Orfeo

[Orpheus]. Es una de las figuras más sugestivas de la mitología griega, no sólo en sí misma, sino por el evidente significado simbólico de algunas de sus actitudes, más aún, como símbolo, en todo su ser, de la poesía que conmueve y fascina a quienes la escuchan.

El mito dice que fue poeta en una época prehistóri­ca, es decir, anterior al propio Homero, y le hace nacer en Tracia, unas veces de Apolo y de la musa Calíope, y otras de Eagro; y añade que con la dulzura de su canto y con los sones de su lira amansaba las fieras, detenía el curso de los ríos y el soplo de los vientos y atraía incluso a las plantas y a las piedras. Casado con Eurídice (v.), ésta, mientras era perseguida por el pastor Aristeo, enamorada de ella, a lo largo del trágico río Hebro, fue mordida en el pie por una serpiente venenosa oculta en la hierba y murió. Orfeo, en su pro­fundo dolor, osó descender al Hades para rogar a Plutón y a Perséfone que restitu­yeran la vida a su amada; sin otra arma que su lira, atravesó el reino de las sombras, que escuchaban atónitas su quejumbroso canto, y llegó ante los dioses infernales a quienes expuso su súplica.

Conmovidos ante su amor y su pena, aquéllos permitieron que Eurídice volviese al mundo, pero con una condición: la de que Orfeo la prece­diera en el camino y no se volviera a mi­rarla antes de que salieran a la luz del sol. Pero Orfeo no supo resistir a la ten­tación, y su amada desapareció para siem­pre en las tinieblas del Hades. Orfeo, desde entonces, anduvo vagando desesperado, llo­rando y gimiendo por montes y valles, hasta que fue despedazado por las Ménades, mu­jeres arrebatadas por el furor báquico e irritadas por el desdén del poeta; la cabeza y la lira de éste, transportadas por la corriente del Hebro, llegaron hasta el mar, cuyas olas, que arrancaban al instrumento dulces notas, llevaron lira y cabeza hasta Lesbos.

Las alusiones a la persona de este mítico cantor van siempre acompañadas, en las literaturas antiguas, por frases de ad­miración: la única voz discordante es la de Platón, que en su Banquete (v.), por boca de Fedro (v.), reprocha a Orfeo el haber bajado en vida a los infiernos, sólo por la virtud de su canto, en lugar de acep­tar la muerte como Alcestes (v.), que se sacrificó por su marido; las Ménades, por lo tanto, según Platón, no fueron más que las ejecutoras de un castigo divino. Hermesianax, poeta griego del período hele­nístico, que vivió en el siglo III a. de C., narra la bajada de Orfeo al Hades en la parte más bella del fragmento hasta hoy conservado de su Leoncio (v.), poema en versos elegiacos; pero más apasionados y tiernos son aún los acentos del relato de Fánocles, otro poeta de la misma época, que en su elegía Los amores o Los bellos, refirió las historias amorosas de los efebos de la mitología: en los 28 versos que han llegado hasta nosotros, canta la muer­te de Orfeo; la llegada de su lira y de su cabeza a Lesbos se interpretan como la causa del gran florecimiento que la poesía mélica hubo de alcanzar en aquella isla, sobre todo en el siglo VI a. de C. con Alceo y Safo (v.). En la literatura lati­na hay que recordar las alusiones de Hora­cio en sus Odas (v.), especialmente en I, 12, w. 7-12, la descripción descolorida y pro­saica que se halla en el breve poema pseudovirgiliano «El mosquito» [«Culex»] (v. Apéndice virgiliano) (w. 268-294) y, sobre todo, los relatos de Ovidio, en sus Meta­morfosis (v., X, 1-77 y XI, 1-66), y de Virgilio en sus Geórgicas (v., IV, 454-527).

En Ovidio, la fatal imprudencia de Orfeo al volverse para contemplar a su esposa es objeto de una interpretación romántica. Eurídice no puede lamentarse de aquel acto de debilidad de su marido, ya que fue esencialmente una culpa de amor: ¿cómo quejarse de ser demasiado amada? Cuando Orfeo muere a mano de las bacantes, toda la naturaleza se entristece e incluso los árboles lloran, despojados de su follaje. La historia termina con la reunión de los dos amantes en los campos elíseos, donde habrán de permanecer juntos por toda la eternidad. En Virgilio, de conformidad con la técnica de los poetas alejandrinos, el mito de Orfeo se enlaza con el de Cirene y Aristeo, y es una bella figuración, a la vez romántica y trágica.

La poesía virgiliana halla sus más patéticos acentos al referir la separación de los dos- esposos, cuando Eurídice, obligada a volver hacia atrás, desaparece de la vista de Orfeo y le tiende en vano los brazos diciendo: «Ya no soy tuya>*. El viudo cantor, andando errante por las márgenes del Estrimón, re­pite durante seis meses a las estrellas su desventura y su dolor, a semejanza del ruiseñor, que, cuando ha perdido a sus dulces hijos, por la noche, ocultándose en­tre las ramas de un chopo, llena con sus cantos quejumbrosos la vasta soledad de los campos.

El amor y la belleza de las mujeres ya no tuvieron atractivos para Orfeo, encerrado en su sombrío tormento; por ello las mujeres tracias, viéndose des­deñadas durante una orgía en honor de Baco, se vengaron despedazando al poeta, cuya cabeza, arrancada del cuerpo y arras­trada por la corriente del Hebro, seguía invocando todavía, con su lengua ya he­lada, a Eurídice, mientras las márgenes del río hacían eco a su gemido. A través de los siglos, este eco había de repercutir y convertirse en sublime armonía, en’ las obras musicales del italiano Monteverdi y del alemán Gluck.

G. Puccioni