Principal protagonista de la serie de cinco novelas titulada «Los relatos dé Calzas de Cuero» (1823-1841) del escritor americano James Fenimore Cooper (1789-1851) (v. El cazador de ciervos, El último mohicano, El guía, etc.). Además de su sobrenombre de «Calzas de Cuero», por su calzado de piel de gamo, este personaje es llamado también «Ojo de Halcón», por su aguda e infalible vista.
En la literatura americana Natty Bumppo es el clásico modelo del hombre de frontera. Como muchas figuras de épocas que hoy consideramos ya fabulosas — e incluso para los contemporáneos de Cooper la frontera americana del siglo XVIII que sirve de escenario a esos libros pertenecía a un pasado casi mítico —, Natty se distingue más por su monumental realidad legendaria que por la coherencia y verosimilitud de su personalidad. Se trata de una leyenda que no ha cesado de sugestionar la imaginación americana. Indudablemente, es un artificio sintético: un blanco que desde su infancia ha vivido entre los indios de las selvas americanas, recordando «sus mejores y sencillas impresiones primeras» (que en realidad son impresiones que su autor ha tomado de Rousseau), dotado de «un escaso grado de civilización, pero siguiendo los principios más altos de ésta… y, de la vida salvaje, todo cuanto no sea incompatible con esas grandes normas de conducta».
Es un personaje fabricado para «representar las mejores cualidades de ambas situaciones». Pero el artificio es lo de menos. Ese alto, esbelto y lozano Cazador de ciervos, poético en su lenguaje como en su alma, y virgen como la selva que habita; que amargado por las tendencias occidentales de la civilización se adentra cada vez más en los tupidos bosques y que, con La pradera [The Prairie], sale de aquéllos al vasto y elocuente vacío del llano abierto, es uno de los grandes personajes mitológicos de la literatura americana. En cuanto las fuerzas físicas le abandonan y la civilización le espolea cada vez más, al candor de su juventud se va mezclando una especie de honrada astucia; pero la noble intimidad de su espíritu no decae, ni se debilita su mística devoción por la Naturaleza virgen, no corrompida por «los expedientes, la pasión y los errores de los hombres».
Su horror por la gratuita bestialidad del hombre civilizado no es menos intenso que su odio por la especiosa Ley Formal que las instituciones de la sociedad quisieran implantar en lugar de la cruel, pero límpida, Ley Natural del estado salvaje y de la «innata» Ley Moral del corazón puro. Para sí mismo, Natty no quisiera limitarse a conservar la independencia del cazador solo con su carabina, sino que en aquella independencia quisiera preservar una virginidad moral, y en sus relaciones con el universo una firme posición ética de reverente dignidad. Estos deseos, que hoy nos parecen más grandes, en su resonancia simbólica, de lo que quizá pensara el propio Cooper, se acompañan, en las relaciones de Natty con la sociedad civilizada, de actos que brillan por su melodramática ingenuidad y por su absoluta inadecuación a la vida con la cual se baten.
Esa misma «ingenuidad» y esa misma «inadecuación» distinguen la versión americana moderna del mito, otrora arraigado en la realidad, que Natty representa: el mito del individualista independiente, confiado en sí mismo y virtuoso por naturaleza. Semejante mito, en efecto, es ahora una fluctuante convención intelectual; nada tiene que ver con la naturaleza de la vida de la América moderna, y sin embargo se halla continuamente enlazado como a viva fuerza y más o menos inocentemente con aquella vida, de la que parece ser una interpretación. A pesar de todo, Natty encarna algo más que un mito: una intuitiva certidumbre de que la «condition humaine» no es la condición del hombre, animal social en la Sociedad, ni la del hombre animal espiritual frente a las exigencias del Espíritu, sino la del hombre desnudo ante un desnudo universo donde la Sociedad y el Espíritu son por un igual unos intrusos poco gratos.
S. Geist

