Galeotto Manfredi, Vincenzo Monti

Tragedia en cin­co actos, en endecasílabos, de Vincenzo Monti (1754-1828), compuesta en 1788 y representada en el mismo año en el teatro «Valle» de Roma. La acción tiene lugar en Faenza, y se inspira en el odio de Monti hacia ciertos enemigos personales, entre los cuales aparece Lattanzi, personificado en el pérfido Zambrino, mientras que en la figura de Ubaldo Degli Accarisi, fiel con­sejero del señor, el poeta se ha retratado a sí mismo. Galeotto Manfredi, señor de Faen­za, casado con la hija de Bentivoglio, señor de Bolonia, se enamora de una dama de compañía de su mujer, Elisa, y, para alejarla de sí, decide hacerla partir. Pero Zambrino, cortesano traidor, para fomentar los celos de la mujer, Matilde, maniobra de modo que ésta sorprenda a Galeotto en el momento en que está despidiéndose de Elisa. Exasperada por las constantes inci­taciones del cortesano, Matilde acaba ma­tando a su marido, que, ya herido por Zambrino, a su vez ha conseguido alcanzarle con un golpe mortal. Zambrino, mori­bundo, confiesa su trama infame, y Galeotto muere perdonando a Matilde, quien se re­concilia con Elisa.

Monti definía esta obra como una «comedia bastarda»; pero en rea­lidad no carece de pasión. La fuente directa se encuentra en el octavo libro de las His­torias florentinas (v.) de Maquiavelo, donde, empero, se habla de la muerte de Galeotto provocada por Matilde, sin precisar la cau­sa de ello. El poeta la atribuye a los celos, con evidente imitación de Enrique VIII (v.) y de Otelo (v.) de Shakespeare, cuya situa­ción ha invertido.

M. Mattioli

Los Galeotes, Hermanos Álvarez Quintero

Comedia española, en cuatro actos y en prosa, de los hermanos Serafín (1871-1938) y Joaquín (1873-1944) Álvarez Quintero, representada por primera vez en 1900. Don Miguel, librero acomoda­do y contemplativo, encuentra por media­ción de Carita, una pilluela llena de buenas cualidades, a su viejo amigo Moisés Galeo­te, un desgraciado que de peldaño en pel­daño ha descendido a la más negra miseria y, generosamente, se lo lleva a su casa en unión de su hijo Mario y de su hija adop­tiva, que es, precisamente, la pilluela Ca­rita. Don Miguel cree en la posibilidad de una redención, pero los Galeotes, padre e hijo, han descendido aún más moral que materialmente, y lo engañan en todo. Ma­rio Galeote, empujado por su padre, se pone a cortejar a Gloria, hija de don Miguel, con el sólo objeto de perpetuar el bienestar que la turbia pareja goza a expensas de don Miguel, y su hábil personificación de un Ulises de la mala suerte logra hacer mella en el corazón de la muchacha, inge­nua y sentimental. Salva la situación Ca­rita, auténtica florecilla del arroyo, que se ha encariñado sinceramente con sus nue­vos protectores, mucho mejores y mucho más desinteresados que los antiguos, reve­lando a tiempo la sucia trama. Los Galeo­tes son definitivamente derrotados y olvi­dados y Carita conquista un lugar aún más elevado en el afecto de su nueva familia. Es una de las pocas comedias en la que los autores han puesto en escena tipos de auténticos malvados, pero con el contrapeso de una virtud y una bondad excepcional, y por esto los Galeotes merecen en su tea­tro un puesto aparte. El optimismo, que es la clave del teatro quinteriano, se salva también en esta obra porque, si el mal existe, es impotente contra el bien.

A. R. Ferrarin

La Galatea, Jean Pierre Claris de Florian

De la obra cervantina hizo un famoso arreglo el escritor francés Jean Pierre Claris de Florian (1755-1794), publicado en 1783 bajo el título Galatée, román pastoral imité de Cervantes. Florian reduce a tres, a los que añade un cuarto, los seis libros del original español. El autor hace gala de haber dado acento idílico, a la manera de un Gesner, a su «Imitación», pero esto no es todo. No traduce literalmente, con­serva los episodios y las aventuras sola­mente como trama y base de un relato dis­tinto. Las descripciones, como la de la fies­ta campestre y la historia de las tórtolas en el segundo libro, son nuevas por com­pleto y dan a Florian motivo para desaho­gar sus propias cualidades de escritor pas­toril. Florian, en la viciada atmósfera de su formación arcádica y sentimental, llega a presentar en el prefacio los méritos de su propia obra en comparación con los de la de Cervantes; igualmente, en su más amplio y orgánico Essai sur la pastorale (1787), polemiza en torno a la Diana de Montemayor con notables argumentos. [La adaptación de Florian fue a su vez tradu­cida al español por D. Casiano Pellicer (Madrid, 1820)].

C. Cordié

El Galateo, Giovanni della Casa

[Il galateo]. Breve trata­do de cortesía, de monseñor Giovanni della Casa (1503-1556), publicado en 1558. El li­bro tuvo este título sugerido al autor por Galeazzo (Galateo) Florimonte, obispo de Sessa. Un viejo «idiota», es decir, un ile­trado, un hombre sin muchas ceremonias, que aconseja a un jovencito, enumera todos los gestos y las cosas desagradables que hay que evitar cuando se encuentra uno en compañía de otra gente, en una conversa­ción o ante la mesa. Se exponen normas so­bre la manera de vestirse «para no despre­ciar a los demás»; sobre la manera de comportarse en las ceremonias, entre las cuales distingue las que se hacen por utilidad, por deuda y por vanidad. Se desaprueban las burlas, los escarnios, las palabras que ofen­den, y se aconsejan las agudezas y los chascarrillos ligeros y sutiles, indicio de ingenio vivaz. El autor se detiene también sobre el modo de hablar, da consejos sobre los vocablos que hay que emplear y los que hay que evitar; entre los ejemplos, se desaprueban como vulgares y poco deco­rosas algunas palabras usadas por Dante. Se especifican los caracteres de los inter­locutores en una conversación: los dema­siado habladores, los presumidos, los vacíos y los demasiado callados. Por regla gene­ral, Della Casa desaprueba todo exceso, y se mantiene, con sus enseñanzas, en el cli­ma anónimo de la «aurea mediocritas», en el culto de la proporción, peculiar del Re­nacimiento italiano. La belleza, la gracia y la proporción, dice, se encuentran no sola­mente en los cuerpos y en la naturaleza, sino en toda palabra y obra humana.

Ter­mina el tratado con las normas para comportarse en la mesa, y con la condena de la intemperancia en la bebida. El libro, es­crito en un idioma elegante, no es solamen­te un tratado de etiqueta, sino también un compendio de enseñanzas morales dictadas por una larga experiencia y una refinada cultura; el autor ha sabido fundirlas con sereno y recto juicio, en una forma sencilla, desprovista de pedanterías y redundan­cias. El tratado, cuyo título significa hoy en día en Italia buena crianza y educación, se puede leer todavía con gusto, como un producto secundario, pero significativo, del Humanismo.

E. Allodoli

La Galatea, Miguel de Cervantes

[Primera parte de la Galatea]. Novela pastoril, o «égloga», en seis libros, de Miguel de Cervantes (1547-1616), publicada en Alcalá de Henares en 1585. Está escrita en prosa y verso, según el mo­delo de la Arcadia (v.) de Sannazaro, que Cervantes imita, más que en sus lugares y acción, en lo endeble del hilo narrativo, devanando el relato en episodios yuxta­puestos y sin otro nexo que el del lazo común de los personajes.

La fantasía de Cervantes presenta aquí el mundo de la belleza ideal que recibe el nombre y el aspecto de Galatea; un mundo cuya esencia es el amor, sentimiento que nos exalta y nos arrastra. Los pastores Elicio y Erastro, enamorados ambos de la «sin par» Galatea, cantan a dúo su amor por la bella pastora, honra del Tajo, la cual, destinada por su padre a casarse con un rico pastor lusitano, promete a Elicio casarse con él si le ayuda a sustraerse a la voluntad de su padre. Mientras Elicio y Erastro debaten sobre quién ama más a Galatea, llega Lisandro, que expresa su dolor por la muerte de Leónida a manos de Carino, al que él ha ven­gado matando a su vez al matador. Mien­tras tanto, Galatea, en unión de Flor isa, recoge flores y teje guirnaldas en un prado donde se les une Teodolinda, la cual cuenta la historia de sus amores con Artidoro; amores turbados por los equívocos a que dan lugar su semejanza con su hermana Leonora y la de Artidoro con su herma­no Galercio. Reunidos ambos grupos de pas­tores, se juntan a la tertulia «los dos cono­cidos y famosos pastores Tirsi y Damón, y tras cantos y música van todos a visitar al ermitaño Silenio, que narra su desgraciado amor por la bella Nisida de Nápoles; ha­biendo visitado a la doncella como mensa­jero de amor de su amigo Timbrio, acaba por enamorarse de ella y, ya que Timbrio, creyendo muerta a la doncella, ha regre­sado a España, allí le sigue Silerio y, no encontrándolo, se hace ermitaño. Los pas­tores asisten más tarde a las bodas de Daranio y Silveria, amada también por el desconsolado Mireno.

Se monta un tablado y van saliendo los pastores rechazados a contender sobre cuestiones de amor. Tene­mos aquí un debate que ilumina indirecta­mente los diferentes episodios amorosos in­sertados en la trama de la novela, ya que al amor ideal de Lenio, amargamente des­ilusionado, se contrapone el amor real que Tirsi define e ilustra: el amor que quiere a la persona amada, considerada en sí mis­ma, no como un medio, sino como un fin. Este pensamiento encontrará amplia reso­nancia en las Novelas Ejemplares (v.) y en las novelas incluidas en la primera parte de Don Quijote (v.). Entretanto, llegan a casa de Silerio, Nisida y Timbrio y todos los pastores van a visitar la tumba de Me- liso. A la luz de la luna aparece la musa Calíope, que, en ciento once octavas, ce­lebra a más de treinta poetas de aquellos días, entre los cuales se encuentra el joven Lope de Vega. La obra está situada dentro de una larga tradición que con la citada Arcadia y la Diana (v.) de Montemayor cierra la fase formativa del género y tiene la elegancia estilística, el desprendimiento de todo contenido vivo, la convencionalidad de estas obras. Platonismo tomado a través de León Hebreo, elegancia a lo Bembo y a lo Castiglione, gusto por lo ingenioso y lo complicado: éstas son las características sobresalientes de la Galatea, que vive dentro del barroco. Aunque el libro no encon­tró aprecio en el público, Cervantes lo tuvo en mucha estima: lo salvó del famoso es­crutinio de la biblioteca de Don Quijote, prometió una continuación en la dedicato­ria del Persiles y Sigismunda (v.) al conde de Lemos y, en su lecho de muerte, prome­tía llevarla a término si un milagro le con­servaba la vida.

C. Capasso