De la Oración del Señor, San Cipriano

También San Cipriano, obispo de Cartago, martirizado en el año 258, escribió alrededor del 251-252 un tratado acerca de la Oración del Señor [De Dominica Oratione].

Su obra está redactada según el modelo del De Oratione de Tertuliano, pero con no­table originalidad, tanto en el plan como en las argumentaciones; en ese aspecto, con­siste en una exposición exegética y parenética del Padrenuestro.

La oración final, en­señada por el Señor, expresión perfecta del culto en espíritu y verdad, eleva al Padre las palabras mismas de Jesús. Esta oración puede subir a Dios en todo momento pero sobre todo en la reunión de la comunidad, cuando se ofrece a Dios el sacrificio divi­no, y llega hasta Dios con tal que traduz­ca la humilde confesión de nuestra indi­gencia.

San Cipriano — y éste es el aspecto más notable de su breve escrito; — defiende una concepción no individual, sino colectiva y social de la oración: «Nuestra oración debe ser pública y común y cuando rezamos debemos hacerlo no por nosotros mismos sino por todo el pueblo cristiano, porque todos nosotros, que somos cristianos, cons­tituimos un solo cuerpo.

El Dios de la paz y de la concordia, el Maestro que nos guio a la unidad, quiso que una sola persona re­zase por todos, ya que Él, siendo uno, los fundió a todos en sí».

M. Niccoli

Oración Apologética Por la España y su Mérito Literario. Para que Sirva de Exornación al Discurso Leído Por el Abate Denina en la Academia de Ciencias de Berlín Respondiendo a la Cuestión ¿Qué se Debe a España?, Juan Pablo Forner

Obra del au­tor español Juan Pablo Forner (1754-1797), publicada en 1786. El propósito de la misma consiste en «demostrar el mérito de la sabi­duría de España por la utilidad de los asuntos a que han consagrado su aplicación los doctos españoles», es decir, en una de­fensa de la cultura española, duramente ata­cada a la sazón por la Ilustración francesa.

Como apéndice publica, en su original fran­cés, la respuesta del abate Denina, leída en la Academia de Berlín el 26 de enero de 1786, a la impertinente pregunta de Masson, en la Enciclopedia francesa: ¿Qué se debe a España? Desde hace dos siglos, cuatro o diez, ¿qué ha hecho por Europa? En la pri­mera parte de su obra, Forner plantea la problemática de la cuestión: «He aquí uno de los principales fundamentos en que apo­yan sus acusaciones los que después del extravagante Voltaire no saben pensar sino lo que él escribió: En España no se piensa; la libertad de pensar es desconocida en aquella península: el español para leer y pensar necesita la licencia de un fraile…

Pero ¿qué es lo que no se piensa en España, sofistas malignos, ignorantes de los mismos principios de la filosofía que tanto os jac­táis profesar? Es verdad: los españoles no pensamos en muchas cosas, pero señaladlas, nombradlas específicamente y daréis con ellas un ejemplo de nuestra solidez y de vuestra ligereza…

No se piensa en derribar las aras que la humana necesidad, guiada por una infalible revelación, ha levantado al Árbitro del Universo; no se piensa en con­turbar el sosiego de la paz pública combatiendo con sofismas indecorosos las creen­cias en cuya esperanza y verdad sobrellevan los hombres las miserias de esta calamitosa vida…»

La parte segunda, prolijamente ano­tada, es un canto al humanismo español, una exposición de los principales autores que florecieron en el cultivo de las ciencias y las letras, con una visión de conjunto acer­ca del papel de España en la ciencia eu­ropea.

En apéndices y con el título de «Con­testación al discurso CXIII del Censor», replica Forner con vehemencia a sus nume­rosos detractores, insistiendo en sus puntos de vista. Especial consideración merecen sus opiniones sobre la llamada decadencia en la España de los últimos Austrias, tema de moda en la crítica de los hombres del siglo XVIII.

J. Regla

Opúsculos Para los Tiempos Actuales

[Tracts for the Times]. Serie de 90 opúsculos ingleses de distintos autores y de tema polémico religioso, publicados entre 1833 y 1841.

Los elementos más con­servadores de la Iglesia anglicana, alarma­dos frente a la política religiosa del gobierno de lord Grey, especialmente después de la supresión de diez obispados en Irlanda, temieron que se amenazara la posición de privilegio de la Iglesia misma.

La propuesta del doctor Arnold de que se dictara una ley imponiendo la unión de las distintas sectas, y la circulación de opúsculos que pedían la abolición, por lo menos en el culto público, de todos los símbolos de la fe y de toda mención de la Trinidad, la supresión de la doctrina de la regeneración mediante el bautismo y de la absolución de los pe­cados, aumentaron la sensación de peligro y preocupación.

John Keble (1792-.1866), teólogo y profesor de poesía de la univer­sidad de Oxford, en el sermón predicado en dicha universidad el 14 de julio de 1833 y publicado más tarde con el título de Apostasía nacional [National Apostasyj, sostuvo que Inglaterra, como nación cristiana, es­taba vinculada en su legislación y política a las leyes fundamentales de la Iglesia, y que renegarlas como se estaba haciendo significaba rechazar la soberanía de Dios, lo cual era una apostasía.

Este sermón hizo gran impresión y señaló el origen del lla­mado movimiento de Oxford, cuyos prime­ros defensores, además del mencionado J. Keble, fueron: el futuro cardenal John Henry Newman (1801-1890), que acababa de regresar de Italia, aunque sin pasar to­davía al catolicismo; Richard Hurrell Froude (1803-1836), William Palmer (1803-1885), Hugh James Rose (1795-1838), el único de todos éstos que no colaboró en los tracts; John William Bowden (1798-1844), Thomas Keble (1793-1875), Arthur Philip Perceval (1799-1853), Isaac Williams (1802-1865) y Charles Marriott (1811-1882), profesor de hebreo en la universidad de Oxford.

Hacia finales de julio de 1833, en la casa parro­quial de Rose, en Hadleigh, condado de Suffolk, se celebró una reunión para discutir un plan de acción. Unos querían fundar una asociación cuyo centro estuviera en Lon­dres, pero acabó dominando la idea de que, para un movimiento intelectual, era más adecuado Oxford, y se decidió la publica­ción de los Opúsculos.

El primer número, con fecha 9 de septiembre de 1833, era de Newman, que no había participado en la reunión de Hadleigh aunque se había man­tenido en contacto con ella y había recha­zado la idea de la propuesta asociación, convencido de que la Iglesia necesitaba en aquel momento que se hablara alto y claro, lo cual sólo podía hacerse individualmente, aunque actuando todos según un plan pre­fijado.

En el primer opúsculo, escrito con la convicción de que la antigua religión había desaparecido casi por completo del país a causa de los cambios políticos de los últimos 150 años, sostenía que era necesario restablecer la doctrina de la sucesión apos­tólica y el poder de absolución de los pe­cados.

En los opúsculos que se sucedieron rápidamente y alcanzaron una amplia difu­sión se trataron los siguientes temas: la verdadera y esencial naturaleza de la Igle­sia cristiana, su relación con las épocas pri­mitivas, su autoridad, su política y gobier­no, las objeciones corrientes en Inglaterra a sus doctrinas y ceremonias, la duración de los rezos, el servicio fúnebre, las modifi­caciones propuestas en la liturgia, la blan­dura de su disciplina, los pecados, la corrup­ción de todas las ramas del cristianismo.

Hacia finales de 1834 se recogieron los pri­meros 46 opúsculos en un volumen, con una Advertencia inicial en la que se expli­caba claramente que su fin era el de hacer revivir esas antiguas doctrinas que habían casi desaparecido en la Iglesia. Cuando, al poco tiempo, Pusey se unió al movimiento, los opúsculos cambiaron de forma; de bre­ves escritos incompletos, a menudo rápidos apuntes, pasaron a ser ensayos en forma, cuidadosamente compuestos.

Los números 67, 68 y 69, obra de Pusey, formaron juntos un volumen de aproximadamente 300 pá­ginas, dedicado al bautismo. Después de Newman, Pusey fue el colaborador más importante de los tratados.

El número 80, de Williams, sobre la Reserva en la ense­ñanza religiosa, hizo cundir la alarma y acentuó la acusación de que el movimiento quería, disfrazadamente, introducir el ca­tolicismo romano. Pero el número que mayores protestas suscitó fue el 90, publi­cado el 27 de febrero de 1841.

En el mismo, Newman sostenía la tesis de que los céle­bres 39 artículos de fe aprobados en 1562 y que constituían la base de la Iglesia an­glicana, si se les interpretaba bien no con­trastaban realmente con la doctrina cató­lica, sino que tan sólo querían corregir sus desviaciones y los abusos de las prác­ticas religiosas, y que tampoco las defini­ciones del Concilio de Trento quedaban directa e intencionalmente contradichas, tesis ésta que, por lo demás, ya sostuvieron los teólogos anglicanos del siglo XVII.

El movimiento que, por lo menos en sus orí­genes, quería seguir un camino medio entre el protestantismo y el catolicismo, desem­bocó de este modo a una toma de posición que, aunque siendo siempre anglicana, era abiertamente favorable a la Iglesia católica.

Este escrito de Newman recibió una inme­diata condena por parte de las autoridades académicas de Oxford, el 15 de marzo, aun antes de que su autor tuviera tiempo para defenderse. Contra otros, las medidas fue­ron todavía más draconianas; a William se le .negó la sucesión a Keble como profe­sor de poesía; William George Ward (1812- 1882) fue despedido, al principio, como lec­tor de matemáticas, y en 1845 se le quitó el grado académico.

Esto provocó una esci­sión: mientras algunos, como Pusey, si­guieron en la Iglesia anglicana, otros siguie­ron el ejemplo de Newman y se hicieron católicos.

B. Cellini

Opus Postumum, Immanuel Kant

Es un voluminoso con­junto de hojas manuscritas que Immanuel Kant (1724-1804) dejó al morir, en cierto número de carpetas, en estado de extrema confusión, después de haber trabajado en ellas, por lo que hoy se sabe, durante más de ocho años.

Este manuscrito tiene una larga historia referente además del punto de vista bibliográfico al filosófico. En 1936 se publicó su edición completa, por obra de la Academia Prusiana.

Concurre a dificultar la valoración del escrito, además del estado incompleto y desordenado en que se en­cuentra, algunas veces el cansancio de su autor. Esto fue causa entre otras cosas, de una famosa polémica entre K. Fischer, el cual negaba al escrito todo valor, y Krause, quien distinguía en él un importantísimo desarrollo del pensamiento kantiano.

Según la crítica más reciente, este manuscrito cons­tituye el esbozo de una obra única (no dice de dos, como alguien supuso), cuyo tema estaba ya formado en la mente de Kant en 1798, cuando escribió acerca del asunto a sus amigos, diciendo que era para él un suplicio de Tántalo divisar al alcance de su mano la terminación definitiva de su sis­tema, sin haber conseguido alcanzarla aún.

Kánt, por lo tanto, había cambiado de opi­nión desde que, al despachar en 1790 su Crítica del Juicio (v.) escribía haber ya com­pletado su empresa filosófica. El nuevo co­metido que ahora veía en perspectiva con­sistía en hallar «el tránsito de los Principios metafísicos de la ciencia de la naturaleza a la Física.

Sin esto, quedaría una laguna en el Sistema Crítico». A la primera ojeada, se podría creer que aquel tránsito era tema para una obra limitada de carácter úni­camente teorético-epistemológico. Kant, en cambio, parece que iba concibiéndola poco a poco como un vasto tratado metafísico que comprendía a Dios, al Mundo, y al Hombre como intermediario entre ambos.

La doble naturaleza (fenoménica y nouménica, cognoscitiva y moral) del hombre, sobre la cual había trabajado ya la tercera Critica, debía convertirse aquí en el eje de un sis­tema acabado en la realidad. Este sistema, sin embargo, había de estar siempre fundado sobre bases críticas, lo que hace arduo el problema de caracterizarlo.

Esto sin contar con que contribuyese a impulsar a Kant por ese camino el deseo de oponer a los sistemas metafísicos de Fichte y de Schelling algo más completo que la Crítica. Sin embargo aquella obra, partiendo de los Principios metafísicos de la ciencia de la Naturaleza, y prosiguiendo, desde ellos, a lo largo de una directriz metafísica, conserva los caracteres del pensamiento del siglo XVIII; en cuanto a las influencias que experimenta, si hubié­ramos de pronunciar un nombre, sería lícito pensar sobre todo en Newton, aun como filó­sofo. «

El mundo, como un gran animal — dice un apunte — y Dios como su alma». Aun caracterizada por un creciente dogma­tismo, de hecho, si no de principio, esta obra puede suscitar delicadas cuestiones relativas a la estructura de la filosofía crítica.

A. Galimberti

Opúsculos Religiosos, Blaise Pascal

En la obra literaria y científica de Blaise Pascal (1623-1662) tienen una importancia, en muchos casos excepcional.

Estos escritos no han sido analizados por la crítica hasta nues­tros días, particularmente para ilustrar los Pensamientos (v.) y las Cartas del Provincial (v.). Reunidos en 1897 en un volumen de Pensées et opuscules editado por L. Brunschvicg, y después por éste, Pierré Boutroux y Félix Gazier, en las «Oeuvres complétes» (1904-1914), establecen algunas de las acti­tudes más discutidas y tormentosas del gran escritor: su busca de una certidumbre filo­sófica y al mismo tiempo la plena concien­cia de una necesidad religiosa.

Testimonio de un anhelo hacia Dios, en el místico anu­larse del alma ante el Creador, es el Memorial [Mémorial], que el escritor redactó la noche del 23 de noviembre de 1654, y quiso llevar siempre, encima, cosido en el forro de su casaca, en un pergamino y una copia aparte: Cristo habla a su espíritu y final­mente le da a comprender su voz de verdad y de vida. El alma encuentra su camino hacia la luz, y en la lucha contra el mal adquiere la conciencia de su propia digni­dad.

Con entrega confiada a la gracia divina («Certeza… certeza, sentimiento, alegría, paz… Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría») Pascal sabe que en adelante será todo de Dios; el recuerdo de aquella «noche de fuego», verdaderamente reveladora, le acompañará toda su vida. Pertenece a pri­meros del 1655 la famosa Conversación con el señor Saci acerca de Epicteto y Montaigne [Entretién avec M. de Saci sur Epictete et Montaigne], de la cual escribió un relato Nicolás Fontaine (1625-1709), secretario de Saci, en sus Mémoires pour servir á l’histoire de Port-Royal, publicadas después en 1736; redactado más de cuarenta años des­pués hay que considerarlo con cierta cir­cunspección.

Hablando con el gran director de los «solitarios» de Port-Royal, el joven anheloso de una definitiva certidumbre exa­mina la antinomia que ampliamente se ha debatido en su espíritu entre Epicteto y Montaigne, esto es, entre la filosofía estoica que idealiza al hombre y lo eleva a Dios, y el epicureísmo escéptico y elegante que, viendo la miseria del hombre, lo considera sin ilusiones, entre los demás seres del mundo.

En adelante Pascal, después de la crisis documentada por su Memorial de 1654, siente la necesidad de salir de la es­fera de la razón para resolver aquel con­traste ideal en lo sobrenatural de la fe; precisamente porque por los autores profa­nos, como Epicteto y Montaigne, conoce la grandeza y la miseria del hombre, por causa de la deformidad de la naturaleza y el bien de la gracia.

Frente a Isaac Saci, janse­nista inmerso en la filosofía de San Agus­tín y en la lectura de la Biblia y de los Padres de la Iglesia, Pascal objeta la nece­sidad de conocer a los autores profanos, como elemento de singular persuasión: así, no olvida su pasado de hombre de ciencia y hombre de mundo, pero le comunica nuevo vigor en nombre de una verdad ver­daderamente segura.

También se remonta probablemente a primeros de 1655 o a últi­mos del año anterior (aunque por la crítica tradicional haya sido considerada como de 1647) la Plegaria para pedir a Dios el buen uso de las enfermedades [Priere pour de- mander a Dieu le bon ussage des maladies]: con mística entrega, Pascal da gracias a Dios por haberle enviado las enfermedades para corregirle y conducirle al bien, y pide la gracia de no comportarse como pagano en las condiciones a que su justicia le ha re­ducido. «Amad mis sufrimientos, Señor… Haced de ellos una ocasión de mi salvación y de mi conversión…»

Estos Opúsculos, como documentan algunos de los temas más profundos del autor, adquieren así un gran interés histórico en la vida espiritual del siglo XVII francés, aun junto a obras mu­cho más famosas y complejas.

C. Cordié