Es ésta una de las figuras más amargas del mundo novelesco de Benito Pérez Galdós (1845-1920). Protagonista de la narración de su mismo nombre, es una huérfana, seducida por su tutor, que ve una nueva vida en el amor de un joven pintor, capaz incluso de perdonar las pasadas manchas.
Entre ambos se desarrolla un idilio, que, en su parte epistolar, toma caracteres de fantasía estilística: pero lo trunca una enfermedad que termina con la amputación de una pierna de Tristana. El amor se rompe, y la pobre Tristana, cada vez más ensombrecida en el hastío de su vida, acaba por casarse con su ya anciano seductor, llevado al matrimonio por consideraciones de deber. Tristana se nos presenta en primer plano sólo desde el momento de su enamoramiento — la triste historia anterior queda simplemente recordada —, y en especial, desde el encandila- miento de su ilusión amorosa.
Las cartas que envía al pintor Horacio son un curiosísimo muestrario de frases hechas y vueltas a deshacer, de lenguaje íntimo salpicado de chistes, alusiones y citas convenidas: «… Ni en broma me digas que puede mi ‘señó Juan’ dejar de quererme. No conoces tú bien a tu ‘Panchita de Rímini’, que no se asusta de la muerte, y se siente con valor para ‘suicidarse a sí misma’ con la mayor sal del mundo. Yo me mato como quien se bebe un vaso de agua. ¡Qué gusto, qué dulcísimo estímulo de curiosidad! ¡Enterarse de todo lo que hay por allá, y verle la cara al ‘pusuntra’! ¡Curarse radicalmente de aquella dudita fastidiosa de ‘ser o no ser’, como dijo ‘Chispecris’!…».
Pero Tristana conquista su verdadera humanidad convincente en los capítulos finales, cuando, mutilada y sin ilusiones ya, se resigna a una vida obscura, apenas con el pasatiempo de la música y el consuelo de las visitas a la iglesia.
J. M.ª Val verde

