Protagonista de la novela caballeresca Amadis de Gaula (v.), de Garci Rodríguez (u Ordóñez) de Montalvo (siglos XV-XVI). Hija de Lisuarte, rey de Bretaña, Oriana conoce a Amadis (v.) en el umbral de la adolescencia, y su encuentro transforma la vida del héroe en una perpetua servidumbre de amor.
Oriana es quien le hace armar caballero, y en honor de Oriana arrostra Amadis las más duras pruebas, enderezando entuertos, defendiendo a los débiles y abatiendo a los soberbios. Dotada de todas las virtudes y de la mayor belleza, Oriana posee todos los rasgos convencionales de la «dama de los pensamientos» de los héroes de la literatura cortés. El amor que inspira a Amadis está hecho de éxtasis y de esperanzas, de empalidecimientos y de estremecidas emociones. El héroe puede enfrentarse tranquilamente con gigantes, dragones, genios y demonios; puede someter a los más poderosos reyes de Europa, pero se desvanece a la vista de Oriana, y sólo pensando en ella se queda encantado, aunque sea en medio de los más peligrosos combates.
Sin que Oriana ceda, el «doncel del mar» pasa sus noches en lágrimas, en un rasgo genéricamente sentimental, pero que ha dado pie a los defensores del origen lusitano de la novela para delatar en ésta los vestigios de la «saudade portuguesa», esto es, del apasionamiento almibarado que hace llorar «de puro amor», y que por otra parte dio a Gil Vicente y a Cervantes los elementos de su sátira, respectivamente en la tragicomedia Amadís de Gaula y en el Quijote (v.). Basta un desdén de Oriana o un acto de celos, para que Amadís se someta a las más ásperas penitencias en la Peña Pobre.
Pero si Amadís, con sus gemidos y suspiros no hace más que divagar, el amor de Oriana, siquiera sea dentro de lo estereotipado de los rasgos de ésta, está lleno de coquetería y de reproches, de complacencia y de halago. En determinado momento Oriana confiesa que siente por Amadís un «amor desordenado» que a menudo la hace femeninamente audaz, y al final la impulsa a renunciar a su largo recato y dar a su caballero el galardón de tantas pruebas y de tanta fidelidad, entregándosele antes de las bodas, en una noche de luna, sobre el césped de un prado encantado.
C. Capasso

