Páginas Chilenas, Joaquín Díaz Garcés

Recopilación de escritos del periodista y novelista chileno Joaquín Díaz Garcés (1878-1921), que ge­neralmente empleó el pseudónimo Ángel Pino.

Este libro, publicado en 1908 (aunque lleva el año 1907 en la portada), comprende trabajos escritos desde 1897 y dados a luz en los diarios «El chileno» y «El Mercurio», de que el autor fue colaborador en largos períodos, y en la revista «Zag-Zag», que fundó en 1905.

Hay cuentos campesinos y urbanos («Juan Neira», «Segovia», «La tri­lla», «Los dos patios»), artículos de costum­bres, reminiscencias de la vida de cuartel, impresiones de arte y no pocos artículos chistosos, que fue una de las venas más cultivadas por el escritor en su breve pero intensísima vida periodística.

Aunque ge­neralmente desaliñados en la forma, estos trabajos le valieron a Díaz Garcés una extensa nombradla, por la gracia, el entu­siasmo y el amor a la vida que en ellos se trasunta. Algunas páginas proceden de la historia de Chile, que el autor trabajó tanto en este libro como en narraciones novelescas de la revista «Pacífico Magazine», algunas recogidas después de su muerte bajo el título de Leyendas y tradiciones chilenas (1944).

También es póstuma la novela La voz del torrente (1921), que acre­ditaba verdadero talento de novelista en su autor, prematuramente desaparecido cuando corregía sus pruebas. Díaz Garcés fue asi­mismo periodista serio en «El Mercurio» de Santiago, cuyas columnas editoriales le contaron por varios años como el más animoso de sus proveedores de material.

Páginas chilenas ha quedado en la literatura chilena como uno de los más ricos repertorios de la psicología nacional, a juicio de sus crí­ticos y comentaristas.

R. Silva Castro

Páginas Libres, Manuel González Prada

Colección de artículos y conferencias del ensayista y poeta peruano Manuel González Prada (1848-1918), apa­recida originalmente en París el año 1894 (hay una 2.a edición de Madrid, 1914, y una 3.a, con numerosas modificaciones de­bidas al autor, publicada en Lima, después de su muerte, en 1946).

El libro está divi­dido en cuatro partes. La primera contiene el texto de cuatro alocuciones pronunciadas por González Prada de 1886 a 1888, entre las que destacan la conferencia dada en el Ateneo de Lima (1886), que constituye la primera formulación de su ideario estético, y el discurso pronunciado en el teatro Olim­po de Lima (1888), en que el autor des­arrolla los puntos de vista políticos y socia­les que van a presidir su gestión posterior y la del grupo radical que animó.

La se­gunda parte reúne tres artículos y un dis­curso (este último leído en el teatro Politeama de Lima, en julio de 1888), textos todos dedicados a estudiar la repercusión psicológica y moral que sobre la vida pe­ruana tuvo la derrota sufrida por el Perú en la guerra con Chile (1879-1883).

La ter­cera parte se compone de un estudio acerca de la personalidad y la obra de Francisco de Paula González Vigil, liberal peruano muerto en 1875, y de tres artículos en que el ensayista hace un enfoque doctrinario de la educación católica, la libertad de prensa y la misión del escritor.

En fin, la última contiene seis ensayos de crítica lite­raria, un estudio histórico sobre la Revolu­ción francesa y un ensayo filosófico sobre la vida y la muerte. Páginas Libres es una de las obras más notables de la literatura peruana, tanto por la calidad excepcional de la prosa del autor, que se cuenta entre las más vigorosas y tersas en lengua espa­ñola, por el aliento renovador y la audacia crítica de su contenido, cuanto por la honda influencia que ha ejercido en el desenvolvi­miento de las ideas del Perú moderno.

A. Salazar Bondy

Una Página De Amor, Émile Zola

[Une page d’amour]. Novela de Émile Zola (1840-1902), publicada en 1878, octava del ciclo de los Rougon-Macquart (v.).

La protagonista, una joven viuda, Elena Grandjean, va a vivir a una casita de los suburbios parisienses, junto con su hija, criatura enfermiza, celo­samente unida a su madre. Para evitarle toda aflicción y toda inquietud, Elena vive apartada, sacrificando serenamente por ella su juventud y su belleza.

Pero al conocer al doctor Enrique Deberle, vecino suyo, llamado precipitadamente cierta noche cuan­do la niña está enferma, se interrumpe la quieta dulzura de dicha existencia. Deber­le se enamora de Elena, en quien lentamente van despertándose los deseos de felicidad y vida.

Al principio trata de resistirse a dicho sentimiento amenazador para la tran­quilidad de la niña, que manifiesta una aversión que casi es odio por el doctor De­berle; pero por fin la frivolidad de la señora Deberle justifica a Elena ante sus propios ojos y, por una extraña circunstan­cia, la impulsa a conceder la cita que había rehusado hasta entonces. Elena, para salvar a la señora Deberle, se dirige en su lugar a una cita que ésta tenía con su amante, y Enrique Deberle, al llegar para sorpren­der a su mujer, encuentra a su amiga.

Al regresar a su casa, Elena halla a la niña inesperadamente agravada; atormentada por los celos, se ha expuesto al frío para espe­rar a su madre. A los pocos días la chi­quilla muere y Elena, destrozada por el remordimiento y la angustia, renuncia a Deberle, y algunos años más tarde reanu­dará su vida tranquila e incolora junto a un buen hombre, segundo marido que le propone un sacerdote amigo de la familia.

La novela, en la «historia natural y social de una familia bajo el Segundo Imperio», testimonia, como el Sueño (v.) y como el conclusivo Doctor Pascual (v.), cierta posi­ción sentimental de Zola, y tiene valor de idilio. Elena Grandjean es una Mouret, y, como hija de Úrsula Macquart, participa en el mundo de pasiones y luchas que desen­cadena entre los descendientes de la loca Adelaida Foquet (v. La fortuna de los Rougon).

Pasiones que en este libro parecen revivir particularmente en la hija de Elena; tanto más trágicas cuanto inconscientes, se manifiestan en el exclusivo amor de la niña por su madre y en el odio hacia Deberle, hasta destrozarla y vencerla con su vio­lencia.

C. Cordié

Notable a pesar de la lentitud y pesadez de estilo casi constantes. Dibujada con un lápiz de punta mal sacada. (A. Gide)

Paganos, Ferenc Herczeg

[Pogányok.] Novela histórica del húngaro Ferenc (Francisco) Herczeg (1863-1954), publicada en 1902.

Su asunto son los primeros contactos del pueblo magiar con el espíritu occidental y cristiano. El joven Alpár, convertido por influencia del veneciano San Gerardo y bautizado con el nombre de Márton (Martín), no tiene toda­vía una fe firme: la humildad sacerdotal que se impone no llega a aplacar en él, hijo del jefe de los pecenigos, Thonuzoba, la antigua fiereza del hombre de la «puszta», el amor desenfrenado de la libertad paga­nizante y de la naturaleza panteísta instintivamente amada.

Se le pide una prueba decisiva de su conversión: ir a destruir los ídolos del pueblo y cortar los cabellos de la señora de la «puszta», Seruzád, jefe de los pecenigos. Seruzád ama al joven sacerdote, cuyo corazón pertenece a Zenobia, muchacha educada en Bizancio, y represen­tante, en la novela, de la mujer cristiana pulida por la vida de monasterio y de corte.

El alma apasionada de Márton busca un refugio en las mortificaciones, pero no puede hallar la paz. Mientras que el nuevo rey, András (Andrea I), cristianiza dura­mente al pueblo, Seruzád, celosa, incendia el monasterio donde vive Zenobia, y ésta muere con las monjas. Márton ataca el campo de los pecenigos y apresa a Seruzád, que se mata.

Al héroe sólo le queda una dolorosa, definitiva, soledad entre sus pecenigos, en tanto que la nueva religión le hace terminar para siempre con el es­plendor del antiguo paganismo. Es una no­vela sin duda de gran habilidad, y su altura artística consiste en haber concentrado la crisis moral y religiosa de un pueblo en la infelicidad de un hombre, bastante grande para hacer depender su suerte de la solu­ción de una cuestión de fe y de principios, y no lo bastante fuerte para ser sobre todo un hombre de fe.

La cristianización de su pueblo se realiza con la dureza, que es el vehículo inevitable de las transformaciones profundas: Márton permanece siempre por encima de esta imposición, pero precisa­mente por esto la imagen de su gente le abandona arredrado y solitario, héroe de la conciencia dolorosa que acepta la propia crisis hasta las últimas consecuencias. Trad. italiana de Franco Vellani Dionisi (Milán, 1929).

M. Benedek

Padre Sergio, León Tolstoi

[Otee Sergij]. Cuento de León Tolstoi (Lev Nicolaevič Tolstoj, 1828-1910), escrito entre 1890 y 1898, y no publi­cado hasta 1911.

Es la historia de un joven príncipe el cual, destinado a una gran ca­rrera, un mes antes de casarse con una joven dama la zarina, descubre que ha sido la favorita del zar, rompe sus rela­ciones con ella y se hace religioso. Pero ambicioso y ávido de gloria también con su hábito de religioso, no sabe cómo aniqui­lar las pasiones que le nublan el corazón y el cerebro.

Después de haber vivido en varios monasterios se hace ermitaño. La fama de su santidad se difunde pronto en­tre el pueblo, y su celda llega a ser meta de peregrinaciones. Una mujer hermosa y de­seosa de aventuras, con el pretexto de haber perdido el camino y fingiendo una súbita indisposición, logra hospedarse, de noche, en el tugurio del ermitaño.

El padre Sergio está a punto de sucumbir a la tentación, cuando, de improviso, para evitar el pecado, se corta con un hacha un dedo de la mano. Aquella mujer, trastornada, parte y durante algún tiempo se encierra en un convento. La santidad del ermitaño es ya conocida en toda Rusia, y hasta se le atribuyen mila­gros.

Pero la carne no está nunca vencida; al querer curar a una jovencita enferma de neurastenia, ésta, casi inconscientemente, le induce a pecar. El padre Sergio huye de su celda, y después de un sueño que a él le parece de inspiración divina, marcha a pie a una ciudad lejana en que vive una mu­jer a quien él había conocido durante su infancia, la cual vive trabajando fatigosa­mente para mantener a sus hijos. «Yo he vivido con los hombres, con el pretexto de Dios — dice el padre Sergio —; ella sirve a Dios y cree vivir para los hombres».

En adelante, para expiar sus pecados, irá pere­grinando por Rusia. Las últimas líneas de la narración dicen que «…se colocó en Sibe­ria en la propiedad de un rico campesino ahora vive allí, trabaja en el huerto de su amo, enseña a los niños y asiste a los enfermos». Obra de su madurez, este cuento contiene la esencia de la filosofía de Tolstoi, que ve en el amor operante el camino para llegar a Dios. El psicologismo propio del gran escritor se refina aquí, como en las mejores obras suyas, superando su com­placencia en la introspección, tan cultivada por la escuela naturalista, y siguiendo, en el íntimo tormento de las almas, el misterio que las dirige hacia la salvación.

G. Kraisky