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La identidad o la vida

Anita Heiss

El diario de Mary Talence

Traducción de Anna Torrisi

Takusan Ediciones, Barcelona, 2005

por Anna Rossell

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En estos tiempos, en que las editoriales pequeñas, según parece, deben fusionarse o son absorbidas por grandes grupos para poder subsistir, el surgimiento de un nuevo proyecto editorial de discreta envergadura más bien parece un espejismo o una temeridad, una empresa descabellada sin futuro, fruto efímero de algún momento de locura de una mente aventurera. Y sin embargo, por suerte para los amantes de la buena literatura, no son tan escasos los ejemplos que tenemos de la capacidad de algunas de mantenerse a flote y bien a flote. Ello nos llena de satisfacción, sobre todo porque a menudo son precisamente las más discretas las que vienen a cubrir lagunas importantísimas que los sellos más conocidos excluyen sistemáticamente (o casi) de su política de publicaciones. Este es el caso de Takusan Ediciones que, de la mano de Sidi Seck, un joven escritor senegalés afincado desde hace unos años en Barcelona (Premio de Poesía Vila de Martorell en el año 2000: La sombra en pos del tamarindo), ha iniciado este año su andadura y en pocos meses ha publicado ya tres libros.

Takusan Ediciones nace con el claro y decidido objetivo de dedicar su esfuerzo a difundir literatura en el más amplio sentido del término (ficción, ensayo, estudios literarios, en español ¡y en catalán!), pero también en su más alta acepción, en tanto que las obras que se propone publicar han de llenar vacíos de flagrante necesidad en nuestro país. Su tarjeta de presentación no deja lugar a dudas: su interés se dirige a la verdadera literatura, no al resultón y exitoso producto editorial que va ganando cada vez más terreno en casi todas partes. Así su primera publicación ha sido la novela de la escritora senegalesa Mariama Bâ, Una carta molt llarga, un clásico del canon de la primera generación de autores subsaharianos, traducción exquisita y sensible de Laia Galdon Clavell –la versión española, en el año 2003, corrió a cargo de Ediciones Zanzíbar (Manolo Esquinas), otro sello de características similares y de más antigüedad- y traducción de Sonia Martínez Pérez. Además, en lo que va de año han visto la luz en Takusán Ediciones el trabajo Àfrica, veus i mirades, de Maria Rosa Obiols, doctorada en literatura africana por la Universidad de California, y otra novela, en este caso de la escritora australiana de origen wiradjuri, Anita Heiss, El diario de Mary Talence, objeto de esta recensión.

El libro, que adopta la forma de un diario de ficción al que la protagonista confía sus sentimientos, sus secretos, las penas y alegrías de su vida cotidiana, se lee con una fluidez extraordinaria, que no sólo se debe a la elección formal por la que apuesta su autora -el diario-, sino también al carácter simpático, observador y despierto del personaje principal y al lenguaje franco, fresco y agudo que Anita Heiss le atribuye. No es menor el interés que suscita  –por ignorado o poco conocido- el tema que desarrolla, que informa al dedillo de la segregación racial practicada en Australia hasta los años setenta y que lo hace del modo más efectivo: dando cuenta de los nefastos efectos de esta discriminación sobre quien la sufre.

Así la novela relata, en primera persona y desde la inocente agudeza de la perspectiva infantil, un año –1937- de la vida de una niña de diez, víctima de la política racista practicada por los sucesivos gobiernos australianos hasta tiempos demasiado recientes. Por medio de este fragmento de biografía personal que fue la de millares de niños, conoceremos una parte oscura de la historia de Australia, oscura en los dos sentidos, por negativa y por silenciada. Sabremos de la brutal separación de los niños aborígenes de sus familias, impuesta para acelerar la desaparición de las culturas indígenas (“salvajes”) en favor de la (“civilizada”) cultura de los blancos colonizadores; sabremos de los guetos en que se mantenía encerrados a los habitantes originarios, a los que se negó en su propia tierra la libertad de movimientos; de la selección a que los niños se veían sometidos en función del color más o menos oscuro de su piel y de las mejores o peores perspectivas de futuro que ello acarreaba; del tristísimo destino que esperaba forzosamente a los más negros, educados especialmente para el servicio doméstico de los blancos, y de tantas otras barbaridades fruto de la ignorante arrogancia del pretencioso colonizador que, confundiendo fuerza bruta con supremacía cultural, se arroga a sí mismo todos los derechos en tierra ajena, imponiendo por doquier y en nombre de la civilización su escala de valores.

Otro aspecto aún incrementa sustancialmente el interés de esta novela, y es la tesis subyacente, que la recorre como un hilo conductor, de que la conservación de la memoria, de las raíces -el conocimiento de la historia propia-, es condición indispensable para vivir con dignidad y de que el olvido de nuestras raíces y de nuestros ancestros significa –con la desaparición de una cultura- la muerte de la conciencia individual y colectiva y, si se trata de un olvido impuesto, entonces equivale también a un genocidio. No es casualidad que el título original en inglés sea Who am I? The Diary of Mary Talence. Como tampoco lo es que sea precisamente una mujer joven de su propia étnia –otra mujer- quien ayude a la niña a reencontrarse con sus orígenes, a pesar de la estricta prohibición  de verse que pesa sobre ambas.

Anita Heiss (Sydney, 1968) glosa en su libro el camino de reconstrucción de una identidad –cultural y genérica-, la de una niña de diez años, que en este proceso libra una lucha a vida o muerte con su entorno, un entorno extremadamente hostil que ha puesto todos los medios a su alcance para hacerle olvidar su procedencia y abominar de sus orígenes. Amy Charles, que desde su más tierna infancia lleva el nombre de Mary Talence, que no es el suyo propio, sale airosa en este empeño.

Aunque es sin lugar a dudas una novela, el libro se sustenta sobre una base claramente autobiográfica y decididamente histórica que a la autora le interesa destacar: en un breve pero útil e ilustrativo apéndice -las cuatro páginas del final- se orienta al lector sobre fechas y datos históricos, y los agradecimientos a diversos centros de documentación australianos de estudios aborígenes dan fe del trabajo de archivo de Heiss.

Considerando la dureza del tema que trata y aún construyendo la fábula a partir de material históricamente auténtico, el libro no resulta en absoluto triste ni dramático, a pesar de lo tristes y dramáticos que son, de hecho, los acontecimientos relatados.

La autora, que no abandona nunca la perspectiva infantil, sabe transmitir lo que se propone con sencillez y un humor finamente entreverado. El libro se lee con placer y de un tirón.

Anita Heiss, profesora asociada de la Universidad de Macquarie (Sydney), prolífica y versátil escritora, que cuenta con una obra considerable ampliamente publicada (sobre todo en Australia y Canadá, pero también en Austria, ahora en España y de próxima aparición en alemania e Indonesia), se ha dedicado al estudio de las culturas aborígenes australianas y por su producción literaria ha sido premiada en diversas ocasiones –nominada en 2002 al NSW Premier’s History Awards, obtención de la ASA Medal for Under 35s, en el año 2003; NSW Indigenous Arts Fellowship en 2004, entre otros)-, merecidamente.

Takusan Ediciones ha sabido acertar al elegir sus primeras obras. Hay detrás de esta elección una intención clara de presentar un sello editorial con un perfil nítido y definido, que regala a los lectores algo verdaderamente nuevo: una literatura inédita y de calidad, en lengua española y catalana. Precisamente por ello, por tratarse de una gran promesa, no debe descuidar el aspecto formal de la edición, que en más de una ocasión flaquea en la novela.

© Anna Rossell

 

 

 

 

 

 

 

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El valor del testimonio personal

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DIARIO DE PRAGA (1941-1942)

Petr Ginz

Edición a cargo de Chava Pressburger

Trad. de Fernando Valenzuela. El Acantilado, Barcelona, 2006, 184 págs.

por Anna Rossell

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A menudo es la sencillez la cualidad que hace un texto especialmente valioso. Y esto atañe tanto a la ficción como a los textos que, tal es el caso que nos ocupa, pertenecen al género de los testimonios personales, de los diarios. Claro que si, además, se trata de un diario de un autor observador y sensible, escrito en un periodo clave de la historia, entonces estamos ante un documento que, desde el día a día cotidiano, puede contribuir a iluminar este lapso de tiempo.

Este Diario de Praga (1941-1942) tiene esta peculiaridad, y el hecho de que su autor, Petr Ginz, sea un niño de trece años cuando aborda la tarea, de familia judía, y que viva en la capital de la Checoslovaquia ocupada por los nazis, le confiere aun el valor añadido de que permite al lector participar precisamente en los acontecimientos de los años más trágicos del siglo XX para los judíos europeos y en una de las ciudades más sensiblemente tocadas: Praga.

Probablemente no es casualidad que Petr Ginz comenzara a escribir su Diario en septiembre de 1941 -por lo que dice el propio autor en las primeras entradas, en las que alude a unos cuadernos que él mismo ha armado para esta finalidad, no parece que existiera un Diario anterior-, la historia nos ha enseñado, a través de muchos casos documentados, que la escritura de un diario constituye una ayuda psicológica valiosísima para sobrellevar situaciones difíciles. En tal caso, la existencia misma del texto así como la fecha de su inicio -19 de septiembre de 1941-, son, ya en sí, el síntoma del recrudecimiento de las condiciones de vida de los judíos, como lo es, certeramente, la fecha de la última entrada en el segundo y último cuaderno, la del 9 de agosto de 1942, poco antes de que Petr Ginz fuera deportado a Terezin, la ciudad a62 kilómetros al norte de Praga, desde noviembre de 1941 constituida en gueto, donde aún vivió dos años desde octubre de 1942, antes de ser trasladado a Auschwitz para morir en las cámaras de gas.

Uno de los mayores valores que a mi entender posee el Diario estriba en el hecho de que, a través del puntual registro de los quehaceres y acontecimientos cotidianos (las excepcionales fechas sin anotaciones son históricamente sintomáticas) de un adolescente, se echa de ver lo que, aunque sabido, no se refleja de la misma sorprendente manera en los libros de historia: la “naturalidad” con que el terror se va instalando subrepticiamente en la vida de la comunidad judía de Praga y la “naturalidad” con que, progresivamente, lo va “asumiendo” esta comunidad. Un dato relevante a este respecto lo constituye el estilo marcadamente lacónico que desarrolla el autor, quien se limita a anotar sucesos de su ámbito privado o los que le llaman la atención a su alrededor en la ciudad o en las noticias que escucha clandestinamente, sin reflexiones ni comentarios adicionales por su parte. El adolescente nunca manifiesta su temor o su dolor. Ni siquiera se traslucen alteraciones de la tensión nerviosa cuando el ritmo decididamente creciente que adquieren los acontecimientos que relata, claramente amenazadores para su existencia, culminan en las últimas entradas para interrumpirse bruscamente. Es asombroso comprobar que las víctimas más directamente afectadas no sospecharan ni por un momento, ni siquiera cuando ésta era ya inminente, la muerte segura para el que estaban programadas, a pesar de las leyes restrictivas, a pesar de los maltratos callejeros, de las expropiaciones, de las deportaciones, de los guetos y de los transportes sistemáticos. Una prueba más de la perfecta organización del exterminio masivo planificado, tan bien mantenido en secreto entre la gente de a pie.

El libro no se agota en el Diario. Con buen criterio Chava Pressburger, editora y hermana del autor, añade, en la segunda edición checa, que es la primera en español, un capítulo de “Notas sobre el diario de Petr Ginz”, en el que escuetamente aclara algunos términos que pueden quedarle oscuros al lector o sitúa en un contexto histórico algo más amplio ciertas anotaciones de su hermano. Ello da al conjunto el carácter de breviario de historia para este año crucial. Algunos textos de carácter literario y dibujos de Petr, de los años de Terezin, completan el libro y aportan datos sobre la versátil personalidad del joven, así como de sus extraordinarias dotes para el arte y la literatura. Un pequeño tesoro, pues, descubierto de modo accidental a raíz de la tragedia sufrida en 2003 por la nave espacial norteamericana Columbia en la que viajaba el cosmonauta israelí Ilan Ramon.

© Anna Rossell  

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AUSTERLITZ

W. S. Sebald

Carl Hanser. München,

ISBN 3-446-19986-12001

417 páginas. 23,50 Euros-D; 24,20 Euros-A

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LA HISTORIA COMO METAFÍSICA

por Anna Rossell

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La última novela del malogrado W. S. Sebald, muerto el pasado mes de diciembre en accidente de automóvil en Gran Bretaña cuando se encontraba en la cima de su carrera literaria, narra la historia de un personaje que emprende la dolorosa búsqueda de su pasado. Austerlitz, que ha vivido una desangelada infancia bajo el nombre de Daffyd Elias como hijo de un estricto pastor de almas y de su mujer en el País de Gales, descubre a los quince años que no es aquél su verdadero nombre ni éstos su familia biológica ni su país natal. A partir de este momento el protagonista vivirá exclusiva y obsesivamente dedicado a rastrear las huellas que le permitan conocer sus raíces: checo, de origen judío, había sido embarcado por su madre en un tren de salvamento infantil a los cuatro años y medio con el fin de librarlo de la persecución nazi, a la que ni ella ni el padre del niño pudieron escapar. Austerlitz recorrerá los lugares de su pasado en busca de su reconstrucción: su Praga natal, Theresienstadt, a donde fue deportada su madre, y París, a donde huyó su padre.

Sin embargo, el libro de Sebald no se agota ni mucho menos en el relato de esta peripecia. La novela es mucho más que un recorrido por la represión de la memoria histórica y de sus consecuencias, ejemplarmente desarrollada a través de un caso individual. Más allá de esto, la novela transporta una signatura filosófica que la convierte en una experiencia intelectual de gran calado. Sebald estudia en esta obra los mecanismos del recuerdo y de la memoria consciente e inconsciente, reflexiona sobre la percepción del espacio y del tiempo, propone en definitiva una filosofía de la historia que se refleja de manera absoluta y sin resquicios en todos los niveles de la novela. Porque Sebald la aplica también sin fisuras en el nivel formal, tanto en el estilo lingüístico que practica, como en el modo, a primera vista caprichoso, en que conocemos al personaje en toda la primera mitad del libro, en la que se extiende una y otra vez en densas digresiones, aparentemente inconexas, sobre el significado histórico de la arquitectura de la estación de Amberes, de las fortificaciones de los siglos XVII y XVIII o se enzarza en explicaciones sobre la vida de la polilla. Todo en esta novela está organizado al servicio de una peculiar percepción del tiempo y del espacio y de la construcción de lo que el narrador llama “una especie de metafísica de la historia”: “Desde el principio me sorprendió el modo en que Austerlitz elaboraba sus pensamientos al hablar, el modo en que por así decirlo hilaba absorto las frases más ponderadas y que la manera en que su narración transmitía sus conocimientos técnicos fuera para él una aproximación gradual a una especie de metafísica de la historia en la que el recuerdo volvía a cobrar vida” (pp. 18-19). Esta “metafísica de la historia” se traduce en una intuición espacio-temporal que se cuestiona la relación convencional entre pasado, presente y futuro, así como la habitual distinción entre los espacios y que recuerda la percepción espacio-temporal romántica de Novalis (Heinrich von Ofterdingen): “Desde luego, dijo Austerlitz […] la relación entre tiempo y espacio […] tiene algo de ilusivo e ilusorio, por lo que, cuando regresamos de fuera, nunca sabemos con seguridad si realmente hemos estado fuera” (p. 18). La historia se percibe como un magma fluido, cuyo sedimento se deposita en espacios y objetos, susceptible de evocar nuestro recuerdo, un recuerdo inconsciente que habrá de despertar de su letargo y cuya obsesiva e insistente represión (Austerlitz había evitado leer libros sobre la historia de alemania y pisar suelo alemán) será el testimonio sintomático de un trauma. Así es como Austerlitz experimenta repetidamente la historia buscando su historia. En la estación de la Liverpool Street se remueve por primera vez en su interior, de manera todavía inconsciente, el impulso que más adelante le llevará a querer reconstruir su verdadera identidad y su pasado, al evocarle este lugar y la visión de una pareja con un niño que sostiene una mochila, el recuerdo reprimido de la estación de la que él había partido en su infancia. O bien cuando, en su viaje de reconstrucción del pasado, en la estación de Pilsen, se empeña en fotografiar el capitel de una columna porque había desatado en él una sombra de recuerdo, como si aquella “columna se acordara de mí y […] diera testimonio de lo que yo había olvidado” (p. 316). La fotografía, la imagen, la luz, son en la novela variaciones de un leitmotiv que transporta metafóricamente esta metafísica de la historia. Las diversas fotografías, “que surgen del pasado” y que salpican con insistencia la novela, de las que Austerlitz afirma que “es como si las fotos tuvieran memoria y se acordaran de nosotros” (p. 262), adquieren de este modo una función metafóricamente narrativa, son el testimonio que encierra una clave a la espera de la mirada que las interprete. Edificios, columnas, paisajes, objetos y obras de arte son semejantes a palimpsestos, desprenden un aura en la que se encuentran el pasado y el presente, un espacio de difusa coherencia donde coinciden las vidas de los seres humanos.

Sebald aplica en su técnica narrativa y en las reflexiones del protagonista un concepto de la historia que recuerda muy de cerca el de Walter Benjamin: “El pasado lleva consigo un  registro enigmático que remite a la redención. ¿No llega hasta nosotros un soplo del aire que envolvió a nuestros antepasados? ¿No hay en las voces que escuchamos un eco de aquellos que ya han enmudecido? Las mujeres que nosotros cortejamos, ¿no tienen  hermanas que ellas nunca conocieron? Si es así, entonces existe una cita secreta entre las generaciones pasadas y la nuestra. Entonces hemos sido esperados en la tierra. Entonces se nos ha dado, igual que a las generaciones que nos precedieron, un tenue poder mesiánico que el pasado reclama” (Benjamin, Sobre el concepto de la historia, II). Asimismo los nexos que la novela establece entre distintos tiempos y espacios parece aproximarse a la idea de las “correspondencias” de Baudelaire, sobre las que Benjamin reflexiona a propósito de los poemas “Correspondances “ y“La vie anterieure” (Fleurs du mal): “Las correspondencias son los datos del recuerdo […]. Lo que hace grandes y remarcables los días señalados es el encuentro con una vida anterior» (Benjamin, Acerca de algunos temas en Baudelaire, X). Estas enigmáticas relaciones espacio-temporales tejen a lo largo de la historia un entramado de conexiones entre personas presentes y ausentes que se ve reflejado de manera diversa en la novela: en la evidente empatía entre el personaje narrador y el protagonista Austerlitz (así como entre ambos y el propio autor) o en la presencia elíptica, pero innegable, de Proust (en su búsqueda del tiempo perdido), de Kafka (por la extraña coincidencia entre el nombre del protagonista y el de un personaje supuestamente mencionado en los diarios del autor checo, por el intencionado traslado a la ficción de un episodio biográfico de Kafka: su estancia en el balneario de Marienbad, que Austerlitz repite, o por el eco de la herencia literaria kafkiana que resuena ocasionalmente en la  novela) y de Bernhard (por su estilo lingüístico y su simpatía por los personajes taciturnos y solitarios, marcados profundamente por su país). Esta concepción de la historia se desprende igualmente de las múltiples metáforas con que Sebald trabaja en su novela: el entramado y denso tejido que forman las raíces de un viejo castaño, que Austerlitz descubre en una plaza de Praga, le hace reflexionar sobre la naturaleza del tiempo, el cual se le antoja dominado por una ley oculta; la mochila que el protagonista lleva constantemente a la espalda y por la que desde niño siente especial apego es un trasunto de la historia colectiva e individual y el propio nombre de Austerlitz es el legado de la historia europea en la que se cifra la identidad del protagonista y da significativamente título a la novela. La percepción alineal e intrincada del tejido histórico se manifiesta asimismo en las curiosas coincidencias que observamos entre el primer narrador y el protagonista:  ambos tienen exactamente la misma edad, comparten intereses similares por la arquitectura histórica y la civilización europeas, se encuentran más de una vez de modo casual, la primera precisamente en una estación, la de Amberes, y ambos viajan obedeciendo a vagos impulsos. Poco más sabemos del narrador, que no parece tener otra misión que la de escuchar (se trata casi enteramente de un  monólogo) y que asume la tarea de dejar minucioso y fiel testimonio del dilatado relato que Austerlitz hace de la reconstrucción de su identidad y de sus reflexiones. Un relato que el protagonista retoma de manera automática en los diversos encuentros de ambos y que se manifiesta formalmente al lector como un larguísimo fluido textual, que el primer narrador no interrumpirá más que en dos ocasiones (en la página 169 y, prácticamente al final, en la página 405).

Sebald participa del pesimismo de Benjamin, que se pregunta con insistencia por qué el hombre de la modernidad pierde una y otra vez su oportunidad histórica. La tesis benjaminiana del ángel de la historia, que interpreta la mirada hacia atrás del rostro horrorizado del ángel del cuadro de Klee como la reacción al espanto que le produce lo que ve ante sí (Benjamin, Sobre el concepto de la historia, IX) se confirma al final de la novela: Austerlitz, que ha viajado a París siguiendo las huellas de su padre y busca documentación en la Biblioteca Nacional de la ciudad, percibe en el monumental y ultramoderno trazado arquitectónico del nuevo emplazamiento de la Biblioteca, así como en la propia construcción del edificio, inconfundibles signos de hostilidad. El vértigo que le produce la visión del vacío desde la pared de cristal del piso decimoctavo de una de sus torres, transporta, cargado de profundo simbolismo, otro vacío mucho más amenazador: el abismo que se abre ante nosotros cuando quedan enterrados, y ocultos e irrecuperables para siempre, los rastros de nuestro pasado. Significativamente, el nuevo edificio de la Biblioteca Nacional se levanta precisamente sobre la plaza de nombre Austerlitz-Tolbiac, que sirvió a los nazis para el almacenamiento de los objetos de valor expropiados a los judíos durante la ocupación de París. Como expresión de alarma o de grave advertencia, Sebald crea en Austerlitz un ejemplar de la última generación que, empeñada afanosamente en la reconstrucción de su historia, no encuentra sino los signos de su destrucción.

© Anna Rossell

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IRRACIONALMENTE HUMANOS

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DEZSÖ KOSZTOLÁNYI

Anna la dulce

Traducción de Judit Xantus

Ediciones B, Barcelona, 2003, 262 pp.

por Anna Rossell
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De no ser por el momento en que el autor sitúa la historia narrada –el año 1919 en Budapest, recién terminada la Gran Guerra-, la novela de Dezsö Kosztolányi (Szabadka,1885-1936) pudiera antojársenos mucho más antigua. Formalmente hablando y a primera vista Anna la dulce (Édes Anna) parece escrita en pleno naturalismo y no en 1926. Sin embargo se trata de un parecido engañoso. Y esta cualidad es precisamente, entre otras, una de las virtudes de esta obra maestra, que tantos consideran la más lograda de un autor, poeta, novelista y ensayista, admirado por Thomas Mann, del que lamentablemente sólo se ha traducido en España, antes de la que ahora nos ocupa, otra reputada novela, Alondra (Ediciones B, 2002).

Muchos son, en efecto, los rasgos naturalistas de la novela: el enorme protagonismo que el narrador cede a los diálogos, la incisiva e implacable crítica social, que se ensaña especialmente con la alta burguesía, la innegable simpatía con que el autor trata a la primera figura de la novela, Anna, representante de las clases más desfavorecidas, una muchacha huérfana de madre, de ascendencia muy humilde, que trabaja desde los dieciséis años como doncella en la capital húngara. Como en las más clásicas obras naturalistas tampoco falta la figura del doctor, un buen hombre, sensible, honrado y sincero que, perteneciendo a la clase bienestante, es el único de esta casta que se salva de los dardos envenenados del autor, rompiendo así el simplismo maniqueo del esquema que reparte virtudes y defectos, bondad y maldad, según se trate de pobres o de ricos, de parias o de burgueses, nobles o aristócratas, aunque sean venidos a menos.

Pero un autor de la talla de Kosztolányi no puede conformarse, en 1926, con escribir una excelente novela decimonónica. Y desde luego no lo hace. Sucede con los verdaderos genios literarios que su valía no se limita al magnífico dominio de la lengua, sino que, más allá de la buena escritura, manejan un conjunto de factores que saben explotar convenientemente para dar un valor añadido a su texto. En este caso ese valor añadido es, desde luego, mucho más que eso; es fundamental.

En realidad lo que hace el escritor magiar es aprovechar la forma naturalista, tan adecuada para el retrato de los ambientes y los interiores, para ponerla al servicio de uno de sus grandes objetivos: la crítica social. Pero es evidente que el autor persigue otros fines, al menos en primer término. Lejos de emular simplemente un estilo literario Kosztolányi subvierte el naturalismo, puesto que embute en su misma estructura formal una concepción del ser humano y de la sociedad, que no sólo difiere enormemente de la de los autores del XIX sino que se sitúa radicalmente en sus antípodas.

Desde luego Kosztolányi simpatiza con los buenos. No hay duda alguna de que Anna, la trabajadora y cariñosa Anna, y el reflexivo doctor Moviszter le caen bien. Y es cierto que el personaje principal de la novela, contrariamente a lo que sugiere el título, parece ser esa hipócrita, insensible, interesada, morbosa, desalmada e insaciable burguesía, superficial hasta la vulgaridad. Pero precisamente esta contradicción entre título y contenido es uno de los guiños del autor hacia el lector, es su modo de devolver al personaje de Anna la importancia clave que para su creador ella tiene en la novela y contrarrestar así la posible interpretación a la que erróneamente pudiéramos llegar a causa del mayor peso específico que ocupa en el libro aquella burguesía. El novelista pretende evitar que concluyamos que es la organización capitalista de la sociedad la razón de todos los males. Kosztolányi está muy lejos de pensar nada siquiera de lejos parecido. Él es un escéptico o al menos es enormemente proclive a desconfiar de la naturaleza humana en general. Porque el escritor húngaro no deja títere con cabeza: incluso Anna es, precisamente por su bondad, honradez y laboriosidad, una excepción en el grupo de las criadas, que también describe Kosztolányi y que no se quedan a la zaga de sus señores en superficialidad y falta de escrúpulos. Ni los explotados ni los comunistas se salvan de la quema a la que la socarrona y punzante ironía de la pluma del húngaro somete a sus personajes. Bien al contrario, el autor compensa con creces la menor atención que dedica a los oprimidos poniendo de relieve su vileza y mezquindad en situaciones en que se desenmascaran a sí mismos del modo más rastrero: como cuando en el primer capítulo nos presenta a uno de los fundadores del partido comunista húngaro, Béla Kun, huyendo del país tras el derrocamiento de la república de los sóviets, infantilmente abastecido de pastelitos de chocolate, cargado de joyas hasta los dientes y riéndose de los que se quedan, o cuando en logradísimos y divertidos diálogos, lacónicos pero exactos, el portero (hasta ahora comunista) Ficsor y el burgués (hasta ahora desaburguesado) Kornél Vizy se ponen al mismo nivel de oportunismo intercambiando un sinfín de “ilustrísimo señor” y “camarada” respectivamente, cuando aún es demasiado reciente la noticia del fracaso de la revolución. No, no cabe duda de que los representantes del proletariado salen igual o peor parados que los pudientes burgueses. Cuando menos son tenidos por gente más bien ignorante e inmadura, una masa aborregada e impersonal que se deja manipular y conducir fácilmente, proletarios a los que el narrador se refiere como a aquellos “obreros y aprendices … cantando, muy dispuestos y con total desconocimiento de causa, la canción que les habían enseñado, La Internacional”.

La encarnizada crítica que hace Deszsö Kosztolányi va dirigida al ser humano en general. En realidad la novela viene a demostrar la filosofía que en una ocasión manifiesta el doctor Moviszter: “No amo a la humanidad porque ni la he visto ni la conozco. La humanidad es un concepto abstracto … Jamás se ha presentado nadie ante mí diciendo que se llamaba ‘humanidad’. La humanidad no pide pan, ni ropa, sino que se mantiene a una distancia prudencial … Sólo existen Péter y Pál. Sólo existen los seres humanos”.

Pero el autor aún va más allá que el doctor, personaje cuyo modo de pensar indudablemente aquél comparte. Porque la última afirmación del médico “Sólo existen los seres humanos” testimonia al menos la fe en el individuo. Kostolányi, en cambio –y de ahí precisamente su modernidad y su cualidad de clásico-, coloca sobre el individuo un gran interrogante y sugiere que el ser humano es, y probablemente será siempre, un enigma para cualquier otro ser humano. La afirmación de la individualidad viene a ser una afirmación de la irracionalidad, que hace de las acciones de los hombres actos imprevisibles e inexplicables, más allá del bien y del mal. A Kostolányi le interesa subrayar la sustancia irracional de que están hechos los humanos y lo consigue, por contraste, tanto más cuanto que adopta para su novela la forma naturalista. En este marco, y para que no haya malentendidos, el autor se asegura de transmitirnos bien su escepticismo hacia el ser humano. Y elige para ello precisamente a los tres únicos personajes de cuya bondad menos podemos dudar: Anna, el doctor Moviszter y el periodista y poeta Dezsö Kosztolányi, que incorpora, como personaje de sí mismo, al final de la novela. Esa dulce Anna, cuyo inesperado y sorprendente comportamiento -que el autor deja sin explicación porque no la tiene- nos coloca ante el verdadero tema de esta obra maestra, ese buen doctor Moviszter, un escéptico cuyo intento de justificar racionalmente la acción de Anna no es sino un último ademán, desesperado y vano, para comprender lo incomprensible y, por si esto fuera poco, el propio Kosztolányi, que, para despejar cualquier posibilidad de que el lector le achaque la arrogancia del observador que se coloca por encima de estas miserias, se dibuja a sí mismo como otro Ficsor, otro converso de conveniencia que cambia de color como el camaleón, según cambia el ambiente político. Al hacerlo, y precisamente al final, el autor resta contundencia a la punzante crítica del principio, insinuando, como buen conocedor de Freud, que, en realidad, no somos dueños de nuestros propios actos.

Así, lo que ocupa verdaderamente el centro medular de la novela es ese comportamiento irracional de los hombres, un enigma que ha venido fascinando a los más grandes observadores y conocedores del alma humana antes y después de Freud y que tan magistralmente supieron plasmar escritores de la talla de Dostoyewski y Büchner.
La escena final, que pinta un cuadro típicamente naturalista, el interior hogareño de una apacible familia en la que el propio Kostolányi desempeña el papel de padre, se entretiene en la descripción del niño que juega a las hazañas bélicas con tanques y gas mostaza ante la apacible mirada de su madre, a quien aquél pide consejos de estrategia militar. El brutal contraste que ofrece este aparente idilio familiar con la naturalidad con que el angelical niño se entrega al juego de la guerra con la aquiescencia materna refuerza el escepticismo hacia el ser humano, que se dispone a repetir de manera recurrente los errores históricos de los que no aprende. No es casualidad que el narrador se refiera al hogar en que reina aquella supuesta paz como a una “silenciosa jaula de cristal”, como tampoco es casualidad que, además, el perro de la familia se llame precisamente Cisne y arremeta con sus últimos ladridos contra la mirada de quienes, desde fuera, están observando la doméstica escena del interior a través de la ventana. Cierto que la novela de Kostolányi es también el gran retrato de un desmoronamiento social, el canto del cisne del imperio austro-húngaro. Pero el autor anuncia premonitoriamente que la historia volverá a repetirse fatalmente, por más que el cisne haya cantado. La irracionalidad caracteriza la historia, del mismo modo que caracteriza al ser humano que la protagoniza.

© Anna Rossell

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CUANDO LA HISTORIA ES LITERATURA

ERICH HACKL
Adiós a Sidonie

Traducción de Richard Gross y María Esperanza Romero

Pre-Textos, Valencia, 2002, 119 pp.

por Anna Rossell
http://annarossell.blogspot.com.es/

Si la alta literatura se nutre directa y exclusivamente de las fuentes de la vida, el arte no se agota en la buena pluma que sabe verter fielmente sobre el papel los acontecimientos; para narrar hay que tener en este caso, además, una especial cualidad de observación, un oído atento capaz de detectar los relatos o las anécdotas significativas que han quedado elípticas en una fotografía familiar o que se esconden tras este o aquel detalle en un comentario escuchado al paso en cualquier situación cotidiana. Si además se une a estas cualidades la motivación que dirige la mirada de un autor precisamente hacia aquellos hechos históricos que han marcado trágica y definitivamente en el siglo veinte la vida de la gente honrada y sencilla, entonces el escritor en cuestión es a la vez literato e historiador, artista y sabio. Erich Hackl, nacido en 1954 en Steyr (Austria), es una muestra ejemplar de esta híbrida genialidad. Buen conocedor de la historia y la literatura de alemania y España –estudió filología alemana y románica en Viena, Salzburgo y Málaga-, es especialmente sensible a los acontecimientos en torno a las cercanas dictaduras del recién acabado siglo. Sus narraciones son de la más pura extracción histórica; sus protagonistas, las víctimas olvidadas. Hackl rescata para la memoria aquellos momentos oscuros del pasado inmediato que han caído en el olvido interesado o no gozan suficientemente del recuerdo que merecen. Erich Hackl, que cultiva especialmente el relato corto, se adscribe con firmeza a una literatura comprometida que, conscientemente ajena a las modas y a fáciles tendencias de última hora, conoce el eterno valor de lo que es objetivamente necesario con independencia del número de voces que reclamen esta necesidad. Sus temas, casi siempre biografías reales situadas en los momentos más crueles de nuestra historia más reciente, son verdaderas crónicas políticas. Y sin embargo las narraciones de Hackl nada tienen que ver con la aridez que sugiere esta etiqueta. No es que se nos ofrezca el retrato de una época a través de los avatares de las vidas que Hackl nos narra, sino al revés: son las biografías de sus personajes las que transportan ineludible y dolorosamente la marca de su tiempo a pesar suyo. Las historias de Hackl se leen con la participación emocional y el interés que sólo suscita el relato de lo verdaderamente auténtico, de lo que nos concierne y nos implica. El recorrido vital de los héroes y heroínas de Erich Hackl, que transcurre en la geografía del horror y el sufrimiento, es la narración de una historia personal que, marcada profundamente por el signo de los tiempos, es a su vez la historia de otros tantos derrotados, de otras tantas víctimas. Pero Hackl no ejerce la denuncia dogmática; las vidas que narra no lo necesitan, son por sí mismas el testimonio más fehaciente: Aurora Rodríguez, la anarquista española que en su anhelo de emancipación choca con las convenciones sociales y busca en su hija la realización de su sueño de un mundo mejor (Auroras Anlaß, 1987); Sara, la madre que tras la caída de la dictadura en Uruguay y después de haber sufrido persecución, encarcelamiento y tortura, emprende la búsqueda desesperada y perseverante del hijo que le arrebataron (Sara und Simón. Eine endlose Geschichte, 1995, publicado en España por Galaxia Gutenberg); Herminia, la española que durante la guerra civil se enamora del brigadista austríaco Karl (Entwurf einer Liebe auf den ersten Blick, 1999) o Marga Ferrer y Rudi Friemel, la pareja cuyo amor se verá constantemente impedido por los acontecimientos políticos y que contraerá matrimonio en el campo de exterminio de Auschwitz, donde Rudi está interno y donde se permite a Marga la breve estancia de un día y una noche (Die Hochzeit von Auschwitz. Eine Begebenheit, 2002), todos ellos son un documento del dolor y la desesperación de hombres, mujeres y niños en los tiempos más negros del siglo veinte. Hackl trabaja básicamente a partir de una técnica narrativa que no fabula a partir de la realidad, sino que presta simplemente su pluma a hechos reales. Adiós a Sidonie (Abschied von Sidonie. Erzählung, Diogenes, 1989), recientemente publicada en España por la editorial Pre-Textos, es quizá uno de los ejemplos más genuinos de este modo de trabajar literariamente la realidad: Erich Hackl nos narra en este relato corto la vida de la niña gitana Sidonie Adlersburg que, venida al mundo en 1933 en la región de Steyr, es abandonada recién nacida a las puertas del hospital de esta pequeña localidad con una nota que reza “Busco padres”. En el año nefasto de 1933 empieza la vida de esta criatura ensombrecida por la amenaza de un trágico final que hubiera podido ser evitado. Esta pequeña población –también ciudad natal del autor- será el escenario donde, en la actuación de personas e instituciones, se refleje la historia de Austria desde la subida de Hitler al poder en alemania hasta 1947, dos años después del final de la guerra: El Departamento de Protección de Menores de Steyr se hace cargo de la tutoría de la pequeña y se ocupa de indagar la identidad de los padres biológicos sin conseguirlo. En la región la pobreza se ha hecho extrema, el paro es elevado y muchos niños mueren por desnutrición. La madre de Sidonie llama dos veces por teléfono anunciando que irá a recogerla cuando haya mejorado su situación. Pero esto no sucede. Es entonces cuando las autoridades buscan una familia que se haga cargo de la niña. La buena disposición de Amalia Dorflinger se ve frustrada cuando su marido la echa de casa por racismo y ella se ve ante una alternativa radical. Finalmente será la familia Breirather la que se responsabilizará de la enfermiza Sidonie, la acogerá en el seno familiar y la tratará como a una hija. También el hijo biológico de la pareja, Manfred, ve en la pequeña a una hermana. Los Breirather son gente trabajadora, social y políticamente comprometida. Hans Breirather, que ha conocido directamente la Primera Guerra Mundial, es un socialdemócrata convencido y miembro activo del partido. Cuando el canciller Dollfuß instaura una dictadura y la revuelta obrera de febrero de 1934 es sofocada, cae sobre Hans una condena de dieciocho meses de prisión, de los que cumplirá cinco. Su mujer, Josefa, tendrá que sufrir humillaciones y burlas por parte de algunos vecinos y el cura presionará a la pareja para que legalice una unión que no había recibido la bendición de la Iglesia. Hans y Josefa se ven obligados a casarse y la ceremonia se celebra en la prisión. Cuando Hans regresa a casa, Josefa Breirather ha acogido a otra niña, Hilde que se educará y crecerá junto a los otros dos hermanos. El cambio progresivamente más amenazador en los acontecimientos políticos y sociales se ve gradual y sensiblemente reflejado en la actitud y la actuación de los individuos que, por convicción, oportunismo o llevados por la diligencia y el fervor que anima un falso sentido del cumplimiento del deber y del servicio a la patria, se ponen a disposición del poder y contribuyen, activamente o por omisión, a la deportación y la muerte de Sidonie: Entretanto se ha puesto en marcha la Central Internacional para la Lucha contra la Gitanidad y se obliga a los gitanos a concentrarse mientras crecen las denuncias y las agresiones. El Departamento de Protección del Menor, en su intento de librarse de la carga económica que le supone la tutoría de la niña, persevera en la busca de los padres biológicos de Sidonie utilizando para ello las nuevas instituciones nacionalsocialistas y desoyendo una y otra vez los repetidos ruegos de la familia de acogida, incluso cuando ésta se muestra dispuesta a renunciar a la subvención que recibe para su manutención. Todos los que hubieran podido influir de algún modo en la adopción definitiva de la pequeña por parte de los Breirather: la señora Korn, directora del Departamento del Menor; Cäcilia Grimm, la asistenta social; el alcalde, la maestra y el director de la escuela o el campesino que rechaza la petición de Hans de que esconda a la niña en su casa, contribuyen a la entrega de Sidonie a sus familia biológica ante la impotencia y la desesperación de Hans y Josefa Breirather. La deportación no se hace esperar. Sidonie muere en Auschwitz no de tifus, según la información oficial que recibe Hans Breirather una vez acabada la guerra, sino de inanición: se deja morir de tristeza, como informa al narrador en 1988 el hermano biológico de Sidonie, Joseph Adlersburg, que ha sobrevivido a los horrores de Auschwitz. La historia que narra Hackl no termina con la muerte de Sidonie, sino que muestra aún el desarrollo de los acontecimientos después de la guerra, concluido el proceso de desnacificación y restablecida la democracia: Hans Breirather, que por su pasado impecable está fuera de toda sospecha y es nombrado alcalde de Sierning, depone su cargo cuando se ve obligado a elegir entre éste y su adscripción política. El único que se disculpa por su comportamiento es el cura. Los esfuerzos de la familia Breirather por conseguir en Sierning una placa conmemorativa de aquellos sucesos resultan vanos. Hans Breirather muere en 1980 y Josefa nueve años más tarde sin haberse recuperado nunca de aquella pérdida. Con todo, a pesar del dramatismo de los acontecimientos narrados, la violencia nunca está presente directamente y más bien predomina la ternura, o la angustia en los momentos más amenazadores. Hackl hace gala de excepcional maestría cuando convierte la historia en literatura sin aludir en ningún momento directamente a consignas, agrupaciones ni partidos políticos más que lo estrictamente necesario cuando la biografía de uno de sus personajes reclama este dato. Y aun así Hackel es un verdadero historiador que se atiene fielmente a sus fuentes y prefiere dejar sólo apuntado lo que no considera lícito fabular cuando los datos de que dispone no se lo permiten. Hackl ejerce de cronista objetivo. Sólo al final, interviniendo ahora sí personalmente en el relato, el autor dedica las últimas páginas a fantasear sobre cómo hubiera terminado esta historia si la actuación de sus protagonistas hubiese sido otra. Pero no hay reproche en esta reflexión, sino la firme convicción de que el final de otra Sidonie puede ser muy distinto en el futuro porque quien escribe confía en el ser humano y en la solidaridad. Y, de hecho, tampoco esta versión imaginada es en realidad tan fantástica, pues no lejos de Steyr, en Pölfing-Brunn, otra niña gitana, Margit, cuya vida transcurrió paralela a la de Sidonie, tiene ahora 55 años gracias al comportamiento solidario de sus vecinos.
Este relato corto de Erich Hackl viene a llenar el vacío de aquella placa conmemorativa ausente, restituye el recuerdo de Sidonie y de la persecución y el genocidio racista del nacionalsocialismo contra los gitanos que la comunidad de Sierning le ha negado, constituye un monumento a las víctimas olvidadas. Pero el mérito de Hackl no se agota aquí; su método de trabajo es el del investigador de campo que recupera para la memoria colectiva una historia no escrita que está a punto de perderse. A través de conversaciones, fotografías, cartas familiares, de amigos o allegados y de la consulta de archivos reúne la valiosa información que convertirá después en crónica. Porque Hackl narra en el más puro estilo del cronista y, distanciándose de la reciente literatura austríaca más aclamada, se reconoce, en el talante insobornable de su narrativa, agradecido discípulo de Anna Seghers, Bertolt Brecht y Heinrich von Kleist cuyo sensible, preciso y elegante laconismo sabe guardar magistralmente la distancia objetiva hacia los hechos que describe (La marquesa de O., Michael Kohlhaas) sin que por ello adolezca de participación emocional y que tanto recuerda el lenguaje que Hackl ha acuñado como suyo. Este esforzado y valioso método de trabajo del autor austríaco tiene una doble compensación en tanto que, en el caso de Adiós a Sidonie, ha permitido a la editorial suiza Diogenes publicar otro libro paralelo de materiales (Abschied von Sidonie von Erich Hackl. Materialien zu einem Buch und seiner Geschichte, edición a cargo de Ursula Baumhauer, Zürich, 2000) que, al recoger todas las actas oficiales que hacen referencia al seguimiento de la tutela pública de Sidonie Adlersburg, acerca al lector interesado o al estudioso a la realidad burocrática austríaca del nacionalsocialismo de los años anteriores a 1938 y permite el acceso a las informaciones y los datos recabados como materia prima para reconstruir la crónica. Así este libro constituye otro documento, no literario, de la historia de la marginación, la persecución y el asesinato masivo de los gitanos en los años de dominio nacionalsocialista.
Además de la narrativa Hackl cultiva el ensayo periodístico, es autor de guiones de obras de teatro radiofónico, guiones de películas –entre ellas Adiós a Sidonie, 1991, dirigida por Karin Brandauer y que precedió a su relato- y es traductor literario del español al alemán. Es además editor y compilador de otros textos relacionados con la historia y la literatura sudamericana y española, entre ellos Geschichten aus der Geschichte des Spanischen Bürgerkriegs. Erzählungen und Berichte deutschsprachiger Autoren (Historias de la historia de la guerra civil española. Narraciones e informes de autores alemanoparlantes), editado por Luchterhand. Erich Hackl ha obtenido merecido reconocimiento a través de numerosos premios, algunos de ellos otorgados al conjunto de su obra, lo cual es especialmente meritorio si se tiene en cuenta la edad del autor. Los lectores españoles merecen gozar de los libros de Hackel no sólo por la alta calidad de su literatura, sino también por la estrecha relación personal y emocional que une al autor con España donde vivió tres años y ejerció docencia en la Universidad Complutense. Hay que agradecer a la editorial Pre-Textos que nos brinde esta oportunidad, tanto más cuanto que la calidad de la traducción de Richard Gross y María Esperanza Romero es difícilmente superable.

© Anna Rossell

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