Lucio Accio

Nacido en Pesaro, quizá en el 170 a. de C.; m. alrededor del 85. Hijo de libertos, se estableció en Roma y fue amigo de Décimo Junio Bruto Galleco, cónsul en 138 que alcanzó una victoria sobre los lusitanos, y de Pacuvio.

Todavía joven, lo­gró fama como poeta dramático y pronto se convirtió en el autor trágico preferido por los romanos. De su vasta producción sólo nos quedan escasos fragmentos.

Con­servamos de él, además de casi cuarenta y cinco títulos, 660 versos de sus Trage­dias (v.), a los cuales hay que añadir frag­mentos de Los eneideos, o Decio (sobre la heroica muerte de Decio Mus en la batalla de Sentinum, de 295 a. de C.) y de Bruto (acerca de la expulsión de Tarquino el Soberbio).

No faltaba en estas últimas obras la intención política: quizá en Bruto era atacado Escipión, y esto sería un motivo más para explicar la hostilidad de Lucilio contra nuestro autor. En las Didascálicas (v.), en nueve o más libros, A. reúne su producción erudita, de historiador de la literatura (sobre todo teatral), y de crítico.

De tema teatral eran también las Pragmá­ticas, de las que sólo nos quedan dos ver­sos. Además de los Anales (v.), en hexá­metros, sabemos que A. escribió Parerga, cuyo contenido nos es desconocido; una Praxidica, acaso sobre agricultura, y poesías amorosas.

Fue el último gran autor dra­mático romano; sus obras continuaban aún representándose y suscitaban gran entu­siasmo en los romanos de la época impe­rial. En el 57 a. de C., durante la represen­tación del Eurisace, a propósito de una alusión al destierro de Telamón, el público improvisó una demostración en favor de Cicerón, entonces en el exilio.

En el 44 an­tes de C. fue prohibida por las autoridades la representación de Bruto. Pese a que su estilo no es irreprochable, A. suele ser admi­rado aún por los severos críticos de la época final de la república. Cicerón conoce bien su obra y cita a menudo versos suyos. Virgilio le imita en algunas ocasiones.

F. Codino

Francesco Accursio

Nacido en Bagnolo (Florencia) en 1182, m. en Florencia (?) en 1263. Es el más conocido representante de los glosadores.

De origen campesino (Accursio parece más bien un apodo que un apellido), estudió Derecho en Bolonia bajo la dirección de Azone, y en aquella Universidad profesó más tarde durante cerca de cuarenta años.

Continuando la obra de sus predecesores, comentó y glosó el Cor­pus juris justinianeo, que había vuelto a alcanzar reputación poco más de un siglo antes, y recopiló, ordenándolos de un modo sistemático, sus comentarios y los de los maestros anteriores, componiendo así la llamada Magna glossa o Glossa ordinaria (v. Glosa), síntesis de la elaboración lle­vada a cabo en el Estudio de Bolonia y nú­cleo de aquel derecho romano común que había de difundirse por casi toda Europa.

Aunque verse sobre la interpretación de una fuente jurídica antigua, la obra de A., y de manera general la de los glosadores, no tiene pretensiones históricas, sino que trata del derecho romano como conjunto de normas y principios todavía vigentes, y por lo tanto, aparece necesariamente inade­cuada para la reconstrucción del pensa­miento auténtico de los juristas romanos y sobre todo para poner de manifiesto el desarrollo histórico de aquel derecho.

Aten­dido, sin embargo, el fin que persigue, ad­quiere gran importancia la seguridad y co­rrección de juicio, la lógica del razona­miento jurídico, la sensibilidad por los pro­blemas prácticos, todo lo cual permitió a la Glosa no sólo alcanzar una gran influen­cia doctrinal y cultural, sino también que fuera tomada como guía por abogados y jueces.

Análoga, aunque menor, importan­cia obtuvieron las demás obras de A.: escritos en torno a los Libri feudorum, una Summa sobre el Authenticum y un Speculum inris, hoy perdido. Este autor, a quien se ha llamado «ídolo de los glosadores», murió, al parecer, en Florencia, adonde se había trasladado entre 1252 y 1255; pero fue enterrado en la iglesia de San Francisco de Bolonia, donde todavía se conserva su tumba: «Sepulchrum Accursii, «glosatoris legum, et Francisci eius filii».

Tuvo dos hijos y una hija, todos ellos eruditos en Derecho; de los hijos, Francisco siguió las huellas de su padre, enseñando en Bolonia, en Oxford y de nuevo en Bolonia, y añadiendo sus propias glosas a la obra accursiana.

G. Pugliese

Eduardo Acevedo Díaz

Escritor uru­guayo n. en Villa de la Unión en 1851 y m. en 1924. Es el verdadero creador de la novela nacional uruguaya.

Político y diplo­mático de formación universitaria, fue dipu­tado y senador, y representó a su país en Argentina, Estados Unidos e Italia. Fue uno de los más apasionados militantes del Par­tido Nacionalista o Blanco; en su pasión política llegó a abandonar sus estudios uni­versitarios (1870) para tomar parte en un movimiento revolucionario; de sus activi­dades en la tribuna y la prensa hay diver­sos y abundantes testimonios.

Supo dos ve­ces las amarguras del destierro. Aparte su labor periodística, su glosa literaria se basa en seis novelas: Brenda (1875), Ismael (1888, v.), Nativa (1890, v.), Grito de gloria (1893, v.), Soledad (1894) y Lanza y sable (1914).

Los episodios de la formación nacional uru­guaya están pintados con vigor en estas novelas, entre las que sobresale Ismael. Pero una de sus obras más características es Soledad, novela de ambiente gaucho que constituye un verdadero modelo en su gé­nero y que ha influido, sin duda alguna, en buena parte de la novelística posterior hispanoamericana.

El gusto romántico con que el autor emprende su obra se va con­cretando a través de ella a tenor de una realidad nacional dura y vigorosa que A. D. vive, siente e interpreta de manera ma­gistral.

J. Sapiña

Alamanno Acciaioli

Parece que debe atribuirse a este florentino, que, en su ca­lidad de prior, fue uno de los principales actores del motín de los cardadores, la cró­nica de dicha revuelta, publicada por pri­mera vez en el siglo XVIII por Muratori, el cual la atribuyó a Gino Capponi (v. Mo­tín de los «ciompi»).

De Capponi son co­nocidos los Recuerdos que, en su anciani­dad, dedicó a su hijo Neri, redactados para enseñanza y guía del joven. El relato de la revuelta, por el contrario, no revela esta tendencia moralizadora, y se advierte en él una total dedicación a la narración di­recta del suceso.

Alguien ha hecho notar que si bien A. insiste de un modo crudo sobre el espanto y la turbación de los ma­gistrados de la ciudad ante la sublevación popular, no es menos cierto que critica igualmente de un modo rudo la «impaciencia» y los excesos de la plebe.

La verdad es que con motivo de aquellos dramáticos episodios el hombre veía alejarse la posibilidad de un gobierno moderado, el único que le parecía deseable, y de aquí deriva su vigorosa e indignada crudeza.

F. Catalano

Abutsu-Ni

Nacida en 1209 y m. en 1283; era hija de Taira-no Norishige, que fue gobernador de la provincia de Tajima. No se conoce su nombre.

Se sabe que fue dama de compañía de Ankamon-In Kuniko (1209- 83), hija del príncipe Morisada (1179-1223), y que era llamada entonces Shijo o Emon-no-Suke.

Casada con Fujiwara-no-Tameie (1198-1275), que había quedado viudo con dos hijos, tuvo de él numerosa descenden­cia. Tras la muerte de su marido (1275), se retiró del mundo haciéndose monja bu­dista y tomando el nombre de Abutsu-ni (ni, monja), con el cual es conocida en la literatura japonesa.

Es autora de Izayoi Nikki (v.) y de otras obras, como La grulla en la noche [Yoru no tsuru], Recuerdos de un sueñecito [Utatane no ki], etc.; se con­servan de ella también numerosas poesías diseminadas en sus escritos, o incluso reu­nidas en recopilaciones oficiales.

Y. Kawamura