Panegírico de Teodorico, Magno Félix Enodio

[Panegíri­cas dictus clementissimo regi Theodorico]. Entre las obras compuestas por Magno Félix Enodio (473-521), recopiladas con el título de Opúsculos [Opuscula], el más importante y el primero en el orden tradicional es este Panegírico de Teodorico, rey de los ostrogodos, que reinó de 493 a 526.

Los he­chos más salientes de su reinado están ex­puestos cronológicamente; precede una introducción, que en forma de proemio ilustra en conjunto la vida de aquel hombre ele­vado a la categoría de los héroes.

Algunos hechos de su juventud, como su permanen­cia en la corte de Bizancio como rehén, preceden al estudio de su carrera política y del curso de los altos cargos desempeñados por Teodorico, que en 484 fue nombrado cónsul.

De entonces en adelante una ininte­rrumpida serie de victorias consagró su paso por Bulgaria (485), Italia (488), contra los gépidos en Ulca (489), contra Odoacro junto al Isonzo y en Verona (489), hasta su entrada triunfal en Roma.

Su dominio, con­solidado con las victorias sobre los hérulos (491) y con el exterminio de sus últimos competidores, se afirmó, más que en obras de guerra, en obras de paz. Sobre las rui­nas del imperio romano, Teodorico recons­truyó un verdadero Estado, el cual, si bien por su vasta proporción de elementos góti­cos era de origen bárbaro, con todo re­cordaba en las instituciones la dignidad política y moral del antiguo imperio.

Inte­rrumpido de cuando en cuando por guerras exteriores contra búlgaros y vándalos, el reinado de Teodorico señaló un nuevo flore­cimiento de las artes y de las ciencias, que las invasiones bárbaras habían postrado. Todo el discurso, inspirado en los cánones tradicionales de los panegiristas, es de fran­ca entonación adulatoria y cortesana.

Con todo, en defensa de Enodio se puede decir que por los años en que el Panegírico fue compuesto, alrededor de 507, Teodorico se mostraba buen soberano y, especialmente en cuanto a la religión católica, aunque él era arriano, muy conciliador.

Tal vez unos años después, cuando la dominación ostro­goda se tornó más rígida en sus posiciones de intransigencia y desconfianza para con los elementos romanos, un elogio de este género ya no hubiera podido ser escrito. Pero fue uña suerte para Enodio morir an­tes de ver la matanza de Teodorico y las muertes trágicas de Boecio y de San Símaco.

La visión idílica que tuvo Enodio de la sangrienta y cruel existencia del poderoso soberano es desde luego una falsificación intencionada, y en ella se reconoce la influencia de un plan sistemático, dictado por Teodorico para conciliarse con los espíritus de los italianos, los cuales, can­sados de un siglo de guerras y de inva­siones, confiaban en el retorno de una paz romana, aunque fuese presidida no ya por legiones romanas, sino por chusmas bár­baras.

Como documento histórico este dis­curso ha de ser valorado con mucha cau­tela: ciertas noticias, empresas, batallas de Teodorico son interesantes y precisas; mien­tras que el juicio de conjunto de la figura del soberano es muy dudoso, falaz y parti­dista. Por indicios internos parece que este discurso no fue nunca pronunciado, sino que tuvo difusión como fascículo.

A pesar de que Enodio se dirija a Teodorico, él quie­re que su público y su lector sea el ele­mento nacional itálico, especialmente el diocesano de Milán, al cual no deben ser recordados todos los hechos de la vida de Teodorico, sino solamente los más oportunos y edificantes.

F. Della Corte

Panfletos, Paul-Louis Courier

[Pamphlets]. Bajo este títu­lo de «pamphlets» (sugerido y declarado varias veces por el propio autor) se com­prenden diversos escritos polémicos que re­presentan la parte mejor de la obra literaria de Paul-Louis Courier (1772-1825).

Tras la caída de Napoleón, bajo la Restauración, Courier helenista y soldado se retiró a sus posesiones, en Turena; y allí, en los últi­mos doce años de su vida y especialmente entre 1820 y 1824 repartió su actividad entre los cuidados del campo y la redacción de sus queridos Panfletos.

Aprovechando un mínimo de libertad de imprenta, Courier trató de dar libre curso a sus opiniones de hijo de la Revolución; enemigo de las gran­des ideas y de las teorías, se limita adrede a la defensa de la libertad que debe garan­tizar la dignidad del individuo y, sobre todo, la libre actividad del ciudadano, sea hom­bre de pueblo o de ciudad.

Obligado a tener cautela por la severidad de las leyes, tomó como punto de partida los pequeños acon­tecimientos de la vida campesina, los inci­dentes y hasta la chismografía de la menuda política local, dirigiendo después casi im­perceptiblemente su objetivo hacia elevadas consideraciones de orden general.

La gracia inimitable de estos escritos proviene del hecho de que el autor, hablando en primera persona, ha sabido hacer de sí mismo un simpático personaje. Paul-Louis Courier no quiere ser más que un buen viñador, un campesino de zapatos gruesos y cerebro fino, dueño de una experiencia no larga, sino sólida y precisa, de poca cultura y de muy buen sentido: un buen hombre un poco hablador, celoso de sus derechos y algo ma­licioso, pero sólo por una natural viveza de palabra, sin prejuicios.

En este personaje, el carácter suspicaz y original de Paul-Louis Courier se encuentra a sus anchas; el refi­nado helenista llega a formarse un estilo propio, que por su picante ironía puede compararse al de Voltaire, revelándose como polemista de gran clase; los rasgos satíricos contra la Corte, contra el orden constituido por la Restauración y contra todo sistema de gobierno que se apoya esencialmente en los «gendarmes», por el solo hecho de estar sugeridos por el simple buen sentido y de fundarse sobre pequeños acontecimientos, adquieren una violencia extraordinaria.

En la voluntaria limitación de Courier, en su querer ser solamente político, hay una cier­ta estrechez de miras; su polémica, toda ella en sentido individualista y burgués, pierde así algo de su dureza. En la Petición a la Cámara de los diputados en nombre de los campesinos a los que se prohíbe bailar (1820), protestando contra el absurdo moralismo de un joven párroco, toma ocasión para dibujar un delicioso cuadrito de los honestos bailes domingueros en la plaza de su aldea de Béretz, centro de la vida del país.

En el Simple discurso con ocasión de una suscripción (1821), encuentra ocasión de tratar sobre la propuesta del Ministerio del Interior, según la cual la nación debe donar al heredero del trono, duque de Bor­deaux (hijo del asesinado duque de Berry), el castillo de Chambrod; esta suscripción pseudovoluntaria le disgusta sobremanera; el buen Paul-Louis cree que el joven príncipe estará mucho mejor educado entre sus contemporáneos y futuros súbditos, que no entre las sombras de sus abuelos; y que los haberes de los príncipes no les aprovechan de nada, sino que son fácil presa de sus corrompidos cortesanos.

Esta publicación le costó un proceso en el tribunal «d’Assise», en París, que terminó con la condena a dos meses de prisión y doscientos francos de multa. Pero Courier, como buen campesino que quería ser, se encontraba a sus anchas en el mundo de pleitos y tribunales: inmediatamente publicó otro folleto, Pro­ceso de Paul-Louis Courier (1821), donde describe el proceso con espíritu centelleante y con salidas dignas de una comedia de Molière.

Notable es también La Gaceta de la villa (1823), pintoresca serie de comen­tarios sobre la vida de la comarca. Y por fin, el Panfleto de los panfletos [Pamphlet des Pamphlets, 1824], que es su escrito polí­tico de mayor alcance, en el que reivindica para el género que él cultivó a la perfec­ción, los más amplios derechos de ciudada­nía en la república de las letras, apoyán­dose en una serie de ilustres predecesores, desde Demóstenes hasta Cicerón, y decla­rando que el «pamphlet» ha venido a ocu­par el puesto que antes correspondía a la oratoria política.

M. Bonfantini

Toma de La Bruyère su arte de aguzar el epigrama; de Pascal, la ironía mordiente y ligera. De los viejos narradores ha tomado el relato reposado, luminoso, matizado de una comicidad deliciosa. (Lanson)

En el autor de los Panfletos, el francés, el propietario y el humanista colaboran en un estilo único. Es un estilo de heredero. Heredero celoso de una buena fortuna. Courier es heredero no menos celoso de un patrimonio literario, en el que ocupa dos posesiones: los olivos del Ática, y los jardines de Turena; o mejor aún, quiere continuar representando la doble tradición de Jenofonte y de Lisias, del Pascal de las Pe­tites Lettres y de Mme. de Sévigné. (Thibaudet)

Panegírico de Justino, Cresconio Coripo

[In laudem Iustini Augusti Minoris]. Panegírico en ho­nor del emperador Justino (565-578), compuesto en 567 por Flavio Cresconio Coripo (siglo VI d. de C.).

Va precedido de dos pre­facios: uno escrito por el poeta para presen­tarse al emperador, otro para encomendarse a Anastasio, cuestor del sacro palacio. Cons­ta de cuatro libros: los tres primeros narran los acontecimientos de la primera semana de su imperio, desde su elevación al trono a sus primeros actos de diplomacia y de política extranjera.

El cuarto libro, ligera­mente posterior, se detiene en la política interior y las festividades de Estado. El poemita quedó incompleto, tal vez porque la intención de Coripo era de continuarlo o no, según los beneficios que recibiera del emperador. Ya después de los tres prime­ros libros el poeta creyó que debía aban­donar la pluma, pero después, obligado una vez más a acudir a la magnanimidad del soberano, añadió el cuarto, al que tal vez siguieron otros.

Poema de circunstancias y de conveniencias, escrito en un estilo en que resuenan los poetas clásicos aprendidos en las escuelas retóricas de África, el Panegí­rico de Justino, a pesar de la lentitud con que avanza su narración, no es del todo inútil, por cuanto puede servir de docu­mento coetáneo e ilustrarnos acerca de la vida cortesana de la corte de Bizancio.

F. Della Corte

Panegírico, Isócrates

Es el más admirado de los discursos de Isócrates (436-338 a. de C.). Publicado en 380, no fue nunca pronunciado, pues su autor no tenía ni la fuerza física ni la moral necesarias para dominar a las muchedum­bres.

Su discurso se supone pronunciado en una olímpica, es decir, ante los griegos que acudían a las solemnes cele­braciones de Olimpia. Hacía seis años que se había pactado, por obra de Esparta, la paz de Antálcidas, según la cual el rey de Persia garantizaba la libertad de las ciu­dades griegas, mientras quedase reconocido su dominio en el Asia Menor.

Esparta había debido aceptarla para asegurar su predo­minio en Grecia; logrado con la victoria en la guerra del Peloponeso (431-404) y ahora amenazado por las victorias atenienses de Aliartos y Cnido (394). Isócrates, en cuya escuela hombres destinados a ser políticos o escritores de nota, aprendían con la retó­rica el amor a la libertad griega, sintió pro­fundamente la humillación que aquella paz significaba para los griegos, y con su Pane­gírico se propone volverlos a la generosa política que había hecho grande a Grecia.

Pero la grandeza de Grecia se mostraba para Isócrates indisolublemente unida a la de Atenas, bajo cuya hegemonía los griegos habían vencido a los bárbaros, dueños ahora de sus libertades. La primera parte del dis­curso contiene una exaltación de los bene­ficios alcanzados por Atenas, la ciudad pre­dilecta de Démeter, patrona del vivir civil, iniciadora de la colonización griega, inventora de las leyes, del comercio, de las artes, de la «filosofía», que «nos enseñó a obrar y a ser benignos con los demás»; por ella «el nombre de los griegos no es ya el de una estirpe, sino el de la civilización».

Ade­más, desde los tiempos míticos de Adrasto, Atenas ha protegido a los débiles especial­mente contra los bárbaros: lo demuestran las guerras persas, cuando todos los griegos se sometieron de buen grado a la hegemo­nía de Atenas. Isócrates pasa luego a justi­ficar el imperialismo de Atenas, que aseguró la paz, la concordia y la gloria, hasta que la ambición de Esparta precipitó a Gre­cia en una serie de luchas.

La descripción de las desgracias presentes forma dramá­tico contraste con la precedente celebración de la paz ateniense; pero el escritor vuelve a las muestras de alegría en la última parte de su discurso, cuando, exhortados los grie­gos a volver a los antiguos ideales, pinta la gloria y el provecho que obtendrán de una renovada cruzada contra el bárbaro.

Esta alocución es conmovedora: es el mani­fiesto de una profunda fe en la misión civi­lizadora de Atenas y de los griegos. Algu­nos, también, han encontrado en ella el presagio de la historia futura, que había de ver a Grecia, unificada por Macedonia, extenderse por Oriente, bajo la guía de Alejandro.

Isócrates pensará en Macedonia más tarde (v. Filipo y Panatenaico); con todo ni aun entonces renunciará al sueño de la libertad griega y de la hegemonía ateniense. En realidad este discurso es, sobre todo, una exaltación de Atenas: Isócrates, más que un profeta, era un soñador vuelto hacia el pasado. [Trad. española de Antonio Ranz Romanillos en Oraciones y cartas (Madrid, 1789) reproducida después en la Biblioteca Clásica Hernando (Madrid, 1891)].

A. Passerini

Orador nítido, elegante; más apto para la discusión que para la pugna; fácil en su invención, estudioso de lo honesto, tan dili­gente en componer que su excesivo cuidado merece ser imitado. (Quintiliano)

Si por Jenofonte y Herodoto conocemos lo que fue la sencillez y la suavidad, y por Tucídides y Demóstenes la fuerza y el nervio de aquella antigua lengua griega, por Isócrates conocemos cuál era su ele­gancia y gentileza. (Leopardi)

Panegírico de Pisón, Calpurnio Siculo

[Laus Pisonis]. A Calpurnio Siculo (siglo I d. de C.), au­tor de las Bucólicas (v.), se suele atribuir esta poesía de doscientos sesenta y un arti­ficiosos hexámetros, que un desconocido joven poeta, tal vez un liberto, escribió en tiempos del emperador Claudio en honor de su dueño Calpurcio Pisón, el cual, futuro cabecilla de la desgraciada conjura contra Nerón, es ensalzado como orador público, amable y liberal.

Poesía aduladora y medio­cre, este panegírico pertenece a toda una literatura elogiadora en prosa, como el Pane­gírico a Trajano (v.) de Plinio, y en verso, como el Panegírico de Messalla (v.) atri­buido a Tibulo, escritos de los cuales esta­ban llenas las escuelas de los rectores’ y las cortes de los poderosos.

F. Della Corte