Ori-Taku-Shiba No Ki, Arai Hakuseki

[lit. Recuerdos de espinos cortados y quemados]. Autobio­grafía de Arai Hakuseki (1656-1725), famoso sinólogo y estadista japonés, iniciada en 1716, en el día del quinto aniversario de la muerte del sexto shogun Tokugawa Ienobu (1662-1712), su protector.

En tres volúmenes, reproduce la historia de su vida, desde su infancia junto a sus padres hasta los años inmediatamente posteriores a la muerte de Ienobu (1712), en los cuales conservó el cargo, que tenía en vida de su maestro, de consejero de Estado. Es la historia de un gobierno ilustrado y un cuadro fiel de su época.

Es además el primer ejemplo de obra autobiográfica y, sobre todo el primer volu­men, posee notables méritos estilísticos. Su título alude a la siguiente poesía del empe­rador Go Toba (1184-1198), que se halla en el libro VIII del Shin Kokin-waka-shū (v.), antología de poesías publicadas por orden imperial en 1205:

Cuando pienso en ellos

Hasta el humo que me sofoca,

Por la noche, cuando

quemo los espinos, Musebu mo ureshi

Me causa placer,

Como si fuese un re­cuerdo de ellos.

En esta poesía el autor se refiere a los hom­bres de los tiempos que pasaron, y que nos han dejado un recuerdo, para Hakuseki, so­bre todo, los padres y su protector.

En la antigua poesía, el humo que sofoca es el símbolo del recuerdo, agradable y penoso a un tiempo, dejado por los que ya no existen.

M. Muccioli

Orlandino, Teofilo Folengo

Título de una obra de Teofilo Folengo (1491-1544) y de otra del Aretino. La de Folengo es un poema caballe­resco compuesto con intención satírica, y publicado en 1526 y en 1527, en dos edicio­nes diversas en su texto y su estructura, con el pseudónimo de Limerno Pitocco (Limerno es anagrama del pseudónimo Merli­no, con que el autor escribió las Macarro­neas, v.).

El poema, en ocho cantos, se pro­pone presentar la vida del pequeño Orlando (v.), pero la multitud de motivos satíricos y burlescos fue tal en la apresurada com­posición del libro, que en gran parte de la obra no se habla más que de los padres de Orlando; Milón, paladín de Carlomagno (v. Rey Carlos), y Berta, princesa real.

La des­cripción heroicocómica de un torneo, los amores a menudo salaces de los dos jóvenes (y añádase la intromisión de una camarera de Berta, Erosina, y de un caballero amigo de Milón, Rampallo) en una serie de aven­turas divertidas y de fácil vena, pero a veces descaradas y artísticamente desigua­les representan la parte más viva de la na­rración.

Un banquete y el baile en la corte de Francia, una especie de rapto y la fuga de los dos amantes, la hospitalidad de un pescador, muestran que el autor se ha va­lido del mismo material que en su Baldo (v.) para la creación de los héroes epónimos en uno y otro libro.

Del mismo modo se servirá de algunos trozos del Orlandino, para volver a escribir con profundas innovacio­nes la parte, en la tercera redacción del Baldo, que se refiere a la hospitalidad del campesino y la vida que junto a su hijo conduce Baldovina, no presentándola ya muerta de parto, como en sus dos primeras redacciones.

En el Orlandino la fuga de los dos amantes por medio de una embarcación, Berta raptada por un noble calabrés, la defensa heroica que aquella mujer hace de su virtud, el nacimiento del niño, y después sus fullerías, son todos episodios ágiles, pero desligados, de género fácil y aun tri­vial por la excesiva desenvoltura que el au­tor quiere mostrar a cada paso.

La obra resulta también desigual a causa de varios pasajes inspirados en concepciones innovadoras en el campo de la religión; especialmente por una famosa charla de Berta respecto a la fe. La más acre diatriba ins­pira a Folengo el episodio caricaturesco del beato Griffarrosto, un pésimo sacerdote lleno de vicios. Pero aquí se interrumpe el relato.

Aparte algunas confesiones del autor que declara dejar la empresa a otros para que canten las hazañas de su héroe, convertido en paladín, con Reinaldos — y baste para todos el ejemplo del Orlando furioso (v.) de su admirado Ariosto —, se advierte cla­ramente que aquella obra fue más que nada un pretexto para descripciones extravagan­tes y jocosas y de propósitos satíricos con fondo personalista.

C. Cordié

Del Origen y Principio de la Lengua Castellana, Bernardo de Alderete

Obra del gramático español Bernardo de Alderete (1565-1645), publicada en Roma en 1606 con el título Del origen y principio de la lengua caste­llana o romance que hoy se usa en España.

Consta de tres libros. En el primero se ocupa de la base latina de la lengua española, señalando el proceso de la romanización de la península; en el segundo señala el ori­gen del romance, y dedica el tercero al vocabulario, indicando la procedencia grie­ga, hebrea, germánica y árabe de algunos vocablos españoles.

Hay en ella noticias so­bre los nombres que recibió España y datos sobre la historia de la isla y ciudad de Cá­diz, Ávila, Toledo, Yepes, Escalona, Sevilla, el río Betis, Granada, etc., y hasta referencia al origen del nombre del Perú.

A esta modalidad de las antigüedades locales dedicó otra de sus obras, aparecida en Amberes, en 1614. Realmente constituye esta obra un ensayo de historia científica de los orígenes remotos de nuestra lengua, destacando esen­cialmente los de carácter latino.

Aunque los gramáticos de esta época son más pre­ceptistas que filólogos, hay en este libro observaciones dignas de consideración. Ra­fael Lapesa señala las referentes a la trans­formación de los sonidos latinos al pasar al romance, en un anticipo de leyes fonéticas, confirmadas después por la lingüística mo­derna.

Igualmente son de notar sus ideas sobre la diversidad del lenguaje dentro de una misma lengua, expuestas en el libro II, capítulo VIII, cuyo aire tan moderno, juzga Amado Alonso, las hace merecedoras de ser suscritas por un Charles Bally.

Por todo ello Alderete, pese a las naturales deficien­cias propias de un precursor, merece un lu­gar destacado en la lingüística, por haber trazado algunas de las bases que en el si­glo XIX desarrollarían satisfactoriamente tanto la gramática histórica como la gramá­tica comparada.

Algunas de sus ideas fue­ron utilizadas por Correas, y aunque hoy esté injustamente olvidado, alcanzó un mo­mento de curiosidad en el siglo XVIII y co­mienzos del XIX.

M. García Blanco

A Orillas del Ancho Mar, August Strindberg

[I Havsbandet]. Novela (1890) de August Strindberg (1849-1912). Es su protagonista un hom­bre inteligente y refinado destruido por el contacto con gente primitiva y brutal.

Des­cendiente de una familia ennoblecida por méritos civiles, hijo algo tardío de un padre de firme carácter y de inteligencia clara, el joven Borg ha aprendido pronto a dominar sus instintos y a realizar una vigilancia ra­cional de su propia vida.

De aquí una extra­ordinaria sensibilidad nerviosa, a la cual la trivialidad y la ordinariez ofenden fácil­mente; el joven, por reacción contra ellas, ama un refinamiento extremado. Hallándose en medio de la humanidad «normal», torpe, instintiva y egoísta, las experiencias con que choca Borg son naturalmente dolorosas y acaban por abrumarlo.

Ayudante en la Aca­demia de Ciencias, la envidia se ejerce im­placablemente contra él. Ingenio crítico y constructor hace descubrimientos cuyo valor es reconocido en el mundo internacional de los doctos; pero en el ambiente de la Aca­demia le oponen tales obstáculos que acaba por dejarla y aceptar un cargo de inspector de pesca en el archipiélago de Estocolmo.

Allí es mal visto por una población pri­mitiva, crédula y cruel, sin luz de inteli­gencia; y encuentra a una muchacha, ya no muy joven, María, bella pero vulgar, que ejerce una gran atracción sexual sobre él, hasta el punto de que se casa con ella for­jándose la ilusión de poder acercarla a sí. Pero la joven forma causa común contra su esposo, con la gente a la que se siente afín, y se pone a coquetear con un joven ayu­dante suyo.

Borg, en medio de aquella gente inferior, ha perdido todo motivo de vivir, pues sólo una esposa y un hijo hubieran podido conciliar su sensibilidad con la vida. Cada vez se aísla más, descuida todo tra­bajo serio, se pierde en vanos proyectos, acosado de mil maneras después de haber presentado la dimisión de inspector, agotado también físicamente.

La noche de Navidad se rehace con postrer esfuerzo; entra en una barca y vuelve las espaldas a la tierra, orientándose hacia la estrella Beta de la constelación de Hércules, para un viaje sin regreso por el mar, «fuente de vida y ene­migo de la vida».

Son evidentes en esta no­vela las huellas de la cultura positivista entonces dominante y de la doctrina nietzscheana del Superhombre. El inspector Borg era, según explícita declaración de Strindberg, un ejemplar de la nueva humanidad que se iba formando, la cual se hallaba necesariamente en contraste con la normal que se disolvía.

El dominio racional de las pa­siones, una gran sensibilidad nerviosa, ma­netas refinadas, distinguen a este hombre de excepción, de la masa obtusa, insensible, dominada por los instintos, Borg parece, a veces, contra las intenciones del autor, la caricatura del intelectual.

En cambio sue­le ser eficacísima la descripción de la plebe con que Borg es puesto en contacto: de aquella mujer sensual, vulgar y rapaz hacia la cual Borg siente atracción sexual; de la madre de ella, sólo preocupada del matri­monio de su hija; del joven ayudante, cuya falta de madurez se reviste de sentimenta­lismo erótico.

Y después, por debajo de las formas inferiores de la humanidad, el mun­do geológico, los elementos, la vida de las plantas acuáticas, de los peces y de los pá­jaros del Báltico, descritos a veces con una minuciosidad demasiado precisa para una obra literaria, pero a menudo también con gran simpatía y penetración.

En la represen­tación de la pura vitalidad e instintividad, más acá de todo vislumbre de conciencia moral, reside la fuerza de Strindberg.

V. Santoli

Del Origen y del Oficio de la Literatura, Ugo Foscolo

[Dell’origine e dell’ufficio della letteratura]. Es el título y el tema de la introducción con que Ugo Foscolo (1778- 1827) inició su curso de elocuencia en la Universidad de Pavía, el 22 de enero de 1809.

Para poder aplicar rectamente las le­tras y «hacerlas fructificar útilmente» es necesario conocer su «origen» y «oficio» y observar cómo las vicisitudes de los tiem­pos y de las opiniones han acrecentado su uso y su abuso; sólo así, en su aplicación, se responderá al propósito de la «naturale­za».

Después de haber indicado el origen y el oficio de la palabra por medio de la cual el intelecto humano, después de la percep­ción de las formas sensibles de las cosas, puede conjeturar y concebir las más recón­ditas, denominarlas, descomponerlas y re­componerlas en su armonía, Foscolo afirma que la necesidad de comunicar el pensa­miento es inherente a la naturaleza del hombre, «animal esencialmente usurpador, esencialmente social».

Cuando la sociedad humana se constituyó sobre bases firmes y complejas, la palabra ya no fue suficiente y la memoria de los hechos fue confiada a monumentos de diversa naturaleza; y cuan­do éstos fueron destruidos por cataclismos y diluvios, el hombre superviviente, con el ánimo conmovido y levantado hacia los as­tros, les confió la tradición de las leyes, de los ritos, de las conquistas.

El firmamento, no siendo ya objeto de mudo estupor, se convirtió en partícipe de la vida y de las vicisitudes de los hombres, de cuyos recuer­dos se mostraba historiador, y las mentes humanas poblaron la tierra de ninfas, de númenes y de genios.

Los sabios, al advertir que aquella religión servía para frenar la índole todavía salvaje de los mortales, la ampliaron con la elocuencia y con el mis­terio, y por ello fueron celebradas las artes de la adivinación y de la poesía, de las cua­les los poemas, los anales y los monumentos nos transmitieron tantos testimonios.

Los escritos salidos de aquellos pueblos y de aquellas instituciones se propagaron hasta nosotros. Y como los recuerdos de las vici­situdes humanas y terrestres, por medio de los símbolos con los cuales eran expresados, fueron transmitidos a las apariencias de los astros, se vio reproducirse en el cielo la religión de los pueblos antiguos y fundarse la teología política por medio de la adivinación y de la alegoría: estas artes, ejercidas al principio por los sacerdotes y los poetas, dieron origen al uso y al oficio de la lite­ratura, y como no a todos los hombres tocaron en suerte iguales fuerzas y facul­tades de la naturaleza, de esta desigualdad se sigue que el género humano no puede ser ni libre ni estar satisfecho; la literatura reivindica como propio y elevado oficio el de frenar a los poderosos y, con el amor a la verdad, conservar el benéfico encanto de aquellas ilusiones que hacen olvidar los males y la vanidad de la vida.

Desde los lejanos orígenes de la literatura los hombres amantes de la verdad la buscaban (filosofía) sirviéndose de ella para el gobierno de los hombres (política) y embelleciéndola con el arte de la palabra (poesía). La literatura de un pueblo está totalmente en manos de los poetas, de los historiadores, y de los oradores: atiendan, pues, los italianos a su historia, porque sólo en el amoroso y severo estudio de ella está la garantía de la reno­vación y la prenda segura del presagiado renacimiento de la patria.

Esta oración inau­gural es la más famosa, la más vibrante y animosa de las prosas críticas foscolianas, y se puede considerar como el intento de un perfecto desarrollo ideal y doctrinario del motivo preeminente en la segunda parte de los Sepulcros (v.). Obtiene toda su importancia y las razones de su vital eficacia del «animus» que la informa, esto es, de aquella fe magnánima, activa, aunque íntimamente dramática, que acogiendo la enseñanza de la que De Sanctis llama «la nueva litera­tura», de las cenizas de la concepción mate­rialista de la vida hace surgir la religión consoladora de la belleza y, proclamando la misión moral y civil de las letras, hace cam­pear en primer término, con acentos de potencia inusitada, una de las grandes ideas- fuerzas de la literatura romántica.

D. MattalIa

Es una prosa personal, todavía en forma­ción, llena de reminiscencias latinas y ora­torias, con tendencia a la majestad y a la fuerza. Demuestra más calor de imaginación que vigor de inteligencia. (De Sanctis)