Abercio

Obispo de Hierápolis en Fri­gia, en el siglo II, sólo conocido durante mucho tiempo por una Vida de carácter evidentemente legendario, redactada con toda probabilidad en el siglo V. Se refie­ren en ella muchos milagros obrados por él en Frigia y en diversas ciudades de Siria y de Mesopotamia.

El obispo se habría dirigido también a Roma para librar de un demo­nio a la hija del emperador Marco Aurelio. Antes de morir habría dictado un epitafio que debía ser grabado en su propia tumba.

El descubrimiento realizado por Ramsay, en 1881, en las ruinas de Hierápolis, de la estela de un tal Alejandro, del 216, que reproducía el Epitafio (v.), y en 1883 de dos fragmentos del Epitafio original, ha permitido compro­bar la realidad histórica del personaje y de su viaje a Roma.

Podría identificarse al autor con Avircio Marcello, a quien se dedicó un tratado antimontanista del que Eusebio cita algunos fragmentos. Esta posi­ble identificación y los caracteres de la inscripción permiten fecharla alrededor del último decenio del siglo II, suministrando así una base segura para datar otras ins­cripciones de Frigia.

Éstas pueden clasifi­carse en dos categorías: una, en la que la confesión de cristianismo es declarada y que puede considerarse montañista; otra, católica, en la que la profesión cristiana aparece velada y que recuerda por ello el lenguaje plenamente simbólico del Epi­tafio citado.

Niels Henrik Abel

Nacido en Findö el 25 de agosto de 1802; m. en Froland, cerca de Arendal, el 6 de abril de 1829. De 1821 a 1825 asistió a la Universidad de Cristianía; pero fue ante todo un autodidacto, estudiando principalmente las obras de Euler y de Lagrange.

En 1825 obtuvo una beca bienal de estudios en el extranjero. Perma­neció seis meses en Berlín, donde trabó amistad con Crelle, que publicaba por en­tonces su conocido periódico de matemáticas, el Journal de Crelle, y que imprimió diversos trabajos suyos.

De allí marchó a Friburgo, donde inició sus brillantes investi­gaciones acerca de las funciones elípticas, que constituyen uno de los mayores méritos de este autor, y a continuación a París, donde residió hasta diciembre de 1826.

Pero aquí le faltaron los apoyos que había tenido en alemania, especialmente por parte de Cauchy, tanto que una de sus memorias más im­portantes, Sur quelques propriétés générales d’une certaine sorte de fonctions trascen­dentes, que Cauchy habría debido presentar a la Academia de Ciencias, quedó largo tiempo olvidada.

Dicho trabajo no se pu­blicó hasta 1841 a instancias de Jacobi y a consecuencia de la presión que ejerció Holmboe, que había sido profesor de A. y que reconoció sus méritos publicando sus trabajos: Œuvres complètes de N. H. Abel, par Holmboe, 2 vols., Cristianía, 1839 (v. Investigaciones sobre las funciones elípticas).

En diciembre de 1826, A. abandonó Paris y, tras una breve estancia en Berlín, regre­só a su patria en la mayor indigencia. Algu­nas clases que allí obtuvo le permitieron vivir difícilmente. La obra de A. es fun­damental en la matemática del siglo XIX.

Cultivó la rama del análisis matemático re­ferente a la teoría de las funciones multiperiódicas o trigonometría superior. Su nom­bre ha quedado vinculado, juntamente con el de Jacobi, a uno de los más importantes descubrimientos en dicho campo: ambos ma­temáticos llegaron a las funciones «theta», que constituyen una parte importante de las funciones elípticas.

A. estudió también por primera vez ciertas entidades matemáticas que fueron llamadas más tarde «funciones abelianas» y cuya teoría ha sido investigada por muchos estudiosos modernos. El teore­ma en que demuestra sus proposiciones fue calificado por Lagrange de «monumentum aere perennius».

Descubrió, además, un cri­terio en el campo de las series y demostró por primera vez el teorema relativo a la imposibilidad de formas resolutivas para las ecuaciones de 5.° grado, teorema enunciado por primera vez en 1798 por Pablo Ruffini. Los méritos de A. fueron reconocidos demasiado tarde, cuando él había muerto ya. a la temprana edad de 27 años y en la más absoluta miseria.

R. Fedriani

‘Abd al-Maŷīd ibn ‘Abdún

Nacido en Evora, m. antes de 1489; fue visir y gran amigo de Almotaguáquil Benalaftás, último rey de Badajoz, y uno de los hombres más ilustres de aquella corte.

Dotado de una prodigiosa memoria que le permitía recitar cualquier pasaje de la vastísima compilación del Libro de las canciones; de espíritu sutil y refinado, cultivó la poesía, llegando a ser uno de los autores más celebrados de fines del siglo XI.

Impresionado por la muerte de su bienhechor y amigo Almotaguáquil, con la que finalizó la dinastía de los Aftaties (1094), este autor compuso su obra ca­pital Qaslda ‘Abdūniyya (v.), de la cual Abdelguáhed el Marrecoxi escribió: «Es una perla que empalidece toda poesía y encanta con su magia; conforta el corazón cual be­bida espirituosa; ninguna alcanza tal fulgor; nadie podrá disputarle la cima que ha alcan­zado». De nuestro autor se conservan asi­mismo sus comentarios sobre un poema titu­lado Abberameh.

J. R. Manent

Pierre Abelardo

Nacido en 1079 en Bre­taña, no lejos de Nantes; m. en Saint-Marcel-sur-Saóne, el 22 de abril de 1142.

Su padre deseaba hijos más instruidos en las letras que en las armas, por lo que A. se convirtió en breve tiempo en uno de los más inquietos y exigentes investigadores de la verdad: primeramente en la escuela de Roscellin, más tarde en París junto a Guillermo de Champeaux y por último — tras un pe­ríodo de descanso en su tierra, al que le obligó un gran agotamiento nervioso — con Anselmo de Laon, de quien no vaciló en decir, después de haber asistido a sus clases de teología, que «encendía fuego y, en vez de dar luz a la casa, la llenaba de humo».

Por lo demás, no tuvo nunca ningún maes­tro del que pronto o tarde no llegara a ser émulo, sufriendo su hostilidad y su perse­cución. Convertido él mismo en maestro, primero de retórica y dialéctica todavía en edad tempranísima, y más tarde de teología, no reconoció ya límites su ambición, en cuya base existía realmente una capacidad especulativa y dialéctica de excepcional po­tencia: decía de sí mismo que se conside­raba el único hombre capaz de pensar que quedaba en Francia, o, usando sus propias palabras, «el único filósofo superviviente en el mundo».

El conocidísimo episodio de Eloísa (v. Epístolas dé Abelardo y Eloísa) se produce precisamente cuando se encon­traba en este estado de ánimo. Convertido de preceptor en amante, y después — me­diante matrimonio secreto — en marido de la ya doctísima estudiante, que sabía latín, griego y hebreo, fue atrozmente castigado por el tío de su mujer, el canónigo Fulberto, que deseaba hacer público aquel matrimo­nio y que, como cuenta el mismo autor en su Historia de las desventuras de Abelardo (v.), le hizo castrar una noche oscura por sicarios.

Poco después, en 1108, profesaba en la abadía de Saint-Dénis, mientras Eloísa, por orden suya, «tomaba voluntariamente el velo» en el monasterio de Argenteuil. Pero reanudados los estudios de teología, a los que por vez primera dio él una dirección racional, aun sin demostrar la vía de las demostraciones «per auctoritates» seguida hasta entonces y basada en la documenta­ción sacada de la Biblia y de los Santos Padres, sufrió una primera condena en el Concilio de Soissons (1121), que le obligó a arrojar al fuego por su propia mano el tratado De unitate et trinitate divina y a recitar el Credo.

A este período se remon­tan la Introducción a la Teología (v.) y la Teología cristiana (v.), que pretende ser una defensa de De trinitate. Expulsado también de Saint-Dénis por haber negado, tomando como testimonio a Beda, que aquel Dionisio de quien se gloriaban los monjes fuera Dionisio Areopagita, se dirige al territorio de Troyes, donde funda el «Paráclito» (1123).

Los estudiantes acuden en gran número al «Paráclito»; pero la envidia de los adver­sarios no cede y le obliga a dejar también aquel lugar carísimo (adonde más tarde lle­vará a Eloísa con sus monjas, expulsadas a su vez de Argenteuil) y a aceptar el nom­bramiento de abad de Saint-Gildas, en la diócesis de Vannes, en Bretaña (1128-34).

Éste es uno de los más duros y crueles períodos de su vida: no tolerando los mon­jes la disciplina, tratan de matarlo por va­rios procedimientos, llegando hasta el ex­tremo de verter veneno en el cáliz de la misa. A pesar de todo, compone el tratado Ética, o Libro llamado «Conócete a ti mismo» (v.). En 1136 reanuda la enseñanza en París, sobre la colina de Santa Genoveva, y entre sus discípulos figuran Juan de Salisbury y Arnaldo de Brescia.

Pocos años después aparecía su más batallador y más famoso adversario, San Bernardo. Y entonces es condenado en el Concilio de Sens (1141). Habiendo apelado al Papa, y mien­tras se dirigía a Roma, le acoge en Cluny Pedro el Venerable, el cual, en una famosa carta que le escribió a Eloísa, narra los últimos meses de la vida de su huésped, pa­sados en el silencio a que le había conde­nado el Papa. Pedro el Venerable hizo tras­ladar su cuerpo al monasterio del «Parácli­to».

El nombre de nuestro autor figura entre los mayores de la Edad Media. Adelantán­dose en el tiempo y previendo el desarrollo de los más delicados movimientos del pen­samiento, fue el primero que sacó la teolo­gía del círculo cerrado de la tradición y la encaminó hacia aquellas formas de estudio que se afirmarán en el siglo siguiente y que tendrán su maestro más excelso en Santo Tomás de Aquino.

E. Franceschini

‘Abd Rabbi-Hi, Abū ‘Umar ‘Alī ibn Muhammad ibn.

en 860 y m. en 939. Es el más antiguo escritor hispanoárabe del géne­ro llamado «Adab», que comporta una cul­tura general muy elevada, pero al margen de las disciplinas religiosas.

Aparte de que fue un poeta cortesano de los Omeyas, hasta ‘Abd al-Rahmān III, poco sabemos de su vida, que hay que suponer en consonancia con el cargo que desempeñaba en la corte. Su obra capital, titulada ‘Iqd al-farīd (v.), nos muestra el grado de civilización de su tiempo, y viene a ser una crónica muy amena de los hechos históricos.

J. R. Manent