Salomon August Andrée

Nacido el 18 de octubre de 1854 en Gränna (Jönköping), desaparecido en el Ártico en julio de 1897.

Ingeniero y explorador polar, estudió en el Politécnico de Estocolmo. Participó en la expedición meteorológica a las Spitzberg en 1882-83, dirigiendo las observaciones aeroeléctricas.

Después de estudiar aeronáutica, realizó con el globo «Svea», que le había vendido el francés G. Yon, nueve logrados viajes aéreos, entre otros la travesía del Báltico, desde Estocolmo hasta el archipié­lago finés (19-X-1893) y de Göteborg a la isla de Gotland (19-XI-1894).

El 15 de fe­brero de 1895 propuso a la Academia sueca de Ciencias un plan de exploración de la región polar ártica en globo dirigible. Con la ayuda de 130.000 coronas que obtuvo del rey Oscar, de A. Nobel y de otros, mandó construir en París (Officine Lachambre) un aeróstato de 4.500 m.3, que bautizó con el nombre de «ornen» (El águila). Vientos contrarios le impidieron partir en 1896.

Re­novó la tentativa en 1897 con A. Strind­berg y K. Fraenkel. La cañonera sueca «Svenskund» trasladó el material a la isla de los Daneses y el 11 de julio de 1897 se levantó el «Örnen», se dirigió hacia el NE. y desapareció para siempre.

Las últimas no­ticias de la expedición, traídas por una pa­loma mensajera, anunciaban que el 13 de julio a las 12’30 horas el «Örnen» se encon­traba a 82° 2′ de lat. N. y a 15° 5′ de long. E. Fue vana toda tentativa de búsqueda del aparato y de los exploradores.

Se supone que el «Örnen» cayó entre las Spitzberg, la Tierra de Francisco José y Nueva Zembla. Su Diario de viaje, anotado hasta poco an­tes de su muerte, fue publicado en la obra Con el «Águila» hacia el Polo (v.).

C. Picchio

Olegario Víctor Andrade

Poeta y pe­riodista argentino n. en Alegrete (Brasil) en 1839 y m. en 1882. Era hijo de emigrados políticos.

Hiperbólicamente, podríamos lla­marlo «el verbo de la elocuencia poética», por la sonoridad, ampulosidad y grandilo­cuencia de un poeta que no era, paradóji­camente, orador. Estudió en el Colegio Na­cional de Concepción, del Uruguay, pero no terminó sus estudios y se entregó al periodismo en diversos periódicos de Entrerríos y en su Tribuna Nacional de Buenos Aires.

Fue secretario de Derqui y diputado nacio­nal, y defendió la política de Urquiza y de Roca, quien pronunció la oración fúnebre ante su tumba y dispuso que se publicaran sus Obras poéticas (1887).

Éstas fueron ree­ditadas en 1943 por la Academia Argentina de Letras, con prólogo de Eleuterio F. Tiscornia. Discípulo romántico de Víctor Hugo, a quien canta con apasionado fervor en una de sus composiciones, habría que pre­guntarse si leía también con frecuencia a Manuel José Quintana.

Su poesía más cele­brada es la que se titula El nido de cón­dores (v.), pero son también muy conoci­dos los poemas Atlántida, canto a la raza latina, y Prometeo, verdadero canto a la humanidad: estos dos poemas gustaron mu­cho a Menéndez Pelayo y fueron causa principal de que Juan Valera calificara su poesía de «sublimemente didáctica».

Otras composiciones suyas son: San Martín, La noche de Mendoza, El arpa perdida (elegía con motivo de la muerte en naufragio del poeta Esteban Luca), Paisandú (himno al heroísmo uruguayo frente a los brasileños) y La vuelta al hogar, más lírica e íntima que sus demás composiciones.

Más épico que lírico, más retórico y elocuente que profundo, Andrade es un poeta de lenguaje meta­fórico, patriota, liberal, culto, romántico y altisonante.

J. Sapiña

Pero de Andrade Caminha

Nacido alre­dedor de 1520, no se sabe si en Oporto o en Lisboa; m. en 1589 en Vila Vicosa. Fue seguidor de la escuela italiana, juntamente con Sá de Miranda, Antonio Ferreira, Diogo Bernardes, Luis de Camoes.

Hijo de Joáo Caminha, camarero de doña Isabel, duquesa de Braganza, pasó la vida sin episodios de interés particular. Realizó sus estudios en la Universidad, no se sabe si antes o des­pués de que fuera trasladada (1537) de Lis­boa a Coimbra.

Entró después a formar parte, como camarero mayor, en la casa del infante don Duarte, hijo del rey Ma­nuel, permaneciendo en tal cargo largos años. En 1576, cansado evidentemente de la vida de corte, se retiró al palacio ducal de Vila Vigosa, aceptando el modesto cargo de alcalde de Celorico de Basto y atendiendo con gran cuidado a la composición de sus Poesías (v.), publicadas después de su muer­te, mientras una buena pensión le quitaba toda preocupación económica.

G. C. Rossi

Francisco de Andrade

(F. de Paiva de Andrada). Historiador y poeta portugués, n. en Lisboa hacia 1540; m. en la misma ciudad en 1614.

Hermano del anterior, suce­dió a Castillo en el cargo de cronista mayor del reino y de guardián de los archivos de la Torre do Tombo de Lisboa. Dejó nume­rosas obras históricas y poéticas,, algunas de las cuales permanecen inéditas: entre las principales, Filomena de S. Bonaventura, poemita en tercetos, traducción de un texto latino (Lisboa, 1561); Crónica do valeroso principe… Jorge Castrioto, senhor dos Epirenses ou Albaneses… (Lisboa, 1567); O primeiro cerco que os turcos puseram a forta­leza de Diu (Coimbra, 1589) (v. El primer cerco de Diu), poema épico en veinte can­tos, en que se basa su fama como poeta, y la Crónica do muito alto D. Joao III (Lis­boa, 1613), que es quizá su obra más valiosa.

A él se debería, según afirma el conde de Ericeira, la primera edición de la Peregrinaçao (v. Peregrinaciones) de F. Mendes- Pinto.

L. Stegagno Picchio

Sherwood Anderson

Nacido en Camden (Ohio) el 13 de septiembre de 1876, m. en Colón (Panamá) el 8 de marzo de 1941. Su madre era de origen italiano y su padre se complacía en narrar a su hijo fantásticos e imaginarios episodios de su vida que, se­gún confesión del propio Anderson, sirvieron para encaminarle más tarde por el camino de la narrativa.

La familia pasaba frecuentemen­te de una localidad a otra de Ohio, por lo que la educación del muchacho quedó inte­rrumpida a veces y no fue sistemática. A partir de los 14 años dejó de asistir a la es­cuela, excepto un breve período de estu­dios en el Wittenberg College.

Combatió en Cuba durante la guerra hispanoamericana y a su regreso se hizo administrador de una fábrica de barnices en Elyria (Ohio). Un día se marchó sin avisar a nadie y se dirigió a Chicago, donde vivió con su her­mano Karl y se empleó en una empresa publicitaria.

Había iniciado ya su colabora­ción en el Dial y en The Little Review; los escritores del «grupo de Chicago» — Floyd Dell, Cari Sandburg, Theodore Dreiser — ayudaron a Anderson a publicar sus primeros libros.

Winesburg, Ohio (1919, v.), una colección de insólitos cuentos realis­tas, le aseguró la fama, así como Risa negra (1925, v.), una novela mediocre, que fue su único éxito financiero. En sus obras se ocu­pó de modo extenso, aunque no exclusi­vamente, de cuestiones sexuales.

Ello le valió el algo inmerecido renombre de autor escabroso. En realidad, parece haber sido él el primer escritor americano de los tiempos de Whitman que afrontó con com­prensión humana el tema de la sexuali­dad y de sus consecuencias en los adoles­centes.

En 1921 ganó el premio literario del Dial, e inmediatamente marchó a Europa y después a Nueva Orleáns, donde vivió durante algún tiempo con William Faulkner, y de allí a Nueva York, donde parti­cipó en el movimiento literario y social re­presentado por New Masses, The Seven Arts, The Nation y The New Republic, junto con Van Wiyck Brooks, H. L. Mencken, Waldo Frank y otros.

Su estilo es sencillo, ex­presa sentimientos confusos y la rebelión contra el conformismo social; pero se le ve lleno de ternura por los personajes des­critos, que parecen extraviados en la vio­lencia de la industrialización americana. Empleó los últimos años de su vida, a par­tir de 1924, en dirigir dos diarios de Marión (Virginia); se casó cuatro veces.

Sus obras comprenden El hijo de Windy McPherson [Windy McPhersorís Son, 1916]; Pobre blanco [Poor White, 1920]; El triunfo del huevo [The Triumph of the Egg, 1921], y una autobiografía en tres volúmenes. Expresó en una ocasión su punto de vista sobre la misión del escritor del siguiente modo; «El narrador debe ocuparse de la vida, de la vida en su tiempo, de la vida como la sien­te, como la huele, como la saborea. No le corresponde ciertamente a él hacer la revo­lución».

L. R. Lind