Panorama Científico, Bertrand Russell

[The Scienti­fic Outlook]. Examen de los caracteres y las limitaciones de la metafísica y de la técnica científica, en una sociedad en la cual la ciencia dominara sobre la vida pri­vada y pública, obra de Bertrand Russell (n. en 1872), publicada en 1934.

Bacon ha­bía proclamado como finalidad de la ciencia la «instauratio imperii hominis». Russell nos demuestra el servicio que la ciencia ha prestado al hombre y cómo el hombre se ha servido de ella para plasmar la vida y la sociedad.

La introducción ya anuncia la conclusión del estudio: «Es necesario que el aumento de saber esté acompañado de un aumento de prudencia», esto es, por una justa concepción de los fines de la vida, cosa ésta que la ciencia por sí misma no procura.

El método científico viene ejempli­ficado por Galileo, cuyas dolorosas vicisi­tudes evoca el autor («Si la Inquisición le hubiera detenido de joven, no podríamos ahora nosotros gozar las bendiciones de la guerra aérea y de los gases asfixiantes, pero tampoco la disminución de la pobreza y de las enfermedades, que es la característica de nuestra época»); por Newton, Darwin y por el fisiólogo Pavlov.

El estudio de las «características y de las limitaciones del método científico» pone en evidencia los hechos «significativos», y los que requieren una nueva teoría, como la de la «relativi­dad» de Einstein; profundiza en el valor y la importancia de la inducción, «las con­secuencias de aquello que no ha sido ve­rificado», el «carácter abstracto de la física», que proporciona una visión del mundo como un todo.

Quien desee saber por qué la fe científica pierde terreno, que lea — nos dice el autor — la conferencia de Eddington sobre «La naturaleza del mundo físico», y se persuadirá de que «sólo el pre­juicio y la costumbre afirman la existencia de un mundo»; que el universo está com­puesto de lugares y espacios sin unidad ni continuidad, sin coherencia ni orden — todo lo contrario son invenciones humanas — y que «si existe, consiste en acontecimien­tos breves, accidentales».

Y mientras la física, que es la ciencia fundamental, está minando toda la construcción de la razón aplicada y nos está dando un mundo de sueños irreales y fantásticos, la ciencia aplicada es particularmente útil a la vida humana. La realidad es que la función me­tafísica de la ciencia es totalmente distinta de la del buen sentido.

De unidad, aun vaga y tenue — la única cosa necesaria al teó­logo —, no hay huella en la ciencia moderna considerada como metafísica. Pero ella es humilde y no se envanece de saber nada que pueda oponerse a los dogmas de la re­ligión.

El capítulo «Ciencia y Religión» examina si la ciencia tiene algo que decir en pro o en contra de los diferentes as­pectos de la concepción religiosa. Critica las infundadas deducciones en favor del libre albedrío, extraídas del principio mal comprendido de Eddington sobre la inde­terminación «del átomo» (y no menos las de Jeans, que ven en Dios al «matemático puro» y en el mundo externo el pensamiento permanente de Dios).

El autor más bien simpatiza con el teólogo «culto y orto­doxo» que le confiesa que no comprende «por qué Dios creó al mundo» y declara no hallar la razón espontánea. En los dos casos «es aquello que es» y no le consuela la idea de que si Dios creó el mundo pueda «recargarlo cuando la carga se haya ago­tado».

Del dualismo de espíritu y materia dice que esto ya no está en boga, siendo las dos realidades reveladas bastante seme­jantes. Le falta la prueba de una finalidad divina del mundo, incluso en el espectáculo que el mismo mundo ofrece. Concluye que «perder la fe en el saber es perder la fe en lo mejor de la capacidad humana» y que «el saber, en su esencia, es bueno».

En la segunda parte, «Técnica científica» — en la naturaleza inanimada, en la biología, en la fisiología, en la psicología, en la sociedad—, deplora que mientras el individuo actual en sus más importantes actividades no es una unidad separada y las fronteras nacio­nales constituyen tal absurdidad técnica que deberían suprimirse, el nacionalismo sea aún fuerte, y la técnica científica en manos de los estados nacionalistas se uti­lice para reforzar la violencia anárquica, impidiéndole conseguir los beneficiosos re­sultados de los que es capaz.

En la tercera parte predice que en la «Sociedad Cientí­fica», ya preludiada en varios estados existentes, habrá conflictos entre las diferentes oligarquías y que al fin alguna de ellas conquistará el dominio del mundo y lle­vará a término una organización mundial completa y elaborada, como la que existe ahora en la U.R.S.S. Nada menos que esto podrá hacer sobrevivir una sociedad embebida de técnica científica.

El autor estudia con frío análisis las ventajas y las desven­tajas, con un cuadro sumamente sugestivo. «Si los hombres serán felices en este pa­raíso, esto no lo sé». Prevé métodos cien­tíficos para contrarrestar el excesivo des­arrollo demográfico en sustitución de la función hasta ahora ejercida por la guerra: se introducirá «la cuota de inmigración en el mundo», matando a los niños al nacer antes que mueran en la guerra, o con la esterilización de los progenitores no desea­bles.

«En la próxima gran guerra, Europa ciertamente quedará rota, la población se­guramente será reducida a la mitad, y la parte superviviente quedará sumergida en la desesperación y la anarquía», y entonces se instaurará — el autor cree por obra de América — un radical método científico. Las riquezas pasarán por las manos del pú­blico manipuladas científicamente por los expertos; la producción estará organizada bajo las órdenes del gobierno; el control de las materias primas será ejercido direc­tamente por una autoridad central; la agri­cultura será industrializada tanto en los métodos como en la mentalidad. Habrá se­guridad contra el paro, contra el hambre y las dificultades económicas, «pero no es seguro que no se pague a un precio muy caro».

La educación de la clase dirigente será completa y perfecta; la reproducción tendrá lugar científicamente (el 25 % de las mujeres y el 5 % de los hombres serán escogidos como progenitores de las nuevas generaciones; los padres no tendrán que ocuparse en absoluto por los hijos, y las madres muy poco). «Todos los sentimientos más profundos serán frustrados, excepto los de devoción a la ciencia y al estado.

De esta manera, podrá existir aún el placer, pero no habrá alegría… y no comprendo cómo el arte cabrá en esta sociedad». «Sólo un necio optimismo puede hacer creer que este mundo se agostará en una orgía de sangre y llevará al redescubrimiento de la alegría: porque quizás, por medio de las drogas y de los preparados químicos, se podrá inducir al pueblo a soportar todo esto, y sus protectores científicos decidirán su bien».

El último capítulo nos advierte que el cuadro precedente no es una profecía rigurosa, sino una descripción de lo que acontecerá si la técnica científica llega a dominar sin ningún impedimento, si la fuerza vence al impulso del amor. Y con­cluye: «La técnica científica si quiere enri­quecer la vida humana no debe sobrepasar los fines a los cuales debe servir.

Un mundo sin placer y sin sentimientos está falto de valor. La sumisión a los poderes de la naturaleza debe ser sustituida por el respeto a lo que hay de más noble en el hombre. Cuando esto falta, la técnica científica es peligrosa. Es mejor hacer poco bien que mucho mal».

Esta obra nos presenta a un Bertrand Russell muy diferente del de las especulaciones matemáticas y filosóficas que habían absorbido su actividad en los pri­meros decenios. El estallido de la guerra de 1914-1918 le impondrá no aislarse ya más del mundo, ni apartarse de los su­frimientos de la humanidad que no vive de abstracciones, sino de pan, de fe y de amor.

Mil rendijas se abren en esta y otras obras de la postguerra, que a través de cielos tempestuosos y rayos hacen entrever hori­zontes nuevos de nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales todavía la justicia, la paz y el amor podrán darse el anhelado y fraternal abrazo.

G. Pioli

Pange Lingua, Santo Tomás de Aquino

Con las mismas palabras de este himno empieza el no menos famoso himno eucarístico de Santo Tomás de Aquino (1225- 1274).

Fue compuesto en alabanza de la Eucaristía, hacia 1264, junto con el oficio del Sacramento para la festividad del Cor­pus Christi, por orden de Urbano IV. Las primeras palabras están tomadas del himno de Venancio Fortunato: «Pange lingua gloriosi lauream certaminis»; algunas frases de la última estrofa: «Genitori, Genitoque», «Procedenti ab utroque», de una secuencia de Adán de San Víctor, para Pentecostés.

El himno tiene seis estrofas, y cada una de ellas seis versos con la novedad característica de la triple rima alternada: «Verbum caro panem verum/Verbo carnem efficit;/ Fitque sanguis Christi merum/Et si sensus deficit / Ad firmandum cor sincerum / Sola fides sufficit».

Los críticos están de acuerdo en reconocer su valor poético e himnológico; y le asignan el segundo lugar de la liturgia católica occidental, entre los Veocilla regis (v.), Stabat Mater (v.), Jesu, dulcis memoria, por su precisión lógica, su exac­titud dogmática, su densidad de pensamiento y su fuerza casi demostrativa, que hacen difícil la traducción a otras lenguas, según ha demostrado el fracaso de la secular com­petición de los traductores.

Las dos últimas estrofas del himno: «Tantum ergo sacramentum, veneremur cernui etc.» forman una especie de himno independiente, cuyo canto está prescrito en la Iglesia católica de litur­gia latina’ para la bendición con el Santí­simo Sacramento.

G. Pioli

Pange Lingua, Venancio Honorio Clemenciano Fortunato

Himno en honor de la Cruz, compuesto por Venancio Honorio Clemenciano Fortunato, poeta cristiano nacido en el Véneto, que vivió la mayor parte de su vida en la Galia (535-600 aproximada­mente).

Este himno, merecidamente famoso por el calor de su sentimiento y magnifi­cencia de imágenes, entró rapidísimamente en la liturgia, con el otro himno del mismo autor: Vexilia regis prodeunt (v.). Fue atri­buido, equivocadamente, a otro escritor cristiano, Claudiano Mamerto.

Comprende diez estrofas ternarias de tetrámetros tro­caicos catalécticos, el metro de los cantos triunfales de los soldados romanos. Todo este canto es, por lo demás, una celebra­ción solemne del triunfo por el cual Cristo, vencido el mal, se ha convertido en el re­dentor de la humanidad.

Después de una alusión al pecado original y a sus conse­cuencias funestas para la humanidad entera, el poeta narra la misión de Cristo y su na­cimiento de una virgen; describe con viva­cidad de pormenores su humildísima infan­cia; celebra, en fin, con emoción sincera la pasión y la crucifixión.

El himno se cierra con un grandioso y solemne apostrofé a la cruz, el noble árbol que ha de doblar sus brazos bajo el peso del mayor de los reyes. También en este himno se notan los carac­teres de la mejor poesía de Venancio For­tunato: sinceridad, originalidad, frescura de sentimiento, por la cual el poeta revive y canta con gran calor la acción de Cristo; siente la importancia que esta acción ha tenido para todos los hombres; siente el inmenso amor que la ha inspirado, y da al canto que la celebra particular e intensa solemnidad.

No faltan, como en todas las composiciones de Venancio, los artificios re­tóricos; el esfuerzo para hacer que la forma sea refinada y compleja, procedimiento por el cual él, según los dictados de las escue­las de su tiempo, intenta imitar y superar a los poetas clásicos y cristianos que se fija como modelos.

La profundidad de senti­miento y la nobleza de inspiración infor­man y funden en orgánica unidad los dife­rentes elementos de que está compuesto el himno y hacen de éste una de las más bellas y sentidas expresiones poéticas de la fe cristiana.

E. Pasini

Panfletos y Sátiras, Jonathan Swift

Los escritos del irlandés Jonathan Swift (1667- 1745), comprendida la correspondencia, los artículos de periódico, poemas, panfletos y sátiras de costumbres, han sido objeto de varias ediciones generales, la más antigua de las cuales es la de Faulkner (6 vol., Du­blin, 1735), a la que sucedieron las de Hawkesworth (12 vol., 1755), Sheridan (17 vol., 1784), Walter Scott (19 vol., 1814) y Temple Scott (18 vol., 1908).

Además de diversas obras dedicadas especialmente a la corres­pondencia o a la producción poética del autor, deben señalarse todavía las Prosas y versos (Chatto and Windus, 1904) y Selec­ción de Sátiras de Swift (W. A. Eddy, Oxford University, 1927).

Sobre todo gracias a los fragmentos escogidos fue conocido Swift fue­ra de su patria. Swift es autor de panfletos, es un satírico, y estos caracteres específicos de su obra se desprenden, poco a poco, a lo largo de su vida, de las contingencias histó­ricas, para llegar a alcanzar la profundidad dolorosa y la grandeza de un testimonio íntimo portador de un valor permanente de humanidad.

En 1703 Swift publicó su Batalla de los libros (v.) y su sorprendente Cuento del tonel (v.), en los que se mani­fiestan a la vez los rasgos de su genio, su misantropía, su odio a las ideas generales y su penetrante lucidez acerca de las ideas demasiado cómodamente calcadas sobre las realidades: una razón que, desde el primer momento, se vuelve contra ella misma.

En 1705, el autor entró en contacto con los jefes políticos whigs y, participando activa­mente en la vida política, llegó a ser su representante; publicó entonces otros escri­tos: Argumento acerca de la abolición del cristianismo, panfleto contra los librepen­sadores, y Proyecto para el avance de la religión y la reforma de las costumbres (1708), en el que manifiesta igual repulsión contra toda clase de sectas, herejías y su­persticiones, pasadas o presentes.

En 1709, aparecieron las Predicciones para el año 1708, en las que los meses y los días del mes están indicados, las personas nombradas y los grandes sucesos del año próximo relata­dos con detalle, tal como deben suceder; escritos para impedir al pueblo de Inglate­rra el ser de ahora en adelante juguete de los fabricantes de almanaques vulgares. Por Isaac Bickerstaff, esq. En esta parodia Swift denunciaba y ridiculizaba a los impostores con sus propias armas: el tono pomposo, la seguridad y la falsa lógica de los autores de almanaques, muy numerosos en aquella época, que se manifestaban por doquier a modo de charlatanes y proclamaban ser los únicos poseedores de la verdad.

Bickerstaff llegó inclusive a predecir la muerte de Partridge, su cofrade. Este último era un personaje auténtico, zapatero de profesión, residente en Londres, y tenía por rival y enemigo jurado a John Gadbury, cortador de profesión y residente en Oxford. De ello se desprende una graciosa controversia en el curso de la cual no desprecia el autor la ocasión de atacar a varios contemporáneos suyos.

En 1703 apareció la breve pero céle­bre Meditación sobre una escoba [Medita- tion upon a Broomstick], fragmento de gran valor, parodiando a los predicadores, y que debió tener por origen una agradable super­chería. Capellán de la casa de lord Berkeley, Swift, debiendo leer a la esposa de aquél las meditaciones de M. Boyle — a quien en verdad apreciaba muy poco—, in­sertó en ellas su composición y la leyó en el mismo tono solemne que las precedentes; extasiándose la oyente al escuchar las refle­xiones de aquel sorprendente M. Boyle, que sabía captar tan sabias consecuencias mora­les de tan despreciable objeto. Se puede descubrir en ella, en efecto, una mordaz sátira contra el idealismo filosófico.

Esta Meditación parece anunciar una corriente del pensamiento que no se manifestará has­ta el siglo XIX: «Pero una escoba, diréis quizá, es el emblema de un árbol que se sostiene sobre la cabeza; y yo os pregunto, ¿qué es un hombre, sino una criatura re­vuelta, con lo de arriba puesto abajo y viceversa, con sus facultades animales cons­tantemente por encima de sus facultades racionales, con la cabeza en el lugar donde debieran estar los talones?» En otro opúscu­lo, Ensayo irrefutable acerca de las facultades del alma, Swift manifiesta, una vez más, su horror a la metafísica utilizada a título de «disfraz», poniendo en ridículo a los filó­sofos oscuros y a sus discursos pesados que hablan de todo excepto del tema que se proponen, y adoptando uno tras otro del modo más natural del mundo, los argumen­tos de las diversas escuelas, intercala, en varias ocasiones, aforismos de mordaz inten­ción: «He observado siempre que los toneles vacíos son los más sonoros».

El sorprendente fragmento de las últimas palabras de Ebenezer Elliston [The last Speech and dying Words of Ebenezer Ellison, 1732], conde­nado a muerte, compuesto, se dice, por ayudar a la policía, y aunque los compa­ñeros de Elliston creyeron estas «últimas palabras» auténticas, nos parecen estar des­tinadas más a atacar a los verdugos y a las «gentes de bien» que intentar la edificación de los malhechores. Júzguese: «Buenas gen­tes, adiós. Tan malvado como soy, dejo tras de mí muchos otros peores que yo. Espero que me veréis morir como hombre que su­fre la muerte de un perro».

De 1711 a 1714, Swift publicó La conducta de los Alia­dos, consejo a los miembros del Club Octubre, que procuraba preparar la opinión para la paz con Francia y que ocasionó la dimisión de Marlborough; Proposición para corregir, mejorar y fijar la lengua inglesa, testimonio de su ambición de regir los des­tinos de las letras; y, finalmente, el célebre Diario para Stella (v.). Swift conoció enton­ces a Vanesa (v. Cadeno y Vanessa) y fue nombrado deán de la catedral de St. Patriek.

La muerte de la reina Ana señalará el final de sus ambiciones políticas; regresa a Irlan­da y publica sucesivamente: El espíritu pú­blico de los Whigs (1714), la Proposición para el uso universal de los productos de Irlanda (1720), cuyas teorías se pueden re­sumir del siguiente modo: «Quemar todo aquello que viene de Inglaterra, excepto el carbón».

En 1721, Carta de consejos a un joven poeta, en la que se refiere, con pala­bras cáusticas, a la inspiración, a la vanidad de las ambiciones y a los medios literarios: «Pues un fabricante de rimas es tan nece­sario, creo yo, entre los domésticos dé una casa, como un lacayo con sus cascabeles a la cabeza de su tronco de caballos…» En 1724 aparecieron anónimas las famosas Car­tas del pañero [The Drapier’s Letters]: la duquesa de Kendal había obtenido el privi­legio de acuñar las piezas de cobre destina­das a circular en Irlanda.

Ella había cedido sus derechos a un cierto Williams Wood, quien se prometía sacar de esta operación un importante beneficio utilizando una alea­ción de inferior calidad. Swift declaró la guerra a los «medios-sueldos» de Wood, re­dactando este panfleto en nombre de un pañero ficticio. Su campaña se basaba, si no sobre un principio económico, al menos sobre el hecho de que acuñar moneda es un derecho soberano que no puede ser ven­dido sin conocimiento de la nación y sin su consentimiento.

Estas Cartas tuvieron gran resonancia y obligaron al gobierno a retirar el proyecto; el autor, identificado con suma rapidez, alcanzó gran popularidad en Irlanda. Todavía dentro de su proyección política, publicó Swift en 1727, en el mismo año que los Viajes de Gulliver (v.), una Visión sumaria acerca del estado de Irlanda.

Esto fue aproximadamente hacia la misma época en que decidió, de acuerdo con Pope, escribir sus pensamientos cotidia­nos, sin buscar ningún orden ni preocuparse por la forma, decisión a la que debemos sus Pensamientos acerca de diversas cues­tiones morales y divertidas, compuestos según el modo de los aforismos que tan apreciados fueron por los moralistas e inte­lectuales del siglo XVIII, pero dotados ade­más de un espíritu de observación tan pe­netrante y realista que les da un tono original y moderno.

En 1729 dio a conocer el Diario de una mujer moderna, y lanzó además un virulento panfleto de gran celebridad, Mo­desta proposición para impedir a los hijos de los pobres de Irlanda el ser una carga para sus padres o para su país y para trans­formarlos en útiles para el público [A modest Proposal for preventing the Children of poor people in Ireland from being a burden to their Parents or Country; and for making them beneficial to the Public].

Este escrito,- magistral y feroz, estaba dirigido no solamente contra los ingleses, sino tam­bién contra la hipocresía moral, contra quienes se aprovechan de la miseria y con­tra sus crímenes indirectos. Swift, indig­nado por las condiciones miserables en que se tenía al bajo pueblo irlandés, propone aquí, nada menos, en el tono más serio y más docto, que se coman los niños de los pobres, enumerando las ventajas económi­cas que se pueden derivar de tal medida, refutando de paso las posibles objeciones, refiriéndose inclusive a los detalles de esta futura institución de interés público y a los diversos modos como se podrá preparar y despachar este alimento: «Estoy de acuerdo en que este alimento será un poco caro, y por consiguiente convendrá preferente­mente a los propietarios, quienes, puesto que ya han devorado a la mayor parte de los padres, son los que parecen tener más derecho sobre los hijos».

El grado de in­humanidad que alcanza este humor «negro» revela al mismo tiempo la profundidad de la conciencia humana del autor y lo profun­do de su imaginación. Esta breve obra es quizá la más poderosa de todas cuantas él escribió. Jamás la sátira había llegado a expresarse con tales acentos, jamás había llegado a reivindicaciones tan claramente sociales: «Invito a los políticos a quienes desagradará mi solución, y quienes tengan quizá la osadía de intentar una respuesta, a preguntar primero a los padres de estos mortales si, en este instante, no considera­rían ellos como una gran felicidad el haber sido vendidos para ser comidos a la edad de un año, del modo que yo prescribo, y haber así evitado toda la serie de infortu­nios por que han tenido que pasar, y la opresión de los propietarios… y la falta de los más elementales medios de subsistencia, y también la falta de un techo bajo el cual poder cobijarse en los rigores de la intem­perie, y de la perspectiva inevitable de legar tal suerte, o miserias todavía mayo­res, a su posteridad, hasta la consumación de los siglos».

En 1733 publicó Swift Sobre la poesía y en 1736 aparecieron sus Obras poéticas. Es en estos versos donde el autor revela mejor su maestría en el dominio de la lengua; usa del conjunto de todas las modas de composición poética de la era elisabetiana en su época, inspirándose y empleando los recursos tanto de las baladas y de las canciones populares como de los grandes poetas y dramaturgos, para forjar­se un útil poderoso y hacer del verso un instrumento político extraordinario.

Se en­cuentran en estos poemas las mismas carac­terísticas de sus obras en prosa, su humor, su realismo insoslayable, sin que su verbo retroceda jamás, ni aun ante la misma escatología. En 1738 apareció su Conversa­ción galante, panfleto dirigido contra el gran mundo y sus snobismos, verdadero antecedente de las novelas de costumbres. Fue entonces cuando se manifestaron los primeros síntomas de su perturbación men­tal.

Sin embargo, Swift publicó todavía, en 1739, sus Versos acerca de la muerte del deán Swift, escritos por él mismo, testimo­nio de una extraordinaria lucidez volcada hasta el extremo en el dominio del ser y de su sentido del sarcasmo tanto ante la locura como la muerte. En 1741, habiendo pasado al partido de los tories, Swift publi­ca Pensamientos libres acerca del estado presente de los asuntos, reprochando a Oxford no haber eliminado completamente a los whigs del ejército y de la administra­ción. Cae entonces en la apatía, y poco a poco va perdiendo la razón. En 1744 se pu­blican todavía sus Sermones; en octubre de 1745 Swift deja de existir.

El Sermón sobre la dificultad de conocerse a sí mismo y las Instrucciones a los domésticos fue­ron publicadas póstumas aquel mismo año; La historia de los cuatro últimos años de la reina Ana apareció trece años más tarde, en 1758. Swift dejó una obra sorpren­dente y original, el recuerdo de una perso­nalidad de excepción, cuya ambigüedad no ha cesado de despertar interés en la poste­ridad, del mismo modo que despertó el interés de sus contemporáneos.

Se puede afirmar que esta obra, en sus multiformes aspectos, es un grito de rebelión del autor contra su tiempo y contra su propia condi­ción. Pues, del mismo modo que los gran­des satíricos y autores de panfletos, Swift, consciente de sus íntimas contradicciones, quiso ser libre y combativo dentro de la sociedad que le rodeaba y entre los hombres y los hechos en los que él encontraba una incoherencia a la que, durante toda su vida, intentó escapar.

Pero mientras un Aristó­fanes o un Rabelais tuvieron la fuerza su­ficiente, de esperanza y de salud, para sal­varse en el refugio de la ironía, el buen sentido o la risa gigantesca, u otros, como Plauto, Juvenal o Cicerón, poseyeron menor lucidez y pudieron así refugiarse en la re­tórica y la moral, Swift, confinado en su miseria psicológica, rechazando a la vez la física y la metafísica, insatisfecho y sin embargo ligado a su condición particular, no tuvo otra salida que una amargura dolo- rosa, un gozo desencantado y convulsivo ‘y una lucidez desesperada.

Panegíricos, Claudio Claudiano

[Panegyrici]. Con éste título genérico se hallan reunidos siete elogios poéticos compuestos por Claudio Claudiano (3709-408?), de los cuales es el más conocido el Panegírico de Estilicón (v.).

Los demás, todos en hexámetros, a veces precedidos de un breve prefacio en dísticos elegiacos, son: «Por el consulado de Olibrio y Probino» [«In Olybri et Probini consulatum»], dos hermanos que ocuparon aquel cargo en 935; «El tercero, cuarto y sex­to consulados de Honorio» [«De tertio, quarto, sexto consulatu Honorii»], el joven em­perador tutelado y protegido por el general Estilicón, en honor de cuya esposa, Clau­diano escribió el «Elogio de Serena» [«Laus Serenae»].

Cierra la serie un poemita, seme­jante a los precedentes, «El consulado de Manlio Teodoro» [«De Manlii Theodori con­sulatu»]. Si bien son diversos los títulos y las dedicatorias, el intento es uno solo: glorificar al héroe Estilicón, que personifica la antigua virtud romana y la sangre la­tina, aunque ya bastardeada por bárbaros contactos. Con todo, la secular tradición cor­tesana y panegirística es causa de que estos cantos no estén inmunes a una pátina áu­lica y servil, aunque el poeta fuese en sus intenciones ajeno a innobles adulaciones y bajas lisonjas.

F. Della Corte