Torcuato Accetto

Moralista napolitano del siglo XVII, de cuya vida apenas se sabe nada y cuya obra sólo recientemente ha sido revalorizada. Su pequeña obra maes­tra, el breve tratado El disimulo honesto (v.), publicado por primera vez en 1641, revela en su autor un espíritu meditativo que rehúye la prontitud y la efusión. A. había publicado con anterioridad unas Rime, testimonio igualmente de su espíritu pen­sador. Particularmente interesantes son las composiciones dedicadas a la joven viuda de un amigo suyo, en las que se expresan sentimientos de sombría delicadeza.

C. Falconi

Abū Nuwās

Es el «más grande de los líricos árabes», según la definición de Kremer, que fue el primero que lo dio a cono­cer en Occidente hace un siglo; cierta­mente, es uno de los más eminentes, aun­que no pueda reconocerse en él aquella primacía absoluta.

Sólo era árabe a medias, ya que nació en la provincia de Ahwaz (Khuzistan, la antigua Susiana), de padre árabe y madre persa, alrededor de los años 755-760. Su verdadero nombre era al-Hasan ibn Hani, y Abū Nuwās («el del bucle, el del tupé») fue un sobrenombre que él mismo tomó por indicación de su maestro de poe­sía y de lengua, Jalaf al-Ahmar.

Llevado de muy pequeño a Basora, hasta el punto de que algunos le consideran natural de esta ciudad, allí creció, estudiando poesía, filología y gramática con buenos maestros, y se pretende que acaso perfeccionaría su formación lingüística con un año de perma­nencia entre los beduinos del desierto, de­talle que constituye, sin embargo, un rasgo común de las biografías de muchos poetas y gramáticos de su tiempo.

La amistad que trabó, siendo adolescente, con el poeta li­bertino Waliba ibn al-Hubab, fue decisiva para su iniciación en el arte y en la vida disoluta. En su compañía se trasladó a Kufa, la otra metrópoli del Irak, y más tarde, cuando se fundó Bagdad, a la capital aba­sida.

Allí pasó los mejores años de su vida, alejándose de ella sólo con motivo de un viaje a Egipto, donde no parece que reco­gió todos los laureles y beneficios espera­dos: en Bagdad floreció bajo el califa Harún-al-Raschid (786-809) y bajo su sucesor al-Amin (809-813), gozando especialmente del favor de este último, su compañero en solaces artísticos y en orgías.

En el con­flicto surgido entre al-Amin y su hermano al-Mamun, la solidaridad entre el califa y el poeta impío y libertino sirvió de argu­mento al pretendiente, que se presentaba como restaurador de los valores morales y religiosos.

Aunque algunas fuentes dan como muerto a nuestro autor antes que a al-Amin, parece más cierto que debió sobrevivirle, aunque poco tiempo, si son auténticos los versos elegiacos que compondría lamentan­do el fin violento del califa; la muerte de este autor se colocaría así poco después del sitio de Bagdad y del asesinato de su protector (813).

La vida de nuestro lírico transcurrió en la primera época abasida, la que es considerada como edad de oro del califato, y que será estilizada más tarde en las Mil y una noches. Derrumbado el imperio nacional árabe de los Omeyas, la sociedad ciudadana se había renovado de un modo profundo con la penetración de numerosos elementos alógenos, especial­mente persas.

A la hegemonía de los ára­bes, en cuanto a tales, había sucedido una «élite» heterogénea en la que, junto a los árabes puros, abundaban los antiguos «alis­tados» o «clientes» (mawali), ascendidos en ocasiones a los más altos grados de la jerarquía de la corte o del Estado (basta recordar a los Barmésidas).

Paralelamente a esta renovación social, se hallaba en curso una vasta renovación literaria, ya perfilada bajo los últimos Omeyas, pero a la que dio rápido e intenso desarrollo el advenimiento de los Abasidas. Los temas tradicionales de la antigua poesía beduina no fueron aban­donados del todo, pero sí sometidos a crí­tica y flanqueados por una poesía nueva, moderna, expresión del gusto renovado y del ambiente ciudadano.

Junto a la arcaica «qaşīda», mantenida sobre todo para ala­bar a los poderosos, se afirmaron unas com­posiciones más breves, ágiles, ligeras, ende­rezadas en primer lugar a celebrar los pla­ceres y las penas del vino y del amor. Nuestro autor fue uno de los corifeos, aun­que no el primero cronológicamente, de este «estilo nuevo» abasida (el estilo de los «modernos»; en árabe, muhdathun).

Su vasta producción (v. Dīwān), que por des­gracia nos ha sido transmitida con nume­rosas interpolaciones de poemas amanera­dos (algo así como las anacreónticas sur­gidas de la fama del auténtico Anacreonte), paga el acostumbrado tributo a la poesía tradicional; pero brilla, sobre todo, por los poemas báquicos, descriptivos y amoro­sos, que brotaban verdaderamente del corazón del «Heine árabe».

Por la misma época (o al final de su vida, según una compla­ciente cronología), su lira adoptó tonos as­céticos, declarándose arrepentido de sus errores y confiándose a los misericordiosos brazos de Alá. La carrera de este lírico no quedó agotada con su muerte. Junto a Harún-al-Raschid, a su visir Giafar, a la princesa Zobeida y al ejecutor judicial Masrur, él personificó la edad áurea del cali­fato en el recuerdo de la posteridad.

El poeta libertino y sibarita aparece a menudo en aquella compañía en la novelística árabe posterior, y aunque los versos que son puestos, en boca suya sean frecuentemente apócrifos, obra de poetas más tardíos, en conjunto su idealización se encuentra quizá menos distante de la realidad histórica que la de los demás personajes evocados al mismo tiempo que él. Pues A. N. unió a un genuino talento poético, algo del parásito y del bufón cortesano, tal como aparece en estas evocaciones convencionales.

F. Gabrieli

Abū-L-Baqā’ Salih

Poeta hispanoára­be que floreció en el siglo XIII, famoso por su Qaşīda (v.) que ha llegado hasta nos­otros, en la que con motivo de la caída de Córdoba y Sevilla en poder de San Fer­nando, profetiza en bellos versos la cercana consunción del poder musulmán en España.

Don Juan Valera tradujo el poema de nues­tro autor, adaptado al mismo método de pie quebrado empleado por Jorge Manrique en sus famosas coplas a la muerte de su padre, de lo cual quedó evidenciado un sorprendente parecido entre dichas coplas y la obra del poeta árabe, que invitaba a deducir si el poeta castellano se había ins­pirado directamente en el hispanoárabe.

No obstante, no se ha hallado el menor indicio de que Jorge Manrique conociera la len­gua árabe, por lo cual debe desecharse toda idea de imitación o plagio deliberado.

J. R. Manent

Abū-L-Fidā’

Historiador y geógrafo árabe, nacido en Damasco en 1273, m. en Hamat el 26 de octubre de 1331. Pertenecía a una rama lateral de la dinastía de los eyubitas y era sobrino del príncipe de Hamāh.

Educado en el ejercicio de las armas, combatió con su tío contra los cruzados; más tarde, a la muerte del príncipe, pasó al servicio de los mamelucos de Egipto, de quienes obtuvo en 1310 el principado de Hamat.

Mantúvose en este cargo en años sucesivos, ganando títulos y honores y me­jorando el estado de la ciudad mediante nuevas construcciones. Atendía al mismo tiempo a sus trabajos literarios, en los que se distinguió por la concepción de la his­toria, universalista en él tiempo, analista y cronicista en el contenido, que fue propia de los árabes.

Su Compendio de la historia de la Humanidad [Mukhtasar tarikh al-bashar] fue considerado de gran importancia en Europa, hasta que la publicación de los anales de Ibn al-Athir, de los cuales cons­tituye en gran parte un epítome, y más aún de los de Tabari, le restaron mucho inte­rés.

La concepción enciclopédica, caracte­rística de su cultura, general entonces, le indujo a ocuparse también de geografía, describiendo analíticamente en Taqwīm al- buldān (v.) los países conocidos en su tiempo. Fue espíritu escasamente original, pero serio y paciente recopilador de noti­cias.

S. Moscati

Pedro Simón Abril

Humanista y gra­mático español. N. en Alcaraz (Albacete) en 1530?, m. en 1595? Maestro de Gramática en Tudela, en Alcaraz (1578) y en la Uni­versidad de Zaragoza (1583) por espacio de más de veinte años.

Contribuyó mucho a extender el gusto por el estudio de las len­guas antiguas. Tradujo las Seis comedias de Terencio, epístolas y discursos de Cice­rón, algunos diálogos de Platón, la Medea de Eurípides, Aristófanes, Esopo y las obras completas de Aristóteles.

Escribió una Gra­mática griega y un tratado de lengua la­tina. En el Apuntamiento de cómo se deben reformar las doctrinas y la manera de ense­ñarlas expone su método pedagógico, que se basa en la claridad, la facilidad y la sen­cillez. Sostenía la conveniencia de enseñar las ciencias en lengua vulgar.