Hernando de Alvarado Tezozomoc

Este príncipe azteca, hijo del emperador Cuitláhuac, n. alrededor de 1520 y m. des­pués de 1598; es uno de los cronistas indí­genas mexicanos olvidados con notoria in­justicia por algunos historiadores de las letras americanas.

El príncipe azteca, incor­porado a la cultura española y al cristia­nismo con fervores y temores de neófito, manejaba quizá con dificultad la lengua cas­tellana. La Crónica mexicana (v.) que nos legó tiene un indudable interés histórico y literario. Por desgracia, poco más puede decirse de la vida de este escritor, que uti­lizó sin duda la lengua náhuatl, pero cuyo conocimiento y dominio de su idioma na­tivo no podemos apreciar a través de su Crónica, ya que no ha llegado en tal forma hasta nosotros.

Se ha apuntado que la escri­bió originariamente en lengua castellana, pero todo parece indicar que la versión española es obra de un coetáneo suyo. Alvarado Tezozomoc, como Alva Ixtlilxóchitl, es un estimable cronista indígena de Indias, aun cuando sus ingenuas narraciones de hazañas y costum­bres nos ofrecen un cuadro de mayor en­canto, aunque quizá de menos objetividad, que el ofrecido por su compatriota.

J. Sapiña

fray Joáo Alvares

Religioso portugués, hermano profeso de la Orden de Avis, n. en Torres Novas (Portugal) a principios del siglo XV; m. después de 1470.

Fue, con Fernáo Lopes, uno de los creadores de la historiografía portuguesa. Secretario del infante santo, don Fernando, hijo de Juan I, lo acompañó después de la derrota de Tán­ger (1437) en prisiones en Fez (Marruecos), donde lo asistió hasta su última hora.

Vuel­to a Portugal, desarrolló allí una enérgica obra en pro de la moralización de las cos­tumbres del clero, redactando reglas que obtuvieron la aprobación pontificia median­te un breve del papa Paulo II.

Su nombre ha quedado vinculado, aparte de obras de carácter religioso, a la Crónica del Infante Santo (v.), que no se imprimió hasta 1527, en Lisboa.

J. Prado Coelho

Maestro Altswert

Bajo este seudó­nimo simbólico se esconde un poeta alemán, que vivió en torno al 1380, autor de poemas alegóricos: La túnica [Der Kittel], El es­pejo (v. La aventura del espejo), El tesoro de la virtud [Der Tugenden Schatz].

Muy poco es lo que se sabe de él: de sus versos se deduce que era alsaciano. En La túnica, en efecto, imaginando que hace una visita a Venus, le describe a esta diosa el «nuevo amor» tal como era practicado en Alsacia. El poeta canta, en efecto, el «amor»; pero no ya en el sentido caballeresco e idealista de los antiguos Minnesánger: de acuerdo con el nuevo gusto, sus representaciones ale­góricas son satíricas y caricaturescas.

El nombre de Altswert equivale, poco más o menos, a «Valía de la vejez» y se enlaza con un elogio que hace de los amantes anti­guos en relación con los jóvenes. En El te­soro de la virtud, Altswert se da, en cambio, el nombre de Niemand (Nadie).

M. Doná

Johannes Althusius

(Altusio, Althus o Althusen). N. en Diedenhausen (Alema­nia) en 1557 o, según recientes indagacio­nes, en Ostfristland en 1556; m. en Emden en 1638.

No son muchos los estudios que se han hecho sobre su vida y, en el estado actual de los documentos, pocos son los puntos de referencia seguros. Recibió edu­cación en Basilea y en Ginebra, y en esta última ciudad fue discípulo, desde 1586, de Dionisius Godofredus: es precisamente en este ambiente ginebrino donde queda im­pregnado de la cultura y de la concepción calvinista que dejará para siempre una fuerte huella en su obra.

A partir de 1590, enseñó en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Herborn; salvo algu­nos breves períodos, durante los cuales pro­fesó en Steinfurt y en Siegen, permaneció en aquella Universidad hasta 1604, año en que el nombramiento de alcalde de la ciu­dad de Emden determinó una transforma­ción radical en su vida.

No fue ciertamente ajena a tal nombramiento la publicación, en 1603, de su obra fundamental Política metódicamente expuesta (v.). Se trataba de una sustancial revalorización del concepto de soberanía popular, de una rígida teori­zación de los derechos del individuo frente al Estado y al príncipe, de una crítica explí­cita de las teorías absolutistas de Bodin.

Althusius se insertaba, con esta obra, en la co­rriente de los «monarcómacos», que reivin­dicaban — y llevaban quizá sus teorías hasta sus últimas consecuencias — la subordina­ción del poder estatal a la voluntad de los ciudadanos agrupados.

A partir de 1604, Althusius se convirtió, como alcalde, en «el alma de la política ciudadana» y luchó por los dere­chos de la burguesía y del pueblo, tratando de poner en práctica, aunque en un am­biente reducido, aquellos principios que hasta entonces habían vivido solamente de un modo teórico.

Conservó el cargo, y una notable influencia en la ciudad, hasta el año de su muerte. Las demás obras impor­tantes de Althusius son: lurisprudentiae romanae methodice digestae libri II (Basilea, 1586); Civilis conversationis libri II (Hanau, 1601); Dicaelogiae libri III totum et universum ius, quo utimur, methodice complectentes (Her­born, 1617).

B. De Giovanni

Francesco Alunno

Nacido en Ferrara alre­dedor de 1485, m. en Venecia en 1556. Su verdadero nombre era Bailo.

Dedicado a¡ los estudios humanísticos, compiló gramá-‘ ticas y glosarios que figuran entre los primeros de la lengua italiana. Fue también calígrafo y es famoso el regalo entregado a Carlos V, en Bolonia, de todo el Credo y el primer capítulo del Evangelio de San Juan, escritos en las caras de una moneda.

Dejó un libro de Osservazioni sopra il Pe­trarca y otro sobre Riquezas del idioma vulgar (v.), que sustancialmente son glosa­rios en los que aparece una tentativa de sistematización gramatical, intento realizado de un modo más amplio y metódico en la Fábrica del mundo (v.).

C. Cremonesi