EL SEÑOR DE LAS ISLAS (Wal­ter Scott)

[The Lord of the Isles].

Poema en seis cantos de Wal­ter Scott (1771-1832), publicado en 1815.

Sigue la tradición y la historia con más fidelidad que los demás poemas de Scott; Barbour y Hailes son las fuentes de la pintoresca narración de la vuelta de Ro­berto Bruce a Escocia en 1307, y de sus lu­chas con los ingleses que culminaron en la batalla de Bannockburn; la parte nove­lesca trata de los amores de Edith de Lom con lord Ronald, el señor de las Islas; Edith, disfrazada de paje, sigue a Bruce y a Ronald y, con su devoción, se gana el corazón del amado.

Las descripciones del paisaje de Escocia occidental y de las islas, sobre todo de Skye, superan en vigor a las de la Dama del Lago (v.); y la pintura de los caracteres de los barones y jefes esco­ceses, la complejidad de la intriga y el dramatismo del desarrollo, anuncian clara­mente al genio que al poco tiempo dará al mundo la novela histórica. [Trad. española anónima con el título El lord de las Islas (Madrid. 1830)].

José Suárez Carreño comentado por Miguel Delibes

José Suárez Carreño

José Suárez Carreño

Un tipo que le dio a la literatura española un buen espaldarazo y ayudó, mediante tres acertados golpes, a volver a ponerla de pie fue José Suárez Carreño. Carreño había escrito algo antes de la guerra pero nadie recordaba qué. De manera que Carreño llegó a la chiticalla y, en 1949, ganó el Nadal con su novela Las últimas horas, no muy divertida pero construida sabiamente. No era la primera vez que su nombre encabezaba la primera plana de los periódicos, pues cuatro años antes había ganado el prestigiosísimo Premio Adonais de poesía con Edad de hombre. Carreño, de ascendencia mexicana y con parientes en Valladolid, era conocido mío, primo de los Gavilán (familia de artistas) y escritor por tres costados. Ante él tres grandes premios: el Adonais de poesía, el Nadal de novela, y un tercero de teatro, el Lope de Vega, que ganó también con su obra Condenados.

Si hay, pues, un nombre que influyera con pocos gestos pero eficaces en la reanimación de la literatura española éste fue José Suárez Carreño. Ni antes ni después se ha conocido a nadie que reuniera en su persona los tres premios tan prestigiosos. Pero además, Carreño se burló en el mejor sentido de todos nosotros, pues a raíz del último premio, y catalogado ya como de la «generación inmediata» por los bautistas, guardó silencio. Todos pensábamos que con un ser tan generosamente dotado por la providencia, disponíamos del literato del siglo, un literato en prosa y verso que todo lo podía. Y ¿qué pasó? Esto es lo divertido. No pasó absolutamente nada. Carreño se dio por satisfecho con los tres premios conseguidos, enfundó su pluma, se puso el sombrero y no escribió ni una letra más. ¿Dónde se metió Carreño? Ni se sabe: Carreño seguía viviendo una vida misteriosa, se supone que en algún lugar de España, pero sin ninguna seguridad. Él había cumplido lo que se había propuesto pero ni se jactó del triplo ni volvió a humillar a todos los colegas que, aunque de lejos, le hacíamos la competencia.

Carreño había ganado.

 

Miguel Delibes

Luces de bohemia (1920) esperpento de Ramón del Valle-Inclán

Max Estrella, pobre y ciego poeta, evocación del escritor Alejandro Sawa, sale de su casa con don Latino de Hispalis. Éste será el último paseo que dará por esa selva de situaciones y de personajes que le esperan en las calles de Madrid. Visitará al librero Zaratrusta, luego irá a la taberna de Pica Lagartos. De nuevo en la calle, y después de algunos altercados, Max será detenido y llevado al Ministerio de Gobernación.

En un calabozo conocerá a un obrero anarquista, al que poco después se le aplicará la ley de fugas. El Ministro (compañero de juventud de Max) recibirá al poeta y le ofrecerá finalmente una pensión. Ya en la calle, Max y don Latino irán a un café, donde se encontrarán con Rubén Darío.

En la calle otra vez, Max conseguirá los favores de la prostituta La Lunares. Poco después de encontrarse con una madre que llora junto al cadáver de su hijo muerto de una bala durante una carga de la fuerza pública, Max morirá también en la calle, tras una conversación con Don Latino en la que establece la estética del esperpento.

El velatorio será un tanto accidentado, púes Basilio Soulimake defenderá que, en realidad, Max está en estado cataléptico. A su entierro asistirán, entre otros, el Marqués de Bradomín y Rubén Darío. Poco después de ser enterrado, se descubre que Don Latino es poseedor de un décimo premiado, que Max no pudo pagar en su momento a la Pisa Bien. La suerte ha llegado tarde: la esposa y la hija de Max, las desgraciadas Madame Collet y Claudinita, acaban de suicidarse.

¡OH ABSALÓN! (Howard Spring)

absalNovela del es­critor inglés Howard Spring (1889-1965), publica­da en 1938. Es la historia de un conflicto genera­cional; la acción abarca desde el último decenio del pasado siglo hasta 1922. William Essex, su protagonista, miembro de una familia reducida a la más extremada miseria, cuenta su propio en­cumbramiento social desde dependiente de una empresa de Manchester hasta fabricante de jugue­tes y escritor de dramas que alcanzan cierto éxito.

En cambio, su amigo de juventud, el irlandés Dermot O’Riorden, alcanza el bienestar como ebanis­ta y socio de William. Mientras O’Riorden educa a su hijo Rory de acuerdo con elevados sentimien­tos patrióticos, Essex se da cuenta bien pronto de que Oliver, su hijo, un muchacho desmesurada­mente consentido y objeto de ambiciosos planes para el futuro, da evidentes muestras de debilidad de carácter, y le resulta cada vez más extraño. Durante la primera guerra mundial, Oliver com­bate en ella como oficial, siendo herido varias veces, por lo que recibe altas condecoraciones. Pero la experiencia de la guerra acentúa su incli­nación por la falta de escrúpulos y la brutalidad. Al regresar a casa, su ruina moral es imparable.

Obstinado y burlón, rechaza las ayudas económi­cas del padre y termina enrolándose, lo mismo que otros “desesperados», en el “Black-and- Tans», una unidad británica de orden y seguridad que opera en Irlanda. Durante una acción, Oliver mata a Rory, su amigo de juventud, que lucha en las filas de los rebeldes. Padre e hijo se encuentran por última vez después de que Oliver ha cometido un homicidio para robar y se encuentra en rebel­día. “Siempre he tenido que aniquilar lo que era mejor que yo”, le confiesa a su padre. Algún tiempo después, Oliver es detenido y condenado a muerte.

Del último coloquio sostenido, solamente sobrevive para William el recuerdo de que el hijo, después de mucho tiempo, le ha vuelto a llamar “papá”. Con O’Riorden, su viejo amigo, Essex comparte el destino de sobrevivir a su propio hijo y de haber sido en parte culpable de su final. El autor describe los más distintos ambientes y las transformaciones políticas y sociales de la época con la competencia de quien puede servirse de sus propias experiencias personales. Esta novela, la tercera de S., es afín, por su estilo y la caracteriza­ción de los personajes, a las obras psicológicas y realistas de Wells, Bennet y Maugham

EL SEÑOR BERGERET EN PARÍS (Anatole France)

balcónNovela de Anatole France (François-Anatole Thibault, 1844-1924), premio Nobel 1921, publicada en 1901, cuar­ta y última de la serie de la Historia Con­temporánea (v. El olmo del paseo, El mani­quí de mimbre y El anillo de amatista).

En el París de 1900, continuamente agitado por las tempestades del «affaire Dreyfus» y alborotado por la Exposición Universal, el autor se dirige decididamente a la gran sátira política.

Después de haber dedicado los primeros capítulos a cincelar amoro­samente la figura de su Bergeret (descri­biendo la laboriosa instalación, su nuevo contacto con la gran ciudad y haciéndole evocar su lejana infancia en patéticos y sonrientes coloquios con su hermana), el autor recoge, uno tras otro, a algunos de los personajes ya presentados en los volú­menes precedentes, a quienes sus intereses, ambiciones y negocios han atraído a París, y les sigue en el nuevo ambiente.

Desper­diga cada vez más el orden de su narración para abandonarse casi a una serie de cua­dros simbólicos, de episodios significativos que ya no presentan un desarrollo propia­mente novelesco.

La cita de lances prece­dentes le sirve únicamente para justificar ciertas situaciones. France quiere sencilla­mente ilustrar el momento político de París en los primeros meses del ministerio Wal- deck-Rousseau, y concentra su análisis so­bre los grupos de derecha, sobre el com­plot monárquico que trata de aprovechar el desorden y las espantosas reacciones del «asunto» para derribar la República.

Ber­geret no desaparece de escena pero pierde algo de su realidad humana y tiende cada vez más a identificarse con el autor, quien incluso toma la palabra en su nombre. Re­sulta un libro que, si bien debe seguirse llamando novela, testimonia la excepcional versatilidad de este género literario: una obra donde las conversaciones y las discu­siones, polémicas y discursos, e incluso ci­tas de artículos de periódicos, se imponen a la narración de los hechos. Sin embargo, precisamente en esta peligrosa dispersión brilla aún más el genio satírico de France, dispuesto a parodiar con su flexible estilo los efímeros programas y las apasionadas declamaciones del momento. Su Bergeret procura una vez más los tonos más vivos y pintorescos a la secuestrodelcandidato.com»>sátira, refiriéndose como buen humanista al gran Rabelais, leyendo dos fragmentos apócrifos de 1538 (donde se narran las burlescas empresas de los «Trublions» para turbar con todos los me­dios los asuntos públicos y pescar en ríe revuélto) y entregándose a extravagantes razonamientos sobre ciertos personajes sim­bólicos inventados por él para el caso: Jean Coq, Jean Mouton, Jéan Laiglon y Gilíes Singés, dignos de la más alta comedia.

Pero al mismo tiempo, librándose ‘de tan felices abandonos, el autor pone en boca de otros personajes, como el monárquico Léon o el ciudadano Bissolo, el mismo triste juicio sobre el espíritu público de la metrópoli, carente ya de nervio e indiferente. De modo que el elegantísimo juego de esta Historia contemporánea del escéptico Fran­ce se cierra, casi a su pesar, con melancó­licas comprobaciones. [Trad. española de L. Ruiz Contreras (Madrid, 1917)].

Enciclopedia literaria Noguer