Nació el 3 de mayo de 1469 en una antigua familia noble de Florencia, donde murió el 22 de junio de 1527. Escasas noticias poseemos acerca de la etapa de su vida anterior a 1497, año de una carta suya referente a dos sermones de Savona- rola, y 1498, fecha de su ingreso en la burocracia florentina como secretario de la segunda cancillería; en aquel texto habla ya de los hombres que se adentran en el mundo de la política sin los medios necesarios para dominarlo. Las diversas misiones diplomáticas que de 1499 a 1512 desempeñó en varias cortes, modestas o de gran importancia, como las de Luis XII de Francia o Maximiliano I de Habsburgo, le proporcionaron valiosas experiencias acerca de la gran política europea contemporánea. Las relaciones diplomáticas (v.) de Maquiavelo, o sea los informes que facilitaba casi diariamente a la República sobre el desarrollo de las diversas situaciones, son una fuente esencial para la reconstitución de su ideología política, cuyos puntos principales permiten vislumbrar su estudio: el valeroso mantenimiento de las posiciones extremas, la posposición de la amistad y la palabra a la fuerza y a la utilidad respectivamente, y la todavía imprecisa teoría de la fortuna, símbolo de la necesidad de una atención continua a los hechos.
Por otra parte, las mencionadas legaciones facilitaron a Maquiavelo el conocimiento de la vida interna y la consistencia de los grandes pueblos protagonistas de la política de entonces; y así como de sus experiencias italianas y florentinas surgieron Del modo di trattare i popoli della Valdichiana ribellati (1503) y Parole da dirle sopra la provvisione del danaio (1503), sus conocimientos de carácter internacional dieron lugar a los textos acerca de Alemania (v. Retrato de las cosas de la Magna) y Francia (v. Retrato de cosas de Francia), en los cuales el interés del autor se dirige esencialmente al grado de madurez política alcanzado por tales países, y, por ende, a la disgregación de Alemania y a la creciente solidez de la monarquía francesa. Todas las obras que hasta aquí hemos mencionado nos muestran los fundamentos sobre los cuales construiría Maquiavelo, a partir de 1512, sus grandes textos. En esta fecha, la derrota de las huestes florentinas en Prato permitió a los españoles el dominio de Florencia y el restablecimiento de los Médicis. Maquiavelo hubo de retirarse de la actividad pública, y en el tránsito de 1512 a 1513 empezó a componer los capítulos iniciales de los Discursos acerca de la primera Década de Tito Livio (v.), en los que compara un siglo de historia florentina con la perfección de la política romana, y, a la luz de ésta, según la teoría de la imitación de los «órdenes antiguos», enérgicamente defendida ya desde el principio de la obra, relaciona la realidad pretérita con las posibilidades del presente y revela su posición respecto a la historia contemporánea.
Difícil resulta saber por qué Maquiavelo interrumpió esta labor para escribir de una sola vez los veintiséis capítulos de El Príncipe (1513, v.); quizá pueda explicarse por la necesidad de llevar al terreno de las conclusiones prácticas los principios generales de los Discursos. La característica fundamental de El Príncipe consiste en el planteamiento de las dificultades y la preparación de los medios adecuados para resolverlas, a lo cual se llega a través del estudio de la realidad y del criterio absoluto con que dominarla; de ahí la conveniencia imprescriptible de que el hombre no se vea inferior a las situaciones históricas, que debe prever mediante las normas ofrecidas por el autor y dirigir al fin deseado, y, también, la crudeza de la «política» maquiavélica y su implacable frialdad en la elección de los medios más crueles, fruto de una fidelidad rigurosa a las premisas acerca de la situación del ser humano en el mundo y del deber que le impulsa a no permanecer nunca por debajo de las circunstancias. El Príncipe supone, por lo tanto, una rígida presentación de la «virtud» humana, una indicación de los procedimientos con que se «debe» resistir y reaccionar frente a las situaciones, o sea la «fortuna».
La composición de los Discursos fue reanudada entre 1515 y 1517; el segundo libro de esta obra, madurado y escrito luego del fracaso práctico de El Príncipe, en una época en que la lucha entre las grandes potencias europeas por el predominio en Italia iba anunciando cada vez con mayor claridad el destino al cual se veían inevitablemente abocados los Estados italianos, expresa la amargura de Maquiavelo ante la situación a que los príncipes de éstos habían llevado sus territorios al no inspirar su actuación en el gran ejemplo de los romanos. Mucho menos importante resulta el libro tercero, integrado por capítulos episódicos y no fundidos en un todo. La misma desconfianza amarga del segundo se da en los siete que constituyen el Arte de la guerra (v.), obra compuesta entre 1519 y 1520 como expresión de todas las ideas del autor respecto de la milicia y los grandes problemas de la estrategia militar; las palabras del protagonista del diálogo, Fabrizio Colonna, quien melancólicamente reprende a la fortuna no haberle permitido poner en práctica su larga consideración sobre los órdenes romanos, reflejan el mencionado estado de ánimo de Maquiavelo, el cual, siquiera pudiese proseguir sus invectivas contra los príncipes ignorantes y corrompidos, no contaba ya con una perspectiva política concreta susceptible de conferir sentido y vigor pragmático a sus principios. Parecidos conceptos contiene el breve ensayo histórico Vida de Castruccio Castracani (1520, v.) e incluso, contra las apariencias, en La mandràgora (v.), la principal comedia del autor — Clitia (v.) resulta mucho menos original en cuanto a inspiración, y Andria imita estrechamente a Terencio — y la obra maestra de su genio artístico.
Porque Maquiavelo fue no sólo un gran pensador político, sino también escritor y artista de excepcionales cualidades; el desconocimiento de tales características no nos permitiría comprenderle íntegramente. Aun cuando las composiciones en verso, desde los dos Decenales (v.) hasta los Capitoli y el Asino d’oro, interesen más bien por algunos de sus pasajes polémicos que debido a un valor literario intrínseco, no sucede precisamente lo mismo en la prosa de nuestro autor, ya literaria o política, y ello desde El Príncipe, la obra maestra estilística de Maquiavelo, hasta las Historias florentinas (v.). En la primera de estas dos producciones la índole dialéctica del texto encuentra su expresión en una prosa de excepcional poder demostrativo, clara e incisiva en el planteamiento de los problemas, implacable en las soluciones a éstos y rígida y polémica en la demolición de los conceptos no adecuados a la inexorable lógica de la realidad. Parecidos caracteres se dan en los Discursos y en las otras grandes obras de Maquiavelo, del Arte de la guerra a las Historias florentinas; sin embargo, la menor tensión pragmática disminuye aquí la intensidad del dramatismo. La gran obra literaria del autor que nos ocupa es, sin duda, Mandragora, escrita en 1518; como en los casos de Clitia y Andria, se trata de una comedia en cinco actos, inspirada en modelos clásicos y situada en el ambiente florentino de la época de las guerras de Italia.
Su carácter dramático reside no en la sátira cruel de ciertos tipos humanos y sociales, sino en las palabras y la actuación de los héroes de esta comedia, movidas por los principios de las grandes obras políticas de Maquiavelo y presentadas en un nivel de baja categoría que envilece una lógica destinada a la fundación y conservación de los Estados; el mismo contraste, empero, ofrecía entonces la vida del autor, quien, anteriormente en contacto con reyes y príncipes, veíase reducido, en los años de su mayor erudición, a actuar como legado en un capítulo de frailes menores. La última obra, Historias florentinas, fue iniciada en 1520 y concluida en 1526. En general, el mérito histórico del texto suele juzgarse inferior al vigor de las doctrinas políticas que en él introduce Maquiavelo; ello, que no es absolutamente cierto, puede explicarse considerando que debió de creer inútil la confirmación de sus teorías en la historia de Florencia. Dicha obra cierra perfectamente el arco del pensamiento político de este autor, artífice de un estilo rigurosamente lógico y de una prosa original y moderna sin parangón en toda la literatura italiana.
G. Sasso

