Nacido el 9 de agosto de 1871 en Orel, m. el 12 de septiembre de 1919 en Kuokkala (Finlandia); fue, bien como narrador, bien como dramaturgo, uno de los más característicos escritores rusos de finales del siglo XIX y comienzos del XX.
Licenciado en Derecho (1897) en Moscú, se pasó al campo literario, precisamente en el momento en que se dibujaba el éxito de Gorki y fue, a pesar de su amistad personal, el rival más calificado de éste, manteniéndose durante algún tiempo en un extraño equilibrio entre las dos corrientes predominantes, la del realismo, de la que Gorki era el máximo exponente, y la más compleja y confusa del simbolismo.
Su vida es pobre en acontecimientos, si se exceptúan, por una parte, las reuniones en que tomó parte y que organizó en su propia casa de Petrogrado, de adheridos al movimiento revolucionario, y, por otra, su participación en grupos editoriales importantes de su tiempo.
La actividad literaria lo absorbió por completo, y dadas las múltiples experiencias psicológicas y artísticas de que ella es muestra, se podría decir que su vida se hallaba concentrada en la de sus personajes, a los que, sin embargo, poco pudo dar de sus propias experiencias si se exceptúa la juvenil de una tentativa de suicidio por desilusión amorosa.
La atención del público y de la crítica empezó a centrarse en sus relatos entre los años 1898 y 1901, cuando apareció la narración Había una vez, que continúa siendo una de sus mejores obras, aunque el favor del público se inclinó, al parecer, hacia sus nuevas obras El abismo (v.) y En la niebla, de 1902, en las que se afronta atrevidamente el problema sexual —una de las famosas «cuestiones malditas» de la «intelligentzia» rusa—, y en Los siete ahorcados (v.), de 1908, en la que se presenta el problema político en sus aspectos sociales y morales, mientras aparece el problema de la guerra en Risa roja, en una atmósfera de pesadilla y de horror de excepcional eficacia.
Durante este período, que fue el de mayor auge en su actividad literaria, Andreiev empezó a escribir también para el teatro. Su primer drama, En las estrellas, apareció en 1906, y fue seguido a poca distancia de otros varios hasta El que recibe las bofetadas (v.), de 1914.
Más que en el género narrativo es en el dramático donde se revela la duplicidad artística y espiritual del escritor. El drama más característicamente simbólico, La vida del hombre (v.), de 1906. que afirmó su fama, especialmente en el extranjero, hubiera querido ser también una toma de posición del pesimismo andreieviano; pero hoy se nos aparece más como un hábil juego dialéctico que como creación artística de una concepción filosófica.
Lo mismo puede decirse de Anatema, de El océano (v.), de Las máscaras negras. No, en cambio, de los dramas de fondo realista, por ejemplo, Savva y Anfisa (v.), en los que la dirección simbolista cobra su verdadero significado. Escritor que tendió siempre a «límites extremos», Andreiev, a pesar de su gran capacidad, falló en buena medida, precisamente por esta tendencia suya que le hizo caer en el artificio, bien sintetizado por Tolstoi en la frase: «Andreiev quiere hacerme miedo, pero yo no tiemblo».
E. Lo Gatto
