Alfonso X el Sabio

Nacido en Toledo el 23 de noviembre de 1221, m. en Sevilla el 4 de abril de 1284; fue rey de Castilla y León, gran propulsor de la cultura e iniciador de la prosa castellana. Hijo de Fernando III el Santo y de Beatriz de Suabia, pasó su infancia en tierras de Bur­gos.

Ayudó a su padre en la conquista de Andalucía y llevó a término la de Murcia (1240). Llegado al trono en 1252, su largo reinado es agitado por adversidades polí­ticas. Tomó algunas fortalezas a los mu­sulmanes, pero tuvo que hacer frente des­pués a las revueltas de los moros de Anda­lucía y de Murcia.

Pretendiente durante mucho tiempo a la corona imperial, no la obtuvo por la enemistad de los pontífices con la casa de Suabia. Y en su mismo Estado, pareció querer dar una forma real al sueño de un imperio romano renacido en la península, sueño que habían aca­riciado ya algunos de sus predecesores.

Para indicar la gran tolerancia que en sus reinos había para todas las religiones, Alfonso gustaba de titularse «rey de las tres reli­giones»: la cristiana, la mahometana y la hebrea. Tal vez en ello se funda real­mente la oposición de los papas a su can­didatura al Imperio, que no ofrecía segu­ridad ninguna al carácter católico de aquél.

Las rebeliones de los nobles alteraron fre­cuentemente la tranquilidad del reino; y su vacilación en la designación de su propio heredero provocó la sublevación de su hijo don Sancho, que amargó los últimos años de Alfonso. Sus desgracias políticas tuvieron la contrapartida de una ingente labor cul­tural, que le valió el sobrenombre de «el Sabio»; aun antes de ser rey, Alfonso ya se había rodeado de eruditos cristianos y he­breos, a quienes confió la traducción de libros árabes y la composición de obras nuevas.

Continuó así la misión llevada a cabo por los traductores de Toledo desde el siglo XII, pero con mucha mayor ampli­tud y con la gran novedad de que la ma­yor parte de las traducciones alfonsinas se hicieron en castellano, y no en latín. Alfonso trazaba el plan de las obras, señalaba las fuentes en donde habían de inspirarse y corregía el lenguaje para que se atu­viera al «castellano auténtico».

Así nacieron el admirable código de Las Siete Partidas (v.); una historia de España, La Primera Crónica General (v.), la Grande e general estoria (v.), vasta compilación de historia universal; tratados de astronomía, minera­logía y astrología (Libros del saber de Astronomía, v.; Lapidario, v.; Libro de las Cruces); obras relativas a juegos y entre­tenimientos (Libros de los juegos de aje­drez, dados y tablas, v. Libro de ajedrez), etcétera.

Compuso en gallego las Cantigas de Santa María (v.) y algunas poesías profa­nas. Entre las traducciones merecen men­ción la castellana de Calila e Dimna, colec­ción árabe de fábulas, y la francesa de la Escala de Mahoma, confiada por Alfonso a Bue­naventura de Siena. Dante hubo de cono­cer esta versión u otra latina de la Escala, que influyó en su Commedia; Brunetto Latini, su maestro, había estado en la corte alfonsina.

Muerto este monarca, sus suce­sores continuaron la labor empezada por él y completaron, además, algunas de las obras iniciadas en su reinado: la Primera Crónica General, por ejemplo, fue terminada en el reinado de Sancho IV. Gracias a Alfonso, el castellano se convirtió en instru­mento apto para ser utilizado en la expo­sición didáctica.

R. Lapesa