[ant. escandinavo, Thor; ant. alemán, Donar]. Divinidad germana precristiana, cuyo nombre indica que es personificación del trueno. Es por lo tanto una divinidad arcaica.
De la «interpretatio romana» Donar= Júpiter, deriva el calco del nombre del jueves en todas las lenguas de origen germánico (inglés, thursday; alemán, donnerstag; sueco y danés, torsdag). Ya a principios de la era cristiana, Tor es uno de los dioses principales de los germanos. Su fuerza y su valor justifican que Tácito, en su Germania (v.), le iguale a Hércules. Su arma es un martillo, Miollnir, que arroja de tal modo que luego vuelve a sus manos, como un bumerang. Los «martillos de Tor» eran por ello empleados en su culto. Sus constantes adversarios son los gigantes y los seres ‘demoníacos, especialmente la horrenda serpiente oceánica.
Su gran popularidad dio pie a la creación de numerosos relatos mitológicos. La literatura le atribuye una gran barba roja, unos ojos de terrible centelleo, una ira tremenda y un apetito desmesurado. Un cinturón renueva mágicamente sus fuerzas. Cuando no va a pie, Tor se traslada en un carro tirado por dos machos cabríos, que el dios puede matar para comérselos, resucitándolos después con su martillo. Según los relatos nórdicos, al final del mundo (el «crepúsculo de los dioses») la serpiente del océano que rodea toda la tierra habitada y que la tradición pretende engendrada por Loki (v.) y la giganta Angrboda, golpeando las olas y escupiendo llamas y veneno, participará en el asalto de las fuerzas demoníacas.
Tor le dará muerte, pero, a pesar de su victoria, sucumbirá a las exhalaciones del dragón. En el nuevo mundo que surgirá del mar, le sobrevivirán sus hijos Modi y Magni, que tras su muerte serán los señores del martillo.
V. Santoli

