Per Daniel Amadeus Atterbom

Poeta e historiador sueco, n. el 19 de enero de 1790 en Asbo en Ostergótland, m. en Upsala el 21 de julio de 1855.

Ingenio muy precoz, se formó con los prerrománticos suecos y so­bre el pensamiento estéticomístico alemán de Schleiermacher, Tieck, Schlegel y Schelling, escritores que conoció personalmente durante un viaje a alemania e Italia (1817- 18); dirigió, junto con el cenáculo litera­rio, La aurora [Aurorafórbundet], la po­lémica romántica contra el racionalismo y el clasicismo franceses.

Profesor en Upsala, primero de filosofía y más tarde de estética y literatura, trató en sus poemas dramáti­cos a lo Tieck, El pájaro azul (v.) y La isla de la felicidad (v.), los más lánguidos y abigarrados temas del romanticismo, entre los cuales no faltan los de ambiente italia­no.

En publicaciones periódicas: Fósforo [Phosphoros, 1810], Calendario poético [Poetisk Kalender, 1810-22], Diario sueco de li­teratura [Svensk litterarturtidning, 1813-24], expuso también su pensamiento mixto de cristianismo y helenismo, de supersticioso conservadurismo y teosofía.

También en sus escritos sobre la literatura sueca, Profetas y poetas suecos [Svenska siare og skalder, 341-55], Ensayos de estética [Aesthetiska afhandlingar, 1826], muestra lo que constituyó su fuerza poética: una gran sensibilidad lírico-musical, que en los momentos de más alta inspiración produjo páginas llenas de genuina «Sehnsucht» romántica, de nostál­gico deseo de un mundo de pura fantasía.

M. Gabrieli

Ateneo

De la vida de Ateneo sólo conoce­mos los poquísimos datos suministrados por su obra. N. en Naucratis (Egipto), marchó después a Roma, en tiempos del emperador Cómodo, mencionado como contemporáneo suyo (XII 537 f), y vivió también muchos años después de la muerte de aquél.

Flo­reció entre el final del siglo II y los co­mienzos del III d. de C. Su formación de gramático y de sofista supone lecturas muy extensas, porque es de presumir que había leído, si no todas las dispares obras citadas por él, por lo menos una amplísima parte de ellas.

Escribió un libro De los reyes de Siria y un estudio monográfico sobre un pasaje del comediógrafo Arquipo. Su obra principal es Dipnosofistas (v.) o los Sabios en el banquete, de la que se puede sacar una cronología relativa con alguna proba­bilidad.

En efecto, si puede identificarse al gramático Ulpiano, que aparece en el ban­quete como jefe del festín, como el célebre Ulpiano de Tiro (el jurista que llevó a cabo las reformas de Alejandro Severo y fue muerto en un motín de la guardia imperial en el año 228 d. de C.), la obra hubo de ser terminada antes de esta fecha.

Efecti­vamente, Ateneo alude a la muerte de Ulpiano, si bien nada dice de sus trágicas circunstancias (XV 686 c). La obra está relacio­nada con toda aquella tradición de litera­tura convivial que tuvo en el Banquete (v.) de Platón su expresión más perfecta, y que continuó con el Banquete (v.) de Jenofonte, los de Plutarco y el de Lucia­no.

Si Platón y Jenofonte habían captado un solo momento del banquete, el de la libación (potos), Ateneo, por el contrario, des­cribe también el momento anterior, el del banquete propiamente dicho (deipnon); pero le falta la dramática vivacidad de Platón y el pintoresco realismo de Jenofonte.

El banquete se celebra en Roma con ocasión de las fiestas Parilia (VIII 361 f): los sabios que toman parte en él discuten sobre los más variados temas, excepto de política, porque Ateneo y sus amigos respiran el aire de la «pax romana» y son todos conformistas.

La obra tiene una inestimable importancia a pesar de su prolijidad; sin ella, carece­ríamos de capítulos enteros de historia y de vida helenísticas, y todavía menos sabría­mos de la comedia media y de la nueva.

Los Dipnosofistas caen también dentro de la gran tradición lexicográfica que va desde las obras de Aristarco al Léxico (v.) de Suidas: es muy apreciada, en efecto, su contribución a la lexicografía.

M. T. Chianura

Tito Quincio Atta

Sólo sabemos de su vida que murió en el 77 a. de C. y que fue sepultado en la Vía Prenestina a las puertas de Roma.

Su nombre va unido a la deca­dencia de las comedias de ambiente y tema romanos, llamadas «togadas», de las que fue el último autor. Todo lo que queda de su obra —12 títulos y escasos fragmentos (v. Togadas) — no nos permiten juzgarla.

Algu­nos testimonios nos hablan de sus éxitos y de las aplaudidas interpretaciones que dio a sus personajes el actor Roscio. Todavía en tiempos de Augusto tenía admiradores. Varrón lo elogia por el relieve que dio a los caracteres y Frontón por el brío con que retrata la vida femenina.

Farid al-Din ‘Attar

Nacido durante la pri­mera mitad del siglo XII en Nishapur, don­de m. hacia 1229-30. Poeta persa, cantó a los hombres y las doctrinas del misticismo islámico denominado sufismo.

Como indica su apelativo «‘attar», fue también herbola­rio, y posiblemente médico. Ello es cuanto sabemos acerca de su vida externa ante­rior a las vicisitudes sufridas en sus últimos años. Aunque no adscrito a ninguna her­mandad súfica, se apasionó por las lecturas religiosas: de ser ciertas sus afirmaciones, descubrió un millar de libros referentes a profetas y santos, y dedicóse por espacio de 40 años a reunir versos y anécdotas de sufíes (v. Tadkirat al-Awliyā’).

Su obra se basa en temas biográficos y de divulgación, unidos a una lograda inspiración narrativa a la cual se deben llāhī-Nāme (v.) y Mantiq al-Tayr (v.), y evoluciona luego hacia espe­culaciones filosóficas de fondo panteísta, en las que eleva casi a la categoría de divini­dad al cuarto califa Alí, objeto de especial veneración por parte de los musulmanes chiítas.

La simpatía hacia la causa de éstos que manifestó en los últimos años de su existencia, posiblemente en parte como re­acción contra los turcos de fe sunnita, le proporcionó momentos difíciles: un muftí de Samarcanda declaró herético uno de sus li­bros, que fue quemado; además, invadida y saqueada su casa, hubo de huir y refu­giarse en La Meca.

Con su obra, muy leída e imitada, ‘Attar contribuyó a infundir una fisonomía esencialmente religiosa a la lite­ratura persa y, por consiguiente, asimismo a la turca y a la india musulmana.

A. Bombaci

Atenágoras

Apologeta cristiano griego del siglo II, conocido como autor de una Embajada en favor de los cristianos (v.) dirigida (hacia el 177) a los emperadores Marco Aurelio y Cómodo, y de un tratado La resurrección de los muertos (v.).

Citado en primer lugar por Metodio de Olimpo (siglos III-IV), bien pronto desaparecen sus huellas de la tradición literaria hasta que es descubierto de nuevo y transcrito (914) por el obispo Areta de Cesárea, de cuya co­pia se derivará la subsiguiente tradición manuscrita.

Era de origen ateniense, quizá el mismo Atenágoras al que el filósofo griego Boeto dedicó su Sobre algunas expresiones difí­ciles en Platón, recordado por Focio (Biblio­teca); desconocemos cualquier otra circuns­tancia de su vida.

Noticias antiguas (Filipo de Cide, siglo V) y deducciones modernas (T. Zahn), que tienden a colocar a Atenágoras en relación con la escuela cristiana de Alejandría, esperan todavía una confirmación o un apoyo más decisivo para sus argumen­tos.

Atenágoras da pruebas de moderación y de sim­pática comprensión hacia la filosofía y cul­tura paganas, de las que muestra suficiente conocimiento; estilo y lenguaje reflejan su educación ática.

En la doctrina trinitaria, se muestra muy próximo a San Justino y a los demás apologetas; el Hijo está en Dios desde la eternidad, como mente y razón, o Verbo, engendrado, pero no creado, por la creación del mundo. Da una demostración de carácter racional de la unidad de Dios y de la resurrección e insiste sobre la ética del cristianismo.

G. C. Martini