Entre los pocos personajes que es posible individualizar en los Cantos (v.) de Giacomo Leopardi (1798-1837), Silvia es sin duda uno de los más concretos.
No nos referimos a ninguna cualidad plástica ni visible, y sin embargo — pese a las sugestiones de una tradición ahora ya superada, pero todavía muy difundida — Silvia posee una evidencia de carácter sentimental según aquella falsa objetividad de orden romántico, que acaso halló salida, por parte de Leopardi, en Bruto (v.), Safo (v.), y, más aún, en Consalvo. Silvia es un personaje independiente, dentro de la variada categoría de criaturas ficticias en la que intentamos integrarla.
Para darse cuenta de su singular manera de determinarse, conviene no olvidar que su autor estuvo acariciando durante mucho tiempo la concepción de esta figura: ora en su realidad biográfica (en los papeles de Leopardi se alude más de una vez a la persona de Teresa Fattorini, muerta de consunción en 1818, a los veinte años; y en tales alusiones el personaje no tiene todavía trazos precisos, sino que es más bien un patético fantasma recordado), ora — más genéricamente pero con más profunda y poética participación — en el indistinto lamento por la muerte en edad juvenil que hallamos expresado ya en la canción A Italia. Por ello esa figura — que luego tomó su nombre, tal vez, de la Silvia del Aminta (v.) de Tasso, aunque sea inútil buscar razones de afinidad o de una analogía cualquiera — estuvo incubándose durante diez años en la fantasía del poeta.
Incubación que no queremos suponer obsesiva, pero sí suficiente para madurar un personaje líricamente perfecto, sin necesidad de aquellos soportes de orden psicológico a los cuales tan a menudo se confían las criaturas inventadas por procedimientos extemporáneos e impresionistas. La poesía A Silvia (v.) nace, como sabemos, de dos distintos estímulos, que al final llegan a coincidir perfectamente: la vocación de la muchacha y el lamento por la esperanza perdida. Por ello sería demasiado fácil ver una progresiva disminución de autonomía en la primera, a medida que se iría subordinando a su función simbólica: Silvia igual a esperanza.
Pero ello no impide que ciertas indicaciones dispersas — desde el principio hasta aproximadamente la mitad de la composición — permitan formar de ella un dulcísimo y libre retrato. Es una muchacha a la que conocemos en sus aspectos más suaves: sus ojos «risueños y fugitivos», el canto con que acompaña su trabajo, e incluso su probable imagen — proyectada en el futuro que le está negado, cuando su corazón hubiera gozado al sentir alabar su «negra cabellera» y sus «miradas enamoradas y esquivas» — son atributos que hasta cierto punto implican la presencia de la muerte, de la «fría» muerte. Así, esta relación cruel da al personaje su triste luz y aquel relieve ideal al que más arriba hemos aludido.
F. Giannessi

