Rafael Altamira y Crevea

Historiador y jurisconsulto español. N. en Alicante en 1866 y m. en México en 1951. Altamira es un escritor de vastísima y variada produc­ción que va desde las novelas y cuentos, tales como Cuentos de Levante, Fatalidad, Reposo y Novelitas y cuentos de induda­ble fuerza creativa y calidad literaria, hasta sus innúmeros trabajos de crítica, arte y sobre todo de historia.

Fue catedrático de la Universidad Central de Madrid, funda­dor de la Revista crítica de Historia y Lite­ratura, miembro del Tribunal de Justicia Internacional de La Haya y dio lecciones y conferencias en el Instituto de Estudios Hispánicos, de París.

Su obra más impor­tante es la Historia de España y de la civi­lización española, en cuatro tomos publi­cados en Barcelona, el primero en 1899; el segundo, en 1902; el tercero, en 1906, y el cuarto, en 1911. Esta historia fue traducida al inglés y abarca la política, el arte, la literatura, la economía, lo social y lo reli­gioso, partiendo de datos geológicos, geo­gráficos y etnográficos.

En 1908, publicó en Valencia su obra España y América, y segui­damente dio a luz Arte y realidad. Tradujo a Trinidad Coelho y a Narcís Oller. En diversas publicaciones de España y Francia, unas veces en español y otras en fran­cés, que dominaba a la perfección, escribió numerosos trabajos histórico-jurídicos y pe­dagógicos de notable interés.

Desde 1945 hasta su muerte, publicó en México, entre otras obras, Anatomía y descentralización en el régimen colonial español, Manual de investigación de la historia del Derecho in­diano, La costumbre jurídica en la coloni­zación española, Los elementos de la civi­lización y del carácter español, Contribu­ción a la historia municipal de América y Diccionario castellano de palabras jurídicas y técnicas tomadas de la legislación india­na, etcétera.

Alpetragio

Su nombre verdadero era Abū Ishāq al-Bitruŷi; n. en Pedroche, en la provincia de Córdoba, a mediados del siglo XII; m. en 600 de la hégira (1204).

Fue un notable astrónomo y filósofo árabe, discípulo del no menos notable Ibn Tufayl. Su obra capital, Kitab al hal’ah (v. Astro­nomía), en la que intenta una nueva especialización de estudios geométricos acerca del sol y los planetas, y en el que contradice a Tolomeo, fue famoso en el Occidente al plantear una nueva teoría en los movi­mientos de los astros.

En realidad, nuestro autor no hizo más que seguir y desarrollar la corriente iniciada en España por Ibn Bāgiach (m. en 533 de la hégira y 1119 d. de C.). Ibn Tafayl (m. en 581 de la hégira y 1185 d. de C.) y Averroes (m. en 595 de la hégira y 1198 d. de C.). Su famosa Astro­nomía fue vertida al hebreo por Moisés Abentibón, en 1259, y al latín por Colonimos Bendavid, en 1531, y publicada en Venecia.

J. R. Manent

Ignacio Manuel Altamirano

Nacido en Tixtla (Guerrero) en 1834 y m. en San Remo (Italia) en 1893. Es una de las figuras centrales de la literatura mexicana.

Podríamos decir que su vida corre simbólicamente pa­ralela a la de su país: a los catorce años, el niño indio no habla el castellano y va a la escuela; se educa, se forma, pasa al Instituto Literario de Toluca, aprende de su maestro Ignacio Ramírez, estudia y en­seña, lucha por la Reforma y contra los franceses invasores; como diputado al Con­greso de la Unión (1861) reclama el castigo de los enemigos: es un campeón de la Re­forma y de la patria libre; después se de­dica a escribir, a educar, desde su revista El Renacimiento y desde diversos centros culturales que funda; por último, como tra­tando de extender su concepto del hombre y de la patria, va como cónsul a Barcelona (España) y a París (Francia), y hace un viaje a Italia del que ya no regresa vivo: su cadáver fue incinerado y trasladado a México.

Indígena puro, admira lo español y estudia y asimila lo europeo con fervor romántico; formado literalmente en el ro­manticismo, trata de armonizar esta co­rriente con la orientación clasicista que pre­domina tradicionalmente en su país; liberal exaltado, exige el castigo de los culpables, pero preconiza el entendimiento con los adversarios en beneficio de la patria mexi­cana, aunque para ello tenga que llegar a la idealización exagerada de los perso­najes, cual ocurre en el delicioso cuento Navidad en las montañas (v.).

Si Juárez es el apóstol mexicano de la libertad de su tiempo, nuestro autor es el apóstol de la cultura. En su poesía (v. Rimas) se identifica con el paisaje en una sentida interpretación lírica; en sus novelas Clemencia (v.) y El Zarco (v.) desarrolla con sentido romántico y humano realismo episodios de la vida de su país en formación.

Además de Navidad, escribió otros tres cuentos: Las tres flores o La novia, Julia o Una noche de julio y Antonia. Sus artículos y escritos de otra índole están recogidos en Paisajes y leyen­das, Tradiciones y costumbres de México.

J. Sapiña

José M.a Alonso y Trelles

Poeta uruguayo n. en Santa María Ribadeo (Lugo, España) en 1857 y m. en Montevideo en 1924. Emigrante que llega en 1875 al Río de la Plata, reside primero en Chivilcoy (Buenos Aires) y después se establece definitiva­mente en Tala (Canelones, Uruguay); Sólo sale de allí para pasar cuatro años en Río Grande del Sur (Brasil), para cumplir sus deberes como diputado, pues fue elegido suplente para el período 1908-1911, ya que el titular murió apenas designado, y para hacer un viaje a España con el fin de abra­zar a su madre.

Dependiente de comercio, se casó con la hija de su jefe; procurador y periodista local, fundó El Tala Cómico y Momentáneas, y usó el seudónimo «El Viejo Pancho» para sus colaboraciones en El Fogón. Su obra se reduce al poema Juan el Loco, al ensayo dramático titulado Gua­cha y a las composiciones de su libro Paja brava (v.), que son las que le dieron nom­bre.

Es un poeta popular y regional, de ecos posrománticos y balbuceos modernistas: un lírico hispanouruguayo que canta a lo na­tivo y a lo gaucho con un tono íntimo que no es ajeno a la morriña del poeta gallego establecido en Uruguay.

J. Sapiña

Dámaso Alonso

Nacido en Madrid en 1898. En esta ciudad alcanzó los títulos de licen­ciado en Derecho y de doctor en Letras. Fue discípulo de Menéndez Pidal en el Centro de Estudios Históricos, colaborando en los Cursos para Extranjeros y en la «Revista de Filología Española».

Ha pasado nueve años enseñando literatura y lengua española en las universidades extranjeras de Berlín, Cambridge, Oxford, Stanford University (California), Hunter College y Columbia University (Nueva York).

Catedrá­tico de Lengua y Literatura Españolas en la Universidad de Valencia y actualmente de Filología Románica en la de Madrid, sucesor de Menéndez Pidal. Académico de número de la Real Academia Española; miembro de la Modern Language Association y doctor «honoris causa» por Burdeos y Hamburgo.

Ha colaborado en la «Revista de Occidente», «Revista de las Españas», «Sí», «Horizonte», «La Gaceta Literaria», «La Verdad», de Murcia; «Verso y prosa», «El Escorial», etc. En la actualidad dirige la «Biblioteca Románica Hispánica» en la que ha publicado Poesía española (Ensayo de métodos y límites estilísticos, 1950); Seis calas en la expresión literaria española (en colaboración con Carlos Bousoño, 1951); Poetas españoles contemporáneos (1952); Es­tudios y ensayos gongorinos; Menéndez Pe- layo, crítico literario y España y la novela.

Ha simultaneado sus trabajos de Filología e Historia Literaria (Erasmo, Gil Vicente, poesía clásica española), con sus obras de creación poética. Es magistral su edición con versión prosificada de las Soledades (1927) y su libro La lengua poética de Góngora (1935).

Ha estudiado también con gran fervor a San Juan de la Cruz en La poe­sía de San Juan de la Cruz (1942). El pri­mer libro de versos lo publicó en 1921 y se titulaba: Poemas puros: Poemillas de la ciudad. Su primera voz poética estaba do­tada de una gran sencillez.

En 1944 apare­ció su segundo libro de versos: Oscura no­ticia, en que la sencillez dejaba paso a la retórica postmodernista, y su tercer libro y el más importante: Hijos de la ira (v. Poesías). En él Alonso se muestra como un hombre esencialmente preocupado, agrio y patético en anhelante súplica a Dios, su única y posible esperanza.

J. M.a Pandolfi