Johann Jakob Bachofen

Nacido el 22 de diciembre de 1815 en Basilea, m. el 25 de noviembre de 1887. Hijo de una familia pa­tricia, estudió filología y derecho en su ciu­dad natal, en Gotinga y en Berlín, y tuvo por maestros a Savigny, Eichhorn y Böckh.

En 1841 fue nombrado profesor de derecho romano de la Universidad de Basilea, y en 1844 consejero del tribunal de apelación. Amigo y admirador del docto epigrafista zuriqués Gaspar von Orelli, italianista y fer­viente partidario de Vico, realizó diversos viajes a Italia y estuvo dos veces en Nápoles (1843 y 1851), donde conoció a estudio­sos locales, entre ellos al arqueólogo Agos­tólo Gervasio, con quien mantuvo una lar­ga relación.

Publicó al principio numerosas disertaciones sobre temas romanos llevadas a cabo con el riguroso método filológico de la escuela de Savigny. Aparecida la Histo­ria de Roma (v.) de Mommsen, Bachofendio a la luz una Geschichte der Römer que inicia la polémica contra la filología metódica. En 1858 entregó a la imprenta su importante obra acerca del Matriarcado (v.), publicada en 1861 y en la cual presenta uno de los descubrimientos más interesantes de la etno­logía y la sociología: la idea matriarcal, que sitúa en el origen de la familia a la madre, factor innegable de la generación, y de­fiende la existencia de una primitiva cul­tura etónica o femenina opuesta a la posterior uránica o masculina.

A continuación apareció Ensayo sobre el simbolismo sepul­cral de los antiguos [Versuch über die Grabersymbolik der Alten, 1861]: a la piedra que indica el lugar de la sepultura vincula Bachofen el primer culto, a la construcción sepul­cral el edificio religioso más antiguo y al embellecimiento de la tumba el principio del arte y de la ornamentación.

Las ideas del autor, largo tiempo relegadas al olvido, aparecieron nuevamente en la obra del norteamericano Lewis H. Morgan, Ancient Society (1877), y de ella pasaron a los teó­ricos del marxismo Engels, Kautsky y Bebel, quienes las aprovecharon para sus trabajos sobre el origen de la familia y de la pro­piedad.

Estudios etnológicos posteriores pu­sieron de relieve los errores de Bachofen. Sin em­bargo, todavía muy recientemente los filó­sofos y sociólogos del Círculo de Munich Schuler y Klages encontraron en las teorías citadas un argumento para su oposición al intelectualismo.

M. Spagnol

Badaráyana

Desde Sankara en ade­lante fue considerado autor del Brahmasūtra (v.), texto donde se halla expuesta la doctrina fundamental del Uttaramīmāmsā o Vedānta, o sea del idealismo indio, siquiera en esta obra su nombre aparezca citado con­tinuamente en tercera persona y ello pueda inducir a negar a Badaráyana la paternidad de la misma.

Algunos de los filósofos vedantistas le identificaron con Vyāsa, el mítico autor de la epopeya nacional y de los Purāna, y otros, entre ellos Rāmānuja, Madhva, Vallabha y Baladeva, atribuyeron concreta­mente a este último la composición de los diversos aforismos del Brahmasutra. La fe­cha resulta muy incierta; la forma en que el texto ha llegado hasta nosotros corres­ponde posiblemente a los primeros siglos de nuestra Era.

O. Botto

Roger Bacon

Nacido en los alrededores de Ilchester hacia 1210-14 y m. poco después de 1292 (según muchos historiadores, hacia 1294).

Ingresado en la Orden franciscana, estudió en Oxford con ilustres maestros, como Adán de Marsh y Robert Grosseteste, por quien sintió siempre una gran admira­ción y algunas de cuyas audaces ideas sobre el carácter matemático de las ciencias natu­rales adoptó.

Hombre de gran cultura —in­dudablemente uno de los más sabios de su época—, muy interesado en los problemas científicos de la naturaleza, no ajeno a la alquimia (y por ende, como todos los al­quimistas, sospechoso de magia, brujería y tratos con el diablo) y dado a la polémica violenta, que dirigió incluso contra los per­sonajes más célebres de su época (no aho­rró, por ejemplo, los ataques a Alberto Mag­no), atrájose muy pronto la antipatía de la Universidad y de su misma orden, de suer­te que hubo de abandonar Oxford y con­tinuar sus estudios universitarios en París, donde, según parece, únicamente le resul­taron provechosas las enseñanzas del lógico Guillermo de Shyreswood.

Permaneció en la capital de Francia entre 1242 y 1250 poco más o menos, y luego volvió a Oxford; aquí, entre enemistades, sospechas y persecucio­nes, dedicóse hasta 1257 a la función do­cente. Después, privado de la enseñanza y de la publicación de cualquier texto, re­gresó a la sede parisiense de su orden, don­de se le vigiló estrechamente.

Sin embargo, en 1265 subió al solio pontificio, con el nombre de Clemente IV, un amigo y admirador de Bacon, Guy Foulques, el cual no sola­mente le tomó bajo su protección, sino que incluso le encargó la redacción de una obra susceptible de ser empleada como base para la reforma de la enseñanza eclesiástica de las ciencias.

Y así, de 1267 a 1268 envió al papa los tres famosos textos Obra mayor (v.), Obra menor (v.) y Obra tercera (v.), que le procuraron una gran celebridad y al mismo tiempo numerosas antipatías; és­tas, empero, no alcanzaron un carácter gra­ve hasta después de 1277 (Clemente IV ha­bía muerto en 1268), época en la cual va­rias de sus tesis fueron condenadas por el obispo de París, Tempier.

Ello dio lugar al encarcelamiento de Bacon, que duró aproxima­damente hasta 1292, fecha de la composi­ción de su último texto, el Compendium studii theologiae. A partir de entonces no hay ya más noticias sobre el autor, que de­bió de morir poco después.

G. Preti

Johann Sebastian Bach

Nacido el 21 de marzo de 1685 en Eisenach y m. el 28 de ju­lio de 1750 en Leipzig. Bach, cuya obra per­maneció casi olvidada hasta unos ochenta años después de su muerte, fue luego universalmente reconocido como uno de los mayores genios de la música aparecidos ja­más sobre la tierra.

Descendía de una fami­lia turingia de antigua tradición musical que había producido ya figuras notables como Johann Christoph y Johann Michael, primos de su padre Ambrosius. Último de los ocho hijos de éste y de Isabel Lámmerhirt, Bach recibió las primeras enseñanzas musicales de su progenitor, músico muni­cipal de Eisenach, y de su tío Johann Chris­toph.

A los diez años quedó huérfano de padre y madre, y fue confiado a los cui­dados de su hermano mayor Johann Chris­toph, organista de Ohrdruf, quien no pa­rece haber realmente comprendido su pre­coz talento. Por lo demás, Bach no contó con verdaderos profesores; y, así, fue formán­dose él mismo en el estudio de los composi­tores principales y secundarios y de las tra­diciones musicales más importantes de toda Europa, y a través del conocimiento directo de insignes intérpretes, sobre todo organis­tas, a cuyos recitales asistía; oyó tocar, pro­bablemente, a Bóhm en Luneburgo — adon­de se trasladó en 1700 para ingresar en el coro de la Michaelisschule—, y, con posterioridad a esta fecha, a Reinken en Hamburgo, y a Buxtehude en Lübeck.

Desde Luneburgo, además, dirigióse varias veces a Celle, junto al duque de Hannover, y posiblemente colaboró asimismo en su capilla musical; sea como fuere, allí tuvo ocasión de conocer ampliamente la música francesa para el clavicémbalo y de ópera, singular­mente la de Couperin y Lully. Siguió cur­sos de estudios generales en el liceo de Ohr­druf y en Luneburgo, y conoció también la lengua latina, como se desprende de mu­chas de sus cartas, escritas en una curiosa mezcolanza de latín y alemán.

Sin embargo, más que los estudios literarios parecen ha­ber dejado notable huella en su espíritu los de teología, que, como buen luterano orto­doxo, no abandonó jamás. La pericia muy pronto alcanzada en las distintas ramas de la interpretación musical — clavicémbalo, órgano, violín, dirección coral — no tardó en procurarle colocaciones adecuadas. Y así, tras el período de Luneburgo estuvo durante algunos meses del 1703 en Weimar, como violinista, y luego, probablemente, como or­ganista en la capilla particular del príncipe de Sajonia-Weimar.

En el verano de este mismo año pasó a Amstadt en calidad de organista de la «Nueva Iglesia», cargo que desempeñó hasta 1707. A tal época pertene­cen sus primeras obras notables, como el Capricho en el alejamiento del hermano, compuesto en 1704 y, según parece, en oca­sión de la partida de su hermano Johann Jacob para Suecia; del mismo período son también algunas piezas para órgano y, pro­bablemente, la primera de las Cantatas (v.) sacras sobre el texto Denn du wirst meine Seele nicht in der Hollé lassen.

Durante su estancia en Arnstadt, además, realizó, en 1705, el famoso viaje a pie (de más de 400 kilómetros), posiblemente para oír al insigne organista y compositor Dietrich Bux­tehude, cuyos célebres divertimentos mu­sicales denominados «Abend-Musiken» (lite­ralmente: músicas nocturnas) ofrecían para el joven Bach un atractivo especial; sin duda, el contacto con este músico, de quien Bach podría haber recibido quizá algunas leccio­nes, ejerció una influencia notable en el desarrollo del gran genio, sobre todo en cuanto a la música para órgano y a las for­mas de preludio, fuga, pasacalle y chacona.

La ausencia del organista a que el viaje dio lugar se prolongó por espacio de cuatro meses, hasta febrero de 1706, y, sea como fuere, mucho más allá de los límites del per­miso concedido; por esta y otras causas, las relaciones de Bach con las autoridades de Arnstadt empeoraron, aun cuando no se le hizo objeto de sanciones materiales, sino únicamente de advertencias y reprensiones.

Por fin, en 1707 pudo el joven músico li­brarse de tan ingrata situación aceptando el puesto de organista de la iglesia de San Blas, en Mühlhausen, donde ocupóse tam­bién de música vocal; allí cuidó, además, de la restauración del órgano, reformó el coro y la orquesta, e inició la actividad docente, en la que tuvo como discípulo a J. M. Schu­bert, que le guardó un intenso afecto. En Mühlhausen, finalmente, formó su nido fa­miliar: en octubre de 1707 casóse con su pri­ma en tercer grado María Bárbara, hija del músico ya citado Johann Michael Bach y a la cual conoció en Arnstadt.

De ella ten­dría siete hijos, de los cuales fueron apre­ciados compositores los dos primeros: Friedemann (1710 – 84) y, singularmente, Karl Philipp Emmanuel (1714-88), quien contri­buyó de manera notable al desarrollo de la sonata. Durante su estancia en la mencio­nada ciudad, que abarcó poco más o menos un año, compuso Bach algunas cantatas sacras, entre ellas la denominada Actus tragicus, muy importante.

En junio de 1708 volvió a establecerse en Weimar, esta vez como orga­nista y músico de cámara (Kammermusikus) de la capilla palatina del duque regente Wilhelm Ernst; hasta 1717 desempeñó tales cargos, a los que en 1714 añadióse el de «Konzertmeister», o sea violín solista de la orquesta y vicemaestro de capilla del con­junto orquestal de palacio.

Durante los años pasados en Weimar, Bach mantuvo con el in­signe maestro y compositor Johann Gottfried Walther, autor de un interesante lé­xico musical, relaciones de amistad, que in­cluso en el aspecto artístico le resultaron indudablemente útiles, por la experiencia del amigo en el dominio del contrapunto y el coral. En el curso de esta segunda fase del período de Weimar desarrolló también el gran genio una intensa actividad como compositor para órgano (v. Tocatas y Pre­ludios y fugas), evidentemente relacionada con su función fundamental de organista y con el óptimo instrumento en que la desarro­llaba.

Compuso, además, obras para clavi­cémbalo y algunas de sus más bellas Can­tatas, forma en la que experimentó hasta cierto punto la influencia de las caracterís­ticas introducidas en el texto literario por Neumeister y Salomon Franck, debido a las cuales se aproximaba, a causa de la impor­tancia concedida a las arias y recitativos, al estilo vocal italiano del tiempo; cabe recor­dar que, en general, durante esta época Bach fue intensificando el conocimiento de las formas musicales procedentes de Italia, sin­gularmente de las instrumentales, como de­muestran sus transcripciones para órgano y clavicémbalo de obras de Frescobaldi , (de cuyas Flores musicales se conserva todavía una copia manuscrita de Bach firmada por éste en 1714), Legrenzi, Corelli, Albinoni, Vivaldi, etc.

Desde Weimar realizó numerosos viajes, ya para el ensayo de ór­ganos o bien por otros diversos motivos artísticos o profesionales. Estuvo en Kassel, Leipzig, Halle y Dresde; en esta última ciudad la competición anunciada entre Bach y el organista y clavicembalista francés Louis Marchand (1717) quedó interrumpida, según parece, por la retirada del adversa­rio ante la repentina maestría manifestada por el gran genio en la improvisación.

En Weimar desarrolló también una intensa la­bor docente, en cuyo transcurso formó a discípulos como Joh. Caspar Vogler, Joh. Tobías Krebs — acerca de cuyo apellido se atribuye al maestro el gracioso juego de palabras: «En mi riachuelo (Bach) no he pescado sino un cangrejo (Krebs)»—, Joh. Gotthilf Ziegler y su propio sobrino Joh. Bernhard Bach.

En 1717 dejó la corte de Weimar y se dirigió a la del príncipe Leo­poldo de Anhalt-Kothen, donde recibió el cargo de «Kapellmeister» — que, contra sus deseos, no le había sido concedido en su estancia anterior a la muerte del titular Samuel Drese—, y, como dispusiera de un buen conjunto instrumental, vióse particu­larmente estimulado a la composición de obras para instrumentos de arco y para orquesta.

Así nacieron durante esta época las Sonatas y Partitas (v.) para violín solo; las Sonatas para violín y «cémbalo concertado», para violoncelo, para viola de gamba y clavicémbalo; los Conciertos de Brande- burgo (v.), y, posiblemente, las cuatro Ober­turas; otras composiciones de este período son las Invenciones a dos y a tres voces (estas últimas denominadas originariamente Sinfonías) y las Suites francesas (v.), todas ellas para clavicémbalo.

Escasean aquí las Cantatas y las obras para órgano; en com­pensación, Bach parece haber iniciado en Kothen su primera composición coral y sinfó­nica de grandes proporciones, primera asi­mismo en el género del oratorio en su con­cepción más amplia: la Pasión según San Juan (v.). Cabe recordar también las expe­riencias del músico en la fabricación de ins­trumentos especiales, y en particular su in­vento de la «viola pomposa» de cinco cuerdas.

En el curso de estos años realizó también frecuentes viajes por motivos análogos a los del período de Weimar; en 1717 fue a Leip­zig para el ensayo de un órgano, y en 1719 a Halle, donde estuvo a punto de encontrar­se con Händel (lo mismo ocurrió por segun­da vez unos diez años más tarde). También en 1719, y al regresar de un viaje realizado a Karlsbad con el príncipe, halló muerta a su mujer; la pérdida provocó en Bach un do­lor muy profundo, cuya sinceridad no debe ponerse en duda aun cuando sólo dos años después, inquieto por la suerte de los cua­tro hijos que le quedaban de los siete habi­dos, se uniera en segundas nupcias con Ana Magdalena Wülken. La nueva esposa, bien dotada musicalmente, sobre todo para el canto, Je resultó no solamente inmejorable compañera, sino también colaboradora ar­tística (conservamos de su mano la copia de varias composiciones del marido).

De ella tendría trece hijos más, el último de los cuales, Johann Christian (1735-82), denomi­nado el Bach milanés o londinense por ra­zón de los lugares en los que desarrolló su principal actividad, compuso obras muy apreciadas en un estilo algo italianizante que no dejó de influir en Mozart, y dis­frutó entonces de una fama superior a la de su padre.

Recordemos, para terminar este examen de los episodios más importantes de la época de Köthen, un viaje a Hamburgo. donde Bach pudo ver todavía al ya muy anciano maestro Reinken, el cual reco­noció las grandes cualidades de su antiguo discípulo.

Desde 1723 hasta su muerte el genio ocupó en Leipzig el cargo anterior­mente desempeñado por Johann Kuhnau: el de «Cantor» (o sea, poco más o menos, maestro de capilla) de la «Thomasschule», escuela aneja a la iglesia de Santo Tomás. Tal misión implicaba diversas actividades: la composición y dirección de la música para el templo, la instrucción del coro formado por los mismos alumnos del colegio, el puesto de director musical de la Univer­sidad, etc.

En conjunto, este período fue el más fecundo de-la existencia de Bach Aun cuando no le faltaron al gran músico du­rante su transcurso disgustos ni amargu­ras, su inspiración, empero, fluyó abundan­te como nunca, sobre todo en el campo de la música sacra, al cual pertenecen las obras más ilustres de la etapa en cuestión: la Pa­sión según San Juan, posiblemente, como ya hemos dicho, empezada a componer en Kothen; la sublime Pasión según San Ma­teo (v.), el Oratorio de Navidad, la Misa en si menor (v.) y la mayoría de las Cantatas. Entre las composiciones instrumentales del período figuran: Fantasía cromática y fuga (v.), las Partitas y la segunda parte del Clave bien temperado (v.), todas ellas para clavicémbalo; para órgano: numerosos Corales y Preludios y fugas; además, Concier­tos para clavicémbalo y orquesta de cuer­da, etc.

Durante su estancia en Leipzig, Bach no abandonó sus acostumbrados viajes rea­lizados por motivos artísticos o de otro tipo; y así fue a Weimar, Hamburgo y otros luga­res, y estuvo repetidamente en Dresde, don­de conoció a varios músicos, entre ellos, probablemente, en 1731, al célebre compo­sitor Joh. Adolph Hasse, a quien acompa­ñaba su esposa, la cantante italiana Faus­tina Bordoni.

Este matrimonio visitó luego varias veces a Bach en Leipzig, adonde con frecuencia iban también a verle músicos y admiradores. Todo ello indica el notable aumento de su fama, no siempre, empero, proporcionada a la magnitud del genio, por cuanto en él solían apreciarse mucho más sus cualidades de organista, clavicembalista e improvisador que sus merecimientos como autor musical; así lo atestiguan particular­mente las críticas o, mejor, seudocríticas de Mattheson y Scheibe.

Durante la época de Leipzig, Bach dedicóse con singular interés a la actividad de profesor privado; en este aspecto, sus discípulos más asiduos fueron — además de su hijo Joh. Christoph y de otros parientes, como su yerno Altnikol— J. F. Agricola, Doles, Goldberg, a quien de­dicó la célebre Aria con treinta variaciones, Müthel — su último alumno —, etc. En 1747 realizó la famosa visita a Federico II de Prusia en su palacio de Potsdam, donde se encontraba su hijo Karl Philipp Emmanuel; en tal ocasión compuso el repertorio Ofren­da musical (v.) y pudo ensayar los mode­los de piano de macillos construidos por Silbermann. A partir de entonces el gran genio fue perdiendo la vista, excesivamente fatigada por el trabajo, y, tras una opera­ción, quedó ciego.

En el curso de esta dolen­cia compuso todavía, no obstante, El arte de la fuga (v.). Recobró la vista diez días antes de su muerte, y falleció rodeado de sus familiares: la esposa, las hijas, el hijo Joh. Christian (de los veinte nacidos en con­junto de sus dos matrimonios sólo vivían nueve, seis varones y tres hembras), su yer­no y discípulo Altnikol y su otro alumno Müthel.

La obra incomparable de Bach pasó a la posteridad gracias al interés que a ella dedicaron sus hijos y un limitado grupo de discípulos. Casi ignorada por espacio de muchos años, habría de ser revelada a prin­cipios del siglo XIX por la biografía de Forkel y, particularmente, la labor de Mendelssohn, quien dirigió la primera interpre­tación completa de la Pasión según San Mateo en 1829, exactamente cien años des­pués de su composición.

F. Fano

Francis Bacon

Nacido. en el Strand, cerca de Londres, el 22 de enero de 1561, y m. en esta ciudad el 9 de abril de 1626.

Bacon fue el fundador de una vasta enciclopedia del saber, en cuya base ponía la observación experimental y el método «inductivo» acti­vamente entendido, y el fin último de la cual era la sumisión de la naturaleza al dominio del hombre.

Su cultura afianzóse en oposición a la escolástica medieval, a cuya demolición procedió antes de iniciar la fase constructiva de su propia actividad. Era hijo de Nicolás, guardasellos de la reina Isabel, y de Ana Cook, mujer de gran cul­tura y profundamente religiosa.

De su ma­dre heredó el filósofo, posiblemente, un amor innato al saber, y recibió también, sin duda, la afición al estudio; el padre, en cambio, le deparó la ocasión de participar en las vicisitudes de la vida política londi­nense, su admisión, todavía joven, en la corte, y, en fin, su habituación a una exis­tencia de fastos y honores, que muy pronto despertaría en él ambición y sed de poder.

La vida de Bacon, en efecto, aparece caracte­rizada por estos dos motivos fundamentales: el amor a la cultura y el afán de dominio; ambos prevalecieron alternativamente en su espíritu e hicieron de su persona una de las figuras más complejas de la historia mo­derna, destinada a experimentar en sí mis­ma la mutabilidad de la fortuna y a verse vilipendiada y ensalzada al mismo tiempo.

Como cortesano y político, Bacon recibió hono­res y riquezas; pero conoció también el do­lor del fracaso, la humillación provocada por acusaciones infamantes y la tristeza de la miseria; en el estudio, en cambio, halló consuelo y refugio para las adversidades de la suerte y una grandeza imperecedera re­conocida sin vacilaciones por la historia.

Saber y poder: he aquí el binomio que hace comprensibles los altibajos de la existencia de Bacon y constituye como el centro de su pensamiento filosófico. Si en su condición humana alternan la ciencia y la fuerza, en lo que a su filosofía se refiere ambos ele­mentos se unifican y completan en una su­perior concordancia mediante la cual la hu­manidad puede forjar en el saber las armas para la conquista de su propia fortaleza.

En 1573 Bacon fue enviado a estudiar a la Uni­versidad de Cambridge, y durante tres años figuró inscrito en el Trinity College; aun cuando no consiguiera entonces título al­guno, pudo, sin embargo, establecer con­tacto con la filosofía aristotélica, que vio inadecuada a las exigencias de la nueva cultura.

En 1576 dirigióse a Francia para el cumplimiento de una misión que le con­fiara el embajador de Inglaterra en París; aquí permaneció hasta 1579, no sin reci­bir ciertas influencias de la relación enta­blada con los inquietos círculos culturales de la capital francesa. Llamado a la patria por la muerte de su padre, las difíciles con­diciones económicas de la familia le obli­garon a dedicarse a los estudios de juris­prudencia para poder ejercer la abogacía.

En 1580 ingresó en el Gray’s-Inn (colegio instituido para la formación de jueces y abogados), del que fue miembro toda su vida. En 1582 acabó sus estudios de derecho y empezó a buscar con insistencia un puesto bien remunerado, sin abandonar por ello sus aspiraciones científicas, de las que apa­recen ya testimonios en sus obras de juven­tud y en sus primeras manifestaciones como renovador absoluto del saber (Temporis partus maximus, texto perdido).

En 1584 Bacon ingresó en la Cámara de los Comunes, como representante del condado de Middlesex; no obstante, el cargo no le reportó beneficio económico alguno, porque, al mili­tar en la oposición y votar, entre otras deci­siones, contra la Corona en su petición al Parlamento de subsidios para la guerra con Felipe II, acabó por atraerse la enemistad de Isabel.

Acudió entonces primeramente al gran tesorero Burleigh, su tío, y luego a Robert Devereux, conde de Essex, minis­tro y favorito de la reina; obtuvo así algu­nos empleos, pero poco o nada lucrativos. Sus condiciones materiales llegaron a ser tan precarias que en 1598 —ya pesar de la fama de escritor que le diera la publicaciónde los Ensayos (v.), efectuada un año an­tes — viose obligado a recurrir a algunos usureros y acabó encarcelado por deudas.

En 1601 Bacon vislumbró la ocasión de merecer el favor de la reina en la desgracia de su bienhechor, el conde de Essex, debida a la conjura urdida por éste contra Isabel. Como abogado de la Corona, el filósofo sostuvo la acusación contra el antiguo favorito, y con tanta energía que éste fue condenado a muerte, y decapitado el 25 de febrero del mismo año.

A continuación, Bacon, a quien la soberana encargó redactar una apología del proceso, no vaciló en vilipendiar la memo­ria del ajusticiado con una Declaración de las traiciones del conde de Essex [A decla- ration of the Practices and Treasons, etc., of the Earl of Essex], en la que la figura del desaparecido era pintada con odiosos colores.

Ello constituye un punto negro en la vida de Bacon, y él mismo, en una Apología escrita un año después de la muerte de Isa­bel, trató de justificar su conducta vincu­lándola a los deberes de su cargo y a su fidelidad a la Corona. Sin embargo, ninguna excusa puede borrar la mancha de haber aplicado todo su saber y su habilidad en la acusación de su bienhechor, al que causó la deshonra y la muerte.

También aquí el talento de Bacon se convertía en instrumento de fuerza, pero al precio de la ingratitud. De todas formas, la acusación no le reportó los beneficios esperados: en cuanto á la rei­na, consideró poco enérgica la Declaración, y el público juzgó execrable la figura del acusador. La suerte de Bacon mejoró con la llegada de Jacobo I al poder en 1603.

Pro­tegido por el rey y su favorito Georges Villiers, duque de Buckingham, consiguió, por los servicios prestados al Parlamento y a la Corona, los honores más elevados: ob­tuvo primeramente dos pensiones; luego fue nombrado sir; en 1604, consejero real ordi­nario; en 1607, «Solicitor General»; en 1613, «Attorney General»; consejero privado de la Corona en 1616; lord guardasellos en 1617; en 1618, lord canciller y barón de Verulamio, y en 1621 vizconde de St. Alban.

Durante estos años Bacon no abandonó la in­vestigación científica, según lo atestiguan sus numerosas obras. Por aquel entonces iba concretándose el proyecto acariciado por el filósofo desde su permanencia en Cambrid­ge: la Gran instauración (v.), crítica del pasado y, al mismo tiempo, base de una ciencia nueva.

Constituyen respectivamente la primera y segunda partes del plan el tra­tado en inglés On the Proficience and Ad- vancement of Learning, publicado en 1605 y, más tarde, ampliado y traducido al la­tín (v. Dignidad y progreso de las ciencias), y el Novum Organum (v.). Luego, y tam­bién durante el mismo período, compuso una serie de obras comprendidas o no en el conjunto de la Gran instauración: De sa- pientia veterum (1609), Parasceve ad his­toriara naturalem et Experimentalem (1620), Historia del reinado de Enrique VII [The History of the Reign of King Henry the seventh, 1621-22].

Con carácter postumo apa­recieron Docta lectura sobre el estatuto de las costumbres [The LeamecL Reading uponp the Statute of Uses, 1600], Valerius Termi- nus (1603), Partís secundae delineatio et argumentum (1606-07), Cogitata et visa (1607, v.), Redar gutio philosophiarum (1609), De principiis atque originibus (1611- 20), Descriptio globi intellectualis (1612), etcétera. Los honores alcanzados entonces por Bacon no iban a durar mucho tiempo.

Fiel a te Corona y de tendencia aristocrática, apo­yó sin vacilación las pretensiones absolutis­tas del monarca y legitimó las expoliaciones progresivamente realizadas en perjuicio del Parlamento. Cundía el malestar, y la oposi­ción iba actuando ocultamente; y cuando se produjo el estallido, la organización parla­mentaria, al no poder lanzarse contra la persona del rey o la de su favorito lord Buckingham, acusó a Bacon.

Llevado el caso a la Cámara de los Lores, se le incoó un proceso por venalidad y concusión. Durante el juicio, el filósofo, cediendo posiblemente a los ruegos del soberano y del favorito, no trató de volver las acusaciones contra quienes se hallaban por encima de él, antes bien, las aceptó en parte y se confió a la clemencia de la Cámara.

El 3 de mayo de 1621 fue pronunciada la sentencia, que con­denaba a Bacon a una multa de 40.000 libras esterlinas, al cautiverio en la Torre de Lon­dres por el tiempo que el monarca decretase y su separación de la corte y de todos los cargos públicos.

La gracia real mitigó el rigor de la condena, y devolvió al cabo de un mes la libertad al filósofo, que buscó en el estudio consuelo a las adversidades. En el curso de aquellos últimos años pu­blicó una Historia naturalis et experimen- talis ad condendam philosophiam (1622) y una Historia vitae et mortis (1623).

La muer­te le sorprendió mientras se dedicaba a la redacción del amplio repertorio científico Selva de selvas (v.), publicado con carácter postumo en 1627; había enfermado cierto día de clima extremadamente riguroso al pretender experimentar la eficacia de la nieve para la conservación de la carne. En el testamento confiaba su nombre a la pos­teridad: en cuanto a su obra científica, el deseo de Bacon había de quedar satisfecho.

C. Carbonara