Nacido durante la primera mitad del siglo XII en Nishapur, donde m. hacia 1229-30. Poeta persa, cantó a los hombres y las doctrinas del misticismo islámico denominado sufismo.
Como indica su apelativo «‘attar», fue también herbolario, y posiblemente médico. Ello es cuanto sabemos acerca de su vida externa anterior a las vicisitudes sufridas en sus últimos años. Aunque no adscrito a ninguna hermandad súfica, se apasionó por las lecturas religiosas: de ser ciertas sus afirmaciones, descubrió un millar de libros referentes a profetas y santos, y dedicóse por espacio de 40 años a reunir versos y anécdotas de sufíes (v. Tadkirat al-Awliyā’).
Su obra se basa en temas biográficos y de divulgación, unidos a una lograda inspiración narrativa a la cual se deben llāhī-Nāme (v.) y Mantiq al-Tayr (v.), y evoluciona luego hacia especulaciones filosóficas de fondo panteísta, en las que eleva casi a la categoría de divinidad al cuarto califa Alí, objeto de especial veneración por parte de los musulmanes chiítas.
La simpatía hacia la causa de éstos que manifestó en los últimos años de su existencia, posiblemente en parte como reacción contra los turcos de fe sunnita, le proporcionó momentos difíciles: un muftí de Samarcanda declaró herético uno de sus libros, que fue quemado; además, invadida y saqueada su casa, hubo de huir y refugiarse en La Meca.
Con su obra, muy leída e imitada, ‘Attar contribuyó a infundir una fisonomía esencialmente religiosa a la literatura persa y, por consiguiente, asimismo a la turca y a la india musulmana.
A. Bombaci

