Alfano de Salerno

Nacido entre 1015 y 1020 en Salerno, m. en la misma ciudad el 9 de octubre de 1085; es una de las más briosas y complejas figuras eclesiásticas que ilustraron el siglo XI.

Hijo menor de una noble familia, y destinado por ello al sacerdocio, pudo recibir en su ciudad natal — entonces muy floreciente bajo el prin­cipado de Guaimario V — una formación cultural de primer orden y frecuentar la célebre escuela de medicina. Habiendo co­nocido a Desiderio (el futuro papa Víc­tor III), en 1054 lo siguió a Benevento, en el convento de Santa Sofía, y dos años después a Montecassino.

Llamado a Salerno para desempeñar el cargo de abad en el convento local benedictino, en 1058 fue nombrado arzobispo de la ciudad. Con su intervención en diversos concilios, participó activamente en el movimiento de reforma eclesiástica promovido por Hildebrando.

En 1062 se dirigió, con Gisulfo II, príncipe de Salerno, a Constantinopla, para conven­cer al emperador de la necesidad de fir­mar un pacto antinormando. Pero el prín­cipe lo dejó en la capital bizantina como rehén, y sólo tras una épica fuga logró reaparecer junto al normando Roberto Guiscardo.

Siguió después las cambiantes vicisitudes de la política papal con res­pecto a los normandos: volvió al servicio de Gisulfo, para reunirse con Guiscardo cuando éste puso sitio y tomó la ciudad. Obtuvo del rey normando la erección de la basílica de San Mateo, consagrada por Gregorio VII, y en la que el papa y el arzobispo fueron sepultados.

A pesar de su accidentada vida, Alfano compuso obras sobre diferentes temas, más importantes por la cantidad que por la calidad. Entre las obras teológicas, recordemos: De unione verbi Dei et hominis; entre las hagiográficas, la Vita et passio S. Christinae y la Vita S. Sabinae; dejó escritos, además, traduccio­nes y tratados originales de medicina y, en fin, una recopilación de versos, en parte de tema sacro (v. Himnos Sacros) y en parte profanos, en los que no llama tanto la atención la habilidad técnica como la presencia de rasgos de auténtica poesía.

C. Falconi

Gianni Alfani

Pocas e inciertas son las noticias que poseemos de este poeta flo­rentino: los historiadores han documen­tado la existencia de un G. de Forese de los Alfani a mediados de la segunda mi­tad del siglo XIII, gonfaloniero de justicia en 1311 y declarado rebelde dos años des­pués por Enrique VII de Luxemburgo.

Se ha probado también que otro Gianni Alfani vivió con anterioridad, muriendo en los primeros años del siglo XIV. Pero es difícil identi­ficar al poeta con uno de los dos homó­nimos, y resulta muy improbable que fue­ra una tercera persona. Sus Rimas (v.) — siete composiciones en total — pertene­cen sin reservas a la cultura del «dolce stil nuovo», en la que ocupan un lugar se­cundario.

Nos informan que este poeta amó a una mujer veneciana, conservando un dulce recuerdo de ella, aun después de haber sido empujado por las circunstancias — quizá el destierro — a marchar más allá de los Alpes y del Danubio.

Pero aun con estas noticias queda la duda de si co­rresponden a la realidad o proceden — como es probable — de un repertorio de situacio­nes propias de la poesía de la época.

F. Giannessi

Samuel Alexander

Nacido en 1859 en Sidney (Australia), m. en Manchester en 1938; es el único filósofo contemporáneo de cierto renombre de origen australiano. Estudió primeramente en Melbourne, y más tarde en Oxford.

En 1882 llegó a «Fellow» en Oxford y más tarde fue profesor en la Universidad Victoria de Manchester, donde enseñó durante toda su carrera, es decir, hasta 1924, año en que fue jubilado. La primera obra de Alexander es Orden moral y pro­greso.

En el ambiente anglosajón de la época, recibió sobre todo la influencia de G. E. Moore y en general de las corrientes realistas. Consecuencia de esta orientación suya es el punto de vista expuesto en la obra La base del realismo (1914).

El rea­lismo se combina, sin embargo, en Alexander con una teoría general de la evolución, cuyos principios fundamentales se acercan mucho a los que se expresarán en la obra Evolu­ción emergente (1933) de C. Lloyd Morgan (1852-1937).

Alexander tiene de común con Mor­gan la idea de una evolución no mecanicista, de un proceso que se realiza sola­mente en cuanto tiende a una novedad y actúa la emergencia de nuevas formas. La conciencia, en general, no viene deter­minada por una rígida concatenación cau­sal, sino que se produce en virtud de un proceso temporal con un acto nuevo y li­bre.

Estas premisas se encuentran desarro­lladas en un complicado sistema filosófico expuesto en la gran obra Espacio, tiempo y divinidad (v.). Las formas específicas de la realidad, las cosas, son aquí, para este autor, determinaciones de una sustan­cia espacio-temporal.

El hecho de que la realidad sea un modo de la sustancia, acer­ca este filósofo a Spinoza, mientras, por otra parte, el hecho de que la sustancia sea temporal y espacial no se aviene con el determinismo espinoziano. Se impuso, por lo tanto, a Alexander una confrontación con Spinoza, y a tal exigencia debemos su obra Spinoza y el tiempo (1921).

La con­cepción del universo como temporalidad finalística, dirigida hacia la conciencia, el espíritu y lo divino, permite a Alexander realzar los fines y los valores, estrechamente uni­dos a la armonía y al orden estéticos. Esta posición queda expresada en la última no­table obra que Alexander nos ha dejado: La be­lleza y otras formas del valor (1933). El sistema filosófico de Alexander no ha dejado de influir sobre la filosofía de Alfred North Whitehead. Después de su jubilación, Alexander vivió en Manchester. E. Pací

Alexandre de Hales

Nacido en el con­dado de Gloucester, en Inglaterra, en 1185 ó 1186; m. en París el 21 de agosto de 1245. Calificado miembro del clero inglés, vivió casi siempre en París, donde estudió primero en la Facultad de Artes (1210-15) y más tarde en la de Filosofía (1212-17).

Gradua­do de bachiller y luego de maestro de teo­logía (1220-21), durante la crisis universi­taria producida en 1229 siguió a los maes­tros y estudiantes disidentes a Angers. En agosto del año siguiente fue enviado a Roma para negociar con Guillermo d’Auxerre y otros personajes el acuerdo firmado en 1231.

Conquistado por el ideal francis­cano, vistió en 1236 el hábito de los Frai­les Menores, a la edad de cincuenta años. Su ingreso en esta Orden señaló el co­mienzo de la gloriosa escuela franciscana de París, ilustrada por una larga serie de maestros famosos, entre los que sobresalen su discípulo Buenaventura de Bagnorea y su compatriota Juan Duns Scoto.

En el Con­cilio de Lyon, convocado en 1245, formó parte de la Comisión encargada de exa­minar los milagros atribuidos a San Ed­mundo Rich de Abingdon. A su regreso a París, una epidemia le produjo la muerte.

La extensa fama de Alexandre ha quedado vincu­lada a lo largo de los siglos a la Suma de la teología universal (v.), que refleja el pensamiento filosófico-teológico de la antigua escuela franciscana. Recentísimas investigaciones histórico-críticas nos han dado a conocer con mucha mayor preci­sión sus auténticos antecedentes literarios y su real contribución al desarrollo de la Escolástica.

Además de un número impre­sionante de Quaestiones disputatae, casi todas inéditas, compuestas durante los lar­gos años de su enseñanza en París, Alexandre es­cribió una Glosa a las Sentencias de Lom­bardo (v. Libro de las Sentencias), que él adoptó al principio como texto de la leetio escolar.

Por el contrario, Alexandre no es el autor en sentido estricto, sino sólo el ins­pirador de la Suma, por cuanto ésta fue compuesta en gran parte bajo su dirección y aprovechando el inmenso material especu­lativo contenido en sus obras precedentes.

E. Bettoni

José Martiniano de Alencar

Literato, jurista y político brasileño, n. en Mecejana (Ceará) el 1.° de mayo de 1829, m. en Río de Janeiro el 12 de diciembre de 1877. De ideas conservadoras, se distinguió como periodista (Cartas de Erasmo), llegando muy joven a la dirección del Diario do Rio de Janeiro.

Fue diputado y, entre 1868 y 1870, ministro de Justicia. Retirado de la vida política, ejerció la abogacía. Adquirió re­nombre en 1856 con sus críticas al poema A Confederaçáo dos Tamoyos de Gonçalves de Magalhaes, al que acusaba de no haber sabido interpretar la poesía primi­tiva de los indígenas.

El culto de los valo­res típicos del Brasil le llevó a enriquecer la prosa narrativa brasileña, dándole un contenido nacional e introduciendo en ella al personaje indio, románticamente idea­lizado sobre el fondo de un escenario natu­ral descrito siempre por él con épica gran­deza.

A la novela que le dio fama, El gua­raní (1857, v.), siguieron As minas de prata (1862-65), Iracema (1865, v.), poema en prosa, y la serie de los Alfarrobios [Borradores], iniciada con el cuento El garabato (1872, v.). Entre las obras menores, recor­damos: O sertanejo, O gaucho (1870), O tronco do Ipé (1871), Os filhos de Tupan, Senhora (1875), Ermitao da gloria y Ubirajara (1877).

J. Prado Coelho