Ricardo II

[Richard II]. Protagonista del drama de su nombre (v.), de William Shakespeare (1564-1616). Temperamento artístico en muchos aspectos adorable, pero sin aptitud para sostener las responsabili­dades del gobierno, Ricardo adopta teatra­les actitudes cuando las circunstancias se lo imponen, pero es incapaz de toda acción coherente y eficaz.

Ora exaltado por la conciencia de su sagrado carácter de sobe­rano legítimo, prorrumpe en palabras su­blimes y dolorosas, ora su orgullo humi­llado le hace estallar en sollozos, ora mal­dice a sus enemigos con lenguaje apocalíptico, invocando contra ellos todos los azotes de la tierra (sin pensar mientras tanto en los preparativos militares), ora adopta el papel de víctima y se cree seme­jante a Jesucristo. Pero sólo cuando ha sido depuesto, y el cruel Northumberland qui­siera hacerle leer la lista de sus crímenes, se rebela contra esa suprema ignominia y, en su falta de una «pose» de antemano pre­vista, aparece verdaderamente revestido de una espontánea dignidad real.

En el ca­rácter de este soberano, todo fantasía sin el menor sentido práctico, pueden verse claros presagios de aquel que habrá de ser el supremo estudio shakespeariano de un alma ambigua presa de encontradas pasio­nes: Hamlet, (v.). El partido de oposición a la reina Isabel, que culminó con la fa­mosa rebelión del conde de Essex, el 8 de febrero de 1601, puso en circulación un paralelo entre Isabel y Ricardo II; la es­cena de la deposición del rey, en la inten­ción de los secuaces de Essex, debía anun­ciar la de la reina, y poner en el trono, como un nuevo Bolingbroke, a Essex, que alegaba remotos derechos a la corona como descendiente de Thomas de Woodstock.

La compañía de Shakespeare participó indirec­tamente en la conjura prestándose a repre­sentar Ricardo II la víspera de la insurrec­ción. Se cree que Shakespeare se había adherido al partido de Essex gracias al amigo de ambos, el conde de Southampton, y que el fracaso del complot, con las con­siguientes ejecuciones capitales, influyó en el dramaturgo en su concepción de la vida, provocando los sombríos dramas de prin­cipios de siglo. Sin embargo, el descubri­miento de la conjuración no redundó en perjuicio de ninguno de los miembros de la compañía de Shakespeare.

M. Praz