[Loriando inn amorato]. Poema caballeresco de Matteo Maria Boiardo (1441-1494), interrumpido por la muerte del autor.
Había de comprender un centenar de cantos agripados en tres partes; en su forma actual consta de sesenta y nueve cantos, veintinueve de los cuales pertenecen a la primera parte del poema, treinta y uno a la segunda y nueve a la tercera. Su metro es la octava real y su argumento está tomado del conocidísimo tema, ya entonces tradicional, del ciclo carolingio.
En ocasión de unas grandes justas promulgadas por Carlomagno (v.) durante la Pascua Florida y en las cuales habían tomado parte los más famosos caballeros de su tiempo, hace una súbita y sensacional aparición en París una bellísima y misteriosa doncella acompañada de cuatro gigantes y un guerrero.
El amor hace súbito estrago en los corazones de los valerosos caballeros reunidos en París, y, de modo particular, en el corazón de Orlando (v. Roldan) y Rinaldo (v.), las dos columnas del trono de Carlo- magno.
Aquella doncella es Angélica (v.), hija del rey de Catay, y el guerrero que la acompaña es su hermano Argalia, el cual, confiando en sus armas encantadas, desafía a duelo a los más ilustres caballeros congregados en la fiesta.
Ferraü (v. Ferragut) mata a Argalia, y se apodera de su yelmo; Angélica huye perseguida por Orlando y Rinaldo. Pero, durante la fuga, la doncella bebe sin saberlo en la fuente encantada del amor, y se enamora de Rinaldo, el cual bebe, en cambio, en la fuente del odio, y, avergonzado, interrumpe su persecución y regresa a París.
Mientras tanto Gradasso, rey de Sericana, ardiendo en deseos de apoderarse de Baiardo, el caballo de Rinaldo, y de Durlindana, la famosa espada de Orlando, arma un formidable ejército e invade España, cuyo rey Marsilio se dirige a pedir ayuda a Carlomagno; Rinaldo acude sin tardar a la cabeza de un poderoso ejército.
Pero Angélica hace raptar a Rinaldo por medio del mago Malagigi (v.) y manda trasladarlo a una isla lejana. En tanto, Gradasso derrota a Marsilio, obligándole a convertirse en su vasallo, y después se enfrenta con el ejército francés y hace prisionero al propio Carlomagno.
Gradasso se muestra dispuesto a perdonar a Francia a condición de que le sean entregados Baiardo y Durlindana, y el emperador acepta; pero interviene Astolfo (v.), que manda la guarnición de París, el cual propone a Gradasso resolver el asunto en singular desafío; lo derriba y -parte luego inmediatamente en busca de, los dos primeros.
Arde la guerra también en Oriente, donde Agricane, rey de Tartaria, enamorado desdeñado, ha puesto cerco a la peña de Albracá, refugio de Angélica; aparecen en buena hora primero Astolfo y después Orlando, que hace frente y derriba a Agricane en un memorable duelo.
Pero he aquí que Rinaldo acude también a Albracá, después de haber logrado escapar de la isla y resuelto a arrancar a Orlando del maléfico influjo de la doncella; de aquí se origina un nuevo y feroz duelo, hasta que Angélica, que sigue enamorada de Rinaldo, consigue hacer partir a Orlando para una lejana y peligrosa empresa.
La tempestad de la guerra empeora por causa de África: el rey Agramante (v.), deseoso de vengar la muerte de su padre Troiano, muerto por Orlando, prepara una gran expedición contra Francia, teniendo a sus órdenes guerreros tan famosos y temibles como Ruggiero (v.) y Rodomonte.
Rodomonte desembarca en las costas de Provenza, mientras Marsilio, por sugestión del traidor Gano (v. Ganelón de Maguncia), ataca por la parte de los Pirineos; el momento es trágico para Francia.
Rinaldo y Orlando se encuentran nuevamente y se reconcilian; pero Rinaldo, obedeciendo a un mensajero de Carlomagno, parte hacia Francia; Orlando, en cambio, dócil únicamente a la llamada del amor, se dirige hacia Albracá, nuevamente asediada por Marfisa, reina de las Indias. Pero Angélica al saber el regreso de Rinaldo, fingiendo desesperar de la suerte del castillo asediado, induce al ingenuo paladín a volver en su compañía a tierras de Francia.
Ocurre además que ahora Angélica bebe en la fuente del odio y Rinaldo en la fuente del amor, y de este modo se cambian los papeles y se complican de manera singular las relaciones entre estos personajes. En efecto, los dos primos, que se vuelven a encontrar en su patria, se pelean de nuevo ferozmente, y mal lo pasaría Francia si no interviniera en buen punto el emperador y los demás paladines para suspender el duelo y confiaran la fatal doncella al anciano duque Namo de Baviera, después de haberla prometido en premio a aquel de los dos primos que más valerosamente combatiera.
El momento es grave; Agramante, Mandricardo, hijo de Agricane, y Gradasso atacan por todas partes. Sigue una terrible batalla, perdida por los cristianos, porque Orlando, al principio, se niega a combatir, y es llevado prisionero a un castillo encantado.
En cambio, Rinaldo pelea como un león, primero contra Ferraü y después contra Ruggiero, y es abandonado por el poeta mientras corre por un bosque en busca de su caballo Baiardo. Bradamante, hermana de Rinaldo, se bate igualmente con valor, acabando por enamorarse de Huggiero.
La última parte del poema está dedicada a la descripción del sitio de París, donde Carlomagno se había atrincherado, y de una desesperada salida intentada por Orlando y Brandimarte. Así termina el poema, cuya acción, después de ser sometida a un reajuste, será reanudada y continuada por Ariosto en el Orlando furioso (v.).
La abundancia y la variedad seductora de su materia, la gran diversidad en los motivos de deleite para señores y caballeros reunidos «para escuchar cosas deleitosas y nuevas», según el autor, debían ser el mérito principal del poema.
Y en realidad este tema, arrancado de las manos de los juglares populares, está aquí totalmente confiado al albedrío y a la felicidad inventiva del poeta; falta una intrínseca necesidad en la concatenación de los hechos; la perspectiva del conjunto resulta confusa, pero es, en cambio, intenso aquel clima narrativo sobreabundante y fantástico, dentro del cual, verdadera sustancia poética del poema, resaltan los distintos episodios.
Símbolo y expresión de este feliz arbitrio imaginativo, es el único motivo que de una u otra manera rige el poema: el amor, fuerza poderosa, pero sinónimo de arbitrariedad y capricho, cuando por amor de una mujer se emprenden guerras feroces y se abandona la patria para correr tras el vago fantasma de una hermosa doncella.
Así el amor se torna capricho, negación de lo que de más profundo hay en el hombre, y, transferido a este plano, la grandeza épica y humana de la vasta pintura decae, mientras la idealidad caballeresca (valor, denuedo, deseo de aventura), con la cual se nos muestran disfrazados el tema y los personajes del ciclo carolingio, queda en la superficie.
Efectivamente, hay en este mirífico juego de una imaginación fastuosa, coloreada por los reflejos de la sociedad culta y cortesana de la época humanista, la conciencia del alejamiento de la realidad, en la cual consiste la ironía implícita del poema, la fina sonrisa de superioridad del poeta culto ante la vieja materia que aborda tomándola de la mano de los cantores populares; de aquí nace su sentido de diversión, su juego con los propios personajes en que a menudo se complace Boiardo.
Poeta menos armonioso y elegante y más desigual que Ariosto, Boiardo es, por otra parte, más enérgico y vivo en el relieve y en la figuración de ciertos episodios y de mayor intensidad épica. Hay también en él la franqueza del cantor popular, que se afirma en el lenguaje del poema, desigual y duro, pero de gran colorido y -eficacia veteada de elementos dialectales: cualidades y defectos que ofendían los delicados oídos de los literatos del siglo XVI, hasta el punto de que Francesco Berni compuso una Refundición del «Orlando enamorado», modernizándolo en su estilo, pero desnaturalizándolo sin duda alguna en su íntima y genuina sustancia.
D. Mattalía
Mediocre y feo es el poema de Boiardo (Baretti)
A este gran inventor de magias la naturaleza negó la magia más deseable, la magia del estilo (De Sanctis)
Se cruzan y entrechocan demasiadas lanzas, demasiadas astillas vuelan por el aire, sin que aquel gran batallar se vea nunca el nexo, el significado, la justificación. Y el propio Boiardo experimenta la melancolía de aquellos golpes que se cambian en medio del vacío espiritual. (B. Croce)

