[Richard III]. Protagonista del drama de su nombre (v.), de William Shakespeare (1564-1616). Este personaje se dibuja ya en la tercera parte de Enrique VI (v.), donde se define como alguien que «hubiera podido enseñar al homicida Maquiavelo», curioso anacronismo que sustituía el «enseñar al ambicioso Catilina» de la primera redacción de aquel drama.
La identificación de Ricardo III con el tipo del maquiavélico, bestia negra del teatro isabelino, dominado por la deformación de las teorías políticas del gran florentino en el Contra Maquiavelo del hugonote I. Gentillet, se conciliaba fácilmente con las fuentes históricas, por cuanto en ellas el carácter de Ricardo poseía ya todos los requisitos de aquel tipo. Desde las primeras palabras del drama, Ricardo deja adivinar su carácter a los espectadores: deforme e incapaz dé éxito en las empresas amorosas, concentra todas sus energías en urdir planes para derribar del poder a sus parientes y pasar a ocupar su puesto. Es, como le define en su invectiva la reina Margarita, «un contrahecho cerdo gruñidor, marcado por el diablo».
Sus armas son el disimulo y el fraude; a la diputación de ciudadanos de Londres que se presenta a ofrecerle la corona, la recibe entre dos obispos, en actitud de orar y de estar sumido en devotas meditaciones y sólo mal de su grado finge aceptar el reino. Pero, sobre todo, se distingue por la fuerza persuasiva de su meliflua elocuencia y por su monstruosa adulación, gracias a la cual logra el favor de crédulas y vanidosas mujeres. Es un alma espantosamente solitaria; ya en el último acto de la tercera parte de Enrique VI decía: «Yo soy yo solo»; y este aspecto patético constituye una innovación sobre el tipo de malvado integral que aparece en el Aronne de Tito Andrónico (v.). Tras los terribles sueños que le acosan la noche de la batalla en que habrá de morir, Ricardo exclama: «Soy un malvado; pero miento, no lo soy. Necio, habla bien de ti mismo; necio, no te adules.
Mi conciencia tiene mil distintas lenguas, y cada una de ellas narra una historia diferente, y cada historia me condena por malvado. El perjurio, el más execrable de los perjurios; el crimen, el crimen más cruel y más atroz; todos los pecados practicados en todos sus grados, suben a la barra para gritarme: ‘Culpable, culpable’. Me abandonaré a la desesperación. No hay nadie que me ame, y si muero, nadie tendrá compasión de mí; y ¿por qué deberían tenerla, si yo mismo no la tengo?» Tales acentos habrán de lograr amplia resonancia entre los románticos: en el personaje de Schedoni (v.) de El Italiano (v.), de Mrs. Ann Radcliffe y en los tipos de los rebeldes de sombrío pasado de las novelas en verso de lord Byron (v. Lar a, Giaur o el infiel, Peregrinación de Childe Harold, etc.).
M. Praz

