Silvestre Paradox

Personaje de las novelas Aventuras, inventos y mixtificacio­nes de Silvestre Paradox (v. Silvestre Pa­radox) y Paradox, rey (v.), del novelista español Pío Baroja (1872-1956).

El nombre y apellido del personaje ya indican su carácter independiente, irónico y senten­cioso. Paradox, mezcla de ingenuo y de pícaro, es un bohemio por los cuatro costa­dos, que ha heredado de su padre—oscuro profesor naturalista — la afición por los animales disecados, siendo, también, un in­fatigable inventor de cosas raras tales como un pan reconstituyente, un submarino de aletas y vejiga natatoria, la antiplombaginita (borrador universal), etc. Paradox, huérfano desde muy niño, ha llevado una vida azarosa y llena de experiencias hasta que, ya en la madurez, se viene a vivir a Madrid, a un piso de la calle de Tudescos, donde continúa su paradoxal existencia de sabio inventor y pensador profundo, en compañía de su fiel perro Yock, «el pe­queño monstruo antediluviano». A Paradox, el Ministerio de Fomento le deniega las patentes.

Paradox está acostumbrado a la soledad. Experimenta una gran simpatía por todo lo humilde; ama a los niños y siente un gran cariño por los animales; de­testa en cambio la petulancia; le repugna la prensa, la democracia y el socialismo. La metafísica le parece un lujo, la ciencia una necesidad, la religión una hermosa le­yenda; Paradox no es precisamente ateo, ni tampoco deísta. Reconoce el progreso y la civilización y se entusiasma con sus perfeccionamientos materiales, pero no res­pecto a la evolución moral; ve en el por­venir el dominio de los fuertes y la fuerza le parece, como cualquier jerarquía social, una injusticia de la Naturaleza. Acosado por los acreedores, Paradox huye de Ma­drid y se marcha a un pueblo valenciano — aquí comienza la novela Paradox, rey —. Muestra a su amigo Avelino Diz de la Iglesia — coleccionador de bagatelas, obs­tinado y testarudo — un recorte de perió­dico según el cual el banquero judío Abraham Wolf se propone hacer un viaje de exploración por la costa occidental africana para buscar un lugar donde establecer la patria israelita.

Paradox ha escrito a Wolf y éste ha contestado invitando a los dos amigos a embarcar en la goleta «Cor­nucopia», que saldrá de Tánger hacia el Cananí. La expedición la forman Paradox, Diz, una hija de un general venezolano, un francés con su hija, un fabricante de Manchester, un naturalista alemán, un aven­turero mutilado en varias guerras, un in­térprete árabe y algún otro. En el barco encuentran a un coronel que declara ser anarquista, un tal Mingote que va a ser recaudador de contribuciones del Cananí y un don Pelayo, antiguo e infiel secretario de Paradox, que va como administrador de Aduanas. Se desata una horrorosa tempes­tad que desmoraliza a la tripulación, por lo que los pasajeros toman el mando de la nave. Contienen la rebelión de los marine­ros, pero éstos se apoderan del bote de salvamento y desembarcan en la costa.

Res­catado el abandonado bote, se valen de él y de una balsa para saltar a tierra. No tar­dan en aparecer los negros, que los apre­san. Paradox consigue convencer al primer ministro, al gran sacerdote y al rey Kiri para ir a buscar las cosas que han quedado en el lugar del naufragio. Los europeos do­minan a la escolta que les han puesto y marchan con los negros que la forman a establecerse en la isla Afortunada. En la parte más alta establecen una verdadera ciudadela, donde esperan y resisten el ata­que de las huestes del rey Kiri de Uganga. A partir de este momento empieza la colo­nización; entre Diz y Paradox han publi­cado el primer número del «Fortunate- House Herald»; el naturalista alemán fa­brica dinamita y hace surgir un lago. Los de Uganga, ante estos hechos prodigiosos, se sublevan contra su rey Kiri, al que ma­tan, y vienen a pedir protección a los euro­peos.

Paradox es nombrado rey y se le corona con gran pompa al estilo africano. Llega la época del progreso, pero un día, en la colina de enfrente, surge un campa­mento militar: son tropas francesas, que arrasan la ciudad de Bu-Tata, capital del reino de Paradox I y hacen una gran ma­tanza de indígenas. El grupo blanco es he­cho prisionero. Ante el Estado Mayor fran­cés Paradox declara: «Nosotros somos los que hemos civilizado este pueblo, al cual ustedes, bárbaramente y sin motivo, acaban de incendiar y de pasar a cuchillo…». Tres años después en el reino de Uganga la ci­vilización cristiana ha introducido el alco­holismo y las enfermedades que los negros no conocían.

J. M.a Pandolfi