[Il Ruzzante]. Angelo Beolco, llamado «il Ruzzante» (1502-1542), dejó pintado en sus comedias un ambiente que es todo lo contrario del mundo novelesco y alegre frecuente en la poesía de su época: sus personajes, ya sean urbanos, ya campesinos, cualquiera que sea el oficio que ejerzan, pertenecen siempre a los más bajos y despreciados estratos de la sociedad, lo cual no es obstáculo para que haya en ellos cierta variedad de tipos: el bondadoso, el astuto, el parlanchín, el codicioso; y todos obran y hablan con una naturalidad que, más que cómica, es bufonesca.
En varias comedias y diálogos, Ruzzante es un personaje que parece compendiar y resumir a los demás. Se sabe que Beolco, a la vez autor y actor, se reservaba siempre aquel papel, escribiéndolo a su medida y adaptándolo a sus capacidades, las cuales, según todo parece indicar, eran las de un habilísimo cómico, perfectamente capaz de constituir el centro del espectáculo. Ruzzante no continúa de una a otra comedia, pues si en una es un campesino enamorado e ingenuo, en otra puede ser un hombre de ciudad, casado y lleno de astucias; de modo que su unidad debía derivar sobre todo de su constante intérprete, Beolco. A juzgar por la lectura, si bien no es tan definido como algunos de los personajes que le rodean, parece abarcarlos un poco a todos, acogiendo con profusión las distintas características que Beolco, como autor, era capaz de infundir a una u otra de sus creaciones.
Sustancialmente, es el perfecto tipo del bufón, a veces voluntariamente, cuando su fantasía le lleva a disertar o a inventar mil ardides, y otras veces contra su voluntad, cuando aquellos ardides se vuelven contra él. En la Fiorina (v.) le vemos bajo la figura de campesino que en largas parrafadas nos cuenta las torturas de su amor por la joven Fiore, torturas que nada tienen de idílicas y que aumentan considerablemente en un momento, cuando un fogoso y no menos rústico rival le administra una tanda de palos. En otra comedia, La mosquita (v.), se nos aparece en hábitos urbanos, intentando vivir de estafas, pronto a las fanfarronadas, pero en el fondo medroso, y casado con una mujer que le engaña a ojos vistas con un soldado y que a menudo le encierra fuera de casa. De él derivan innumerables personajes de farsa, entre los cuales destaca, con su sanguínea vitalidad, como uno de los más divertidos.
P. Santi

