra se editara de nuevo y fuera comentada en el año 400 d. de C. demuestra que las ideas que contenía, toda­vía dominaban en el ambiente científico. Así, por ejemplo, en este prefacio se des­cribe el experimento fundamental del cual nació la idea de la propagación rectilínea de la luz; ese experimento que, tras haber sido perfeccionado en diferentes etapas, abrió el camino, muchos siglos más tarde, al descubrimiento de la «cámara oscura».

Además, tienen cabida una serie de experi­mentos (que hoy consideraríamos de base principalmente fisiológica y psicológica) me­diante los cuales se pretende justificar, sino demostrar, la teoría aceptada por los matemáticos de la época, de que la luz salía de los ojos y, procediendo por líneas rectas, llegaba a los objetos del mundo exterior.

Sobre este concepto se funda y se desarrolla la perspectiva, ciencia principalmente geo­métrica. El libro de la óptica es un libro de perspectiva; pero también sobresale en él el concepto del «rayo luminoso». La Catóptrica contiene la ley de la reflexión de la luz, la teoría de las imágenes que nos presentan los espejos planos, así como los espejos esféricos, cóncavos y convexos.

Ade­más, en la Catóptrica se describe el primer experimento de refracción y se estudia el espejo ustorio. Un admirable conjunto de temas, aunque se basen en la hipótesis, que actualmente ya no se acepta, de que la luz es emitida por el ojo.

V. Ronchi

Óptica o de las Reflexiones, Refracciones, Inflexiones y Colores de la Luz, Isaac Newton

[Opticks, or a Treatise of the Reflexions, Inflexions and Colours of Light]. Fundamental tratado de óptica de Isaac Newton (1642-1727), cuyo texto inglés se publicó en 1704, mientras que en 1706 vio la luz la traducción latina de Samuel Clark [Optice, sive de Rejlexionibus, Refractionibus, Inflectionibus et Coloribus lucís libri tres].

La primera edición apare­ció cuando el autor contaba sesenta y dos años, y ya hacía cuarenta años que traba­jaba en Optica. Por consiguiente, esta obra reúne toda su labor en el citado campo. En efecto, aunque había de vivir otros veinte años, no añadió nada, y varias ediciones sucesivas no presentan modificaciones sus­tanciales.

La obra está dividida en tres libros, el primero de los cuales, después de las premisas y las definiciones, trata de la refracción, de la dispersión, del análisis y de la síntesis de los colores; el segundo libro se refiere a los colores de las láminas del­gadas y a una serie de fenómenos que actualmente se llaman de interferencia; final­mente, el tercero trata de la «inflexión de los rayos», es decir, del conjunto de fenómenos descubiertos por el padre Grimaldi y cono­cidos por «difracción», y acaba con treinta y una preguntas, en las que, bajo forma de problemas que la posteridad debería resol­ver, se contienen las ideas fundamentales del autor acerca de la estructura de la luz y de la materia.

En las trescientas sesenta y tres páginas de la versión latina, que Sa­muel Clark tradujo bajo la inspección del autor, figuran experimentos clásicos y teo­rías que, aunque superadas en el transcurso del tiempo, aún rigieron durante más de un siglo. Entre esos experimentos debemos se­ñalar: el descubrimiento de que la refrac­ción de la luz varía según el color (fenó­meno que hoy se denomina dispersión de la luz); el llamado de los prismas cruza­dos, del que resultó que la luz descompuesta por dispersión ya no podía descomponerse más, a través de un ulterior paso por otros prismas.

Sigue el experimento de la recons­trucción de la luz blanca, reconstituyendo las luces monocromáticas, las cuales ante­riormente habían sido descompuestas por un prisma. También son importantes los expe­rimentos acerca de los colores de los cuer­pos, y también lo son los que figuran en el segundo libro para dar una explicación delos «anillos» (llamados «de Newton» aunque ya habían sido descritos por Hooke), que se forman por contacto de una superficie plana con una esférica de gran radio de curvatura.

En este caso, el autor demuestra extraor­dinaria habilidad experimental al hallar que la luz observa un comportamiento periódico, con distinto período para los di­versos colores, que para el amarillo llega a 0,285 micron. Desde el punto de vista teórico, nos hallamos ante uno de los pri­meros grandes intentos de fijar ideas sobre la naturaleza de la luz.

Frente a la vaga idea, aristotélica, muy difundida e incluso podríamos decir oficial en la Edad Media, de que la luz era «accidens», es decir, un atributo de la materia, desde hacía siglos se había formado un pequeño grupo de filósofos naturales, que pretendían asignar a la luz una estructura material. Ideas en este sentido fueron sostenidas por Alhacén, Descartes, el padre Grimaldi y otros, mucho más alejados de nosotros en el tiempo que Newton; pero sus argumentos quedaron mancos, fácil presa de muchas y graves objeciones.

Sin embargo, el número de los seguidores de esas ideas materialistas y anti­peripatéticas iba siempre en aumento, y pasó a convertirse en mayoría cuando Newton aportó la formidable contribución de sus experimentos, de su genio y de su autori­dad. Reasumió la idea de que la luz debía considerarse como un enjambre de partícu­las materiales, de grandísima velocidad (que O. Romer, en 1675, halló que era igual a 300.000 km. por segundo), y tras haber de­mostrado, precisamente por medio de sus experimentos, que existe una relación inva­riable entre la desviación que experimenta la luz monocromática al atravesar una su­perficie refringente, la periodicidad en la reflexión en las láminas delgadas, y el co­lor de la luz misma, es decir, el efecto del estímulo de las partículas en el fondo del ojo humano, dedujo que las partículas que integran un solo color monocromático (es decir, que ya no puede descomponerse me­diante prismas u otro medio) debían todas ser iguales entre sí; y las de determinado color habían de ser completamente distin­tas de las de otro color.

A esto añadió otra idea fundamental: que la acción entre la materia y las partículas de la luz debe ser considerada como atracción o repulsión nor­mal a la superficie del cuerpo material. Aquí se daba la intención de introducir el con­junto de los fenómenos luminosos en el cuadro de la atracción universal, que, entre tanto, habían dado fama e importancia al autor.

Pero el intento falló. Precisamente en este volumen de óptica se puede apre­ciar explícitamente el profundo drama de este gran hombre, que desde sus primeros experimentos, afortunados y fructíferos, acerca de la refracción entrevió el brillante espejismo de un grandioso logro teórico y que luego, cuando va en busca de él, nota que se desvanece, a consecuencia de sus mismos experimentos.

En efecto, el primer libro no sólo contiene la afirmación de que la dispersión es proporcional a la refrin­gencia, afirmación que hizo sin base expe­rimental, porque le era necesaria para sus puntos de vista teóricos, y que ha pasado a la historia como el «error de Newton», por­que en ella se contenía la imposibilidad de acromatizar los sistemas ópticos, lo cual es posible; pero en el libro segundo, para ex­plicar mediante su modelo los anillos, se vio obligado a realizar acrobacias y a hacer renuncias explícitas; y, finalmente, en el tercer libro, a pesar de negar la existencia de una difracción y de intentar explicar los fenómenos descubiertos por el padre Grimaldi mediante reflexiones y refracciones, que él denomina «inflexiones», se ve obli­gado a renunciar a acabar su obra, y deja que la complete la posteridad, exponiéndola en las treinta y una preguntas, en las que, entre otras cosas, reconoce que su teoría es incapaz de explicar la doble refracción, que Erasmo Bartolino había descubierto en 1669.

Los investigadores posteriores, aunque al principio acogieron triunfalmente las ideas de Newton, al verse ante la imposi­bilidad de completarlas, destruyeron desde los cimientos el edificio que él tuvo que dejar inacabado.

V. Ronchi