Oseas

[Hōsea‘, Hōsa‘a]. Es el primero de los profetas menores, autor, en el si­glo VIII a. de C., del libro profético que lleva su nombre (v.) y que figura entre los más vivos de todo el Antiguo Testamento.

Esta vida se debe al temperamento del autor, por cuanto Oseas debió de poseer en grado sumo aquello que los psicólogos modernos llamarían el complejo de la ter­nura y de la adhesión afectuosa, hasta la entrega heroica. A consecuencia de ello, su visión teológica de la vida tiene un peculiar vigor. Cuando, a la vez que a los temas de la tradición poética, atiende a su inspiración característica, Oseas revela co­mo ningún otro autor bíblico el celoso amor de Dios por su criatura, su insacia­ble deseo, su disposición al perdón, a pe­sar de sus amenazadores acentos, y sobre todo su apenas contenida tensión amorosa.

A Oseas se debe la imagen en que Dios reprocha a su ingrato hijo Israel el haberlo llevado en brazos como una madre, haberlo criado, haberle enseñado los primeros pa­sos y haberle sostenido los andadores, como un tierno padre, para no hallar en él más que ingratitud e infidelidad. Tal vez al principio de su carrera profética aconteció realmente aquello que se narra en los ca­pítulos I a III del libro, y Oseas se casó con una mujer «de fornicación», o tal vez ésta se reveló tal en el momento del ma­trimonio, o quizás ulteriormente, al incurrir en infidelidad. Y tales experiencias amargas dieron pie a Oseas para meditar y com­prender el misterio de la infidelidad hacia Dios y del amor perdidamente celoso que, a pesar de todo, Dios siente por el hombre.

También pueden interpretarse simbólica­mente los hijos, a los cuales se imponen nombres que indican una idea religiosa encarnada en ellos. De aquí las imágenes del amor de Dios como amor de hombre y mujer (cap. II) y de padre e hijos (cap. XI), y las alusiones a la infidelidad y a la ingratitud, que, referidas a los aconteci­mientos reales de la época, hallan una concretización convincente y a menudo dramática.

De tal modo Oseas encarna, en su vida y en sus escritos, la personalidad propia del místico, que de las relaciones humanas — incluyendo entre ellas las pro­pias relaciones matrimoniales — toma pie para crear imágenes y motivos que nos hacen remontarnos al primer Amor. Los grandes místicos de la Edad Media cris­tiana no serán muy distintos, por su len­guaje ni por sus ardores afectivos, de este profeta, totalmente penetrado y absorbido por la exigencia insaciable del amor divino.

G. Rinaldi