Abū-L-Atāhiya

Nacido. en Kufa en 748, m. en Bagdad en 826. Su verdadero nombre era Ismail ibn al-Qāsim, y Abū-l-Atāhiya es sólo un sobrenombre («el loco», o quizá mejor «el pisaverde, el elegante»).

De hu­milde origen, y no de sangre árabe pura, medró en el Irak bajo los primeros cali­fas abasidas, haciendo prontamente un oficio de la poesía. Su producción juvenil, dedi­cada sobre todo al amor, fue olvidada por el tipo de poesía que llegó a constituir su especialidad en la edad adulta, es decir, la poesía ascética y sentenciosa (v. Dīwān).

En un lenguaje sencillo y muy próximo al habla popular, que lo distinguía del estilo convencional y artificioso empleado por la mayor parte de los poetas contemporáneos, puso en verso los tópicos de la ascesis oriental, la caducidad de la vida, la inevitabilidad de la muerte que todo lo nivela y acaba, los horrores de la descomposición del cuerpo la contrición del pecador y la esperanza en la misericordia divina.

Coin­cidían en estos temas la piedad musulmana y la cristiana, y la poesía de nuestro autor es por ello la menos específicamente mu­sulmana, la más conforme a un módulo general de sentenciosidad y ascetismo inter­confesionales. Es significativa, a este res­pecto, la popularidad que alcanzó este poeta en el ambiente árabe-cristiano.

Desde el punto de vista literario, la claridad de su lenguaje y su preferencia por la métrica postclásica hacen de este poeta una de las más interesantes figuras de la primera poesía abasida.

F. Gabrieli

Abū Ishāq Ibrāhim de Elvira

(llamado Ibrahim b. Masud b. Said al-Tuchibí, y tam­bién al-Ibiri, cuya kunia es Abū Ishāq). Nacideo en la arruinada ciudad de Elvira a últimos del siglo X, de noble familia perteneciente a la tribu de los Tuchib; m. en 1066.

Tuvo varios mentores, entre los cuales se distin­gue Ibn Abi Zamanin, el padre. En el 401 de la hégira (1010) se trasladó a Granada, la nueva capital ziri, una corte todavía ruda y muy lejos de ser la ciudad refinada que sería’ más tarde y en la que los prín­cipes reinantes, no fiándose de los árabes descontentos ni de los primitivos bereberes, habían entregado los asuntos de la administración a manos de los judíos, sobre todo de la familia Banu Negrella, con grave es­cándalo de la nobleza árabe, que veía bur­lada la ortodoxia musulmana con aquella inusitada privanza única en la historia de al-Andalus, y aun en toda la Edad Media.

Tales circunstancias políticas determinaban en Granada un ambiente de odios y ren­cores mal contenidos que se reflejan en toda la obra de este autor, que no es un poeta de amor, sino un poeta ascético, duro, fanático y sobre todo antisemita.

Sin em­bargo, A. I. debió verse obligado a con­temporizar durante algún tiempo con los odiados hebreos por cuanto ingresó como jatib o secretario de Abul-Hassan Abid Muhamet ibn Tawba, famoso cadí de Gra­nada bajo el reinado del príncipe Habus.

Por entonces, nuestro poeta simultaneó su empleo con la enseñanza de la obra de su famoso maestro Abi Zamanin y de la suya propia. En el año 448 de la hégira (1057). murió el gran visir judío Šĕmuel ha Nagid ibn Negrella, hombre al que incluso sus ene­migos los árabes reconocían dotes de man­do, y a poco, dos años después, en el 450 (1058) lo hizo ibn Tawba.

Sin las ataduras morales que lo contuvieran, A. I. dio de nuevo rienda suelta a su antisemitismo en forma de furibundas poesías, lo que motivó que el príncipe Habus lo desterrara a su nativa Elvira, mientras nombraba gran visir al judío José ibn Negrella, hijo del anterior favorito, pero carente de sentido de pon­deración y equilibrio de su padre.

Cum­plido el castigo y vuelto a la capital, A. I. encontró a Granada en plena efervescen­cia; el descontento de árabes y bereberes contra José ibn Negrella había llegado al paroxismo; sólo faltaba la tea que pren­diera el fuego, y fue ésta la famosa qaşīda política que lanzó a los cuatro vientos nues­tro poeta, en la que excitaba al pueblo Sinhacha contra el privado judío y contra todos los de su raza.

Su resultado fue el famoso «programa» granadino del 9 de asfar del año 459 de la hégira (30-XII-1066), en el que fueron asesinados José ibn Negrella y otros tres mil hebreos. En aquel mismo año fallecía nuestro autor, cumplidos los setenta años (v. Dīwān).

J. R. Manent

Casimiro de Abreu

Nacido el 4 de abril de 1837 en Barra de Sao Joao (Estado de Río de Janeiro); m. el 18 de octubre de 1860 en Nova Friburgo.

Es el más repre­sentativo de los poetas románticos brasi­leños. Su brevísima vida se desarrolló bajo el signo del contraste entre los deseos y la realidad, resuelto en una conmovedora y resignada aceptación. Siendo todavía niño, y contrariando sus precoces tenden­cias literarias, le encaminó su padre hacia el comercio, y después de los primeros estu­dios, cursados en Nova Friburgo, fue enviado — a los catorce años — a Lisboa.

En esta ciudad encontró el joven el modo de frustrar definitivamente las esperanzas pa­ternas, dándose a conocer, en los cuatro años que permaneció en la capital portu­guesa, por sus colaboraciones en periódicos y por una obra dramática, Camoes e o Jau, que fue aplaudida en el teatro Sao Fer­nando.

Vuelto al Brasil en 1857, minada ya su naturaleza por la tisis, completó su colección de obras líricas, Las Primaveras (1859, v.), en las que expresa el presenti­miento de su fin y que por la calidad hu­mana que transparentan atrajeron un inte­rés excepcional no sólo sobre su arte, sino también sobre la vida del autor.

G. Carlo Rossi

Abraham Ibn ‘Ezra

Nacido en 1092, m. en 1167. Conocido por Abraham Judaens, Abenare, y también por Avenara en el medio­evo, y Sefer Jesod y Sephat Yeter en deter­minadas obras, a quien los hebreos llaman el Sabio, el Grande, el Admirable, era hijo del rabino Mayer ben ‘Ezra y su nombre el de Rabi Abraham.

Nació en la ciudad de Toledo y fue discípulo de Judá Haleviy, contemporáneo de Maimónidés, que le tuvo en gran estima. Llevado del afán de ampliar su vasta cultura, viajó por Egipto, Inglaterra, Italia y Francia, donde residió algún tiempo especialmente en Dreux, ciudad cercana a París, desde 1155 a 1157.

Considerado como el iniciador de la exégesis racionalista, sus extensos conocimien­tos abarcaron por igual la astronomía, la filosofía y la gramática, cultivando con sin­gular delicadeza la poesía además de ejer­cer la medicina. Intervino en los debates de la gente docta que dividieron la Tierra en dos mitades iguales siguiendo el ecua­dor.

Son famosos sus Comentarios, en 24 libros, sobre el Antiguo Testamento, que han editado Bomberg y Buxtorf y se en­cuentran en las ediciones de Amsterdam, Basilea y Venecia. Sus escritos son tan es­cuetos y aun tiempo tan pródigos en fábu­las rabínicas, que otro rabino escribió unas aclaraciones llamadas Biurin para facilitar su comprensión.

Con todo, los Comentarios de este autor son más sencillos y exactos que los de Jarchi, puesto que por lo común huye de las alegorías a que eran tan dados los doctores judíos. Sus puntos de vista están lejos de presentar una uniformidad de criterio, ya que unas veces aparece como un exegeta racionalista, otros como un cabalista, ya como un devoto ferviente, ya como un librepensador que no duda en contraponer su criterio a las opiniones de su época.

Basándose en las ciencias físicas y naturales se atreve a afirmar que el paso de Moisés y sus seguidores a través del Mar Rojo fue posible, no gracias a un milagro, sino a una marea baja, teoría ésta poste­riormente refutada.

Fue un autor muy fe­cundo dotado además de una asombrosa memoria que le permitió propalar por Europa las obras de los hebreos de Anda­lucía. Entre sus escritos sobresalen: De la balanza, en la que compila y hace crítica de los trabajos de la escuela española.

Un libro acerca del estilo literario hebreo. Apoyó los puntos de vista de Sa‘adiá con­tra los de Ben Labrat. Rimas y Poemas (v. Poesías), Bases de la Enseñanza, Comen­tarios al Talmud, El libro de los seres ani­mados, Initium sapientiae, La puerta de los cielos, Las delicias del rey, curioso poema sobre el juego del ajedrez en 73 ver­sos hebraicos traducidos por Tomás Hyde y Safab Berurab, que es un tratado de gramática hebrea.

Como astrónomo, dio nombre a una estrella y escribió apuntes de astronomía y de matemáticas. Diversos manuscritos de sus obras se conservan en la Biblioteca Nacional de París. Sus obras han merecido innumerables ediciones. Mu­rió en Rodas en 1167.

J. R. Manent

Laure Saint-Martin Permon, duquesa de Abrantès

Nacida en Montpellier el 6 de no­viembre de 1784, m. en París el 7 de junio de 1838. Su madre, corsa de nacimiento y descendiente, según decía ella, de los Comnenos, tenía mucha amistad con Leticia Bonaparte, y en París, durante el Direc­torio, fue frecuentado por el joven general Bonaparte y por sus partidarios su salón pequeño-burgués, pero con hartas pretensiones intelectuales.

Laure se casó a los 16 años con Junot «la Tempête», el más leal de los generales de Napoleón, nombrado por éste duque de Abrantés después de la invasión de España en 1808. Habiendo entrado a formar parte así del restringido círculo de las amistades de Napoleón, la joven «generala» participó, durante el Con­sulado y el Imperio, en la vida de la corte, figuró entre las más brillantes damas y sus salones estuvieron abiertos a la socie­dad napoleónica.

Toda la vida de aquel tiempo y ambiente se refleja en sus Memo­rias históricas sobre Napoleón, la Revolu­ción, el Directorio, el Consulado, el Impe­rio y la Restauración (1831-34, v.). El ser alejado de Francia su marido, la locura y la muerte de éste en el año 1813 y, más tarde, la caída del Imperio, redujeron su papel de gran dama: acogió entonces en sus salones a la sociedad bonapartista, a artistas y a literatos; pero el exagerado lujo que des­plegaba la hizo caer en una pobreza casi total, que intentó en vano remediar con la publicación de Memorias sobre la Restau­ración, la Revolución y los primeros años del reinado de Luis Felipe (1836), la Histoire des salons de Paris sous Louis XVI, sous le Directoire (1837-38), además de al­gunas novelas privadas casi en absoluto de valor literario y pronto caídas en el olvido.

M. Pasquali