Ormond o El Testigo Secreto, Charles Brockden Brown

[Ormond, or the Secret Witness]. Novela del nortea­mericano Charles Brockden Brown (1771- 1810), -publicada en 1799, inmediatamente después de Wieland (v.), que fue la primera novela de Brown.

El buen éxito de aquella tentativa alentó al autor a continuar por el mismo camino, idéntica dirección y con cri­terio análogo. Esta obra ha sido a menudo comparada con el Caleb Williams (v.) de Godwin en que la figura de Falkland re­cuerda en algunos rasgos la de Ormond, austeramente y casi fanáticamente malvado; pero la maldad de Falkland es, a lo menos en sus orígenes, pasional; la de Ormond es en cambio razonada y orgánica.

Aquí, como en otros lugares de sus novelas, Brown ejecuta un trabajo sistemático para conse­guir los efectos de lo «gótico» o de lo «ne­gro», y hasta de lo horrendo, por medio del juego de hechos naturales en torno a los cuales la ciencia comenzaba a documentarse por aquel tiempo, sobre todo en el campo de la psicopatología o de la sociología; su programa declarado consiste en «encadenar la atención y atraer el ánimo de los que estudian y reflexionan», figurando perso­najes animados por «pasiones arrolladoras y energía intelectual».

Esta novela, como otras de Brown, ha sido erróneamente cla­sificada en el grupo de las narraciones «gó­ticas», a las que se parece por la busca de las grandes pasiones, de los fuertes efectos y de lo horrendo, pero mientras la nove­lística llamada «gótica» se confía para sus efectos a la fantástico y fabuloso, a lo mons­truoso y sobrenatural, las novelas de Brown se proponen fundarse en verdades históricas y sociales, e ilustrarlas. Por este y por otros aspectos Brown puede ser presentado como un precursor de la literatura fundada en problemas psicológicos y sociales del fin del siglo XIX.

C. Pellizzi

Orlando, Biografía, Virginia Woolf

[Orlando, A Biography]. Novela de la escritora inglesa Virginia Woolf (1882-1941), publicada en 1929.

A fines del siglo XVI, en un castillo de In­glaterra, vive el joven Orlando, heredero de una larga tradición de guerreros y corte­sanos, en los cuales, a los instintos caballe­rescos se une un profundo y melancólico amor por la poesía.

La reina Isabel, pren­dada de su gracia, hace que vaya a la Cor­te, donde lo colma de cargos y honores, y donde él permanece aun después de la muerte de ella, admirado e idolatrado. Du­rante el año del Gran Frío, el rey Jacobo manda construir sobre el Támesis helado un gran parque de diversiones, y en este parque Orlando encuentra a Gasha, singular princesa, sobrina del embajador ruso, que le revela su amor y huye después abando­nándolo sin decir palabra.

Desesperado se retira entonces a la soledad de su casa, donde permanece- unos días sumido en una especie de letargo; cuando despierta está curado de su pasión,, pero se apodera de él la pasión literaria y jura que será el primer poeta de su raza y dará a su nombre gloria inmortal; hace que vaya a su castillo; para que le aconseje y ayude, el literato Nicho- las Greene, el cual, apegado a los modelos clásicos, no comprende sus aspiraciones y le desanima, burlándose de él.

Y de este modo, a los treinta años, Orlando, desenga­ñado del amor y de la ambición, conven­cido de que las mujeres y poetas son igual­mente vanos, busca consuelo en el amor de la naturaleza y se dedica a la tarea de restaurar su castillo.

Pero pasado algún tiempo se apodera de él otra vez la inquie­tud poética y comienza a escribir, en estilo completamente distinto del de sus primeras obras, un poema sobre «La encina»; pero aquella vida de soledad contemplativa es turbada por la aparición de una rica archi­duquesa rumana que se quiere casar con él a toda costa.

Para huir de sus persecuciones Orlando hace que le envíen como embaja­dor a Constantinopla, donde, pasado algún tiempo, cae en nuevo letargo y al despertar se encuentra misteriosamente transformado en mujer.

Entonces se une a una tribu de gitanas y vaga con ellos por los montes de Anatolia; la naturaleza se le manifiesta con un aspecto de eternidad, y el contacto con la milenaria sabiduría de los gitanos le re­vela lo fútil de su tradición familiar, hasta que, habiéndose apoderado de él la nostalgia de su patria y la necesidad de escribir, se embarca y regresa a Londres, que encuen­tra completamente cambiado.

Estamos en la época de Addison, de Dryden y de Pope; una atmósfera nueva de aguda claridad lo ilumina todo; lentamente, Orlando se adapta a los vestidos femeninos y a comportarse a tono con su nueva condición de mujer; frecuenta la brillante sociedad de la época de la reina Ana, conoce poetas y literatos, al paso que va perdiendo sus ilusiones «tal vez para adquirir otras», buscando inútil­mente «la vida y un enamorado».

Pasan los años y con ellos cambian la naturaleza y la atmósfera: la humedad lo penetra todo, la hiedra recubre las habitaciones, en el interior de las casas arrecia el gusto Victoriano; todo se torna extraordinariamente fecundo, se pone de moda la crinolina, hasta la lite­ratura parece hincharse como el miriñaque.

Orlando, que, casi sin advertirlo, se había ido adaptando al espíritu de la Restauración y del siglo XVIII, aunque experimentando una profunda antipatía por el espíritu del siglo XIX, se siente, sin embargo, impelido por una necesidad puramente social a tomar esposo, y se casa con Marmadine Bonthrop Shelmerdine, valiente marinero que pasa buena parte de su existencia intentando doblar el cabo de Hornos, y durante cuya ausencia ella vuelve a emprender y lleva a buen término su poema «La encina», que Nicholas Greene, a quien ha vuelto a encon­trar en Londres, ahora ya no imitador de Cicerón, sino de Addison, la induce a publi­car.

Y sigue pasando el tiempo: se inventan los vehículos mecánicos y la electricidad, la monstruosa fecundidad victoriana parece detenerse; hay en la atmósfera algo definido y distinto como en el siglo XVIII, con la añadidura de una especie de desesperación: estamos ahora en la época presente, en 1928, y Orlando es ahora una mujer moder­na, que tiene hijos, guía su automóvil y ha ganado un premio literario, pero vanamente persigue la revelación del mundo del mo­mento presente, en cuya vibración continua, mil recuerdos se levantan zumbando en torno a imágenes perennemente nuevas.

Or­lando es una fantasía sobre la metempsicosis, tan popular en la época isabelina (v. Viaje del alma de John Donne), inspirada a Virginia Woolf por la personalidad de su amiga íntima, la novelista V. Sackville West, cuyo retrato acompaña la obra y que parece ser la última encarnación de Orlan­do.

Esta extraña criatura que, por haber pertenecido a los dos sexos y haber vivido en el curso de más de tres siglos, ha tenido manera de acumular un inagotable tesoro de sensaciones y pensamientos, sirve a la artista para representar vivazmente la pe­renne fluidez de la vida en que los contor­nos del «yo» se disuelven continuamente en una agitación cósmica y el tiempo no tiene una medida definida y constante, sino que puede restringirse y dilatarse de la manera más imprevisible.

Menos rico en poesía que Al faro (v.) o que Las Olas (v.), Orlando es, sin embargo, una etapa importante en el camino seguido por Virginia Woolf en la busca y creación de una forma de arte atre­vidamente nueva.

A. P. Marchesini

Orlando es un libro original y su primera parte está escrita espléndidamente: la descripción del Gran Frío ha sido ya acogida como un «trozo de antología» en la litera­tura inglesa.  (E. M. Forster)

El Orlando Enamorado, Matteo María Boyardo

[Lorian­do inn amorato]. Poema caballeresco de Matteo Maria Boiardo (1441-1494), interrum­pido por la muerte del autor.

Había de comprender un centenar de cantos agri­pados en tres partes; en su forma actual consta de sesenta y nueve cantos, veinti­nueve de los cuales pertenecen a la pri­mera parte del poema, treinta y uno a la segunda y nueve a la tercera. Su metro es la octava real y su argumento está tomado del conocidísimo tema, ya entonces tradi­cional, del ciclo carolingio.

En ocasión de unas grandes justas promulgadas por Carlomagno (v.) durante la Pascua Florida y en las cuales habían tomado parte los más famosos caballeros de su tiempo, hace una súbita y sensacional aparición en Pa­rís una bellísima y misteriosa doncella acompañada de cuatro gigantes y un guerrero.

El amor hace súbito estrago en los corazones de los valerosos caballeros reuni­dos en París, y, de modo particular, en el corazón de Orlando (v. Roldan) y Rinaldo (v.), las dos columnas del trono de Carlo- magno.

Aquella doncella es Angélica (v.), hija del rey de Catay, y el guerrero que la acompaña es su hermano Argalia, el cual, confiando en sus armas encantadas, desa­fía a duelo a los más ilustres caballeros congregados en la fiesta.

Ferraü (v. Ferragut) mata a Argalia, y se apodera de su yelmo; Angélica huye perseguida por Orlando y Rinaldo. Pero, durante la fuga, la doncella bebe sin saberlo en la fuente encantada del amor, y se enamora de Rinaldo, el cual bebe, en cambio, en la fuente del odio, y, avergonzado, interrumpe su persecución y regresa a París.

Mientras tanto Gradasso, rey de Sericana, ardiendo en deseos de apo­derarse de Baiardo, el caballo de Rinaldo, y de Durlindana, la famosa espada de Or­lando, arma un formidable ejército e invade España, cuyo rey Marsilio se dirige a pedir ayuda a Carlomagno; Rinaldo acude sin tardar a la cabeza de un poderoso ejér­cito.

Pero Angélica hace raptar a Rinaldo por medio del mago Malagigi (v.) y manda trasladarlo a una isla lejana. En tanto, Gra­dasso derrota a Marsilio, obligándole a con­vertirse en su vasallo, y después se enfrenta con el ejército francés y hace prisionero al propio Carlomagno.

Gradasso se muestra dispuesto a perdonar a Francia a condición de que le sean entregados Baiardo y Dur­lindana, y el emperador acepta; pero inter­viene Astolfo (v.), que manda la guarnición de París, el cual propone a Gradasso resol­ver el asunto en singular desafío; lo derriba y -parte luego inmediatamente en busca de, los dos primeros.

Arde la guerra también en Oriente, donde Agricane, rey de Tarta­ria, enamorado desdeñado, ha puesto cerco a la peña de Albracá, refugio de Angélica; aparecen en buena hora primero Astolfo y después Orlando, que hace frente y derriba a Agricane en un memorable duelo.

Pero he aquí que Rinaldo acude también a Al­bracá, después de haber logrado escapar de la isla y resuelto a arrancar a Orlando del maléfico influjo de la doncella; de aquí se origina un nuevo y feroz duelo, hasta que Angélica, que sigue enamorada de Ri­naldo, consigue hacer partir a Orlando para una lejana y peligrosa empresa.

La tempes­tad de la guerra empeora por causa de Áfri­ca: el rey Agramante (v.), deseoso de ven­gar la muerte de su padre Troiano, muerto por Orlando, prepara una gran expedición contra Francia, teniendo a sus órdenes gue­rreros tan famosos y temibles como Rug­giero (v.) y Rodomonte.

Rodomonte desembarca en las costas de Provenza, mien­tras Marsilio, por sugestión del traidor Gano (v. Ganelón de Maguncia), ataca por la parte de los Pirineos; el momento es trágico para Francia.

Rinaldo y Orlando se encuentran nuevamente y se reconcilian; pero Rinaldo, obedeciendo a un mensajero de Carlomagno, parte hacia Francia; Orlando, en cambio, dó­cil únicamente a la llamada del amor, se di­rige hacia Albracá, nuevamente asediada por Marfisa, reina de las Indias. Pero Angé­lica al saber el regreso de Rinaldo, fingiendo desesperar de la suerte del castillo asediado, induce al ingenuo paladín a volver en su compañía a tierras de Francia.

Ocurre ade­más que ahora Angélica bebe en la fuente del odio y Rinaldo en la fuente del amor, y de este modo se cambian los papeles y se complican de manera singular las relacio­nes entre estos personajes. En efecto, los dos primos, que se vuelven a encontrar en su patria, se pelean de nuevo ferozmente, y mal lo pasaría Francia si no interviniera en buen punto el emperador y los demás pa­ladines para suspender el duelo y confiaran la fatal doncella al anciano duque Namo de Baviera, después de haberla prometido en premio a aquel de los dos primos que más valerosamente combatiera.

El momento es grave; Agramante, Mandricardo, hijo de Agricane, y Gradasso atacan por todas par­tes. Sigue una terrible batalla, perdida por los cristianos, porque Orlando, al principio, se niega a combatir, y es llevado prisionero a un castillo encantado.

En cambio, Rinaldo pelea como un león, primero contra Ferraü y después contra Ruggiero, y es abandonado por el poeta mientras corre por un bosque en busca de su caballo Baiardo. Bradamante, hermana de Rinaldo, se bate igual­mente con valor, acabando por enamorarse de Huggiero.

La última parte del poe­ma está dedicada a la descripción del sitio de París, donde Carlomagno se había atrincherado, y de una desesperada salida intentada por Orlando y Brandimarte. Así termina el poema, cuya acción, después de ser sometida a un reajuste, será reanudada y continuada por Ariosto en el Orlando fu­rioso (v.).

La abundancia y la variedad seductora de su materia, la gran diversidad en los motivos de deleite para señores y caballeros reunidos «para escuchar cosas deleitosas y nuevas», según el autor, debían ser el mérito principal del poema.

Y en realidad este tema, arrancado de las manos de los juglares populares, está aquí total­mente confiado al albedrío y a la felicidad inventiva del poeta; falta una intrínseca ne­cesidad en la concatenación de los hechos; la perspectiva del conjunto resulta confusa, pero es, en cambio, intenso aquel clima narrativo sobreabundante y fantástico, den­tro del cual, verdadera sustancia poética del poema, resaltan los distintos episodios.

Símbolo y expresión de este feliz arbitrio imaginativo, es el único motivo que de una u otra manera rige el poema: el amor, fuer­za poderosa, pero sinónimo de arbitrariedad y capricho, cuando por amor de una mujer se emprenden guerras feroces y se aban­dona la patria para correr tras el vago fan­tasma de una hermosa doncella.

Así el amor se torna capricho, negación de lo que de más profundo hay en el hombre, y, transferido a este plano, la grandeza épica y humana de la vasta pintura decae, mien­tras la idealidad caballeresca (valor, denue­do, deseo de aventura), con la cual se nos muestran disfrazados el tema y los perso­najes del ciclo carolingio, queda en la su­perficie.

Efectivamente, hay en este mirífico juego de una imaginación fastuosa, colo­reada por los reflejos de la sociedad culta y cortesana de la época humanista, la con­ciencia del alejamiento de la realidad, en la cual consiste la ironía implícita del poema, la fina sonrisa de superioridad del poeta culto ante la vieja materia que aborda tomándola de la mano de los cantores po­pulares; de aquí nace su sentido de diver­sión, su juego con los propios personajes en que a menudo se complace Boiardo.

Poeta menos armonioso y elegante y más desigual que Ariosto, Boiardo es, por otra parte, más enérgico y vivo en el relieve y en la figuración de ciertos episodios y de mayor intensidad épica. Hay también en él la franqueza del cantor popular, que se afirma en el lenguaje del poema, desigual y duro, pero de gran colorido y -eficacia veteada de elementos dialectales: cualidades y defectos que ofendían los delicados oídos de los literatos del siglo XVI, hasta el pun­to de que Francesco Berni compuso una Refundición del «Orlando enamorado», mo­dernizándolo en su estilo, pero desnaturali­zándolo sin duda alguna en su íntima y genuina sustancia.

D. Mattalía

Mediocre y feo es el poema de Boiardo (Baretti)

A este gran inventor de magias la naturaleza negó la magia más deseable, la magia del estilo (De Sanctis)

Se cruzan y entrechocan demasiadas lanzas, demasiadas astillas vuelan por el aire, sin que aquel gran batallar se vea nunca el nexo, el significado, la justificación. Y el propio Boiardo experimenta la melancolía de aquellos golpes que se cambian en medio del vacío espiritual. (B. Croce)

Orlandino, Pietro Aretino

El Orlandino de Pietro Aretino (1492- 1556), publicado en 1540, aun conservando el mismo título que la obra de Folengo, no trata de la niñez de Orlandino, sino que se refiere a la cobardía del paladín — un Or­lando muy pequeño — y de los demás gue­rreros carolingios.

El poemita, como indica su título original — Li dui primi canti di Orlandino —, no es más que un esbozo de parodia, por lo general fácil y desordenada, de los motivos caballerescos, según el tipo de otras composiciones.

Después de haber expresado las más vulgares villanías contra los personajes de la antigua caballería, todos cobardes y bribones, así como contra sus mujeres, flor de rameras, describe una so­lemne comida en la corte de Carlomagno.

Mientras todos están entregados al arte de la gula, y se untan de pringue, se pegan, vocean y hacen baladronadas obscenas, es traído un cartel de desafío del sarraceno Cardo. Es, pues, necesario que un paladín combata al instante contra él por orden del soberano.

Pero Orlando pide que lo dejen li­bre un momento para satisfacer ciertas nece­sidades, y entonces es enviado Astolfo. Éste busca toda clase de excusas para aplazar el desafío, pero obligado a aceptarlo, es pronto derribado de la silla, y derrotado hasta el punto de rendirse pidiendo gracia.

En seis octavas del segundo canto sigue la narra­ción del lastimoso caso del vencido Astolfo, tratado con gran ironía por el sarraceno. La obrita, tal como ha quedado, no es más que un pretexto para jugar amenamente, con frases salaces, de los héroes de la caba­llería, y revela claramente la actitud del Aretino en torno al tema de una tradición famosa.

También la diversidad de algunas dedicatorias a personajes de la época, mues­tra con qué facilidad el escritor se valió de su parodia para llevar adelante una obra de poca monta, pero de seguro efecto por la risa que suscitaba a costa de héroes y gestas ya populares y familiares para todos.

C. Cordié

Una lengua cruda, que es una mescolanza de voces latinas, lombardas, italianas y cam­pesinas, sin gusto ni armonía; un estilo seco, sucio y plebeyo. (De Sanctis)

Orión, Ercole Luigi Morselli

[Orione]. Tragicomedia mitológica de Ercole Luigi Morselli (1882-1921), repre­sentada por primera vez en Roma en 1910.

La obra se mueve en un ambiente harto complicado de divinidades, sátiros, soldados, esclavos y bacantes y hasta la referencia al mito asume una deformación que sabe a grotesco, y proyecta caprichosamente sus personajes en el escenario.

Orion, gran ca­zador y poderoso guerrero, es el hijo de Jú­piter, de Neptuno, de Mercurio y de la Tie­rra. Su nacimiento es misterioso, pero en todo y por todo estrafalario.

Las tres divi­nidades habían orinado en un odre, que luego fue sepultado en la tierra; de allí había de nacer un hijo para un viejo hoste­lero bobalicón y crédulo, Orion, el de la «ri­sa tonante», es fuerte y gigantesco; anda por el mundo conquistándolo todo y se enri­quece de gloria y de botín. Riquezas, amores: todo es suyo.

Parece personificar la mate­rialidad del poder: nacido de la tierra, en­salza los dones de la tierra; pero precisa­mente de ella había de sacar-—inexorable­mente—. su propio fin. Un minúsculo escorpión le pica, y el héroe, lanzando un grito postrero de fuerza y regocijo, muere pi­diendo a Júpiter que al menos lo tome en su corte a toda costa, con tal de mostrar su odio a la tierra traidora.

El significado de la obra (que en algunos aspectos recuerda el espíritu de ciertos dramas satíricos de los griegos, y por su final, la muerte del Mor­cante de Pulci (v.), por causa de un pe­queño cangrejo) reside en la certidumbre de no poder alcanzar el bien, aun cuando los mejores dones de la vida parecen sonreír- nos.

Pero fuera de ese final, que fue califi­cado de poseer un tono «crepuscular» — es­pecialmente con referencia a otra obra de Morselli, Glauco (v.) —, este Orion vive por ser una epopeya propia suya, franca y muy aristofanesca, grandiosa y resonante, hecha de escorzos y de una lucha burlona con la vida.

La muerte del héroe, si no se toma en cuenta el mundo poético particularmente preferido por el sentimiento del autor, tiene algo gratuito que no halla en su ironía final la nitidez de una representación dramática.

C. Cordié

Orione parece dibujado en el reverso de la página del centauro de D’Annunzio. (P. Pancrazi)