Preludios de Debussy

[Préludes]. Son veintidós breves piezas para piano reunidas en dos fascículos publicados respectiva­mente en 1910 y 1912.

Al poner título a sus Preludios, Claude Debussy (1862-1918) qui­so establecer una referencia entre su obra y una imagen, una localidad, el verso de un poeta, que completan el significado lí­rico de la música, pero con tal que no se cargue la mano en ellos y no se deduz­can ilaciones descriptivas. Después de las Estampas (v.) e Imágenes (v.), las cualida­des creadoras y estilísticas de Debussy, en posesión ya de la más perfecta y refinada escritura pianística, se aplican a un plano de extremada sensibilidad, de singularísima perfección. Un fragmento de antigua escri­tura griega, existente en el Museo del Lou­vre, inspiró el primer preludio: «Danseuses de Delphes». Es una página de concisión epigramática, encerrada en armonioso estrofismo.

Es legítimo opinar que la perfecta euritmia de este trozo fuera sugerida a Debussy por las equilibradas relaciones for­males del mármol antiguo: un lento com­ponerse de movimientos que se suceden con gravedad entristecida, y el sentido religioso y arcano de un pasado remotísimo que re­vive por un instante en nuestra fantasía. Después de las amplias visiones de «Sirènes» (v. Nocturnos) y del Mar (v.), vuelve en «Voiles» una evocación de aquel mar que Debussy prefería a cualquier otro aspecto de la naturaleza. También aquí hallamos rela­ciones puramente visuales que se transfieren en valores de sonido; pero sobre todo tene­mos la imprecisión soñadora del espacio infinito del mar, que ha ejercido la suges­tión más clara en la fantasía de nuestro músico.

De ello ha resultado una página llena de desenfoques armónicos que sugie­ren una sensación de inmortalidad, de activa inercia, de infinita paz. Como se ve por este ejemplo, técnicamente, el sentido de inmovilidad resulta de un am­plio uso de la escala en tonos enteros. La imagen del viento que sobre una llanura sin límites parece que se aplane sólo para lamer el terreno y revolver sus hierbas, como si la atmósfera a pocos metros del suelo hubiera de quedar tranquila y pací­fica, ha sugerido el tercero: «Le vent dans la plaine».

Son arpegios y trinos uniformes y apretados; dibujos melódicos que se desen­vuelven dentro de los límites de unas pocas notas, cercanas unas a otras. Entre los Preludios más bellos debe colocarse el cuar­to: «Les sons et les parfums tournent dans l’air du soir». El ritmo mórbido y armo­nioso de este preludio tiene los blandos y tiernos movimientos de un vals lento, aun­que en realidad no se dibuje nunca plena­mente en este trozo un verdadero tiempo de danza. La idea le fue sugerida por un poema de Baudelaire; el dístico del cual Debussy sacó el título del preludio dice, en efecto: «Les sons et les parfums tournent dans l’air du soir; /Valse mélancolique et lan­goureux vertige!» Abismos de esmeralda y de cobalto, verdes faldas de colinas engas­tadas entre el mar y el cielo: «Les collines d’Anacapri», es un homenaje a aquella quin­taesencia del paisaje mediterráneo, la isla de Capri; página violenta e inflamada, sen­sualísima en aquel motivo de tarantela y en el episodio central lento que evoca una cálida canción napolitana.

En cambio el paisaje invernal de «La neige danse» (v. El rincón de los niños) vuelve en el sexto preludio, «Des pas sur la neige», y vuelve aquel sentimiento de recogida in­timidad que surge como una defensa en nuestro ánimo. Es una página delicadísima, de conmovedora pureza de emoción. De gran vigor en las sonoridades y las formas es el séptimo preludio, «Ce qu’a vu le vent d’ouest»: un viento oceánico que trae fan­tasmas de lívidas y apocalípticas marejadas atlánticas. Trasladado al teclado del piano en una sucesión de choques dramáticos, se puede considerar casi como una glosa al «Dialogue du vent et de la mer» (v. Mar). Sentada en el matorral florido está la rubia niña de una canción escocesa de Leconte que irradia un aura de feminidad pura y cándida en su plácida oscilación, sobre la cual está rítmicamente fundada esta pieza.

En la «Serenade interrompue» reaparece la España nocturna de «Soirée dans Grenade» (v. Estampas) y de «Iberia» (v. Imágenes): sobre el rasguear de la guitarra se dibuja una melodía grácil y tímida, de ritmo deli­cado e incierto: llamada discreta y sumisa a una ventana que no se decide a entre­abrirse. «La Cathédrale engloutie» es otra gran página de música, comparable a cual­quiera de las más bellas Imágenes para pia­no, por la melodiosa generosidad de su con­tenido musical. Dice una antigua leyenda bretona que la fabulosa ciudad de la fue sumergida por las olas del océano y con ella su catedral. En los días de tormenta, de lo más profundo de las olas asoman las más altas agujas de la iglesia, y en los días de calma, por la mañana, del fondo del mar salen los sonidos de las campanas y los ecos de los cantos sagrados de las naves del edificio. Sobre esta visión, que es como el fondo sonoro del preludio, ondulan ma­jestuosas sus grandes líneas melódicas. De levedad aérea que tan pronto adquiere cierto colorido tierno de sentimiento como se torna esbelta y vibrante de jocundidad puramente física es la «Danse de Puck», de inspiración shakespeariana. Sistros y campa­nillas de flores, dulces violines cuyas cuer­das son hilos de telarañas; es el mundo má­gico del Sueño de una noche de verano (v.).

Una pareja de payasos de las «variedades» inglesas ora descoyuntados y botando como pelotas de goma, ora enternecidos hasta el punto de llorar con su máscara de paradó­jico sufrimiento, ha inspirado «Ministréis», el duodécimo preludio del primer libro. Esta página está compuesta sobre la relación entre esos dos extremos sentimentales: una fragmentación de figuras sonoras y rítmicas que de pronto se ahoga en el redoble de un tambor para terminar en una frase patética y sensual; un nudo en la garganta, la mueca se vuelve trágica, y asoma la eterna lá­grima en el rostro enharinado del payaso. Algunos preludios del segundo libro tienden a una musicalidad más enrarecida, a veces encerrada en epigramático hermetismo. Son éstos, en general, los preludios inspirados en visiones de paisajes: aquí se disuelve toda referencia naturalista, y la visión se con­creta en una sigla preciosa y delicada, de periclitante fragilidad.

Tenemos entonces una musicalidad menos expansiva, pero más ahondada, en profundidad, reducida a una más intensa esencialidad expresiva. Tal vez es el caso de «Brouillards», todo evanescen­tes volúmenes de sones; de «Feuilles mor­tes», tristísima página otoñal, ora suntuosa como las hojas enrojecidas de los árboles murientes, ora aérea como la incierta y triste caída de las hojas; de «Bruyères», resuelto sobre la ondulación de largos fes­tones de notas llenas de angustiada y suspirante melancolía. En las míticas e inaferrables criaturas del aire y del agua se inspiran el cuarto y el octavo preludios, «Les fées son des exquises danseuses» y «Ondi­ne», dos páginas de las más frágiles que compuso Debussy, en que el sonido se des­materializa y se torna soplo, lúcido filamen­to de onda. Es la inversión del mito lo que aquí nos presenta el músico; no es el aire del bosque ni el agua de las fuentes los que se tornan criaturas humanas, sino una femi­nidad que pierde su blanca consistencia car­nal y se desmaterializa en la pureza de una visión naturalista.

Una de las mejores pági­nas pianísticas de los Preludios es «La ter­rasse des audiences au clair de lune» (título que fue sacado de una correspondencia desde la India por René Puaux en el «Temps», de 1912), en la cual se aludía a cierta terraza existente en un palacio indio. Debussy, impresionado por la enigmática aso­ciación de palabras, compuso aquel prelu­dio de sonoridades delicadas y preciosas, de sentimiento muy íntimo, apagadas contrapuestas a otras intensísimas y estridentes; una orgía de todas las más vistosas invenciones pianísticas de Debussy. En el último compás resuenan las primeras notas de la Marsellesa; la evocación gené­rica de los fuegos artificiales se precisa: es la noche del 14 de Julio.

A. Mantelli

Esta música extrae su emoción del poema y le da un fondo más cálido por el color. (Mallarmé)

Debussy, uno de los artistas más dotados y más originales de la nueva generación musical… Un lírico, en el pleno significado de la palabra… (Dukas)

[Debussy] quiso transformar la música en cosa leve y casi silenciosa. (Bellaigue)

Uno de los creadores más originales y uno de los músicos cuya influencia fue más activa y más profunda sobre los artistas de su tiempo. (L. Vallas)