Aleksandrov

(Josip Mum). N. en Liubliana el 4 de marzo de 1879, m. en la misma ciudad el 18 de junio de 1901. Fue uno de los creadores de la lírica eslovena moderna, juntamente con D. Kette, Cankar y Zupancic.

Hijo ilegítimo, abandonado por su madre, fue criado en los alrededores de Liubliana por algunas familias carita­tivas. Dotado de vivo ingenio, pudo asistir a la escuela a pesar de las míseras condiciones en que vivía.

Todavía muchacho, fue a parar en Liubliana a un ambiente de estudiantes pobres que habitaban en mi viejo edificio semiabandonado, que ha que­dado tradicionalmente como cuartel gene­ral del proletariado intelectual esloveno con el nombre de «refinería de azúcar».

Excepto irnos pocos años en que fue huésped del colegio «Marijanisce», Aleksandrov pasó su adoles­cencia — hasta que terminó los estudios de enseñanza media— en la «refinería de azú­car», confiado a los eventuales cuidados de Polona Kalan, la «madre de los estudian­tes».

Comenzó muy pronto a escribir poe­sías. Descubierto su talento por Cankar y por Kette, vio sus versos publicados en las revistas Angelcek, Vrtec y al fin en LjubIjanski Zvon. En 1898 se matriculó en la Academia Comercial de Viena; pero en el mismo año, enfermo de tuberculosis, hubo de regresar a Liubliana, donde fue primero escribiente en el despacho de un abogado y luego empleado en la Cámara de Comer­cio.

Minado por la enfermedad, imposibili­tado de hacer frente a fatiga alguna, pasó algún tiempo en el campo en la Carniola. Volvió después a la «refinería de azúcar» de Liubliana y allí murió. Sus Canciones y romanzas (v.) fueron publicadas, después de su muerte, por Prijateli.

R. Picchio

Jean Le Rond D’alembert

Nacido el 16 de noviembre de 1717 en París, m. en la misma ciudad el 29 de octubre de 1783. Hijo natural del general de Artillería Destouches y de la señora de Tencin, fue reco­gido en los escalones de la iglesia de Saint- Jean Le Ronde, cerca de Notre Dame, por un comisario de policía, quien le dio preci­samente el nombre de Jean-Baptiste Le Rond.

Criado por la mujer de un pobre vi­driero, a quien amó siempre como a su ver­dadera madre, recibió una buena educación, porque su padre se ocupó siempre de él de un modo secreto, y a su muerte le dejó una renta de 1.200 libras.

A los 12 años fue enviado al colegio mazariniano de las Quatre-Nations, donde pronto se distinguió por- su rápida inteligencia. A los 18 años añadió a su apellido el sobrenombre Daremberg, que unos años después había de convertirse en d’Alembert.

En el colegio Mazarino se interesó sobre todo por el derecho y la medicina, de acuerdo con su vocación fun­damentalmente científica. Cuando tenía poco más de 20 años, la Academia de Ciencias de París le nombró miembro suyo gra­cias a su Mémoire sur le calcul intégral (1739), seguida de la obra Sur la réfrac­tion des corps solides (1741). La Academia de Berlín premió pocos años después sus Réflexions sur la cause générale des vents (1746) y le nombró socio suyo.

El Tratado de Dinámica (v.), aparecido en 1743, dio nuevas bases a la física y le proporcionó renombre universal. Pero este autor, re­chazando los generosos ofrecimientos de Federico II y de Catalina de Rusia, vivió siempre en París, sin preocuparse de hono­res y celoso de su independencia, hasta su muerte.

Tristes fueron sus últimos años, des­pués de la muerte de Julie de Lespinasse, a la que le había ligado una larga y tierna amistad. Miembro de la Academia de Fran­cia desde el 54, fue también secretario per­petuo de la misma desde 1772. Colaboró apa­sionadamente con Diderot en la gran em­presa de la Enciclopedia (v.), pero se re­tiró de ella en 1759, cuando más violentos eran los ataques de los católicos contra la obra y contra sus promotores.

No cesó, sin embargo» en las investigaciones, en sus ama­dos estudios. Sus más significativas obras filosófico – literarias, las cuales sustancial­mente no hicieron otra cosa que divulgar en Francia el pensamiento inglés, son Mélanges de philosophie, d’historie et de littérature (1753), en donde se encuentra el famoso Discurso preliminar de la «Enciclo­pedias» (v.); el Essai sur la société des gens de lettres avec les grands, en la que señala los graves peligros de orden moral y civil que comporta el mecenazgo: los Élements de philosophie (1759), que contiene la sistematización más completa de su pensamien­to, y, por último, Sur la destruction des Jésuites (1765).

Pero el talento de nuestro autor brilló de un modo especial en los estu­dios de matemáticas y de mecánica, como lo demuestran el Traité de dynamique, los ocho volúmenes de Opuscules (1761-80) y diversos artículos de la Enciclopédie.

G. Costa

Mateo Alemán

Nacido a finales de sep­tiembre de 1574 en Sevilla; m. en México, no se sabe en qué año, pero ciertamente des­pués de 1614.

De origen hebreo por parte de madre y de padre, éste médico de la Cárcel Real de Sevilla, recibió cuidada edu­cación y, después de haber asistido proba­blemente a la academia de Mal-Lara, se graduó de bachiller en artes y filosofía y se matriculó después en el primer curso de medicina en la Universidad de Sevilla, continuando luego estos mismos estudios en las Universidades de Salamanca y Al­calá.

Aunque usara a veces el título de doctor, no ejerció nunca tal profesión. En 1569 se casó en Sevilla con doña Catalina de Espinosa, al no poder devolver una cierta suma que el tutor de ella le había adelantado sagazmente. Dos años antes ha­bía entrado en la Cofradía llamada vul­garmente del Silencio, cuyas reglas compi­laría años después.

En 1581 era encargado en Sevilla del Consejo de Hacienda de Su Majestad. Según el testimonio de un amigo suyo, el alférez Valdés, debió ser nombrado poco tiempo después recaudador suplente, lo cual está en contradicción con el hecho de que hasta 1582 residió en Sevilla, donde dos años antes había sido encarcelado por deudas.

En esta época obtiene los certifi­cados necesarios para pasar a las Indias; pero se queda en España, viviendo de 1586 a 1601 en Madrid, donde desempeña su modesto oficio de Contador de resultas, y en 1599 publica la primera parte del Guzmán de Alfarache (v.). Las 23 ediciones que se hicieron de esta obra en seis años, éxito editorial sólo superado por el Qui­jote, no contribuyeron, sin embargo, a que el autor se librara de las estrecheces eco­nómicas en que se debatía.

Vuelto a Se­villa en 1601, vive separado de su mujer, mantiene relaciones ilícitas con Francisca Calderón y es encarcelado de nuevo por deudas; publica en 1604 la Vida de San Antonio de Padua, escrita en cumplimien­to de un voto.

El mismo año, en Lisboa, adonde había ido Alemán para incrementar la venta de este último libro, aparece la se­gunda parte del Guzmán de Alfarache, en la que, desdoblado en dos personajes, presenta al probable autor de la segunda parte apócrifa, impresa en Valencia en 1602. En 1608 se traslada Alemán a México, bajo la pro­tección y al servicio del obispo fray Gar­cía Guerra, quien debía regir entonces, aunque por poco tiempo, el virreinato.

Es­tablecido en México con doña Francisca Calderón y con todos sus hijos, publica en 1609 su Ortografía castellana, en la que pro­pone muchas reformas, y en 1613 los Suce­sos de don Fray García Guerra, arzobispo de México, apología del breve gobierno de su protector, acompañada de la oración fúnebre que había escrito a su muerte. Se­gún el testimonio de don José Toribio Me­dina, Alemán vivía todavía en 1615 en la región de Chalco.

E. Moreno Báez

Vicente Aleixandre

Poeta español. N. en Sevilla en 1898. Vivió en Málaga hasta 1909, año en que se trasladó a Madrid, donde estudió jurisprudencia y derecho mercantil. Profesor de economía por algún tiempo en la Escuela Superior de Comer­cio de la capital española, una larga enfer­medad le obligó en 1925 a abandonar la cátedra.

Su primer libro de versos, Ámbito (1928), pasó casi inadvertido. Cuatro años después la colección Espada en los labios y luego los poemas en prosa Pasión de la tierra (1935) reclamaron la atención de los críticos sobre su obra.

Con La destrucción o el amor obtiene el Premio Nacional de Literatura (1934). Su primer libro ya ofrece innovaciones formales y sustanciales. Usa un verso largo, casi claudeliano, de ritmo libérrimo en forma de motete o salmo. Los temas románticos —misterio, dolor, pathos cósmico — aparecen renovados por un ar­tista que conoce todas las experiencias poé­ticas de los últimos cien años. Fiel a lo español, se mantiene, no obstante, alejado de cualquier forma del neopopularismo dé otros poetas andaluces de su generación (García Lorca, Alberti). La destrucción o el a/mor (1932-33, ed. 1935) es el poema de la sensualidad cósmica puesta al servicio de una desesperación humana sin salida.

Sombra del paraíso (1939-43, ed. 1944) re­fuerza los valores líricos, ya mucho más maduros; aquí el poeta suscita la luminosa visión de un paraíso terrestre antes del pe­cado. Mundo a solas (1934-36, ed. 1950) está más cerca de La destrucción o el amor; pero en Nacimiento último (1953) se opera un cambio a favor de la austeridad de ex­presión y de contenido: la muerte es la metamorfosis final que lleva al hombre al amor. Por último, en Historia del corazón (1945-53, ed. 1954) el tema ya no es el cos­mos sino la vida humana; el lenguaje se desnuda de imágenes y se hace más comu­nicativo.

En prosa, Aleixandre nos ha dado reciente­mente Encuentros, serie de semblanzas líri­cas de algunos autores españoles contem­poráneos (v. Poesías).

Ciro Alegría

Escritor peruano n. en Sartimbamba (Huamachuco) en 1909. Ad­herido al aprismo en su juventud, alternó persecuciones y exilios con una esporádica labor periodística.

Los años de 1931 a 1935 jalonan esa etapa de su vida, con largos períodos pasados fuera de su patria (Chile, 1934). Su aparición en el auténtico mundo de las letras significa una espléndida apor­tación a la novelística americana: La ser­piente de oro (1935, v.).

Después, transcu­rridos cuatro años, otra gran novela, Los perros hambrientos (1939), consolida el nom­bre de su autor en el panorama literario; son ahora los pastores del altiplano, como antes fueron los indios de la zona oriental peruana, los que animan una páginas lle­nas de colorido y vigor. En 1941, El mundo es ancho y ajeno es realidad madura.

Su­frida y muda existencia de los indios agru­pados en una comunidad, alegres en sus humildes chacras y felices, hasta donde la felicidad puede alojarse en el paupérrimo cuadro que, a la vez, la alienta y limita; después, la codicia inescrupulosa del blan­co, el atropello y el éxodo.

El mundo, fuera de la comunidad ancestral, es ancho, ajeno e inhabitable para el indio, cuyas raíces quedaron en Rumi, la vieja aldea. Alegría nos da en toda su obra la imagen de un indio que cobra vida propia fuera de la masa que intenta absorberlo; una vida personal, hecha de amores, dolores y ale­grías, y de una gran pasión, la de la tie­rra.

Emplea un lenguaje difícilmente sen­cillo, un estilo sobrio, aunque lleno de fa­cetas; es, como se ha dicho, el poeta del indigenismo, y si esto parece excesivo, el poeta del indio y de la tierra.

A. Ramos