Protagonista de numerosas novelas policíacas americanas de S. S. Van Diñe (Willard Huntington Wright, 1888-1939), entre las cuales figuran los «casos de asesinatos» Benson, Greene y Canary. Vanee es un rico y joven aristócrata americano, alto, apuesto, elegante y reservado.
Educado en Europa, conoce varios idiomas de este continente (al final de su carrera, se establece con carácter permanente en una villa de las cercanías de Florencia). De trato afable, se distingue al hablar por su ligero acento de Oxford y por su cinismo «a lo Juvenal». La sardónica frialdad de su expresión convierte su rostro, que de otro modo sería simpático, en una máscara impenetrable en medio de un mundo que contempla con irónico alejamiento y lúcida y versátil inteligencia.
Pero, por teatral que sea la máscara, es algo más que una mera pose: corresponde a una realidad moral y sus rasgos mantienen carne y espíritu, al hombre público y al hombre privado, en una invariable posición ritual. Históricamente excluido de la participación en la vida humana, aficionado «refinado más allá de los límites de la cultura», Vanee es el último y estéril heredero de todas las culturas que han precedido a la de América, y se mueve entre las cosas de esa propiedad que ha heredado a la manera como lo haría el dueño de un vasto museo particular. Toda la cultura de la humanidad está abierta ante él, etiquetada, catalogada… y terminada.
Extranjero en el país de su nacimiento, sólo tiene con él las más distantes y altaneras relaciones, comprendiéndolo únicamente en cuanto parece prestarse a los modos de comprensión europeos o a su afecto desdeñoso. En cambio, es un incansable estudioso de los objetos que constituyen su museo imaginario: sus intereses psicológicos, etnológicos y musicales sólo son superados por su devoción a las artes. Se convierte en detective aficionado precisamente por ser un conocedor de las operaciones cerebrales y de las composiciones estéticas, ya que para él, el acto del asesinato no es más que un fragmento de un todo formal, ejecutado con los movimientos de la inteligencia, en lugar del pincel o de otro instrumento: así, reconstruyendo la entidad formal originaria y analizando su composición, determina a qué «artista» debe atribuirse.
Su respeto por la integridad de una obra de arte, combinado con una especie de suspensión de la vida moral que en un europeo sería desesperación, le impide violar aquella integridad sometiendo sus distintas partes — asesino y asesinato — a las fórmulas del juicio moral y judicial. Por ello se resiste a «perturbar el -universo» interfiriendo en sus obras, a las que aplica hasta el máximo su capacidad de comprensión de la forma. Con Philo Vanee la historia policíaca tradicional y su héroe alcanzan una calculada elegancia, que en la historia de ese género puede compararse al embalsamamiento de un cadáver: su vida queda petrificada dentro de los contornos de un ritual mecánico que puede repetirse hasta el infinito.
Y con Philo Vanee, cuyo creador nació el mismo año que T. S. Eliot, el tradicional (u obsesionante) motivo americano del «espectador impotente», que en el Prufrock de Eliot muere con la muerte tradicional de un organismo exhausto, muere «a la americana»: el proceso de la. desintegración orgánica se detiene y el motivo queda depurado de la sustancia moral y emocional que causa su decadencia, «congelado» como un motivo de ornamentación académica, y apto para embellecer el vacío psicológico de la espera entre un tren y otro.
S. Geist

