Con las mismas palabras de este himno empieza el no menos famoso himno eucarístico de Santo Tomás de Aquino (1225- 1274).
Fue compuesto en alabanza de la Eucaristía, hacia 1264, junto con el oficio del Sacramento para la festividad del Corpus Christi, por orden de Urbano IV. Las primeras palabras están tomadas del himno de Venancio Fortunato: «Pange lingua gloriosi lauream certaminis»; algunas frases de la última estrofa: «Genitori, Genitoque», «Procedenti ab utroque», de una secuencia de Adán de San Víctor, para Pentecostés.
El himno tiene seis estrofas, y cada una de ellas seis versos con la novedad característica de la triple rima alternada: «Verbum caro panem verum/Verbo carnem efficit;/ Fitque sanguis Christi merum/Et si sensus deficit / Ad firmandum cor sincerum / Sola fides sufficit».
Los críticos están de acuerdo en reconocer su valor poético e himnológico; y le asignan el segundo lugar de la liturgia católica occidental, entre los Veocilla regis (v.), Stabat Mater (v.), Jesu, dulcis memoria, por su precisión lógica, su exactitud dogmática, su densidad de pensamiento y su fuerza casi demostrativa, que hacen difícil la traducción a otras lenguas, según ha demostrado el fracaso de la secular competición de los traductores.
Las dos últimas estrofas del himno: «Tantum ergo sacramentum, veneremur cernui etc.» forman una especie de himno independiente, cuyo canto está prescrito en la Iglesia católica de liturgia latina’ para la bendición con el Santísimo Sacramento.
G. Pioli

