[Les Préludes]. Es el tercero de los doce poemas sinfónicos de Franz Liszt (1811-1886); escrito en 1854, figura entre los más conocidos y ejecutados de la serie.
El texto que lo inspiró pertenece a las Meditaciones poéticas (v.) de Lamartine: «Nuestra vida, ¿no es acaso una serie de Preludios al canto desconocido cuya nota primera y solemne entona la muerte?». De la obra, que está construida según el característico procedimiento de Liszt de oposiciones entre episodios serenos y contemplativos y episodios agitados y tumultuosos. La misteriosa sugestión que despierta en el ánimo la contemplación de un objeto arqueológico queda fijada por el músico en «Canope», sugerido por una antiquísima urna funeraria egipcia. El noveno preludio está sacado de una reminiscencia de Dickens: «Hommage a S. Pickwick Esq. P. P. M. P. C.» (Esto es: «Esquire, Perpetual President, Member Pickwick Club»).
Es una página irónica y pintoresca análoga al sexto preludio, que retrata una figura de «variedades»: «General Lavine excentric». Un día Debussy recibió de Manuel de Falla una postal ilustrada de Granada, en la que figuraba la «Puerta del vino», y sacó de ella el título para un preludio, una «habanera», sangrienta y violenta, hecha de sonoridades acres veladas a veces por lánguidos acentos que evocan ambientes ambiguos de barrios bajos. Con dos piezas de virtuosismo pianístico se cierra el segundo libro de los Preludios. El undécimo preludio es un verdadero estudio de técnica de «tierces alternées», pura música, libre de toda imagen extraña, que pone en obra y plasma una sugestiva materia sonora: el juego alternado entre las dos manos de bicordes de tercera.
El último preludio, «Feux d’artifice», es una especie de suma de todas las maneras pianísticas preferidas por Debussy: fluidísimos arpegios, rozados sobre las teclas blancas y las teclas negras, sonoridades. Los principales momentos de la prosa poética de Lamartine, ilustrados por el músico, pueden resumirse de esta manera: el amor, aurora de la existencia, los tormentos del hombre, el refugio en la naturaleza, la lucha, en fin, en la que el hombre recupera la plena conciencia de sí mismo.
L. Córtese
Liszt, a pesar de la universalidad de su inteligencia musical, no ha conseguido jamás elevarse a la música pura, o sea a una música que no busque su razón de ser en el deleite del virtuosismo, o que no se ponga al servicio de un texto literario para obtener de él el apoyo del elemento poético. (Combarieu)

